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Mostrando entradas con la etiqueta Diario de una equilibrista [María Jesús Sánchez]. Mostrar todas las entradas
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sábado, 21 de septiembre de 2019

  • 21.9.19
Cada vez que veo un anuncio y hay a un famoso publicitando las casas y webs de apuestas me entran ganas de echarles una maldición a todos los que están involucrados en ese mundo. Ando por los barrios y no veo bibliotecas o asociaciones culturales, pero sí encuentro en cada esquina una casa de juegos, con luces y colores llamativos.



Jóvenes desesperados, sin visos de futuro, con tasas elevadas de desempleo y una sociedad que te da patadas para que compres cosas, cuanto más caras mejor, para formar parte del redil de los guays y, sobre todo, para que puedas colgar tu foto en las redes. Eso sí, desde el último modelo de teléfono inteligente y, cuanto más grande, mejor.

La semilla de la adicción al juego prende como una mecha en un campo de trigo seco. Es fácil. No puedo adquirir todo lo que yo quiero, no tengo perspectivas de cambio de vida y el caminito que se vislumbra es más fácil: el juego. El puto juego que te atrapa haciéndote creer que puedes conseguir todo lo que deseas, que es fácil lograrlo y que se trata solo de insistir.

Y de repente, la persona se ve atrapada en una cárcel invisible que le hace creer que ella "controla", que ella es la que dirige su vida y que El Dorado está cerca. Deja de relacionarse con su familia y amigos; le deja de interesar todo aquello que no sea echar una moneda o sentarse en una timba de póquer.

Si coge dinero de la carrera de sus padres, no se siente culpable, total ya se lo devolverá con beneficios. Él va a ganar. Si está casado o con hijos, da igual: lo hace por ellos. Hasta que llega un día en el que el juego es su único dios y él se ha convertido en su seguidor más fiel.

El cerebro deja de pensar, de sentir, de cuestionarse cosas. Solo quiere su droga: una partidita más. Ya no le importa nada, ya no existe nada, ni nadie. Es un ser abducido que vaga solo por la calle, intentando obtener cualquier moneda que le permita, si no matar el mono, al menos adormilarlo.

En ese pozo cae mucha gente, pero es un camino unidireccional que te permite entrar fácilmente, pero te impide salir. Se necesita mucha fuerza y cuerdas ajenas para subir desde el agujero. Y los que lo consiguen viven siempre alerta porque el lobo de la adicción no duerme...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 14 de septiembre de 2019

  • 14.9.19
Lo que más me cuesta en la vida y me sigue costando es verme como un simple ser humano. Nunca me he permitido ser humana, falible, débil, indecisa, incoherente, dudosa, ridícula... Mi mente absorbió las enseñanzas externas sobre la perfección y sobre un dios que controla, ve todo y nos juzga. Y esas ideas me tiranizan.



Me tiranizan porque dentro de mí hay sentimientos y sensaciones que no me van a hacer nunca perfecta. Como cuando te sales de una línea, siempre me he aplicado un correctivo, que si bien no hace que me duelan los nudillos por el golpe de la regla metálica, sí me produce un dolor en el pecho. El oxígeno siempre falta cuando sabes que nunca llegarás a la cumbre de la montaña. Una montaña fabricada de normas que nunca cumple nadie, ni siquiera quien las predica...

¿Quién es coherente totalmente y vive como dice que hay que vivir? ¿Quién está seguro de todo y está en posesión de la verdad absoluta? ¿Quién no tiene miedo? ¿Quién no se pierde en los laberintos cotidianos? Últimamente, voy aceptando cada vez más que soy una persona de carne y hueso, con días cambiantes, con sensaciones que van y vienen como olas. No existe la línea plana en mi vida.

Buscándome quise convertirme en una especie de monje zen capaz de sortear todas las vicisitudes sin que me rocen. Imposible. Siento, me duelen las cosas –unos días más que otros–, mi humor no lo controla ni la Luna. Todo es cambiante: esa es la única verdad.

Con las puñaladas sangro y algunas han estado a punto de dejarme sobre el asfalto. Cuando estoy abajo, de repente surge una fuerza vital que me obliga a buscar respuestas y soluciones. Una fuerza que, cuando la quiero buscar, se esconde. Ella también es cambiante. ¿Hay algo permanente, inmutable, en nuestro universo? No.

Esta mirada nueva mía me acaricia como pestañas sedosas. Me conforta como los abrazos. Me dulcifica y me libera. En este camino terrenal he hecho lo que buenamente he podido. He actuado según mis circunstancias –como diría Ortega y Gasset–, equivocándome o no, sufriendo más o menos. Y es liberador sentirse humana, como cantan The Killers: "Only human".

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 7 de septiembre de 2019

  • 7.9.19
¿Quemar un bosque o una selva y a miles de especies no está castigado? ¿No vale nada la vida de los animales grandes y microscópicos? ¿Las plantas no tienen derecho a existir? Decía mi chico el otro día, viendo uno de esos maravillosos documentales que hay de nuestro hermoso planeta: "Ojalá hubieran ganado ellos; ojalá los que hubiésemos desaparecido hubiéramos sido nosotros".



Ellos son la gran diversidad y riqueza de vida que hay sobre este planeta azul y la sinrazón de la gente y la ambición rastrera se los están cargando. Si los humanos no andáramos por aquí, no pasaría nada. No somos nada. Ni en la pirámide alimenticia, ni como aporte a la vida.

Si imagino un mundo sin personas, veo un ecosistema perfectamente regulado, donde los animales se podrían reproducir, y alimentarse unos de otros para llegar al equilibrio. Donde las plantas se comerían las carreteras y los linces podrían correr por Doñana sin que un coche los atropellase o sin que algún malnacido hiciese tiro al blanco con ellos.

