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martes, 13 de abril de 2021

  • 13.4.21
Cuando Isabel Díaz Ayuso lo presentó, no podía creerme el eslogan de campaña que había escogido el Partido Popular para las elecciones a la Comunidad de Madrid: “comunismo o Libertad”. Posteriormente se quedaría únicamente en Libertad. ¿Qué entenderán ellos por comunismo? ¿Y qué sabrán ellos de libertad?


El Partido Popular fue fundado por un ministro del franquismo, Manuel Fraga Iribarne. En este partido tomaron asiento todos los falangistas, gentes del Opus Dei, derechistas del régimen y gentes de “buenas familias” que habían masacrado a socialistas y comunistas de la República, ellos o sus padres, de una forma u otra, por omisión o por participación.

Yo siempre creí que las ideas también se heredaban, que iban en el mismo lote que la educación y el catolicismo. Y no creo equivocarme, si bien estoy generalizando: la mayoría de los hijos de estas gentes son como sus padres y abuelos. De ahí han salido los del PP y, para más inri, también los de VOX.

La libertad de esta derecha retrógrada es salir a la calle porque no quiere una Ley del Divorcio, para que así los cónyuges tengan libertad para poder deshacer un error o una falta de amor. La libertad de esta derecha es salir a la calle y recoger firmas para que no se vote una ley que regule el aborto y así las mujeres –violadas o no– tengan libertad para elegir si quieren tener un hijo.

Libertad es protestar hasta el infinito por las leyes a favor de transexuales, protestar por la aprobación del matrimonio entre homosexuales, etcétera, etcétera, etcétera. Esa debe ser la libertad que proclama Isabel Díaz Ayuso en su eslogan de campaña electoral.

Nunca me ha sonado peor esa palabra que en los labios de estas personas herederas de Franco que, por cierto, hicieron cambiar el nombre de mi tía a mis abuelos: se llamaba Libertad y pasó a llamarse Concepción. Qué paradoja, ¿verdad?

Cuando banalizan y repiten la frase “comunismo o libertad” me hieren el alma. No puedo entender cómo pueden articular esa palabra. Con ella en sus bocas están fusilando y enterrando una y otra vez a los miles de españoles a los que un golpe de estado les quitó la libertad y la vida. Están negando a las buenas gentes que tuvieron que abandonar sus hogares para exiliarse porque los asesinaban. Por eso me rompe el corazón oírlos decir “libertad o comunismo.

Han de saber estas personas que los comunistas, junto con los socialistas, estuvieron tanto en el exilio como dentro de nuestro país jugándose la vida para traer la democracia. Pero sí, lo saben, y no lo perdonan; más de uno querría volver a otros tiempos.

Ellos, que no dejan ponerse a sus mujeres faldas cortas y que hasta hace poco tiempo no podían ni abrir una cuenta bancaria sin el permiso de su padre o marido, nos van a enseñar a nosotros qué es la libertad, cuando la libertad solo la quieren para unos pocos: esos pocos que no consienten que una persona pueda decidir su muerte, que sea libre de morir dignamente.... ¡Qué sabrán ellos de libertad!

REMEDIOS FARIÑAS

lunes, 12 de abril de 2021

  • 12.4.21
Hace ya casi cinco años, Antonio López Hidalgo concibió un libro diferente a todos los anteriormente publicados. Se trata de un libro de relatos extensos basados en hechos reales pero alterados estos por algún elemento de ficción. Uno de estos relatos se transformó en una novela breve, La noche, aún inédita.


El volumen fue creciendo en número de relatos y en extensión, pero seguía guardado en el cajón de aquellos proyectos que nunca ven la luz. Una obra escrita entre el periodismo y la literatura, entre la ficción y la no ficción. El volumen incluso tenía título: Vidas encriptadas. Hoy publicamos en exclusiva de este volumen inédito la segunda parte del relato titulado La bala. La primera parte puede leerse en este enlace.

(4)

A veces pienso que Germán dudaba de que yo creyera su extraño relato, su historia real. Un tipo que viaja por el mundo con una bala enquistada en los pulmones, con una bala apuntándole al corazón, un enemigo metido en su cuerpo con el que debe dormir, vivir, hablar tal vez. Y que cuenta su historia con una calma controlada, con una paz interior difícil de entender. Aunque por momentos, me decía, soñaba que la bala se movía, que volvía a ponerse en marcha y que miraba con fijeza al corazón. Entonces despertaba de golpe y le costaba conciliar el sueño el resto de la noche. Aprendió a vivir con pesadillas por las noches y con incertidumbre los días. Sabía que en cualquier instante la bala saldría de su escondrijo y él no estaba preparado para asumir la muerte en mitad de la vida.

Recordé entonces el párrafo que Don Benito Pérez Galdós escribió en Trafalgar, cuando don José María Malespina le dice a su hijo: “Aquéllas sí eran heridas. Ya sabes que una bala me entró por el antebrazo, subió hacia el hombro, dio la vuelta por toda la espalda y vino a salir por la cintura. ¡Oh, qué herida tan singular! Pero a los tres días estaba sano, mandando la artillería en el ataque de Bellergarde”. El personaje galdosiano, pensé, que tanto amaba las mentiras como las verdades exageradas, al menos no tuvo que vivir con la bala enquistada en su cuerpo. No corrió la misma suerte uno de los personajes que Roland Schimmelpfenning describió en su novela Una clara y gélida mañana de enero a principios del siglo XXI. El escritor alemán escribe: “Pensó en su padre, que murió a consecuencia de una herida de guerra, por una esquirla de metralla que no le pudieron sacar.”

Recordé también el libro de Carlos Velázquez El karma de vivir al norte, una crónica autobiográfica, pero al mismo tiempo, y tal vez por esa misma naturaleza de la que emana el texto, es también una crónica de inmersión, porque no podía describir los efectos del narcotráfico en México si no era como puro testimonio, contar que cuando regresaba a casa por la noche corría el peligro de verse atrapado en un fuego cruzado o encontrarse con un cuerpo desmembrado en la acera de enfrente. También su padre vivió, hasta su muerte, con varias esquirlas de bala en el cuerpo. Él lo describe así: “A raíz de su primer paro, cuando la libró, se volvió mormón. Y me sentí traicionado. Mi padre había sido beisbolista, luchador, tahúr, fayuquero, sandillero, melonero, pescador, parrandero y gatillero. Tenía balas dentro del cuerpo, que no le pudieron sacar. Un día fui a visitarlo y había desaparecido la fotografía que pendía de una de las paredes de su casa. Coloreada a mano, en ella aparecía en la barra de una cantina portando una texana junto a mi tío Chepe. Y su conversión despertó una sensación inédita en mí: encono. Me sentía defraudado. Siempre había sido mi ídolo. Recuerdo la tarde en que me regaló su máscara. Se había retirado de la lucha libre. Le admiré todo, incluso que fuera miembro de Alcohólicos Anónimos. Era el único doble A que conozco que no había renunciado al alcohol. No faltaba a ninguna sesión, pero se bajaba de la tribuna para largarse derecho a la cantina.”

