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La venganza

Frente a la puerta del juzgado, cerró los ojos lentamente y trató de aislarse del bullicio que provocaba el ir y venir de personas que se agolpaban en los pasillos. Haciendo un esfuerzo, trató de recordar la intensa rabia que le había empujado hasta allí, a seguir al pie de la letra las instrucciones de su elegante y ambiciosa abogada, una fiel sierva de algún diseñador italiano, pagada por su familia para acusar al que había sido su novio durante años.

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“Recuerda, lo vamos a hundir. Le sacaremos todo el dinero que no tiene, hasta el último euro, y si podemos, que acabe en prisión. Usaré todos los recursos legales: agresión, malos tratos, intento de violación, todo… Has desperdiciado los mejores años de tu vida con ese imbécil que no te ha dejado nada. Acuérdate de esto cuando te interrogue el juez”.

Fue exactamente lo mismo que le dijeron sus padres a viva voz, cuando la vieron regresar, destruida, despeinada, con los ojos hinchados de llorar y un leve arañazo en la mano, con la respiración entrecortada y apenas fuerzas, tras la ruptura definitiva.

Una fuerte discusión en el portal de casa, entre reproches y forcejeos, que puso fin a sus esperanzas de un futuro repleto de comodidades. Dos o tres hijos, una casa en la playa, un buen coche… Excesivas aspiraciones que habían ido deshaciéndose día a día.

Su trabajo no daba ni para empezar y, con el paso del tiempo, él había demostrado ser un cariñoso pero apático fanfarrón, perdido entre libros, cine clásico y música, quizás con demasiados pájaros en la cabeza.

Frustración y fracaso. Demasiados años tirados a la basura, media vida desperdiciada por y para él mientras en su cabeza resonaban día tras día las críticas de su familia. Fue cuando sintió una oleada de autocompasión: tenía que pagarlo.

Entre recuerdos, poco a poco, surgió otra medida de tiempo. Aparecieron aquellos momentos compartidos antes de que él despertara, recuerdos cargados de sonrisas cómplices, horas acurrucados en el sofá, minutos felices contemplando su pícara sonrisa de niño, segundos interminables rozando su flequillo antes de quedarse dormido. Un enamoramiento que había durado siete años.

Cuando escuchó el resonar de los tacones de su abogada por el pasillo, se levantó y con firmeza dijo:

“Voy a retirar la denuncia. Los dos hemos sido culpables de todo esto. No quiero hacerle daño, y mucho menos vengarme. Le quise mucho y eso hizo mi vida mejor, aunque fuera durante un tiempo. Tal vez no me dio el futuro ideal, pero me dejó un pasado de cariño”. Antes de salir del juzgado, y para aclarar cualquier duda, insistió: “Amar nunca es un desperdicio, abogada”.

CARMEN LIROLA