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lunes, 3 de agosto de 2020

  • 3.8.20
En julio nos atrevimos a tomar unas cortas vacaciones con el inevitable temor sobre lo que nos depararía tanto la ida como la vuelta, en medio de esta anormalidad calificada de “nueva”. Aquellos recelos estaban justificados. Porque nada fue como estaba previsto ni en el destino y el en origen, puesto que los cambios acontecidos a causa de la pandemia de la covid-19 han sido de tal naturaleza que han alterado, no solo las rutinas individuales de las personas, que han debido hacer de tripas corazón detrás de las mascarillas, sino también en las colectivas, mediadas estas por la política, la economía o la cultura.



Pero en vez de sumarnos al coro de lamentaciones y exigencias de auxilio público, dadas las penurias que nos han golpeado, como cada día verbalizan los autónomos, los hoteleros, los hosteleros, los empresarios, los trabajadores, los estudiantes, los deportistas, los artistas y cuantos colectivos han visto mermadas sus expectativas lucrativas, ya sea por el parón de la actividad, la disminución de beneficios o el desempleo con o sin ERTE, vamos a destacar lo que ha acontecido durante el pasado mes de julio, que no pudo acabar con peores signos de alarma y desasosiego.

Por un lado, los rebrotes de una pandemia contenida, que no derrotada, se han multiplicado por todos aquellos lugares donde la aglomeración confiada de personas y el hacinamiento que padecen los recolectores agrícolas, tanto en Huelva como en Lérida, favorecieron el contagio y el surgimiento de nuevos brotes de la enfermedad.

La irresponsabilidad de algunos, creyéndose invulnerables para entregarse a celebraciones con cualquier pretexto, supone el peligro más importante para la expansión de una epidemia que sólo puede frenarse, de momento, con medidas de distanciamiento social e higiene (geles) y protección (mascarillas) personal, hasta tanto no se descubra una vacuna o terapia eficaz. Además, el hacinamiento forzoso (temporeros) o voluntario (cualquier tipo de concentración o actos, sean religiosos, lúdicos o familiares) es otra fuente de propagación comunitaria, por parte de portadores asintomáticos, de esta enfermedad.

Una enfermedad de la que también se ha sabido que se trasmite de humanos a animales, y no sólo como creíamos -del murciélago al hombre-. De hecho, en Aragón fueron sacrificados más de 92.000 visones porque el 80 por ciento de los ejemplares estaba infectado por el coronavirus, y otro millón tuvo que eliminarse en Países Bajos por el mismo motivo.

Se demuestra así que, a pesar de todo lo que se va conociendo de este patógeno, todavía resta mucho más para comprender cómo surgió, cómo evoluciona, por qué vía se transmite y cómo combatirlo eficazmente hasta su total erradicación. La prudencia, por tanto, es la única arma posible frente a un virus aun latente entre nosotros, aunque no siempre, ni en casa ni en vacaciones, la hayamos asumido con el rigor que demanda nuestra indefensión y vulnerabilidad. Y julio ha sido exponente de ello con su alarmante proliferación de brotes.

También es verdad que no todos somos iguales en capacidad de protección, ni siquiera de ser prudentes, frente a esta moderna amenaza. Por diversos condicionantes. Uno de ellos ensombreció aún más al mes de Julio cuando se conoció el dato sobre la pobreza severa que existe en España, y que alcanza al 30 por ciento de las personas que tienen trabajo y al 37 por ciento de las que disponen de estudios medios o altos.

La educación, como refleja ese dato, no parece ser suficiente como “elevador social”, ni tampoco para escapar de las garras de la pobreza. No sirve de garantía para librarse de las condiciones de origen o de heredar la pobreza de los padres. A veces, incluso, te condena a vivir en peores condiciones que ellos. Sin embargo, a pesar de su gravedad y magnitud, este drama social está envuelto en un silencio espeso en nuestro país, del que sólo puntualmente emerge algún dato que pasa desapercibido en la realidad.

Y la realidad es que más de la cuarta parte de la población española (26,10 %) vive en riesgo de pobreza y exclusión social. Y que, incluso con formación y trabajo, es la elevada desigualdad de rentas el factor que más predispone a la pobreza a las familias. Porque no basta con estudiar y tener trabajo para huir de ella. Hacen falta políticas de corrijan las desigualdades de todo tipo que aún subsisten en nuestra sociedad, tanto de género como económicas, educativas y culturales.

