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jueves, 15 de julio de 2021

  • 15.7.21
La deuda viva del conjunto de los municipios españoles ha vuelto a reducirse. Según los datos publicados por el Ministerio de Hacienda del Gobierno de España sobre la situación financiera de las entidades locales a 31 de diciembre de 2020, el 60 por ciento de los municipios españoles (4.895) tienen sus cuentas saneadas. En el caso de Córdoba, el 38 por ciento 77 municipios sitúa su deuda en cota cero.


De esta forma, la provincia de Córdoba se sitúa entre las provincias andaluzas cuyas cuentas se encuentran más saneadas, con diferencias entre unos ayuntamientos y otros, en la mayoría de los casos son las entidades de menor tamaño las que suelen encontrarse al corriente de todos sus pagos.

De este modo, en la Campiña cordobesa, en el caso de municipios como Montemayor, La Rambla, La Victoria, Montalbán y Santaella, el informe del Ministerio de Hacienda confirma la cota cero para sus deudas vivas. En el caso de Montemayor la situación se mantiene estable, pues desde hace años presume de unas cuentas saneadas, sin embargo, otras localidades como Montalbán y Santaella han conseguido reducir unas deudas que, en año de mayor endeudamiento de los municipios en España (2012), alcanzaron los 400.000 de euros y los 1,6 millones, respectivamente.

Frente a ellos, municipios como Castro del Río aún cuenta con algunos números rojos pues, si bien la deuda municipal se ha reducido de 3,2 millones a 400.000 euros, los vecinos de la localidad aún deben hacer frente a un negativo de 49 euros por habitante.

Por su parte, municipios de mayor tamaño, como es el caso de Baena o Montilla, han conseguido avanzar en el saneamiento de sus cuentas, si bien aún dista un margen de 3,9 millones de euros en ambos casos para acabar con la deuda municipal.

En el caso del municipio de Baena, los números rojos de las cuentas del Ayuntamiento se han reducido desde 2012 de 13,6 millones a 3,9, situándose la deuda por habitante en 206 euros, 461 euros menos con respecto a los primeros años de la pasada década.

Mientras tanto, en el caso de Montilla, que partía en 2012 con una deuda municipal de 19,7 millones de euros, el trabajo financiero desarrollado por la Corporación ha situado el déficit en 173 euros por habitante, más de 657 euros menos que hace ocho años.

I. TÉLLEZ / REDACCIÓN
  • 15.7.21
La deuda viva del conjunto de los municipios españoles ha vuelto a reducirse. Según los datos publicados por el Ministerio de Hacienda del Gobierno de España sobre la situación financiera de las entidades locales a 31 de diciembre de 2020, el 60 por ciento de los municipios españoles (4.895) tienen sus cuentas saneadas. En el caso de Córdoba, el 38 por ciento 77 municipios sitúa su deuda en cota cero.


De esta forma, la provincia de Córdoba se sitúa entre las provincias andaluzas cuyas cuentas se encuentran más saneadas, con diferencias entre unos ayuntamientos y otros, en la mayoría de los casos son las entidades de menor tamaño las que suelen encontrarse al corriente de todos sus pagos.

De este modo, en la Campiña cordobesa, en el caso de municipios como Montemayor, La Rambla, La Victoria, Montalbán y Santaella, el informe del Ministerio de Hacienda confirma la cota cero para sus deudas vivas. En el caso de Montemayor la situación se mantiene estable, pues desde hace años presume de unas cuentas saneadas, sin embargo, otras localidades como Montalbán y Santaella han conseguido reducir unas deudas que, en año de mayor endeudamiento de los municipios en España (2012), alcanzaron los 400.000 de euros y los 1,6 millones, respectivamente.

Frente a ellos, municipios como Castro del Río aún cuenta con algunos números rojos pues, si bien la deuda municipal se ha reducido de 3,2 millones a 400.000 euros, los vecinos de la localidad aún deben hacer frente a un negativo de 49 euros por habitante.