Nosotros, no. Nosotros estamos podridos de ambición, de cortoplacismo, de atesorar un dinero que no vale nada después de este mundo, y que en éste solo tiene el valor que le queramos dar. Los billetes no dejan de ser papeles. Un día decidimos confiar en que ese papelito morado, azul, rojo o de cualquier color te permitía comprar cosas. Pero esa capacidad se ha desvirtuado queriendo algunos seres (¿humanos?) poseer cuentas llenas de ceros y papelitos de colores.

Me encantaría gritarles: "Imbécil, te vas a morir y, cuando la enfermedad te busque, todo eso que robas a los demás no te va a servir para nada". Quemar para recalificar terrenos, especular con ellos y obtener comisiones ilegales, creando un círculo de corrupción perfecto... De eso sabemos en España.

Quemar selva para que uno o dos humanos tengan cientos o miles de metros cuadrados para ellos solos. Que desaparezca todo aquello que tiene tanto derecho a la vida como nosotros. Se pierde para siempre singularidad, belleza, aire puro, diversidad, colores, hogares, libertad, bien común y se condena a los que tienen que venir al infierno del calor. A las generaciones futuras se les roba el espacio y el oxígeno sin que haya castigo. Y, lo que es peor, sin posibilidad de volver a tener algo que por derecho natural es suyo: la naturaleza.

Cuando veo lo que está pasando, me encantaría que existiera el infierno y que allí fueran los que encienden la mecha y los que tienen las manos sucias porque les pagan. Que sintieran en su piel lo que sufren los animalitos que han sido incinerados vivos en la Amazonia; que se ahogaran con el humo, como les está pasando a esos bonitos pájaros multicolores que planeaban libres sobre miles de árboles, que crecían verdes y fuertes hacia un cielo limpio, exhalando oxígeno para todos los que vivimos en este planeta podamos respirar.

Si existiera el infierno de fuego y ellos conocieran de su existencia, quizás su ambición y su egoísmo supino desaparecerían. Y por fin respetarían a todos los que creen inferiores, a todos los seres vivos, a sus propios hijos y descendientes. Y quizás se darían cuenta de que todos somos simples viajeros temporales que pronto se convertirán en polvo.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 31 de agosto de 2019

  • 31.8.19
Estás mejor que en brazos, se dice. Protegida por otro calor humano, sintiéndote querida y dejándote dormir en la confianza de que alguien te quiere y te cuida. Ella llora para que la cojan. Se está acostumbrando a los brazos, reclaman.



Pero es que es muy chica, lleva muy poco en este mundo y antes estaba en un sitio cálido, libre de cualquier peligro. No es fácil adaptarse a no sentir una piel todo el tiempo junto a la tuya. Por eso cuando la coges y la pones en tu regazo, ella se tranquiliza, se abandona al sueño, recuesta su cabecita junto a tu hombro, adopta la postura de una ranita y utiliza su manita derecha a modo de almohadita.

La sientes respirar y poco a poco sus inspiraciones y expiraciones van bailando un dulce val. La miras y el corazón se te encoge de dulzura. Te da una enorme penita decidir en qué momento tienes que soltar al angelito en su cunita.

Alma solo se expresa por la piel y el llanto. Si te quieres comunicar con ella tienes que observarla, quererla y, a través del amor, intuirla. Al principio la coges para calmarla y al final estás deseando que abra sus grandes ojos y diga algo para que puedas izarla, abrazarla y sentir su aroma cálido mezcla de leche materna, vida y colonia infantil hecha de frescas plantas.

Ya intenta hacer valer su genio: aprieta los puños y levanta su inestable cabecita cuando algo no le gusta. También tiene sus manías... No le gusta tener nada amontonado en sus pies cuando está tumbada en el carrito que le regaló la abuelita.

Es una niña buena, como todos los niños. Llora solo cuando pide algo: comer, abrazos para el dolor de barriga o que le cambien el pañal. Es un milagrito, un pequeño regalo del universo. Una escuela donde aprender qué es la vida.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 24 de agosto de 2019

  • 24.8.19
Voy aprendiendo que la vida son las pequeñas cosas, los "momentos brillantes" que, como dice Manolo García, duran un poco. También he aprendido que cuando algo no sale como yo esperaba, lo que llega a veces es mucho mejor. Ahora voy sentada en el tren en un asiento de los que tienen mesa que es compartida por cuatro. Yo los odio. Al principio me he enfadado porque había pedido expresamente que no fuera uno de ellos y, sin embargo, ahora estoy contenta, Nadie se ha montado, voy sola, lo que me permite estirar mis piernas perfectamente.



Para mí ha sido una bonita metáfora de que todo es cambiante. He pasado de despotricar, de criticar a la señora que me vendió el billete, a disfrutar de un espacio amplio, sentada al lado de la ventanilla, viendo cómo un blanco sol de agosto se niega a irse a dormir.

De los periodos en que me duele la pierna y el pinzamiento del nervio ciático no me deja andar, he descubierto el placer de viajar en cualquier medio de transporte sin tener que hacer esfuerzo. Siempre que yo no conduzca, claro. Me siento como en una alfombra voladora que me lleva a mi casa sin tocar el suelo, sin dolor. Como por arte de magia, vas de un lugar a otro.

Ayer pasé un día precioso con mi chico y su amigo del alma. Me sentí de nuevo niña hablando con la hija del amigo y nadando en el pantano. Recordando aquellos tiempos lejanos en los que en el pueblo íbamos a un pantano cercano con mis primos y donde ninguna playa podía dar más felicidad que aquella Aguadulce rodeada de piedras suaves.