Recuerdo ahora, sobre todo, a Gino Paoli. En 2015, Amelia Castilla publicó en El País Semanal una entrevista con el artista. La entradilla arrancaba así: “¿Quién puede presumir de tener una esquirla de bala alojada junto al corazón?”. La frase en sí misma era poderosa para atrapar el interés del lector. Pero no tuvo efecto conmigo. Ya había leído el libro de Carlos Velázquez y Germán me había confesado su historia personal. Así que sí, le creí desde el primer momento. Pero él pensaba que todo lo que me contaba eran fabulaciones propias de la imaginación.

El caso de Gino Paoli era distinto al de Germán. La vida del italiano fue de película. Había mantenido relaciones con Stefania Sandreli y con Ornella Vanoni, una de las grandes de la canción italiana. Para ella compuso Sapore di sale en una playa siciliana, en un momento de inspiración total. Esa canción nos persiguió sin piedad a todos los niños y adolescentes de mi generación hasta la saciedad. También él acabó hasta el gorro de la canción y de la Vanoni. Tanto amor no podía tener un final feliz. Meses después de aquella relación intensiva, el músico decidió suicidarse disparándose a tiro fijo en el corazón. Pero se ve que a quemarropa no era buen tirador. Igual le faltaba distancia para acertar en el blanco. Nunca dio explicaciones sobre la motivación de aquel disparo fallido. La canción que atormentó a toda mi generación durante algo más de una década nació en 1963.

Amelia Castilla escribió en aquella entrevista: “Entonces, todo en la vida de Paoli era provisionalidad, se sentía fuera del mundo. Un momento y una relación de tal intensidad que acabó meses después en un intento de suicidio, disparándose al corazón. Todavía conserva una esquirla de la bala que erró su trayectoria.” No le gusta hablar de ese arrebato sentimental que le devolvió la vida sin haber llegado a perderla. Tal vez, desde entonces, solo intenta olvidar el momento.

(5)

Un día Germán me invitó a comer lomo de vaca en nuestro restaurante preferido. De vez en cuando, nos permitíamos algunos lujos. Ese día pedimos una botella de vino español, muy bueno y muy caro. A mitad de la comida: Sé qué dudas de lo que te cuento. Para nada, le dije, sé que no eres el único que anda por el mundo con una bala dentro de ti. Abrió su mochila y me enseñó la nota médica acreditativa de su intervención quirúrgica:

Sanatorio Británico
09/03/2015
Dr. Gustavo Berrocal

El examen realizado muestra un proyectil metálico, que se proyecta en el tercio superior del tórax, paramediastinal izquierdo. Existe una imagen densa en proyección del ápice pulmonar derecho, que en primera instancia se interpreta como de origen cicatrizal. No se visualizan otras particularidades en los campos pulmonares. Silueta cardiomediastral en límites normales.


Después comenzó a rebuscar de nuevo en la mochila y extrajo otro sobre que contenía esta otra nota:

Sanatorio Británico
16/03/2015
Dr. Gustavo Berrocal

Dejo constancia que el Sr. Regner Germán, DNI 32838640, presenta proyectil en Hematoma izquierdo producto de ASALTO. No presenta impedimentos.


Le dije que nunca dudé de su historia. Y le conté algo de la vida de Gino Paoli, incluido su intento fallido de suicidio. Le dije que, para muchos críticos, Sapore di sale y Senza fine estaban consideradas entre las mejores creaciones italianas de los sesenta. Sentí que no me escuchaba. Hasta que dijo casi meditabundo sin ninguna expresión en su rostro: No erró en el disparo. El único método infalible para poder olvidar a una mujer como Ornella Vanoni, me dijo, es meterte una bala en el cuerpo para que te amenace el corazón al menor descuido. Reímos al unísono. Sin que nadie la escuchara, por mi cabeza se paseaban inmunes las notas de aquella canción de la desgracia.

(6)

Después, de los que dispararon, no se supo nada, como siempre. La policía fue a terapia, me tomó todos los datos. Como se hizo un caso mediático... No sé cómo se enteraron, pero estaban Canal 5, Canal 7, Radio FM, muchos. No se supo más nada. Caras ni nombres. Solo dos en moto. La policía no hizo más nada. Fue el 7 de octubre. Después, como que quedé preocupado y como medio perseguido en contacto con la gente que me iba a pagar: se sacaban una billetera o la pistola. Quedé un poco traumado. A fines de octubre yo ya necesitaba hacer algo. Estaba bien con el brazo, con la fisura del omóplato para que se haga bien. El pulmón estaba bien. La cicatriz del músculo.

Dos meses con el brazo. Me empecé a perseguir con la gente que iba a comprar. Creía que me iban a pegar un tiro o que me iban a robar. No podía trabajar. Dije: Termina el año. A todo esto, me habían abierto el segundo local en el centro. En junio lo abrí. Termino el año trabajando normal y, depende como empiece el año, si dejo o sigo. Dicho y hecho. Empezó el año. Perseguido. No podía trabajar. Hablé con Elvis, que también quería hacer un viaje así. También él estaba enclenque. No sabía para dónde ir. No tenía rumbo laboral. Y como que esta vez se lo quería tomar para reflexionar bien sus ideas. Dijo: Vamos. ¿Y dónde nos vamos? Vamos al Sur. Yo, de Argentina me quiero ir. Vamos al Norte, cruzamos por Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Costa Rica. En junio es temporada alta para los europeos, por los yanquis. Y tomamos este año así. No hacemos diferencia en plata, para conocer. Yo estaba bien en Argentina. Cobraba bien, tenía mi auto. No me iba mal. Agarramos y nos fuimos.

(7)

Germán no había leído el libro del Che Guevara, pero Elvis sí. Ambos habían visto la película Diarios de motocicleta, que logró un Oscar a la mejor canción original en 2005. El tema, Al otro lado del río, era una creación de Jorge Drexler. Walter Salles, para dirigir la película, se basó en las crónicas escritas por Ernesto Che Guevara, Notas de viaje, y de Alberto Granado, Con el Che por Sudamérica. Germán y Elvis pretendían emular la ruta descrita en esos libros, pero al final optaron por viajar al Norte de Chile. El Che quería recorrer 8.000 kilómetros en cuatro meses a lomos de La Poderosa, la motocicleta Norton 500 del año 1939. No obstante, el comandante se equivocó en sus pronósticos iniciales: el viaje duró seis meses y medio y recorrieron 12.425 kilómetros.