Por su parte, municipios de mayor tamaño, como es el caso de Baena o Montilla, han conseguido avanzar en el saneamiento de sus cuentas, si bien aún dista un margen de 3,9 millones de euros en ambos casos para acabar con la deuda municipal.

En el caso del municipio de Baena, los números rojos de las cuentas del Ayuntamiento se han reducido desde 2012 de 13,6 millones a 3,9, situándose la deuda por habitante en 206 euros, 461 euros menos con respecto a los primeros años de la pasada década.

Mientras tanto, en el caso de Montilla, que partía en 2012 con una deuda municipal de 19,7 millones de euros, el trabajo financiero desarrollado por la Corporación ha situado el déficit en 173 euros por habitante, más de 657 euros menos que hace ocho años.

I. TÉLLEZ / REDACCIÓN

sábado, 26 de enero de 2013

  • 26.1.13
Sólo una, no más. No sé cómo es capaz de llegar a causarme tantos problemas. Aparece día sí, día también, y es capaz de hacerme perder la cordura en cuestión de minutos. No recuerdo cuándo fue la primera vez que apareció en mi vida: una semana, un mes, un año o quizás haya estado conmigo toda mi vida. Creo que conoce mi cuerpo mejor que nadie, centímetro a centímetro ha crecido conmigo mientras yo intentaba ignorarla y, a pesar de ello, nunca ha detenido su constante avidez.

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Son las tres de la mañana y está aquí pegada a mí, en todos los rincones de esta habitación, pero no es hora para ello. No son horas para que estés aquí —le digo-. Realmente nunca es hora cada vez que apareces.

Un simple roce me pone la piel de gallina, me recorre desde las piernas al pecho, me acaricia de forma suave y me hace estremecer. En este momento me recorre la cara y me toca las manos evitando y entorpeciéndome acabar mi trabajo. Intento zafarme una y otra vez pero ella vuelve con lo mismo: quiere cobas y caricias. No, no estoy dispuesta a ello.

Ayer discutimos bastante, llegamos a una violencia casi insostenible. Mi siesta es sagrada, y más que un acto es cultura. Como decía, no quería llegar a donde llegamos, pero la pereza acabó por hacer de las suyas y conseguí que durante un rato me dejase en paz.

Pensé que esto la alejaría de mí, que se cansaría y por fin cogería la puerta para no volver nunca más, pero no. Siempre vuelve, supongo que es inevitable que todo acabe cayendo por su propio peso. Al fin y al cabo, la llevo tan dentro que no sé verdaderamente si su ausencia me dolería más aún.

A la hora de cenar regresó. La noche la hace más fuerte, se crece en la oscuridad. Detesto –más que detestar, no estar cuando tengo que estar- volverme una persona ausente y ensimismada en las boberías que pasan frenéticamente por mi cabeza si ella está cerca. Esto va a llegar a mayores.

Cada día estoy más harta, más cansada, esto empieza a rozar la locura. No como, no duermo, me paso las horas delante de un folio en blanco irritada, a la espera. Nunca está cuando debe estar y, sin embargo, irrumpe intempestivamente cuando menos la necesito o espero.

Las paredes parecen convertirse de papel y todas y cada una de las disputas que tengo con ella pasan a ser vox populi en el patio de vecinos. Duermo mal, tengo pesadillas constantemente, pesadillas con ella. Y, al despertar, la veo mirándome y casi puedo vislumbrar en sus ojos un brillo de lástima por mí.

Hoy no lo he pensado más y he actuado. Realmente ha sido más un impulso que otra cosa. Mientras dormía ha vuelto a aparecer y creo que tras el sobresalto por haberme despertado he soltado el puño y le he asestado un golpe certero contra el escritorio.

Ya no está aquí rondándome, vuelvo a hacer las cosas como quiero, sin incordios de ninguna clase. Sólo hace unas horas que no está y creo que ya la echo de menos. Bendita y maldita inspiración.