Salir de la ciudad, alejarse de la civilización para ver la naturaleza, los pinos y sentir que el aire que llega a mis pulmones es fresco, limpio y lleno de oxígeno. Pasear en barquito sintiendo las gotitas que el aire arranca de la superficie del agua, olvidando la canícula de todo el día. La gente sencilla siempre me gusta, me hace fácil el camino, sin estrategias, ni apariencias: solo sonrisas de comprensión. La calidad humana no tiene precio y no se puede comprar.

Nada de estridencias, nada de cosas fantasiosas. Solo la vida con sus cositas, con sus momentos de calma y paz, de amor y caricias. Sin planes, sin objetivos, sin “tiene que ser”. Solo siendo todo como es.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


sábado, 17 de agosto de 2019

  • 17.8.19
Él dice que la culpa de todo lo que le ha pasado en la vida la tiene él. Él es culpable de haber tenido una infancia llena de carestías; él tiene la culpa de trabajar como un burro para que a su familia no le falte de nada. Culpable de haberle dado todos los caprichos a sus hijos porque no quería para ellos la misma infancia que él había tenido. Culpable de generosidad, de gastar ese dinero que tantas carreteras le costó.



Él piensa que no debería haberle regalado a su hijo aquella moto. Él piensa que lo malcrió y que por eso ya no está…. También piensa que el ictus que lo ha dejado medio dependiente se lo ha buscado él por tanto correr. ¡Qué duros somos con nosotros mismos! Sobre todo cuando se ha ido por la vida con buena fe.

Querer escapar del frío y del hambre, querer que sus hijitos tuvieran todo lo que él no tuvo, que ni siquiera se atrevió a soñar. No era despilfarro: eran sonrisas. Las sonrisas de sus niños con sus regalos y su mesa llena de comida. Es difícil encontrar el equilibrio; es difícil realizar perfectamente el papel de padre. Nos movemos por instintos y el de protección es enorme, sobre todo cuando te duele tu sangre.

Padrazo de brazos abiertos que no supo dar con goteo, que no supo crear frustraciones, que solo supo trabajar y regalar. ¿Quién se atreve a juzgar? ¿Quién ha vivido en su piel? Nos reparten unas cartas cuando lanzamos el primer grito y las movemos lo mejor que sabemos.

No nos hicieron perfectos, no es verdad. No nos acercamos, ni de lejos, a esos modelos ideales de sonrisas dentífricas. Nuestra mente es complicada, nuestras decisiones están llenas de emociones, de sentimientos y, a veces, de muy poca razón. Pero es que solo somos humanos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 10 de agosto de 2019

  • 10.8.19
Aire que entra por la mañana e invita a sabanita de algodón suave. Cielo que se resiste a abandonar el sueño de la oscuridad. Estrellas que se desperezan y desaparecen. Pajaritos que cantan a los rayos del sol dorado; murciélagos que buscan penumbras; colores que despiertan a la luz. Verde hoja, blanca pared, gris acera, marrón ladrillo y gente que anda entre bostezos que se pegan.



Autobús callado, cabeza que busca una almohada en el respaldo del duro asiento de plástico. Ojos que tratan de amoldarse a la claridad brillante de los amaneceres de verano. Ojos que miran sin ver; ojos abiertos que aún están cerrados en el sueño. Olor a café que se escapa de los pocos bares abiertos.

Autobús que se desplaza como si lo hiciera sobre una superficie pulida, sin frenazos, sin miles de paradas. Tráfico ausente y solicitudes de bajadas que apenas suenan. Somos pocos los despiertos. Ciudad libre que invita a pasear y a sentir el fresquito matutino en la piel desnuda. Pensamientos que vuelven como olas a la orilla de una cama blanca de sabanitas acariciadoras.

Se activa el cerebro para contar las horas que aún restan hasta volver al abrigo del sofá, lugar donde reposar el cansancio de la canícula. Fuera del bus, las piernas se ven obligadas a moverse, a realizar el juego de un paso tras otro. Ya todo es de color, un pato en el río pasea sobre una superficie que es un espejo en calma.

Miras alrededor y el tiempo se ha parado, La ausencia de carreras ha atrancado las manecillas del reloj. Hay que andar, pero todo invita a sentarse y a contemplar. Un instante, un solo instante de los pocos instantes que somos. Solo tiempo, no somos otra cosa. "¡Cómo pasa el tiempo!", decía la vecina. Y mi abuela siempre le contestaba: "Pasamos nosotros".

Empieza el ajetreo, las tareas, las obligaciones... Y la tranquilidad de la mañana se convierte en un sueño, en un anhelo imposible.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 3 de agosto de 2019

  • 3.8.19
Alma es pequeñita, con dedos de pianista y piernas infinitas. Sus ojos rasgados se convierten en hermosas almendritas cuando los abre. Almendritas de color cambiante pues sus pocas semanas de vida no dejan aún vislumbrar su tonalidad definitiva.



Es una niña adorada por sus papás, por sus abuelas, por su familia y por sus amigos. Cada gesto es admirado como una gran proeza. Y es que su presencia te llena el corazón de ternura. Una quisiera protegerla de todo y de todos, prometerle que el camino será fácil y regalarle serenidad para afrontar los contratiempos.

Quisiera traspasarle la mucha o poca sabiduría que ha aprendido en la vida. Quisiera que pudiera aprender en cabeza ajena y que avanzara con las lecciones de las experiencias de todos los que la rodeamos. Pero ella tendrá que abrir más los ojos y hacer su propio recorrido. Eso sí, intentaremos acolchar las paredes de los pasillos estrechos para que los golpes sean suaves.

Su piel es lisa e interminable, sin sobresaltos; un camino de seda y de sensaciones dulces. Es pequeña y buena, come y duerme como una bendita. Su olor es perfume de alegría y vida. Su pelo negro y esos ojitos enormes hablan de sus ancestros, de sus abuelos, de sus bisabuelos y de sus tatarabuelos cordobeses.