El día 42 de la peripecia, un transbordador atraviesa el lago Frías con ellos a bordo hasta Chile. Suman ya 2.306 kilómetros. Aparece la nieve, con su belleza y su letalidad. En Temuco se quedan sin dinero. El día 53, a La Poderosa le puede más la vejez que las ansias del trayecto. El bioquímico y el médico marchan a pie. En Valparaíso les sonríe el destino: reciben noticias y dinero de sus familiares. Les sorprende aquel país donde los camioneros leen a Pablo Neruda. El día 67 pisan Atacama, con 4.960 kilómetros en sus cuerpos. Conocen la vida miserable de los mineros. El día 89, con 6.932 kilómetros, conviven en Cuzco con una población quechua que no habla castellano. Después de 156 días y 10.223 kilómetros conviven en un lazareto en plena Amazonía peruana. El 26 de julio de 1952 se separan en el aeropuerto de Caracas. El Che regresa a Buenos Aires para terminar sus estudios. Alberto encontrará trabajo en Venezuela. Ocho años después se reencontraron en Cuba.

Elvis, leyendo el libro del Che, pensaba ya que aquel itinerario se les hacía inabarcable. Germán escuchaba a Elvis cuando le narraba los episodios que leía en el libro, y ambos recordaban escenas de la película de Walter Salles. Los sueños, a veces, se evaporan antes de echar a andar. Pero, por momentos, la vida misma empuja a salir de la zona de confort, a abrirte a otros caminos que no fueron los programados. Porque la vida, en sí misma, sin moverse del lugar –quién lo diría–, es una aventura inmensa e impredecible.

(8)

Íbamos para Bolivia, pero hicimos el norte de Chile. Ahí fuimos planeando el viaje. Vos tenés que organizar para un guion, dije, pero después terminás haciendo otra cosa. Hicimos Rosario, Salta. De Salta nos cruzamos a Chile. Hicimos Calama, Iquique, Arica, que es el norte, nos cruzamos a Tacna, nos fuimos a Perú, nos fuimos a Chungungo. De ahí cruzamos a la Isla del Sol, Bolivia, Copacabana, tres días, Cuzco, Arequipa, Ica, Máncora, Montañita, Guayaquil, Quito.

Viajábamos a dedo, en autobús. En moto, no, porque no tenemos. Hubiese estado muy bueno. Pero no, caminando. Parábamos en Carpa. Comíamos arroz con atún, que no es mala comida, pero comer siempre es eso. Hotel nunca. En Quito la idea era trabajar un poco. Elvis se volvió porque le salió un laboro en la Argentina. Pero yo quiero seguir.

Nosotros no somos revolucionarios como el Che Guevara, pero nos inspiró lo que hizo él. Elvis echó el libro del Che. Yo lo empecé a leer. Pero como él se fue, se llevó el libro. Nos inspiró bastante, más a él que a mí. Él lo leyó completo.

(9)

El caso de Germán fue muy mediático en la Argentina. Vio al médico que lo intervino en la tele, lo escuchó en la radio, leyó sus declaraciones en la prensa escrita. También leyó, vio y escuchó la versión de la policía. Él dice: “Me quisieron hacer un reportaje también. Pero la policía no me dejó, porque estaba en terapia. Le hicieron el reportaje a mi socio”. Sí, también el socio fue protagonista del asalto a su local. Menos Germán. La única versión que se conserva es la que acaba de leer el lector. La grabación es de mayo o junio de 2016. Antes de perderle la pista para siempre, quedamos un día a comer lomo de vaca en el restaurante Parrilladas Uruguayas. Lo esperé bebiendo una botella de vino español, sentado a la misma mesa donde solíamos encontrarnos. Pero no llegó. Ese día no comí. Solo bebí. Y seguí bebiendo toda la tarde en casa.

Se fue sin despedirse, sin decir nada a nadie. Nadie sabe adónde. Le escribí mails muchas veces, con la convicción inexcusable de que no obtendría respuesta. Aquel día amaneció soleado, pero como cada día, se fue tornando gris y acabó en una lluvia delgada y amable. Alguna vez enciendo la grabadora y escucho su castellano con acento argentino. Y no sé por qué -o lo sé- imagino a miles de vacas felices cruzando inmensas y verdes llanuras uruguayas. Escucho, de nuevo, la historia de un amigo que vive conociendo o adivinando, quizás, cómo será su muerte, sabiendo que un día u otro la bala emprenderá viaje rumbo a su corazón. Al contrario que Gino Paoli, no presume de esa suerte. Tampoco de haber escuchado demasiadas veces aquella canción que te mete, vulnerable, como una crisálida, en las trampas de la incertidumbre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

domingo, 11 de abril de 2021

  • 11.4.21
Penetrar en el mundo del arte, especialmente en el campo de las artes pictóricas, es realizar un recorrido por los ámbitos del poder social a lo largo de la historia. Esto podemos entenderlo si consideramos que las clases sociales que carecían o carecen del poder que generan el rango social y el dinero apenas aparecen representadas en los lienzos que se cuelgan en los museos.


Tendríamos que acercarnos hacia mediados del siglo XIX, cuando los artistas se independizan de los mecenas que los sostenían económicamente, para que las escenas de los cuadros que ensalzaban a los monarcas, a la aristocracia y al alto clero no tengan ya un claro contenido religioso, ni tampoco mitológico, ni en ellas se plasmen las grandes batallas y tampoco sean de los retratos de los personajes poderosos que dominan en los distintos países. La independencia del artista conlleva a que, en cierto modo, adquiera libertad para elegir aquellos temas que le interesa plasmar en sus lienzos.

El diecinueve es el siglo que conoce la llegada de la revolución industrial y en la que emerge una nueva clase de trabajadores a los que teóricos como Proudhon, Marx o Engels denominan "proletariado". En la actualidad este término ha caído en desuso (ya que proletariado hacía alusión a la prole, es decir, a los numerosos hijos que tenían), por lo que se les suele llamar "obreros" o, de modo más genérico, trabajadores que viven del salario que ganan con el esfuerzo físico y manual. Es decir, aquellos que conocen los bajos salarios o el paro como dos de las lacras endémicas del capitalismo avanzado.