CARMEN LIROLA

sábado, 3 de noviembre de 2012

  • 3.11.12
Julián, mi hermano, antes de colgarse de la vida a mitad de camino, siempre pensó que la existencia se reducía a dos clases de dormitorio. “Tenemos demasiadas leyes, muchas normas absurdas y un exceso desmedido de gilipolleces”, solía decir. “Pero después de tanta pauta depurada, por extraño que parezca, todos, ricos y pobres, guapos o feos, lidiamos con la misma mierda de todos los días”.

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Decía Julián, todavía lúcido, y que durante cuarenta años empapeló su cuarto con cristales azogados, espejos que agrandaban los espacios y reflejaban sin tardanza las locuras de la realidad: "Me encanta lo que veo y adoro lo que hago. Amo el presente tanto como amo los espejos", escribía una noche, tirado en la cama, multiplicado infinitas veces entre las paredes vidriosas.

Era un hombre feliz porque era meramente temporal. Disfrutaba de sus hijos, de una esposa aparentemente fiel, de un chalet con jardín y de un perro que farfullaba ladridos cada dos por tres. Julián amaba los espejos porque la gente lo amaba a él.

Pero las cosas tienden a quebrarse y mi hermano no escapó de una crisis matrimonial ni de una vejez que arañaba su cara con arrugas incipientes. Las deudas lo arrasaban, los bichos se turnaban a la hora de la merienda para asaltar sus plantas del patio y él, en medio de su desierto personal, prefirió descolgar sus queridos espejos.

Julián desnudó a la habitación y esta, pudorosa, le enseñó un cuerpo desvirgado y ennegrecido, que no tardó en recubrir con fotografías de un joven esplendoroso, con instantáneas y clichés, con títulos honoríficos, diplomas y cuadros. Fue entonces cuando mi hermano se unió a la transición del dormitorio del recuerdo.

Se quedó con las épocas de bonanza, con las primeras citas de amor, con los besos guardados y en los días que todo marchó hacia adelante, en la misma dirección. Las paredes eran un compendio de imágenes ancladas en el pasado. Mientras el resto de la familia zozobraba en medio de la tempestad, mi hermano Julián varaba en la costa.

Pasaba noches en vela, recordando su antigua sobriedad, los viajes románticos al lago o aquellas escapadas a las playas de Huelva. Esta vez, Julián amaba las fotos porque los recuerdos lo amaban a él. Tanto quiso recordar que regresó a sus primeros pasos. Comía entre las sábanas de seda, defecaba sobre el calzón y jugaba a esconderse de las sombras que ondulaban en la alfombra.

Apenas salió de la habitación en varias décadas, tan solo emprendió alguna odisea para cazar las hormigas que desfilaban en tropel por debajo de la puerta. Se empeñó en darle la vuelta al reloj y a desandar el camino, buscando lo que ayer había se perdió. Cuanto más regresaba, más se alejaba.

Mi hermano se encerró en sí mismo, en un tiempo anterior, olvidó al mundo y el mundo lo olvidó.

CARMEN LIROLA

sábado, 29 de septiembre de 2012

  • 29.9.12
Le confié todos mis recuerdos a un frasco de colonia. Se los conté uno a uno, desde el más potente al más insulso. Viaje a viaje, día a día, palabra por palabra. Cada minuto, por pequeño que fuera, por diminuto o insignificante que pareciese, fue reconducido y condenado al mortero del olvido donde lo hice papilla. Bien machacado, bien triturado. Después, destapé el bote y mezclé el potingue de los nuevos olvidos con el perfume, alcanzando así una solución concentrada.

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Para los químicos o entendidos, reitero lo de "concentrada" y no "saturada" porque aquel recipiente colorado, de catorce centímetros de altura, estaba destinado a guardar dos años de soluto, dos años de recuerdos. Cuando acabó el proceso, coloqué el bote en la estantería como si fuera un cuadro o la cabeza de un morlaco disecada, y allí se quedó, solo y solitario.