Ante tal panorama, al que la pandemia añadirá cerca de otro millón más de pobres (trabajadores precarios, mujeres e migrantes, sobre todo), algunos todavía cuestionan iniciativas, como la del Salario Mínimo Vital, que palían, pero no solucionan, la lacra de la pobreza que está adherida a nuestro modo de convivencia, impidiendo a demasiados de nuestros compatriotas adquirir una vivienda, llegar a final de mes o acceder a prestaciones sociales, como denunció en su informe para la ONU el relator de ese organismo, Philip Alston, recientemente.

Julio, por tanto, ha sido un mes nefasto para cualquiera que se haya quedado en casa o se haya ido de vacaciones. Y esa negatividad se ha acentuado, encima, con la noticia de la muerte de Juan Marsé, un referente de la literatura española y un icono del estoicismo en los tiempos asfixiantes del franquismo, cuya miseria moral y social reflejó en sus obras como contrapunto a la búsqueda de libertad que aquel régimen negaba a todos.

Como precisa muy bien Antonio López Hidalgo, Juan Marsé “se vengó con sus novelas de una vida miserable que nadie, entonces, merecía”. Ni entonces, por la dictadura, ni ahora, por la pandemia y una pobreza que sacuden nuestras líquidas certidumbres y confortables rutinas.

Pero no todo lo sucedido en julio ha sido negro. También hubo zonas grises para la esperanza. Europa proporcionó algo positivo en favor de la solidaridad ante los efectos de la pandemia en todo el continente, reforzando con ello el proyecto político que representa la Unón Europea (UE).

Y es que, finalmente, en julio se aprobó el Plan de Ayuda contra la pandemia (750.000 millones de euros) y el Presupuesto de la UE, dotado con 1,074 billones de euros, para el próximo septenio (2021-2027), tras arduas negociaciones y cesiones mutuas entre países “frugales” y “despilfarradores”, es decir, entre ricos y pobres. Todos ellos han cedido para lograr el acuerdo, firmado por los 27 países de la UE, después de cuatro días y sus noches de duros debates y agrios enfrentamientos.

El citado Plan de Ayuda supone un fondo de 750.000 millones de euros, de los que 399.000 millones serán destinados a subsidios a fondo perdido y, el resto, para préstamos. Con ese reparto se logra un equilibrio que satisface a los bandos enfrentados. Contempla, eso sí, una especie de “freno”, pero no de veto, por parte del Consejo Europeo en caso de mal uso del dinero transferido a los estados destinatarios del grueso de tales ayudas, como Italia, España, Portugal y Francia, los más severamente azotados por la pandemia y la crisis económica derivada de ella.

Pero lo más importante de dicho acuerdo es que ese Plan se financiará, por primera vez en la historia de la UE, mediante la emisión de deuda conjunta en los mercados financieros, respaldada por el presupuesto comunitario. Se trata de un paso más, histórico, para llegar a una mutualización de la deuda de los países miembros que evite la disparidad fiscal que beneficia a unos y perjudica a otros dentro de un espacio común. Es decir, un paso para completar una verdadera unión financiera que acompañe a la unión política, económica y comercial que constituye la UE.

Pero hay más. Esta ayuda europea coincide en el tiempo con el Pacto por la Recuperación suscrito por la mayoría de partidos presentes en el Congreso de los Diputados, con la finalidad de potenciar aquellos sectores de nuestro país que deberán robustecerse para poder hacer frente a futuros retos de magnitud como el de la pandemia.

En especial, el de la sanidad, sector tan castigado por las políticas de austeridad implementadas durante la pasada crisis económica de 2008. Pero, con él, también aquellos otros servicios esenciales que han estado a punto de colapsarse durante esta pandemia del coronavirus e igualmente “adelgazados” de recursos materiales y humanos.

A ese Pacto por la Recuperación se añade, además, la decisión del Gobierno de “repartir” recursos económicos suplementarios a las Comunidades Autónomas con los que financiar los sobrecostes que ha supuesto afrontar la crisis sanitario-económica de la covid-19.