¿Y por qué los trabajadores a lo largo de la historia no han sido los protagonistas de escenas pictóricas que pudieran explicar visualmente su mundo y sus necesidades? La respuesta es bien sencilla: carecen del dinero para adquirir los cuadros que los pintores de cierto renombre pintan. Por otro lado, ellos tampoco interesan a los artistas que desean codearse con las galerías, los museos y esa burguesía culta, o con deseos de ostentación, cuyos gustos no caminan precisamente por contemplar plasmadas en lienzos las miserias de los que viven en los estratos más bajos de la sociedad.

Sin embargo, hay excepciones, como en casi todas las facetas de la vida, por lo que en esta ocasión quisiera traer a colación el nombre de dos grandes pintores que plasmaron el mundo del trabajo y de sus protagonistas. Son el italiano Giuseppe Pellizza da Volpedo y el argentino Antonio Berni.


Giuseppe Pellizza (1868-1907) nos legó obras de diversa temática, aunque su cuadro más conocido es El cuarto estado, que se encuentra colgado en el Museo Novecento de Milán. Y es conocido porque su imagen aparece en el cartel y en la película Novecento del también director italiano Bernardo Bertolucci.

La escena de este enorme lienzo (que he tomado como ilustración del artículo) fue pintada en 1901, seis años antes de que su autor decidiera quitarse la vida con solo 36 años. En ella contemplamos, en un plano general, a un abigarrado grupo de obreros en huelga que camina detrás de los dos que lideran la marcha, al tiempo que una mujer, que lleva a su bebé desnudo en sus brazos, le habla al que aparece como el más adelantado.


Si nos trasladamos al continente americano, podemos encontrarnos con uno de los grandes artistas de Argentina: Antonio Berni (1905-1981). Cito a este pintor dado que en su diversidad de trabajos plasmó imágenes del mundo de los trabajadores de su país.

A diferencia de Giuseppe Pellizza, Antonio Berni tuvo una vida más prolongada, por lo que, además de pintor y grabador, también fue conocido como muralista, siguiendo la estela de los grandes muralistas mejicanos: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros o José Clemente Orozco.

La influencia de estos grandes creadores se puede ver en el modo de representar a las figuras que aparecen en el cuadro anterior y que lleva por título Desocupados, término que en la actualidad no utilizamos, puesto que la palabra más común es la de ‘parados’, ya que el paro, como he indicado, es una lacra que penetra en la vida de muchas personas, con especial incidencia en las clases populares.


Otro cuadro muy conocido de Berni es el que lleva por título Manifestación. En esta obra, a diferencia de El cuarto estado de Giuseppe Pellizza, se nos muestra a los protagonistas de la escena muy cercanos al virtual espectador y en un ángulo picado. De este modo, es posible contemplar los rostros serios y curtidos por los años de duro trabajo. Rostros anónimos, de gente del pueblo, cuyo horizonte nunca deja de ser la vida dura en la que se mueven. De ahí que en un pequeño cartel que asoma al fondo aparezcan solo dos palabras: “Pan y trabajo”, elementos básicos de la vida de cualquier ser humano para poder sobrevivir.


Argentina, ese enorme país suramericano que mira al Atlántico, ha sido un territorio que acogió oleadas de emigrantes europeos que procedentes de países como España, Italia, Alemania... encontraron en sus tierras las oportunidades que no tuvieron en sus lugares de origen. De ahí ese mosaico de apellidos que encontramos entre los argentinos.

Pero también la emigración es conocida por su gente. Es por ello que no podía faltar entre las obras del pintor nacido en la ciudad de Rosario un lienzo que reflejara la tristeza y la angustia del abandono de las propias raíces; pero esos duros sentimientos aparecen ocultos bajo las gorras y los sombreros, como si también la vergüenza asomara en aquellos que esperan la llegada del barco que a lo lejos se atisba en el horizonte.


La prolija obra de Antonio Berni, aparte de los muralistas mejicanos que he mencionado, estuvo influenciada por distintos artistas europeos, caso del surrealista italiano Giorgio de Chirico, ya que los personajes creados por Berni se asemejan a obras escultóricas plasmadas cromáticamente en los lienzos.

Algunos de los cuadros de Berni que cuelgan en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires llevan significativos títulos como Los hacheros, La marcha de los cosecheros, La comida, Escuelita rural, Migración, El mendigo, Hombre junto a un matrero o El almuerzo.

Esto nos hace ver que el pintor argentino no quería distanciarse de la vida y de los problemas que acuciaban a las gentes del pueblo. Es por lo que, desde esta perspectiva, adquiere todo su sentido la frase que expresó antes de fallecer el 13 de octubre de 1981: “El arte es una respuesta a la vida. Ser artista es emprender una manera riesgosa de vivir, es adoptar una de las mayores formas de libertad, es no hacer concesiones”. Y el artista rosarino, de modo coherente, llevó siempre adelante esos principios hasta el final de su vida

AURELIANO SÁINZ

sábado, 10 de abril de 2021

  • 10.4.21
Cuando sales de una tormenta desastrosa, caótica y jodida, piensas que la calma se ha olvidado de ti, que tanto huracán ha alejado todo suspiro de paz. Y, de alguna manera, pierdes la esperanza con todo. Desconoces qué es estar bien contigo misma, qué es eso de reír de corazón y no de fuerza. Te olvidas de la magia que tienen los abrazos. Y te propones que, en adelante, nadie vuelva a derrumbarte jamás. De ninguna manera.


Con el tiempo, te das cuenta de que cada vez estás mejor, que te vas conociendo poco a poco, que te estás dando todo aquello que nunca te habías atrevido a regalarte por sentir que sería egoísta. Y llega. Llega ese día en el que mandas todo a tomar viento.

Te sueltas la melena, las garras y las ganas de devorar el mundo con más fuerza que nunca. Te has hecho invencible. Tuya. Disfrutas tanto de ti misma, de la soledad, que ya no le permites a cualquiera entrar y ponerte todo patas arribas. Estás feliz.

Y uno de esos días, en los que piensas que te comes el mundo de un bocado... ¡Boom! El mundo te atrapa y te sorprende. Pero, esta vez, vas segura, sin miedos, confiando, apostando. Esa luz infinita que se cruzó en mi camino, esa luz que me ha hecho más infinita que antes, me está haciendo amar la vida como jamás la había amado.

Y, de verdad, sucedió sin más: sin esperarlo y, mucho menos, sin ser buscado. Cuando alguien está para ti, da igual el tiempo, el sitio y las circunstancias. Todo se alinea y hace que lo imposible sea posible.