Su naricita es un guiño a su padre, ese hombre que la mira y remira como si fuera el mejor regalo del mundo. Cada día una aventura nueva: el cordón que se cae; el primer baño; la primera salida a pasear; la primera manicura; los miles de besos de la abuelita y el primero de los miles de viajes que prepara mamá.

Si protesta por hipo o por la digestión, la coges en brazos y le cantas sevillanas y ella se va durmiendo con el movimiento y con la sensación de protección que le da la piel con piel. Su corazón late más despacio y su respiración se ralentiza, mientras su cuerpo va encontrando la cuna que forma el brazo.

Cuesta separarse de ella; cuesta no besarla a cada instante; cuesta no aspirarla hasta diluirla. Reina de mi cuento, tu hada madrina te vela y te protege para que sonrías libre.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 27 de julio de 2019

  • 27.7.19
Leo los periódicos, veo las noticias en televisión y me pregunto si estoy en el siglo XX o en el XXI. Suben los nacionalismos, egoístas , sean del color que sean; se producen rebrotes de extremismo que sueñan con pasados lejanos ficticios y los políticos solo se preocupan de ellos mismos. "Los pueblos que no aprenden están condenados a repetir su historia". Es una frase que he leído en algún lugar.



Vivimos tiempos de egos masculinos más inflados que el pecho del gallo rey del corral. Quieren llegar, ser presidentes, tener poder y mandar. Pero no piensan ni un minuto en la gente, esa masa viscosa que está allí abajo y que solo son peldaños que pisar en su carrera ascendente hacia el delirio ególatra.

Que haya paro, pobreza, desigualdades, dolor, exclusiones... Da igual. La masa es un número y, si el número alcanza para que yo gobierne, todo da igual. La política, esa vocación de dedicarse a lo público por el bien común, es una utopía amarillenta, encerrada en un cajón antes de que naciera Cristo.

¿Qué da estabilidad a un país o a cualquier conjunto de personas? Que no haya grandes desigualdades, que haya una gran clase media que evite el conflicto entre pobres y ricos. Señores políticos, ¿no han aprendido nada de la Revolución Francesa? ¿Ni de la Rusa? ¿Ni de las migraciones? Cuando la gente pasa hambre, cuando el futuro no existe y cuando el dolor de la desesperación te ahoga, haces lo que sea para sobrevivir. ¿Y qué si pierdes la vida en ello? Si tú ya no tenías vida: solo buscabas entre la basura algo que calmara tu tripa.

Pues nada, los burros no lo ven. Clase media desaparecida, más sociedad consumista que nos recuerda que no somos nadie si no compramos el último modelo de lo que sea. Y todo eso da como resultado una mecha encendida para que aumenten la delincuencia y la violencia.

Aquí en España son ciegos totales: se están dedicando a cabrear al personal con lo fácil que lo tienen... El españolito medio es feliz teniendo una casa y un sueldo con el que pasearse a tomar una cervecita de vez en cuando. No tiene, como en Estados Unidos, ningún sueño americano ni desean las grandezas: solo vivir sin sobresaltos.

Pues prepárense que viene una generación que tiene miles de necesidades creadas y que se va a encontrar con un panorama desolador de desempleo y precariedad. ¿Se conformarán con ver que solo algunos tienen acceso a todo mientras que ellos no llegan a final de mes?

Lean, señores políticos. Lean libros de Historia y sean listos. ¿O prefieren vivir rodeados de vallas y con vigilantes armados en la puerta de sus casas como ocurre en los países menos desarrollados? Bajen de la nube o, mejor dicho, de su ego y creen una sociedad más justa. Si no lo hacen por los demás, háganlo por ustedes. No querrán que les asalten sus hogares o secuestren a sus hijos, ¿verdad? Lean, por favor, lean. Y piensen.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 20 de julio de 2019

  • 20.7.19
A los políticos les preocupan las pensiones. Eso dicen. Seguramente las suyas. Nacen pocos niños, ¿pero qué ayudas hay para procrear? Ser madre o padre es un paso de gran responsabilidad: esa personita que va a venir al mundo tiene que tener las necesidades básicas cubiertas y, para ello, sus padres tienen que trabajar y ganar dinero.



Pero si hay paro, si hay sueldos míseros con los que un trabajador es pobre, ¿quién que tenga dos dedos de frente se va a embarcar en la aventura de ser padre? Si para sobrevivir tienes dos trabajos, ¿cuánto tiempo dedicas a tus hijos? Los niños no son macetas que se crían solas a las que apenas hay que regar de vez en cuando. Una criatura necesita amor, caricias, protección y una educación que le permita no ser un desgraciado el día de mañana.

Comprarles una tele y una videoconsola no es educar: es quitárselos de encima. Hay gente que está tan cansada que no tiene fuerzas para jugar con sus hijos y les compran cosas para tenerlos callados, haciéndoles creer que, en la vida, lo importante es lo material y que se puede conseguir todo sin esfuerzo.

Las normas son fundamentales: no vivimos en la selva. Veo a adultos sin capacidad de resiliencia, sin aceptar la frustración y creyendo que aún son infantes que tienen derecho a todo. Desgraciados que no ven que su vida depende de ellos. De nadie más.

Ahora que veo a mi amiga con noches sin dormir, con dedicación absoluta a amamantar a su pequeña, con su pareja llevando todo lo de la casa, me pregunto: ¿Cómo vamos a traer más españolitos si solo contamos con cuatro meses de baja? Y mucha gente, cuando vuelve, lo hace a jornada partida. Eso que llaman “conciliación familiar” es una fantasía solo al alcance de las altas rentas y de los bajos cariños.

¿Una persona que gana 600 euros puede pagar una guardería o a una persona que cuide de su prole? No. Si queremos apostar por la natalidad habrá que ayudar especialmente a las rentas bajas para que sigan trabajando y cotizando y no tengan que elegir entre tener hijos o abandonar el trabajo.