Al cabo de una semana me empezaron a doler los huesos; tanto, que a duras penas me movía del colchón. Lo achaqué a la humedad de la primavera y al traicionero mes de abril que a Sabina le robaron, donde el fresco se había declarado en huelga y no se asomaba ni a la hora del café. Pero pronto pasaron los meses, y la masa ósea comenzó a resquebrajarse por ahí dentro, con historias y revueltas que gritaban: “¡Los echamos en falta! ¡Queremos que vuelvan!”.

Supuse que se referían a los recuerdos. Pero no: ¡al carajo con su regreso! Yo vivía mejor en mi feliz ignorancia. Pero, a pesar de todo, fue esa ignorancia la que me llevó a buscar más información sobre tal despropósito. Tecleé en un buscador las palabras clave: "voces", "dolor", "cura", "huesos" y una larga lista de síntomas más que extravagante. Una de las páginas me sirvió para justificar mi estado.

“A veces –versaba el texto– la nostalgia se convierte en la carcoma de los huesos. Los roe a dentelladas pequeñas, como un escultor que talla un ojo o una pestaña. Es una obra exclusiva, una jugarreta diligente y pulida, porque el tiempo prende la mecha y se olvida de trabajar, solo espera.

No hay un tratamiento específico y mucho menos una cura posible, pero desde luego la solución no es olvidar: en todo caso, echar de menos. La carcoma, con frecuencia, se aburre, del mismo modo que los coprófagos se cansan de consumir sus propios desechos. Indicaciones: si ya se ha desterrado algún tipo de recuerdo, es preferible retomar su contacto y que se elimine a través de remedios naturales”.

Resumiendo aquel caos literario: volver a abrir aquel frasco de perfume. Esa noche, antes de abrir la improvisada caja de pandora, me quedé de pie durante largo rato, mirándolo concienzudamente. “Chico, –le dije– no me acuerdo de nada, ni sé qué contienes, o por qué diantres te encerré ahí, sólo te pido que te comportes”.

A continuación, veté su encarcelamiento, arranqué de cuajo el tapón y sostuve a aquel semidesconocido en la palma de la mano. No me atrevía a olerlo. Derramé la mitad del líquido en la funda de la almohada y salté sobre la cama intentando adoptar esa filosofía pueril de “ahora me enfado y no respiro”.

Yo enfadada no estaba, tal vez asustada. Durante medio minuto aguanté como un intento de Peter Pan, hasta que los pulmones no aguantaron más y no me quedó otra que inspirar, profundamente.

Mi habitación empezó a navegar por aguas revueltas. Sentí algo similar a un palo de golf estrellándose sobre mi nuca. La fuerza del golpe puede asemejarse a la que hubiera empleado la mujer de Tiger Woods en su intentona de imitar a su marido, momentos después de que éste hubiese hecho un birdie en hoyos ajenos a su deporte.

Quizá estas bobadas de personajes de ficción o del golfista me han servido solo para restarle importancia a lo que ocurrió a continuación. Porque lo que custodiaba mi frasco de perfume eran casi dos años de la misma persona que ha sido protagonista de mis cuentos, de mi vida y, una vez más, de esta historia.

Como decía, tras sufrir el golpetazo de la señora Woods, alguien agarró mi mano entre las sábanas, las mismas sábanas que sólo usaba cuando llegaba el verano y que llevaban unos meses guardadas en el armario, tal vez esperando que volviera.

Color vino, crudo y con un filo un poco más oscuro. Yacía otra vez conmigo, como si no hubiera pasado el tiempo, como si nunca le hubiese perdido. La primera reacción lógica era abrazarte, la gente trivial lo hace, sobre todo cuando pasa mucho tiempo y no sabe qué decir.