Esta cesión de ayudas está todavía en discusión, pero en su conjunto -la europea, la estatal y la autonómica- conforman tres vías de socorro que deberían permitir a nuestro país remontar la actual situación de crisis social (sanitaria) y económica (recesión y desempleo) que nos ha dejado un simple virus pandémico. Pero me asalta una duda: ¿sabremos aprovecharlas?

DANIEL GUERRERO

domingo, 2 de agosto de 2020

  • 2.8.20
Cuando en nuestro país se acercaba el final del confinamiento marcado por el Estado de Alarma, era previsible que de nuevo aparecieran rebrotes del covid-19, pues resultaba muy difícil pensar que los contactos que se iban a producir entre la gente no generaran transmisión del virus de unos a otros.



Lo que no podíamos imaginar era que la denominada nueva normalidad se iba a convertir tan pronto en una clara anormalidad, puesto que en menos de dos meses los encuentros familiares, las celebraciones, las fiestas, el ocio nocturno y los botellones iban a ser los medios de transmisión que iban a poner en jaque la apertura de la sociedad a la tan necesaria actividad económica. Sin embargo, los continuos mensajes del uso de la mascarilla, el mantenimiento de las distancias y el no contacto corporal, para algunos parece haber caído en saco roto.

Uno puede comprender que tras meses de confinamiento el deseo de las familias de reencontrarse estuviera muy justificado; pero ya se había advertido que los encuentros no fueran de más de diez miembros y que se evitaran los besos y los abrazos.

En los días en los que escribo, resulta que los rebrotes o nuevos contagios empiezan a ser un verdadero problema. Del total de ellos, la cuarta parte corresponde a encuentros y fiestas familiares y un cuarenta por ciento al denominado ocio nocturno.

No estoy muy seguro, pero pareciera que esto de formar parte de grupos numerosos y de estar muy pegados unos a otros pertenecieran a nuestra idiosincrasia española.

Pensando en ello, me vinieron a la mente algunas obras pictóricas relevantes que explicarían el temperamento hispano de disfrutar de la mesa agrupados y en las que los comensales aparecen muy juntos, casi tocándose.

Una muy reveladora, dado que unía a dos generaciones de los reyes más significativos que hemos tenido, es la que lleva por título El banquete de los monarcas y que he utilizado para la portada. Se trata de un encuentro familiar entre Carlos I y su hijo Felipe II, acompañados de sus esposas y de otros personajes muy ligados a la Casa de los Austrias.

El cuadro pertenece al artista valenciano Alonso Sánchez Coello, pintor de cámara de Felipe II. En la escena, encontramos en el lado derecho a Carlos I, al que le están sirviendo vino en su alargada copa; cerca de él se encuentra su hijo Felipe II, todo vestido de negro, con mirada absorta, mientras le colocan un plato sobre la mesa. Las esposas de los monarcas aparecen sentadas en sus lados derechos al igual que las de los invitados, tal como se establecía en el protocolo.

Pero no es solamente el estar tan juntos físicamente lo que ahora nos podría servir de ejemplo de una costumbre tan española, sino que, en esta ocasión, quisiera referirme a un hecho que afectó singularmente a la dinastía de los Austrias: la unión por consanguinidad. El matrimonio entre miembros familiarmente próximos sería no solo el origen de graves problemas de salud física, como la esterilidad, el raquitismo, las afecciones renales y la malformación, sino también de problemas mentales como la esquizofrenia, la paranoia, la depresión o la psicosis.

Entiendo que esa proximidad consanguínea es diferente de la que ahora hablamos en la pandemia; sin embargo, hay algo de esa tendencia hispana a estar muy juntos o muy unidos. Por otro lado, recordemos que la Casa de los Austrias (nombre que adoptó en nuestro país la dinastía de los Habsburgo) se inicia con Carlos I. Le sucederían Felipe II, Felipe III, Felipe IV llegando hasta Carlos II, apodado El Hechizado, que fallece sin descendencia, lo que provocó la Guerra de Sucesión Española, que se inicia en 1701 hasta que en 1713 se firma el Tratado de Utrech.

Con Felipe V, nombrado rey en 1700, se inicia la Casa de los Borbones francesa en España que llega hasta hoy. Aunque hay que reconocer que la actual casa real española no es un modelo precisamente de unidad, ya que en ella han aparecido problemas tan graves que es difícil que puedan verse públicamente juntos Felipe VI y el rey emérito.