Había cambiado y ya estaba dando pasos de gigante, superando cosas que me atrapaban de mi pasado. Me costaba mucho, pero me lo había propuesto. Me tiraba yo sola la torre encima y no me preguntéis por qué, porque no sabría responder al cien por cien. Supongo que seguía teniendo miedo. Al final es enfrentarte a algo que te aterra y que tiene una parte de ti atrapada.

Pues bien, desde que él se cruzó en mi camino, me ha dado impulso y confianza. Me ha hecho sentir como en casa en cualquier lugar. Me abraza y me siento protegida, feliz, en paz. Ha estado a mi lado cuando he luchado contra los monstruos de mi cabeza, contra ese miedo aterrador y esos recuerdos desgarradores.

He vencido y él ha estado ahí en cada caída, en cada "no puedo más", regalándome un suspiro: "sí puedes". Y joder, sí que he podido con eso y con todo lo que se me cruce. Me ha dado la chispa final de la búsqueda de mi esencia. Me ha dado vida y amor incondicionales. Me ha regalado lo mejor que se le puede dar a alguien en la vida: confianza, lealtad y sinceridad.

MERCEDES OBIES

viernes, 9 de abril de 2021

  • 9.4.21
Estoy convencido de que las situaciones límite que estamos viviendo desde hace ya un año pueden conducirnos, al menos, a que nos replanteemos algunos aspectos de la vida y a que nos decidamos a humanizar más nuestras vidas personales, familiares y sociales. Deseo que, a partir de ahora miremos con otros ojos a los crucificados de la historia, a los esclavos de todos los tiempos, a los pobres, oprimidos, marginados, inmigrantes y refugiados, a los ahogados en el Mediterráneo o en la travesía a Canarias, y a todos los que han muerto soñando y luchando por otro mundo más justo y humano


Espero que, tras derrotar a la pandemia, muchos de los que podamos contar sus efectos devastadores tendremos muy en cuenta algunas de las lecciones que hemos aprendido. Sin caer en ingenuos optimismos, buscaremos fórmulas eficaces para evitar que la desolación pesimista nos contagie y tiña toda nuestra existencia con los colores lúgubres de los que carecen de esperanza.

Lucharemos para encontrar acicates en los que agarrarnos y claves que nos ayuden a interpretar los signos de esperanza que lucen en medio de ese oscuro paisaje. Si las sombras y los nubarrones pueden servir para resaltar las luces y para aprovechar mejor los días soleados, la correcta interpretación estos dolores y de los errores que hemos cometido nos puede ayudar para que descubramos el germen vital que late en el fondo de nuestra existencia humana individual y colectiva.

Para hacer este pronóstico, no me apoyo en ideologías, en teorías filosóficas ni siquiera en consideraciones psicológicas sino, simplemente, en la observación de la Naturaleza. Los marineros saben que, tras la tempestad, llega la calma; los labradores conocen que al invierno le sigue la primavera y el verano; los psicólogos nos explican que la esperanza es la receta imprescindible para evitar la depresión, los fieles de las diferentes creencias se consuelan con la vida futura y los cristianos fundamentan sus vidas en su fe en la resurrección de Jesús de Nazaret.

Pero yo me conformo, querido Pepe, con recordarte esa frase que tanto te repite tu madre: “Siempre que has sufrido algún contratiempo, han surgido insospechados beneficios”. Estoy convencido de que las situaciones que estamos viviendo pueden conducirnos a un replanteamiento del sentido de la vida.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

jueves, 8 de abril de 2021

  • 8.4.21
Hace poco que terminé de leer el libro de Julia Navarro titulado Historia de un canalla. Los comentarios que se pueden hacer del mismo son diversos, tanto los que están a favor como los contrarios. En mi caso, reconozco que me ha costado finalizar la lectura, pero también admito que cierta dosis de curiosidad morbosa me impelía a seguir.


Hay momentos que dan nauseas seguir leyendo pero fui incapaz de dejar el libro. El comentario que cito a continuación es claro y preciso y coincido con él: “Un audaz cambio de registro en el que Julia Navarro disecciona la ambición, la codicia y el egoísmo del ser humano”. La autora nos ofrece un “análisis pormenorizado de la conducta” del protagonista que tiene muy claro y sabe cómo conseguir todo lo que desea, cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

Sin minusvalorar el juicio que hace la editorial, tengo que añadir que hay momentos en los que el protagonista da asco por lo que pueda estar haciendo sin que sienta el menor remordimiento, sin que tan siquiera muestre un atisbo de piedad hacia las personas que en esos momentos está dañando miserablemente y sin que se le revuelvan las tripas.

Pisa situaciones, machaca iniciativas y, sobre todo, humilla a personas, en este caso, cómo no, mujeres a las que usa, de las que se aprovecha, las confina con un continuado boicot que las convierte en rehenes de sí mismas. Abusa de ellas en todos los terrenos. Dichas mujeres están muertas de antemano y sepultadas en un chantaje tal que solo son sombra de lo que eran. Sus vidas están hipotecadas al antojo de “un despreciable canalla”.

Me hago eco de un resumen-síntesis de la editorial que, por su claridad y contundencia, merece tenerse en cuenta. “Soy un canalla y no me arrepiento de serlo. He mentido, engañado y manipulado a mi antojo sin que me importaran las consecuencias. He destruido sueños y reputaciones, he traicionado a los que me han sido leales, he provocado dolor a aquellos que quisieron ayudarme. He jugado con las esperanzas de quienes pensaron que podrían cambiar lo que soy. Sé lo que hice y siempre supe lo que debí hacer pero no lo hice. Esta es la historia de un canalla. La mía”.

Para este prototipo de sujeto, el triángulo de las Bermudas donde sumergir a los demás se reduce a mentir, engañar y manipular. Dicen que en dicho triángulo desaparece todo lo que surca sus olas. ¿Verdad o mentira? Un misterio más de los muchos a los que los humanos hemos dado cierta credibilidad.

Volvamos al tema. La caricatura que podría reflejar al susodicho se reduciría en las tres siguientes líneas. Mentir en principio implica “inducir a error” al otro, puesto que el mentiroso está “diciendo o manifestando lo contrario de lo que piensa”.

Engañar también ofrece varios significados que vienen a cuento. “Seducir a alguien con halagos y mentiras” y/o “hacer creer a alguien que algo falso es verdadero” o, a la inversa, que “algo verdadero es falso”.

Manipular creo que resulta clara y contundente con una de las explicaciones que nos da el diccionario: “intervenir con medios hábiles y arteros en la política, en el mercado, en la información… con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares”.