Si creamos más guarderías públicas, se contrataría personal, con lo que habría menos paro y más personas que cotizarían a la Seguridad Social, permitiendo así que la gente que tiene menos ingresos pueda tener hijos. No se puede juzgar a nadie por su elección de ser padre o no, pero se le puede dar la posibilidad de elegir. Para eso pagamos impuestos: para que la sociedad mejore y no para despilfarrar el dinero público en corruptelas.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 13 de julio de 2019

  • 13.7.19
Vivo rodeada de gente, de edificios, de ruido... Solo veo las flores en algún jardín. Nos hemos metido en una de esas bolas de cristal que tienen algo dentro rodeado de agua y que, si las mueves, cae purpurina. Todo es cerrado, cuadriculado y previsible. Vemos todo como normal, sin hacer preguntas. Vivimos como borregos siguiendo tendencias y cambios de moda. Pero, de pronto, un día algo cambia y te conecta con el milagro de la vida.



Virginia, una de mis mejores amigas, está embarazada. Vivo con asombro el crecimiento de su barriguita y, aunque parece algo normal, cotidiano, no deja de admirarme Cómo una célula se puede convertir en miles y cada una de estas miles sabe lo que tiene que hacer, cuál es su función.

Forman orejitas, labios, deditos, un corazoncito que galopa, unos pulmones que pasan de estar inundados de líquido a poder recibir aire. Y entonces empiezo a preguntarme: ¿Cómo ocurre esto? ¿De dónde venimos? Veo las secuencias de las fotografías de las ecografías y, en cada una de ellas, el desarrollo, el cuerpo de mi amiga sabe solo qué tiene qué hacer, cómo alimentar a la criatura. Las aureolas de sus pechos se vuelven oscuras para que el bebé los pueda encontrar y, nada más nacer, tenga el reflejo de poder mamar.

Y si todo esto lo miras como algo habitual, te pierdes la belleza de la gestación. Es como cuando eres de una ciudad con una bonita catedral y ya la has visto tantas veces que no eres capaz de ver su enorme belleza. Hasta que un día levantas la vista y ves el trabajo y los sueños de gente que nos ha precedido en este continuo cambio de estaciones que es la vida.

Somos animales llenos de instintos, desde el de protección hasta el sexual. Las personas nacen, mueren; los árboles dejan caer sus hojas y el suelo hace buen provecho de ellas: sirven de comida a pequeños seres que habitan en la tierra.

Últimamente solamente veo documentales de La 2 y es maravilloso ver el bonito planeta que tenemos lleno de miles de especies con distintos comportamientos y colores. Me encantó un mamífero de Australia, cuyo nombre no recuerdo, que cuando hay sequía, las hembras no ovulan para no traer descendencia que no pueda sobrevivir.

Todo es un bonito misterio que obviamos por habernos acostumbrado a ver como algo sabido y haber perdido nuestra capacidad de asombrarnos ante lo cotidiano.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

sábado, 6 de julio de 2019

  • 6.7.19
El machismo ha hecho mucho daño a los hombres. Y no me refiero a aquellos que no han podido vivir su amor o su tendencia sexual, que claramente se han visto perjudicados. Hablo de aquellos que siendo heterosexuales han tenido que ocultar su ternura y su amor, tanto hacia sus hijos, como hacia su pareja.



Ser sensible era causa de que te señalaran con el dedo. “Los hombres no lloran”; “los hombres deben llevar los pantalones”; “los hombres tienen que beber y hacer lo que quieran”... Y, muchas veces, ese “quieran” no era nada más que seguir las normas de una sociedad cerrada, asfixiante, que vivía más pendiente de las vidas ajenas que de las propias.

Este hecho era especialmente duro en los pueblos del interior y en los barrios pequeños, donde las persianas tenían ojos y donde la falta de inquietudes hacían del cotilleo el gran pasatiempo social. Mi abuela me contaba que un hombre no podía coger a un bebé en brazos, ya que se le podía tildar de “poco macho”.

Y estos hombres solo podían empezar a mostrar cierto cariño cuando eran mayores y se volvían libres. Los nietos sabían mejor que los hijos que aquel hombre de campo los quería con locura. José Luis Sampedro lo refleja perfectamente en su libro La sonrisa etrusca.

“Calzonazos” era aquel que quería a su mujer y tenía en cuenta lo que ella decía y era capaz de dejarla decidir. No hay que olvidar que la mujer estaba constantemente bajo la potestad de un hombre, ya fuera su padre o marido. Y éste decidía si podía salir a la calle, si podía estudiar o trabajar.

Tampoco podía un componente del sexo masculino limpiar porque se le podía “caer el pito”, ni cuidar a sus padres. Y más de uno se guardaba su cariño en un cofre en su interior, cerrado a cal y canto, para que nadie dudara de su hombría.

Pero el peor daño que se les hizo a los machos fue condenarlos a la dependencia. Hacerles creer que no podían vivir sin una mujer que les haga todo. El resultado de eso se ha visto siempre en los hombres que se quedaban solteros o viudos y creían que se les había caído el cielo encima porque no eran capaces de cuidar de sí mismos.

No solo no sabían cocinar o limpiar, es que además estaban convencidos de que no podían hacerlo. En su mente eran hombres y, como tal, no hacían esas labores, que se suponían femeninas, y si se les ocurría hacerlas serían el hazmerreír de todos. Bajo el látigo de la hombría se ha perdido mucho amor, ternura, empatía e independencia. Tanto hombres como mujeres deben ser libres para poder elegir su vida y, para eso, la independencia es fundamental.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


sábado, 29 de junio de 2019

  • 29.6.19
Orgullo de ser humano, de tener un ADN único e irrepetible, de ser libre, de decidir, de sentir, de pensar diferente. Dejemos ya de joder a los demás exigiéndoles ser unos modelos que nosotros no somos ni en sueños. ¿Quién tiene derecho a decirle a alguien cómo vivir o cómo sentir? Como si algunos de nosotros pudiéramos decidir o elegir los sentimientos.