Hemos echado una mirada hacia atrás, acudiendo a un cuadro paradigmático, para dar una posible explicación a la tendencia a juntarnos, a celebrar fiestas y a comer muy juntos. Pero, tal como he apuntado anteriormente, parece que algunos todavía no acaban de ser conscientes de que nos encontramos bajo una epidemia.

Es por lo que encontramos muchos casos de grave irresponsabilidad. Uno que se lleva la palma, ya conocido de todos, es el que se desarrolló en la discoteca Babylonia de Córdoba. Ha superado los cien contagiados, por lo que ha llegado a ser noticia hasta en The New York Times como ejemplo de imbecilidad colectiva.

La información dada por su corresponsal Ralph Minder a este prestigioso periódico estadounidense fue la siguiente:

“Después de disfrutar de una larga noche de celebraciones de graduación, una multitud de jóvenes ingresó en la discoteca de Babylonia a las 5 a.m. para continuar la fiesta en la ciudad de Córdoba, en el sur de España. Dos semanas después, 91 personas vinculadas a los 400 asistentes a la fiesta identificados de la discoteca Babylonia han dado positivo por el coronavirus y las autoridades regionales todavía están luchando por localizar a todos los que ingresaron al club esa noche, o que luego entraron en contacto con ellos”.

Así pues, los alumnos, profesores y padres de un colegio privado que alegremente se fueron a celebrar la finalización del curso a una finca particular y, posteriormente, se marcharon a una discoteca, han logrado no solo que se contagien más de cien personas, generando un enorme problema sanitario, sino que acaben convirtiéndose en una noticia internacional.

¡Esto sí que se llama responsabilidad cívica y cumplir a rajatabla las normas que han marcado las autoridades sanitarias para prevenir los contagios a los que estamos expuestos todos los españoles!

AURELIANO SÁINZ

sábado, 1 de agosto de 2020

  • 1.8.20
El consumo actual –uno de los pilares de la economía de mercado– se estimula mediante la publicidad que, a su vez, se apoya en la ansiedad de nosotros, los clientes, por consumir, en la seducción que ejercen algunos productos y en los impulsos –a veces incontenibles– de satisfacer sueños personales y espejismos imposibles.



En el fondo de muchos de esos mensajes inquietantes –y, en ocasiones, algo engañosos– que nos lanzan algunos anuncios publicitarios encontramos, como es sabido, unas ofertas de aventuras sexuales secretas e irreales o unas promesas de imposibles éxitos personales.

No hemos de perder de vista que toda esa red laberíntica de imágenes falsas, de valores vacíos y de comportamientos erróneos posee una finalidad exclusivamente económica: la mayoría de los mercaderes de la moda, muchos de los estilistas que presentan lo superfluo como esencial y algunos de esos sublimes vendedores de humo que prometen una salvación total, basada en el aumento de nuestro poder de seducción, poseen fabulosos imperios financieros.

Reconozcamos, sin embargo, que nosotros, los clientes y los consumidores, también colaboramos con nuestros vehementes deseos de soñar despiertos y cooperamos con nuestras permanentes ansias de parecer mejores de lo que somos: más buenos, más ricos, más poderosos, más listos y, sobre todo, más guapos.

No hay duda de que estamos atrapados por nuestros propios sueños, por las representaciones que nosotros mismos hemos creado con la ayuda de las revistas en papel satinado, con las imágenes del cine y de la televisión y, sobre todo, con los reclamos eficaces de la publicidad, con los potentes emisores que nos envían mensajes creadores de hábitos de consumo y de dependencias.

Los oyentes, los lectores y los espectadores, los destinatarios de las campañas publicitarias, somos, no sólo la meta, sino también el punto de partida; nuestros deseos, declarados o reprimidos, y nuestras pasiones, reveladas o inconfesadas, son los que nos hacen víctimas y cómplices de esa vertiginosa feria de vanidades, de esas "tonteras y pamplinas", como las llama Cristina Tejera.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 31 de julio de 2020

  • 31.7.20
Julio es el mes de la luz, de los días inabarcables, de los viajes esperados. Agosto trae ya un regusto a tiempo efímero, a vacaciones apresuradas, a días que encogen sin miramientos y a noches que se apresuran a extenderse por el firmamento, cada hora, cada minuto, con más tenacidad. Los días son claros y luminosos, y las noches convocan a la algarabía controlada. Rosa Montero ha escrito: “No sé qué tienen las noches de verano que fomentan los momentos oceánicos, esos instantes en los que te atraviesa, como un rayo, la conciencia de estar vivo”.