Para un canalla mentir es más fácil que respirar. Engañar, lo que se dice engañar, le cuesta bien poco si con ello obtiene lo que pretende. Manipular al otro es la línea que cierra el antedicho triángulo. Todo se podría resumir en jugar con la confianza del otro a cambio de promesas por llegar, pero que son una fantasía carente de realidad.

No hay duda de que este tipo de modelo canallesco existe en abundancia en la realidad diaria. Traicionar amistades leales suele darse con frecuencia por parte del canalla de turno, para el cual, mentir o traicionar son una constante.

Desciendo al mundo real. Jugar con la esperanza ajena solemos entenderlo como la capacidad de “llevar al huerto al otro” porque lo hemos podido convencer de algo que pretendíamos. Desde el poder se miente un día sí y al otro también.

El libro está editado a principios de 2016 pero, en algunos momentos, da la impresión de que se publicara en tiempo de la pandemia. No hay virus en su recorrido, solo existen mentiras, dobleces, abusos, chantajes, desprecio a quien se ponga por delante.

La lectura a conciencia que estoy haciendo con dicho ejemplar me arrastra al duro, oscuro y ponzoñoso momento que estamos viviendo como consecuencia del nefasto virus. De entrada habría que decir que, desde el poder, nos están vapuleando duramente. Abundan las mentiras, junto a las medias verdades o las verdades a medias. Hoy se nos ofrece un caramelo para poder soportar el hachazo que nos darán mañana. La confusión es tal que en algún momento nos agobia no saber en qué escalón del recorrido debemos quedarnos.

Todo esto está desconcertando al resto del personal. En agosto de 2020 ya se decía que “el timón de la pandemia ya no lo lleva nadie, es un caos”. Somos un país incapaz de controlar la epidemia. Vamos a merced de las circunstancias y una de las graves consecuencias, además del aumento de los contagios, es el frenazo del vivir diario lo que nos descoloca.

Son los dos años que nos han robado de vivir con la familia, de reunirnos con amigos, de quitarnos el trabajo. A estos golpes hay que añadir una economía a la deriva con el consiguiente aumento del paro. El virus lo ha transformado todo.

Unos meses después de la reseña anterior, Pedro Baños, autor del libro El dominio mental, es entrevistado por ABC y deja claro lo siguiente: “Con el covid podemos perder la esencia de la democracia y que surjan cesarismos. Aquellos que más presumen de apoyar la libertad son los que más la limitan”. El golpe es contundente y parece no desdeñable.

¿Para qué sirvió el encierro cuando, unos meses después de salir del mismo, parecía que la situación era aun más grave? Estamos ante un obstáculo que solo se aminorará con nuestra colaboración. Pero…provocar al virus es una locura por parte del personal. No nos enfrentamos a un monstruito de Disney que, una vez apagado el televisor, lo mandamos a dormir. Éste no descansa. A veces parece que desde el poder, unos y otros juegan al escondite con nosotros mientras que el virus ¡ay, dolor! sigue su marcha imperturbable.

Ejemplos recientes que se deben tener en cuenta son los acaecidos el fin de semana pasado. Encuentros futboleros, broncas en la playa, fiestas con abundante número de asistentes, botellones por acá y acullá… Ya pasaron las últimas fiestas. Finalizamos una tercera ola que va dejando paso a un posible cuarto caos. La suerte está echada aunque nos dicen que “estamos al principio del fin”.

Termino con la referencia de otro libro que puede sernos de utilidad en los tiempos locos que estamos viviendo. El título del libro es Confía en mí, estoy mintiendo, cuyo autor es Ryan Holiday. Cito: “Mi trabajo es mentir a los medios para que ellos puedan mentiros a vosotros. Hago trampas, soborno y me confabulo en beneficio de los autores superventas y de las marcas multimillonarias, abuso de mi conocimiento de Internet para hacerlo”. Un ejemplo más de la cruda realidad.

PEPE CANTILLO

miércoles, 7 de abril de 2021

  • 7.4.21
En la literatura y en los estudios de Comunicación es conocida y aceptada, por lo general, la definición de la “ética” como el ámbito relativo al “conjunto de rasgos y modos de comportamiento” siguiendo el canon del Diccionario de la Real Academia que, en su última versión, incorpora la palabra “ethos” como “conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad”, quizás por influencia del filósofo de la modernidad (Kant) y la concepción del imperativo categórico que, en buena medida, ha ocupado los intereses y debates a este respecto en el campo.


Poco común es, paradójicamente, asumir en cambio la dimensión comunal que asocia este ámbito de reflexividad con la necesidad de cierta predisposición a hacer el bien o, genealógicamente, referir esta noción al significado originario de guarida, refugio o morada, lugar donde habitamos, más allá de Aristóteles.

En el tiempo que vivimos parece, sin embargo, más conveniente, en la Comunicología y otras Ciencias Sociales y Humanas, partir de esta última noción, pues en nuestro tiempo, de crisis civilizatoria y transición a nuevos paradigmas, se torna urgente pensar las ecologías de vida, repensar el oikos.

De hecho, la humanidad se enfrenta hoy a la necesidad de reformular la cultura, el modo de ser y carácter, como hábito, morada o refugio, en la indisoluble unidad histórico-material del sujeto-mundo y sus formas de construir las ecologías de vida desde el campo lábil y conflictivo de las mediaciones.

Esta es la tesis que propone el gran pensador Bolívar Echevarría y que conviene releer en diálogo con la actualidad para comprender, en el contexto más amplio de transformaciones históricas, el sentido de la exigencia, la autonomía y la responsabilidad social en los medios que brillan por su ausencia, sin límites, en Mediaset y Atresmedia, en Canal Sur y en la prensa del régimen.

El espectáculo de pornografía sentimental como el caso Rocío Carrasco, las derivas de La Isla de las Tentaciones o el continuo blanqueamiento del fascismo dan cuenta de una toxicidad sin precedentes que nos emplaza, por necesidad, a pensar el medio ambiente social que se deteriora con la infodemia.

La hipótesis de partida es básica, y no por ello recurrente. Si la política es el arte de lo posible y la ética de la comunicación el ámbito normativo que hace posible la vida en común, no hay transformación posible sin una articulación compleja e integral de los mundos de vida y la morada del sujeto de derechos, sea profesional de la información o ciudadano expuesto a la continua pornografía de la mercancía que captura la pura vida.