Cuando veo a los que se dedican a odiar, a criticar, a culpabilizar al otro siempre pienso lo mismo: “Tiene que ser un desgraciado con una mierda de vida”. Llevar el día a día propio y atender a nuestros seres queridos ya es suficiente como para estar pendiente de si el vecino o la vecina sale con cuatro o es transformista, o asexual...

A mí, la verdad, es que no me queda tiempo ni ganas de observar y, mucho menos, de criticar a los demás por su estilo de vida. Siempre he sabido que no respondo a esa perfección de la que me hablaban los curas o las maestras. Solo soy un ser humano que lleva su existencia, su paso por este planeta, lo mejor que puede, sin creerme mejor que nadie y que tiene muy asumido que es totalmente falible.

Cuando algún energúmeno critica o mira desde arriba a una persona por ser homosexual, bisexual, transexual o lo que le dé la gana ser, mi mente racional, que es muy potente, mira con extrañeza al exaltado. “¿Será gilipollas este tío?”, pienso, porque para mi parte izquierda del cerebro es incomprensible que se ataque por tener gustos diferentes. Para esa parte del cerebro es igual que gritarle a una persona porque le guste la cerveza o no le guste el vino.

Lo que cada uno hagamos con nuestro cuerpo y con nuestro tiempo no le importa a nadie. A ver si se enteran que ya se acabó la esclavitud, los siervos de la gleba y el Tercer Estado y que no somos propiedad de nadie.

A mí me daría pudor decirle a alguien cómo tiene que amar. Quien piensa que se puede controlar todo es un idiota que no sabe que, aunque humanos, no dejamos de ser pura química, seres llenos de electrones y protones que nos hacen atraernos. Y el amor o la atracción sexual no tienen explicación.

Yo más bien creo que hay mucho por ahí suelto que no acepta que “le ponen” los de su mismo sexo, que su piel se eriza más con un cuerpo al que su sometida mente califica de “prohibido”. Y esa frustración provoca ira y odio.

Estoy tratando de recordar la última vez que vi un cura heterosexual... El clero está lleno de gais, ejerzan o no de ello. Algunos han visto en la institución la forma de acallar sus pensamientos y sentimientos y poder seguir formando parte de su familia.

También he conocido hombres homosexuales casados para guardar las apariencias y que llevan doble vida. Todos ellos atrapados en realidades que odian, tirando la oportunidad de ser honestos con ellos mismos y no dañar a otra persona que desconoce ese doble juego.

Si Dios nos hizo a todos a su imagen y semejanza, si es infalible, ¿quién eres tú para cuestionar su obra? El que esté libre de pecado que tire la primera piedra y, si la tira, que sepa que será juzgado con la misma vara de medir que utiliza con los demás... Y no lo digo yo, lo dice la Biblia, ese libro que leen muchos de los energúmenos que acusan con el dedo.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 21 de junio de 2019

  • 21.6.19
Estaba a dos asientos de mí en la peluquería. Y yo me preguntaba por qué yo sí y ella no. Era muy joven y se notaba que estaba comenzando el proceso y aún no sabía cómo peinarse y qué hacer con su escaso pelo. Se miraba y se volvía a mirar en el espejo, tratando de encontrarse, de reconocerse. Había tenido mala suerte: era una mujer en un cuerpo que no le correspondía.



Digo "mala suerte" porque, aún hoy, la sociedad señala y mira mal a quien la naturaleza le ha jugado una mala pasada. Ya debe de ser duro no reconocerse en un cuerpo para que, además, tengas que soportar el desprecio ajeno.

Yo, que soy muy espontánea, le recomendé algún truquito para verse más guapa. Le costaba aceptarlos, normal. Quería encontrar su propia imagen, su identidad, cosa que no es fácil para nadie. Pero lo bueno de todo es que ella no estaba sola. "Abuela cómo estoy?", preguntó. Y a una señora con el pelo blanco, bastón y cara sencilla se le iluminaban los ojos mientras le respondía: "Estás guapísima". Era su sangre, su carne, su nieta. Y solo quería que fuera feliz. Aquellos que no aceptan, que señalan con el dedo, no saben qué es el amor.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 14 de junio de 2019

  • 14.6.19
A medida que voy conociéndome y aceptándome, soy menos proclive a juzgar a los demás. Sigo viendo y reconociendo a las malas personas, a esas a las que los demás no les importan y solo miran por ellos. Gente capaz de hacer cualquier cosa por poder, dinero o egoísmo. Las veo y las aparto.



Me refiero más bien a esas personas cuyo comportamiento no sigue la media social, no responde a la llamada “normalidad”. Cualquiera de nosotros puede tener un comportamiento irracional, fuera de tono o “extraño”. Todos somos producto de nuestras vivencias. Venimos a este mundo con una genética determinada, que nos hace más susceptibles a la hora de sufrir algunas enfermedades o a desarrollar determinados comportamientos.

Suerte tienen los optimistas de serie, a los que ya desde niños todo les parece bien. Tocados por la varita de la alegría y con unas gafas que solo enfocan la parte buena de la vida. Como suele decirse, todo lo ven “de color de rosa”.

Los demás vivimos entre el equilibrio y el desequilibrio perpetuo y aspiramos a esa “normalidad” de la que se habla, que nadie sabe cómo es o en qué consiste. Nadie habita en la cabeza del otro, nadie puede saber qué piensa o siente otro ser humano.