La diferencia residía en que yo lo tenía muy claro. “¿Sabes que aún me acuerdo de ti?” –le pregunté. Platón lo solía llevar a cabo: preguntar sin esperar respuesta, retórica en estado puro. Me acerqué y dejé caer mi cabeza entre la cavidad que formaba su cuello y el hombro.

No me moví, no lo habría hecho ni aunque se quemase mi jodida habitación. Me dormí, recitando una ristra de cursilerías y bobadas, cada una por cada día que quise hacerlo, y me guardé las ganas por vergüenza.

Al día siguiente me desperté con la marca de las uñas en la muñeca izquierda. El aroma que ahora desprendían mis sábanas color vino, crudo y lisas eran la mezcla de una habitación cerrada y el sudor de una mala noche. El tópico de si aquello había sido o no un sueño se lo dejé a mi perro…

Yo era fantasiosa, pero no gilipollas. Había estado allí, palabrita de honor, así que ese día lo tomé como un mero trámite, un procedimiento oscuro y absurdo que concluiría con otra sesión de perfume rociado.

Fue así que, noche tras noche, aguardaba con recelo el momento en el que cerraba mi puerta y esnifaba mis recuerdos. Y aparecía ahí, de repente. Nunca me correspondía los besos, ni las caricias, ni siquiera me contestabas.

Te limitabas a acompañarme en mis ratos hasta que caía rendida. Una madrugada me pareció que, al punto de dormirme, se acurrucó junto a mí y lloré en silencio. Exceso de imaginación, supongo.

Semanas más tarde surgió el gran problema. Si alguien me lo hubiese dejado caer, no habría encomendado mis mejores recuerdos a un maldito frasco que tiene un carácter efímero y fugaz. Una foto, un anillo o una canción hubiesen bastado. La cuestión es que, cuando me di cuenta, apenas quedaba un dedo de aquella sustancia.

Los drogadictos tienen la fortuna de pegarle a todo, como los bisexuales, y mi situación era totalmente insostenible. Enganchada a un perfume que no podía comprar por no tener etiqueta.

En el colegio me enseñaron que en el caso de sufrir cualquier mal de cualquier índole siempre hay tres salidas: Réflex, manzanilla o agua. Para este contratiempo el único elemento de la lista que no llevara consigo un olor implícito era el agua.

Así que metí aquel bote bajo el grifo, y corté el riego más o menos a la mitad.
Al verter esa dosis de ingenio, de nuevo, en la funda de la almohada todo apuntaba a que mi retirada del mundo científico había sido un gran error.

No obstante, a las pocas horas noté cómo su mano se iba difuminando. En torno a las cuatro de la madrugada, no quedaba ni rastro. Poco a poco se iba alejando antes. Tres y media, tres y cuarto, tres. Cuanta más agua añadía, más difusa se volvía la imagen. Un día, al final, ni siquiera vino.

Lo peor fue el mono, los recuerdos aún se hacían soportables. Sobre todo porque durante varias semanas se quedó el olor pegado a la mesilla, a la lámpara y a los muebles en general, y eso calmaba los espasmos, los desvaríos, y el síndrome de abstinencia. Pero el mono… eso no era pecata minuta.

Acabé por introducir el dedo dentro del bote, como si fuese un frasco de Nocilla, y me lo llevaba a la boca para ver si aparecía durante diez segundos, “un ratito, por Dios, no más”. Después de muchos esfuerzos, lo olvidé, todo. La carcoma de los huesos hizo bien su labor.

El tiempo consumió la mecha sin molestarse lo más mínimo. Si alguna vez le quise, no lo recordaba. Si alguna vez estuvimos cerca, no lo recordaba. Si alguna vez existió, no lo recordaba.

Una mañana, meses más tarde, años más tarde, qué sé yo, me fui a caminar por la calle principal del pueblo. En mi reproductor sonaba algo tipo: “ahora lo veo distinto, diferente, raro, extraño (…) separarse y no volver a verse en años”.