Hemos viajado a Zamora y allí, sentados en la terraza de un bar próximo a la plaza Mayor, cerramos el guion del día siguiente. Habíamos pensado visitar alguna bodega de Toro y beber vino de la zona hasta que la ebriedad o las altas temperaturas nos devolvieran de nuevo a este mundo de estío y de ensueño.

Pedro Crespo opta por regar las matas de tomates de su propio huerto en Manganeses de la Lampreana y preparar el equipaje de vuelta a Andalucía. Pero Paco Luis Córdoba, Francisco Sierra y yo preferimos tomar la carretera y acercarnos a Babia.

Desde que leí En Babia, una compilación de artículos de Julio Llamazares, siempre supe que un día desembarcaría en esa comarca leonesa fronteriza con Asturias. Tal vez Paco Luis tuvo desde entonces la misma sensación. Una señalización, con dibujo amable y divertido de bienvenida, advierte al viajero dónde se encuentra: “Estás en Babia”.

Se ha escrito que los reyes de León, en la Edad Media, viajaban a este lugar para descansar y olvidar por unos días o unos meses las responsabilidades cotidianas de la corona. Hay quien apuesta por que el origen del dicho “estar en Babia” sea este. Pero no hay prueba alguna que sostenga esta posibilidad de que Babia fuera lugar de recreo real ni que el rey desatendiera aquí sus obligaciones reales llevado por el relax o el desinterés. Hoy, para nosotros, la expresión “estar en Babia” hace referencia a alguien que está distraído o ausente, ensimismado o lelo, o que está en las nubes.

Esta es solo una versión. También se cuenta que, con la expiración del verano, los pastores reunían a su ganado para salir en trashumancia a Extremadura y, por la noche, reunidos todos frente a la fogata, alguno sentía nostalgia de aquella tierra, mientras otro se le acercaba para decirle: “Despierta, que estás en Babia”.

No importa qué versión sea la verdadera, pues la leyenda supera siempre los límites de la realidad y la expresión, fuese cual fuese el origen, ha quedado para nosotros para definir a aquella persona que está absorta, meditativa, ausente de la realidad que le circunda, con el pensamiento muy distante de donde andamos los demás. Algunos estudios observan, eso sí, que fue Quevedo quien primero –o de los primeros– utilizó esta expresión. Habiéndolo leído, nada escapa a que pueda ser cierto.

Babia, una palabra con orígenes en el vocablo vasco Ur, agua, es un topónimo que deriva del latín medieval en la forma Vadabia. Limita al norte con Asturias, al este con la comarca de Luna, al sur con la comarca de Omaña y a oeste con la comarca de Laciana. Las praderas son muy verdes y abunda el agua.

Las ovejas merinas comparten los pastizales con las vacas color canela, con los caballos de raza hispano-bretona y con las cigüeñas, que pican en la hierba en bandadas de cuarenta o cincuenta ejemplares. Tal vez sea el único lugar de España donde estas aves pisan la tierra con firmeza y a sus anchas en vez de andar siempre metidas en el nido o colgadas en la torre de la iglesia o del ayuntamiento.

En julio las cumbres de las montañas, que son de granito y alcanzan los 2.000 metros de altura, están peladas. El macizo de Ubiña alcanza majestuosamente los 2.414 metros. Más abajo, las montañas, que rodean y encierran esta comarca en un lugar único, están cubiertas de verde. En invierno, el paisaje está nevado. En primavera, el valle se cubre de un verde esmeralda. Dicen también que otoño es la estación idónea para observar su belleza hipnotizadora.

Los valles fueron moldeados por los glaciares. De ese pasado glaciar se conservan algunos lagos y lagunas. Los bosques han desaparecido y ahora los valles verdes y las hoces estrechas comparten territorio con cascadas, arroyos, ríos y embalses.