La mayor frustración viene cuando lees frases sobre lo que debería ser la vida, de cómo ser feliz. En definitiva, conseguir unas metas, lejanas y prácticamente inalcanzables. No hablan de mirar alrededor sino de visualizar un camino con una serie de etapas para conseguir un estado que parece estar fuera de uno mismo. Nunca dentro.

Cada uno llevamos una trayectoria, la mejor que hemos podido llevar en función de cómo estamos en cada momento. Quizás parezca incoherente, quizás lo vea raro, quizá no lo entiendan… Quizás esté sufriendo mucho por dentro. ¿No sería mejor no tener expectativas propias o ajenas y disfrutar de lo que hay? ¡ Qué pena que en el colegio o en casa no nos ayuden a aceptarnos y a querernos tal y como somos! Todo sería tan bonito...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


viernes, 7 de junio de 2019

  • 7.6.19
Vivimos en una burbuja en la que solo vemos lo que nos enseñan por la tele. Y, a menudo, las imágenes ya ni nos duelen: las vemos moverse como si fueran un fotograma de una película demasiado conocida. Me gusta hablar con la gente y, ayer, cuando me trajeron una mesa a casa, escuché al chico que la traía e intenté adivinar su procedencia por su acento. Al final, terminé “entrevistándolo”.



Era de mi Nicaragua y llevaba nueve meses en España porque su madre, que ya llevaba tiempo aquí, le había facilitado los papeles. Un chico normal, morenito de piel, con ganas de trabajar y, sobre todo, con ganas de huir del infierno. No ponemos a Nicaragua en el mapa porque no tiene petróleo, ni nada que expoliar.

Sin necesidad de preguntar mucho, me contó que su amigo del alma, el que era como su hermano, sufrió un gran castigo solo por manifestarse en la calle contra el régimen que gobierna este país centroamericano, donde la paz nunca llega. No existe la democracia, no existe el diálogo: solo hay un monólogo que se hace escuchar con la fuerza de los palos y las balas.

Resulta que su amiguito, con el que tanto había vivido, recibió una paliza de la policía y no contentos con ello, lo pasearon arrastrándolo por el suelo atado a una moto. Me decía: "Como si fuera un perro". Pero ni un perro, ni nadie, se merece ese trato. Después de divertirse con él por las calles, y utilizarlo como advertencia de lo que te puede pasar si piensas diferente, le pegaron tres tiros en el pecho.

Cuando el Gobierno es el que agrede, ¿quién te puede proteger? Después de aquello, lo único que le quedó es irse a la Madre Patria a vivir y a intentar borrar de su mente las imágenes de infinito dolor y la rabia de ver tratar a su hermano del alma como si fuera un muñeco de trapo.

Si escucháramos las historias que cada uno tenemos seríamos más tolerantes, comprenderíamos lo que siente el otro cuando nos cuenta su realidad mientras nos mira los ojos.

Como a mí me pierde leer, conocía la historia de su país contada a través de la piel de la gran Gioconda Belli. Le pregunté si le gustaba leer, por sus gestos entendí que era una actividad que no practicaba mucho. Bajo promesa de lectura le regalé la magnífica biografía de Beli, una escritora nicaragüense que vivió las luchas de su país desde dentro y que ahora, desde fuera, sigue sintiendo el sufrimiento de su pueblo.

Me dio las gracias y yo le deseé que encontrara la paz en esta España nuestra que tanto se empeñan algunos en dividir.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 31 de mayo de 2019

  • 31.5.19
Es tierno, cariñoso, valiente, masculino, gamberro, caballero. Sin miedo a amar. Él es el guardián del bosque donde el hada vive, donde a veces se esconde. Solo él sabe cómo abrazarla, cómo cuidarla, cómo conectarla con la paz, con el amor, con la piel. Su voz y sus caricias la duermen en la tempestad.



Él conoce los secretos guardados en el cofre de la memoria, la percibe, la intuye… Le gusta verla feliz, verla contenta; le gusta verla correr y cantar como la niña que nunca abandonó. Sabe cómo jugar con ella: él también tiene un niño en su interior al que le gustan los mimos y las cosas “truchis”.

Ella ha aprendido que de su mano todo va bien; que él es él, el que la vida le tenía reservado para cuidarla y para enseñarle lo que es el amor de verdad, el amor que sale del corazón sin estrategias, y sin truenos.

Le dice cosas que hacen que el hada ría como una chiquilla. Palabritas que la hacen sentir especial, gestos caballerescos que le transmiten que ha venido para quedarse, para recorrer los caminos del bosque juntos.

Ella explora con sus dedos su territorio, busca su cuello, su cabecita, absorbe su olor y se deja arropar por su calorcito. En él encuentra la isla en la que reposar, en la que descansar, en la que sentirse viva. Aunque abandonar el castillo del árbol da vértigo, los vuelos juntos son una maravilla, un regalo dulce que proporciona paz y descanso.

Lancelot ha entrado en el bosque y ha encontrado allí su hogar. Su fuerza no reside en su escudo, ni en su armadura –de la que, por cierto, adolece–. Su fuerza radica en la bondad que lo habita, en su sensibilidad, en su valentía amando. Y lo mejor de todo es que es humano, es de carne hueso y no es perfecto. De hecho, con relativa frecuencia, se vuelve azul y gruñe, pero el hada ya sabe qué tiene que hacer: dejarlo que corra solo un rato.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 17 de mayo de 2019

  • 17.5.19
Ayer tuve todo el día el corazón encogido. Todos los días, a las siete y media de la mañana,  hay un mendigo de pelo blanco y barba larga de nieve sentado con su perro, un bonito pastor alemán, y un trocito de cartón en el que reclama alguna ayuda a los viandantes. Pero ayer estaba solo y esta vez el mensaje del cartón era distinto: "Me han robado a mi perro".