A lo lejos divisé una silueta, de esas que miras y desmiras, de esas que pasan cerca de ti, huelen bien y ya. Yo tarareaba mientras ella iba acercándose, de frente. Al cruzar por mi lado me rozó. Cinco pasos más allá, cuando se había perdido tras la espalda, la señora Woods me volvió a soltar el palo sobre la nuca. ¡Zas!

Me paré, súbita. El viento había dejado un pequeño vestigio por los alrededores, procedente de aquella persona que olía bien y ya. Encima tenía un gusto exquisito, porque era la segunda persona conocida que usaba su perfume.

En apenas dos tic-tacs, un puñado de recuerdos volvieron a ocupar su sitio. Azahar, aguas revueltas, una habitación, altas dosis de ginebra de garrafa. Antes de recobrar el sentido común, las letras de su nombre se reordenaron en algún punto de mi cabeza. Buscaban un nombre proscrito. Cuando lo encontraron, casi sin voz, sin ser en exceso consciente, lo musité, a quien lo quisiera, a donde fuese.

Siempre has sido tú...

CARMEN LIROLA

sábado, 11 de agosto de 2012

  • 11.8.12
Frente a la puerta del juzgado, cerró los ojos lentamente y trató de aislarse del bullicio que provocaba el ir y venir de personas que se agolpaban en los pasillos. Haciendo un esfuerzo, trató de recordar la intensa rabia que le había empujado hasta allí, a seguir al pie de la letra las instrucciones de su elegante y ambiciosa abogada, una fiel sierva de algún diseñador italiano, pagada por su familia para acusar al que había sido su novio durante años.

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“Recuerda, lo vamos a hundir. Le sacaremos todo el dinero que no tiene, hasta el último euro, y si podemos, que acabe en prisión. Usaré todos los recursos legales: agresión, malos tratos, intento de violación, todo… Has desperdiciado los mejores años de tu vida con ese imbécil que no te ha dejado nada. Acuérdate de esto cuando te interrogue el juez”.

Fue exactamente lo mismo que le dijeron sus padres a viva voz, cuando la vieron regresar, destruida, despeinada, con los ojos hinchados de llorar y un leve arañazo en la mano, con la respiración entrecortada y apenas fuerzas, tras la ruptura definitiva.

Una fuerte discusión en el portal de casa, entre reproches y forcejeos, que puso fin a sus esperanzas de un futuro repleto de comodidades. Dos o tres hijos, una casa en la playa, un buen coche… Excesivas aspiraciones que habían ido deshaciéndose día a día.

Su trabajo no daba ni para empezar y, con el paso del tiempo, él había demostrado ser un cariñoso pero apático fanfarrón, perdido entre libros, cine clásico y música, quizás con demasiados pájaros en la cabeza.

Frustración y fracaso. Demasiados años tirados a la basura, media vida desperdiciada por y para él mientras en su cabeza resonaban día tras día las críticas de su familia. Fue cuando sintió una oleada de autocompasión: tenía que pagarlo.

Entre recuerdos, poco a poco, surgió otra medida de tiempo. Aparecieron aquellos momentos compartidos antes de que él despertara, recuerdos cargados de sonrisas cómplices, horas acurrucados en el sofá, minutos felices contemplando su pícara sonrisa de niño, segundos interminables rozando su flequillo antes de quedarse dormido. Un enamoramiento que había durado siete años.

Cuando escuchó el resonar de los tacones de su abogada por el pasillo, se levantó y con firmeza dijo:

“Voy a retirar la denuncia. Los dos hemos sido culpables de todo esto. No quiero hacerle daño, y mucho menos vengarme. Le quise mucho y eso hizo mi vida mejor, aunque fuera durante un tiempo. Tal vez no me dio el futuro ideal, pero me dejó un pasado de cariño”. Antes de salir del juzgado, y para aclarar cualquier duda, insistió: “Amar nunca es un desperdicio, abogada”.

CARMEN LIROLA

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