El verde de Babia no tiene la protuberancia y rotundidad de Asturias o Cantabria, pero encierra una belleza discreta y equilibrada difícil de describir. Aunque el principal protagonista en sus mañanas de julio es el silencio perfecto y compacto, incomparable a cualquier otro silencio de nuestra península. Las guías turísticas hablan de un silencio elevado al cubo. Y no exageran.

Tal vez julio no sea el mejor mes para quedarse embelesado por Babia y en Babia. Pero la lectura de tantos libros le llena a uno la cabeza de rincones mágicos que componen nuestra geografía más cercana y no hay otro mes como este para tirarse al camino, solo o acompañado, y conocer de manera presencial, que no telemática, la materia que conforman algunos de nuestros sueños más recurrentes. Sobre todo, este año que el Tour de Francia lo han bajado a agosto.

Ahora, sentado frente a mi escritorio, escruto la orografía de mis literaturas leídas y me pregunto, y me respondo, cuál será el próximo viaje antes de que el otoño nos atrape en la telaraña de sus predicciones infundadas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

jueves, 30 de julio de 2020

  • 30.7.20
Empezamos la aventura que estamos viviendo con algo de retraso y, para colmo, poco a poco se ha ido filtrando la idea de que el peligro ya se está alejando. Estamos más bien equivocados. Si decimos que lo peor de dicha aventura ya pasó puede que cometamos un serio error que nos pondría al borde del precipicio, por supuesto sin darnos cuenta.



O mejor, siendo muy confiados supondríamos que no nos coge y, dentro de cierta lógica, solo cabe decir que el incidente no me ha pillado de momento, por suerte. Han pasado ya más de cien días (135) desde que la autoridad competente nos confinó y casi 200 desde que la presencia vírica empezó a dar señales de su maldad en España. Pensemos que el virus es volandero y en cualquier momento podría retomar con furia lo que se le quedó atrás. Los rebrotes aparecidos hablan por sí solos.

Bien, dicho lo dicho, estamos en la segunda etapa de este maléfico incidente y, de momento, solo podemos contarlo. Nos han inoculado, a la chita callando, una sobredosis tal de optimismo que el miedo ha sido arrinconado y, en esta segunda fase, las ganas de volar son tan fuertes que hasta desafiamos al diablo.

Para seguir alimentando dicho optimismo y movernos dentro de una cierta placidez, “las fuerzas superiores (el Gobierno y sus frentes individualizados)” desde sus respectivos pedestales, nos han puesto en marcha una gama de ventiladores psicoemocionales que refrescan posibles miedos y el sofoco que ello pueda provocarnos.

No olvidemos que cada bloque de los mandos superiores va a la suya y casi por libre desde un marcado postureo, es decir, desde una “actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción” (sic). Prueba fehaciente nos la ofrecen los diversos derroteros por los que discurren unos y otras.

La razón de tales ventiladores es distraer al personal y evitar que, de un acceso de ira, le dé un calentón de protestas ante posibles fallos, bulos o mentiras y pueda hacer y hacerse daño. Ejemplos de tales distraimientos, por parte de unos y otras, hemos sufrido una buena cantidad en el plazo de los últimos siete meses. Me atrevería a resumirlo en aquella canción infantil “ahora que estamos a tiempo, vamos a contar mentiras. Por el mar corren las nieves…”.

El por qué de los ventiladores. Se activan sobre todo para cargar contra el enemigo y distraer o despistar a los fieles. Frente a los errores, cambios de pareceres de la autoridad, fallos varios, un buen ventilador refresca el cabreo ciudadano.

Digamos que están siendo muy cucos al aventar noticias que no van a solventar nada pero distraen de los problemas esenciales (muertos, residencias, mascarillas, crisis económica, paro, existencia de pobreza y líos mil…) que ha dejado el virus y, a la par, cabrean o indignan al sometido pueblo que es la única y verdadera razón de todo este embrollo, ofertándole descaradamente un blanco.

Surge una pregunta tonta: ¿pero no es más urgente y necesario sanear el terreno de bichitos demoledores que nos abocan a las puertas del cementerio además de arruinar la economía? Eso también, pero metamos bulla con otra serie de problemas propios del mangoneo de determinados sectores carcas o fachas o, simplemente, poco simpatizantes con la autoridad defensora de la nueva democracia.