Un hombre que leyó su desesperación, se paró e intentó animarlo. "Seguro que aparece", le decía ante la incredulidad del otro. Un hombre mayor que deambula por las calles, con un amigo que lo quiere y acompaña. Y ahora su único amigo había desaparecido. Y entendí el amor de mucha gente a los animales, a su lealtad y cercanía.

Recuerdo la confesión de Eduardo Galeano sobre el dolor que la muerte de su compañero perruno le había provocado, él que siempre lo obligaba a volver a la realidad tras horas absorbido por las páginas de nuevos escritos...

Y, en este caso, el dolor era más grave: el hombre de la calle no posee nada, no tiene ninguna seguridad en su vida. Solo le acompañan los ojos oscuros y las orejas puntiagudas de su perro.

Pero esta mañana se ha obrado el milagro. Nada más salir a la calle, allí estaban los dos amigos de nuevo. Los pelos del animal daban cobijo a la fría mañana del anciano. Me he ido contenta... pero con la sensación de que algo estamos haciendo mal para que haya gente viviendo en la calle y para que las personas prefieran los animales a los humanos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 10 de mayo de 2019

  • 10.5.19
Imagino, sí. O quizás no seré capaz de imaginármelo. Porque debe de ser duro. Debe de ser duro que te miren por la calle por el color de tu piel, por tu altura, por tener unos rasgos indígenas, por vestir diferente, por tener otra cultura. Debe de ser difícil haber nacido en España y que te digan que tienes que irte a “tu país” solo porque tu piel es más morena.



Debe de ser difícil llegar a un país que no es el tuyo, con un clima diferente, con un ritmo de vida distinto, que vengas huyendo de la guerra y de la pobreza y te miren mal. Debe de ser horrible sentir continuamente miradas de asco, sentir que te perdonan la vida. Necesitar demostrar algo todo el tiempo, algo que no se sabe qué es. ¿Cómo se puede tener otro color, otra cara, otra forma de mirar? Como si uno pudiese elegir...

Solamente una vez me sentí fuera de lugar en otro país: fue en Alemania, en una tienda donde una rubia con ojos azules me miraba desde su superioridad aria. Todos alguna vez nos sentimos fuera de lugar en algún ambiente que se aleja de nuestra personalidad, o entre gente que no se siente como nosotros. Eso es normal.

Todos somos diferentes pero, también, somos seres gregarios que necesitamos formar parte de una comunidad y, a la vez, estas comunidades necesitan tener una identidad propia, que la mayoría de las veces se consigue creyéndose superior a los otros grupos.

No hay nada más que darse una vuelta por un barrio pijo para ver que todos visten igual, llevan idénticos peinados y hablan parecido. Quien forma parte de ese grupo no quiere bajarse del carro y hará lo imposible para permanecer en él, aunque ya no tenga dinero. El vestir de la misma manera le da la seguridad de que no va a sufrir un destierro eterno.

Quizás es el miedo el que hace que mires por encima, o la seguridad interior, como cuando quieres entrar en una hermandad universitaria y debes hacer perrerías a los débiles. Esos débiles que el día de mañana serán genios y tendrán un buen trabajo, mientras los matones seguirán odiando y realizando tareas inferiores a sus expectativas.

Me gustan los diferentes, los que han sufrido, los incomprendidos, los frikis, todas esas personas que tienen historias engarrotadas en su interior. ¿Por qué? Porque esas experiencias los han hecho más humanos. Y las apariencias son solo cáscaras perecederas que muchas veces no nos comunican nada del ser humano que hay detrás.

Hay sonrisas llenas de miedos, de dolor; hay miradas que demandan abrazos en morse; hay cabezas agachadas que esconden seguridades; hay gritos que hablan de necesidades. Y hay altiveces que maquillan soledades. ¿Cómo sería todo esto si respetásemos al otro? Dejad ser a cada uno según su esencia, con la única máxima de no transgredir los derechos humanos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 3 de mayo de 2019

  • 3.5.19
Aprendiendo que la vida es algo más que esta jaula imaginaria que me he construido para no sufrir. Aprendiendo que no hay límites, ni por debajo, ni por arriba, ni en los lados. Descubriendo que el amor no es lo que yo imaginaba, sino que es un sentimiento de dentro que nada tiene que ver con los físicos, las apariencias o las miradas.



Descubriendo que no hay fuego más fuerte que el de la ternura y el de la pureza de un corazón bueno. Sentir que en el alambre ya no estoy sola; sentir que nunca ha existido dicho alambre: solo una cuerda atada a mi pie para que no volara, para que no traspasara el cercado.

Sentir una mano en la que puedes confiar; dejarme llevar sin planes, ideas o sin saber nada… Madurando y siendo consciente de mi presente sin pretender agarrar nada, dejando el control y seguir solo el camino que me indica mi libre corazón. Ser yo sin esfuerzo, sin estrategias, sin guerras. Solo sentir su cercanía y calor y dar gracias al destino por haber puesto esa intersección en la que nos hemos cruzado, por haber traído el regalo de Reyes Magos en otoño.

Maravillándome de que tengo un cuerpo, una piel, un corazón que vibran, que sienten, que han escapado del arresto perpetuo de la mente. Solo mi piel es mi gran consejera: ella me guía a ciegas y con los ojos abiertos.

Aprendiendo que todo esto que llamamos "realidad" no es más que una construcción de la mente que nos hace verla favorable o no, que los pensamientos son los peores esclavistas que existen, que algunos son tan buenos que se disfrazan de reales cuando son simples corazas con las que afrontar el día día.

Constatando que la felicidad es un abrazo fuerte, un beso que hace cosquillas, un sofá compartido, una risas en la cocina, unos nombres en diminutivo… Las pequeñas cosas.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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