La calidad democrática y el periodismo de excelencia exigen un trabajo sobre el universo axiológico de la ecología de vida en tiempos de la prensa rosa. Pero sucede que los estudios sobre la naturaleza informacional de la sociedad contemporánea dibujan en nuestro tiempo un escenario contradictorio, cuyo gobierno por las máquinas y sistemas de información, lejos de facilitar un conocimiento detallado de los procesos de desarrollo, favorece, en la práctica, la asunción de un pensamiento sobredeterminado por un “metarrelato posmoderno”, incapaz de otra cosa que la denuncia de los proyectos de movilización y democratización del conocimiento y de los medios de información y expresión cultural autónomos.

Véase el informe estadounidense de ataques a la prensa en España cuando denunciamos que lo que hoy domina en nuestro ecosistema informativo, lejos de ser normal, democráticamente hablando, es una anomalía salvaje, un despropósito que se traduce en el minado de las bases cívicas de toda convivencia republicana, objeto, por cierto, de denuncia por la UE como cuando en los medios se dedican a titular continuas falsedades en el despliegue del lawfare que es la guerra de clases por otros medios, no precisamente democráticos y éticamente aceptables.

Si Matías Prats y los comunicadores han perdido la vergüenza siendo publicitarios del capital, poco podemos hablar de deontología en esta suerte de informadores comisionistas. Lo de la Gürtel en el periodismo patrio es el colaboracionismo nazi con Ley Mordaza de por medio, pero de esto, los guardianes de la libertad poco dicen. Ni están ni se les espera.

Lo grave es que, con ello, la atmósfera se torna irrespirable, un entorno invivible, contaminado, radioactivo y guerracivilista promovido desde el poder financiero y el gran capital con un único objetivo: la restauración del régimen y la contención de todo principio esperanza para, como escribiera Vázquez Montalbán, cambiar la vida y mudar la historia, el relato de lo que es y puede ser.

La desrealización del mundo cotidiano y la pérdida material de las formas de anclaje de la experiencia por efecto de la colonización de los simulacros mediáticos terminan como resultado por bloquear el imaginario político-ideológico emancipatorio en un proceso de mixtificación de las nuevas formas de dominio flexible, que de raíz niegan toda posibilidad de otra forma de espacio público en común, pese a la pertinencia y necesidad de este ejercicio intelectual y de compromiso histórico en un tiempo como el presente, marcado por el proceso intensivo de globalización, cuyo desarrollo se está traduciendo en diversas formas de crisis cultural y des-concierto de las comunidades locales, paralelamente al proceso de descentralización de las instituciones económicas, políticas e informativas.

No ha de sorprendernos, pues, que quienes se alimentan de La Isla de las Tentaciones, Sálvame o el Café con Susanna Griso campen a sus anchas en las plazas públicas de Madrid vindicando el incumplimiento de las normas, a lo Aznar –dicho sea de paso–, que nadie le puede decir a qué velocidad ha de conducir su vehículo de alta gama, para eso es español muy español, como M.R.

En otras palabras, nuestros medios, periodistas y estadistas fast food más que liberales son ultramontanos, un problema de salud pública que invita a la reflexión y, desde luego, a intervenir por el bien común, por la democracia y por la convivencia de todos.

Este es el horizonte de progreso inmediato que hemos de acometer ante la deficiente y contaminada ecología de la comunicación. Las discusiones en curso sobre el papel de la comunicación y los sistemas informativos permanecen, sin embargo, anclados en la visión absolutista y autoritaria del franquismo sociológico en contra de toda articulación social de diferentes actores y agentes sociales ante el conjunto de problemas que enfrenta el país.

Y ello invita a pesar que parece notorio que el ethos requiere política e imaginación comunicológica que libere las energías y haga habitables las ecologías de vida en esta piel de toro. Desde este punto de vista, podemos afirmar que el desarrollo comunicacional en España constituye, a este respecto, un problema estratégico si hemos de salir del actual bloqueo y crisis institucional, especialmente cuando, como reza el documento audiovisual de Rocío Carrasco, hay que contar la verdad para vivir, pese a que los medios mercantilistas más bien mienten porque son vivos, como dicen los quiteños: pura viveza criolla.
FRANCISCO SIERRA CABALLERO

martes, 6 de abril de 2021

  • 6.4.21
Empezamos de nuevo, en el mismo lugar, pero con el alma más vieja pero ¿más sabia? Más sabe el diablo por terco que por viejo. Si no fuera así, el diablo, en algún preciso instante, puede cansarse de su quehacer y emprender vida en otros lares diferentes al infierno. Y es muy terco. Milenios lleva enclaustrado en su marmita de dolores, penas e injurias. Porque él no entiende una vida a la que no se le castigue por sus pecados.


Me surge una duda: ¿el Diablo es mi instinto animal? ¿Son mis sentimientos? ¿Es acaso Dios mi razón? Comparemos. Infierno: lugar donde se consumen los pecadores de alma y cuerpo. Inconsciencia: lugar donde se recogen todos nuestros instintos. Instintos: voluntad abandonada a la satisfacción de una necesidad emocional y/o sensitiva y que no obedece a una moral ni a ninguna ética.

En definitiva, la inconsciencia es la parte del ser humano más animal y el ser humano, al racionalizarlo, es consciente de que sus actos tienen una consecuencias a largo y corto plazo, tanto para él como para los que le rodean.

El ser humano debe medir la forma, el cuándo, el dónde y con quién satisfacer sus necesidades emocionales para encontrar cierta armonía entre él y el entorno. Encontramos, pues, en la razón un atisbo de peculiaridad, ya que gracias a este mecanismo evolutivo, podemos adaptarnos unos con los otros y reglamentar nuestra conducta acorde al avance del conocimiento humano.

Por lo tanto, cuando el ser humano abandona la razón y es esclavo de su parte animal perece en el infierno, en la eterna culpa de ver las consecuencias de sus actos y no poder controlarse a sí mismo. El cielo lo encontramos arriba y es nuestra paz perpetua.

Los grandes reyes, predicadores, profetas, amantes, profesores, médicos, físicos, músicos y un sinfin de atributos varios, están allí celebrando la victoria al sentir animal. Le han hecho claudicar, fluctuar. Son dueños de la razón porque, si hay algo evidente, es que la razón no te posee, tú la posees y, en cambio, un sentimiento nunca lograrás poseerlo: él te posee, porque es una interacción entre el individuo y el entorno.

Nosotros podemos llegar a poseer el cielo, hacer lo que nos plazca en él, pero a veces nos posee el infierno, nos poseen los sentimientos. Uno no es mejor que otro. Son tan diferentes que se necesitan para existir, para darse vida. Adquiere su significado a partir de su opuesto.