Como ejemplo pueden valer algunos asuntos muy serios. En primer plano pongamos el tema del Rey Emérito que, desde luego, no es una apetecible sopaipa y, por tanto, queremos justicia. Es necesario entrar a fondo, cuando se pueda, e hincarle el diente a UN tema que ya es viejo, pero interesa traerlo a la pantalla ahora para calentar motores.

Metidos en faena sigamos aventando el estercolero de los Bárcenas y amigotes del PP que están hasta el cuello de mierda olorosa. Hay más. Machaquemos a todos aquellos que piensan de forma distinta a nosotros. ¿Pensamiento único? Bueno…

Otro ventilador puesto en marcha la semana pasada –pero creo que se desenchufó muy rápido y casi solo– atañe al tema Pujol “and company”. Es un asunto que sale de cuando en cuando –da la impresión de que está programado para aparecer en momentos cruciales– y se esconde solo. Está claro que los deseos de resolverlo no aparecen.

Respuesta clara: "Es que estamos ante un problema de la Justicia", nos podrán decir desde distintos frentes. Ante dicho argumento hay que responder: “amén”. Como la memoria está bastante saturada de asuntos de este tipo y como prensa –lo que se dice prensa– se lee poca, pues que siga su camino el tema.

El titular de El País con fecha 19 de julio pasado, es elocuente: “Los Pujol, historia de 20 años de corrupción en Cataluña”. Esto parece el cuento de Blancanieves y los siete enanitos, dado que siete son los hijos. Hago referencia a este ventilador porque cuando lo cité aparecía como novedad.

En el artículo De oca a oca aludía al Centro de Estudios Jordi Pujol del que dependía “Edu21” como iniciativa dedicada a la Ética y a la promoción de valores en educación. El proyecto funcionaba “para mayor gloria de Él”, adaptación libre por mi parte del lema jesuítico “ad maiorem Dei gloriam”. Estamos ante “un engaño de 34 años”. Eso sí, la iniciativa Ética servía para aparecer “peinao y bien lavao”.

Otro ventilador que tampoco se ha puesto en marcha en estos días. ¿Recuerdan el tema de los ERE de nuestra querida Andalucía? El asunto está “sub judice” y no hay nada que decir. Silencio absoluto. Es normal dado que dicho peñasco es de mi partido y no se debe tirar piedras sobre el propio tejado. Amén.

En el artículo ERE que ERE hablaba largo y tendido de la lacra de la corrupción y citaba al escritor y pensador José Luis Sampedro, que decía: “hay corrupción porque hay hombres en venta y otros dispuestos a comprarlos”. ¡Está todo dicho!

Indudablemente, si el Gobierno fuera de otro color está claro que enchufaría otros ventiladores para desviar el posible fuego que pueda salir del pueblo. Muchos españoles esperábamos más del Gobierno socialista pero los vientos han ido por otros senderos buscando tal vez entronizar el ego.

Los datos que afectan al Gobierno y su mejor andadura puede que los oigamos con un gesto de desagrado pero nada más. "¿Algún ventilador apagado sobre algo reciente o más lejano?", se podría preguntar con ingenuidad.

¿Rescate o acuerdo con Bruselas? Las autoridades comunitarias niegan que estemos ante un rescate. “No es un instrumento de rescate”, informa Paolo Gentiloni, comisario de Asuntos Económicos. Que salga el sol por Antequera.

Desde que empezó el baile vírico ha habido algunos enchufes a familiares y amigotes. Se supone que es una forma cariñosa de luchar contra el dichoso paro que pudiera haber antes del virus y el que ha producido el “estado de sitio” (llamado confinamiento o, en tono más torero, encierro). Hombre, es normal: hay que disponer de personal en el que confiar.

¿Quién dijo parados? El número total ronda casi unos cuatro millones (3.862.883) y subiendo, salvo que lo remedie un milagro. Bien es verdad que las cifras suben o bajan dependiendo de quién las dé. La fuente que cito es de Europa Press, sobre la base de informaciones del Ministerio de Empleo y Seguridad Social. Comprendo que hay noticias más importantes a las que dar aire.

Embustes, fraudes y mentiras se agarran del brazo como un matrimonio bien avenido y, cómo no, los enchufes y el nepotismo comen a costa de la mano de sus bienhechores a los que les bailan el agua. Estamos en un país que hace aguas por los cuatro costados.

PEPE CANTILLO

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