Y aquí estoy yo, cuerpo, en mitad del Infierno y del Cielo, en lo terrenal. ¿Necesito explicar los procedimientos emocionales y racionales de mi alma a través de la explicación de los procedimientos físicos y químicos de mi entorno? Necesitamos conceptualizarlo todo.

Cuando no existe un conocimiento exacto de nuestro entorno nosotros nos lo imaginamos a través de nuestro sentir, no de la razón, ya que ésta es análoga al conocimiento del alma. Y me refiero a "alma" como un todo: la conjunción del inconsciente, consciente y mi cuerpo. Esa es mi alma: todo aquello que habita de mi cuerpo para dentro.

Pero, ¿qué hay de mi cuerpo para fuera? ¿Solo hay piedras? Pienso que no. Es más, lo siento. Siento cómo alimenta mi alma, que la prepara y adapta, pero ella siempre es rebelde. Aquello que forma el entorno es algo independiente de mi alma, pero los dos interaccionamos, podemos modificarnos y plasmar lo más profundo de nosotros. ¿Y cómo puedo llamar esa conjunción? Las dos almas independientes ellas, forman otro uno: forman Dios.

DANY RUZ

lunes, 5 de abril de 2021

  • 5.4.21
Hace ya casi cinco años, Antonio López Hidalgo concibió un libro diferente a todos los anteriormente publicados. Se trata de un libro de relatos extensos basados en hechos reales pero alterados estos por algún elemento de ficción. Uno de estos relatos se transformó en una novela breve, La noche, aún inédita.


El volumen fue creciendo en número de relatos y en extensión, pero seguía guardado en el cajón de aquellos proyectos que nunca ven la luz. Una obra escrita entre el periodismo y la literatura, entre la ficción y la no ficción. El volumen incluso tenía título: Vidas encriptadas. Hoy publicamos en exclusiva el relato titulado La bala. Este es el texto:

(1)

Me llamo Germán Regner. 28 años. Segundo apellido no tengo. Bueno, Ibarra. Pero no está documentado. Nací en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires. A Rosario fui en 2004, cuando tenía 16 años. Allí terminé la secundaria. Empecé Periodismo en la Universidad. Terminé. Empecé Administración. No terminé. Quedé en cuarto año. Al mismo tiempo que empecé Administración en 2009, me puse un negocio, un quiosco. Bien chiquitito. Tenía 22 años. Vendía cigarrillos, golosinas, gaseosa y nada más. No vendía fiambres, carnicería, verdulería. Un negocio de paso. Lo tuve cinco años. Puse otro el año pasado antes que me pasara el accidente.

El 7 de octubre del año pasado, era un martes, me acuerdo. A las siete de la tarde, yo estaba afuera en el patiecito donde tenía todas las mesas. Yo estaba sentado solo. Al lado del quiosco, tenía una verdulería y, en la esquina, una carnicería. Después, todo casas. Yo estaba mandando un mensaje por el celular. En frente del negocio hay un árbol grande. Un palo borracho se llama.

Viene de la calle al lado del árbol. Y ahí se frena una moto. Bajan dos personas. Pendejos. Tendrán 16 o 17 años, no más que, eso, porque eran pequeños, medirían 1.60 cada uno. Flaquitos. Cara normal. Cara descubierta toda. Con pantalón corto, porque octubre era lindo ese día. Estaba musculoso, me acuerdo. Y el que estaba en la moto, manejando, tenía una gorra para atrás. Frenan en la puerta. Se baja el de atrás, que era uno de rulitos, entra, y yo me quedo ahí. Entra mostrando la billetera, como que va a sacar plata para comprar. Y me dice: Flaco, cigarrillos, ¿vende? Yo digo sí. Entra. Entro yo atrás. Cuando él entra primero, yo entro atrás, lo paso después. Para yo dar la vuelta y meterme atrás del mostrador. Cuando yo le sobrepaso a él, me va siguiendo atrás. Le digo: Loco, ¿qué haces? Me sigue y, cuando lo quiero tener enfrente, no estaba. Estaba al lado mío con una pistola así, agachado, la pistola para abajo. Como yo ya sabía que me iba a robar, le abro la caja registradora, le hago un montoncito de billetes de diez pesos. Los billetes estaban separados: los de diez, los de cinco, los de dos, las monedas. La típica caja registradora. Le saco los de diez y le digo: Toma. No, no. Dame más, dice. Siempre agitando la pistola. Agarro los de cinco y se los doy. No, no. Dame más. Dame el celular. Yo le digo: No. Esto ya no te lo doy. Ni en pedo te doy el celular, le digo yo. ¿Por qué no se lo quise dar? Porque yo en el 2014 perdí cuatro celulares. Le dije: No. Ya. Perdí muchos celulares. No me vengas a perder este. Me dice: Dame el celular, que te pego un tiro. No te voy a dar el celular. Será hijo de puta. Me putea. Dame el celular. No te voy a dar el celular.

Lo piso. Cuando lo piso, él se quiere ir para atrás. Pero como lo piso, se va cayendo. Cuando se cae, hace así. Yo me acuerdo perfecto. Cuando lo piso, yo lo quiero agarrar. Pero no lo puedo agarrar, se va cayendo. Peleamos. Yo no sentí nada. Nos caemos. Con el filo del mostrador me corto. Me tajé. No pasó nada. Él se cae hacia atrás, que cae contra la exhibidora de los fiambres y se va corriendo por la puerta. Yo me paro. Cuando voy a dar la vuelta al mostrador, él más o menos me saca cuatro metros. Él estaba por la puerta y yo me estaba recién parando en la caída. Cruza el patiecito, cruza el árbol, se tira en la moto que estaba el amigo esperándolo y se van. Cuando se estaba subiendo en la moto, yo recién estaba saliendo de la puerta. Hijo de puta, encima disparaste. Porque yo escuché el boom, pero no sentí nada. No sentí ardor, como dicen. No sentí dolor. No sentí nada. Yo pensé que no me pegó.

Bueno, a todo esto, cuando el tipo se va… Viste que esta es una situación de cinco segundos. Cuando pasa esto, está guiñándose el verdulero de al lado. Enfrente tienes una tintorería, mercería, dos locales de ropa, un estudio de ingenieros. Un local de ropa en la otra esquina. Una veterinaria acá. Una calle muy transitada. Viene el verdulero. Me disparó el hijo de puta. Lo quiere ir a agarrar, porque estaba a dos metros. Y cuando lo quiere agarrar, el de atrás le hace así, le apunta al verdulero y ahí el verdulero dice banderita blanca. Y se fueron por la calle de atrás. A todo esto, todos los comerciantes salieron a la calle. Me preguntan y yo digo no me pegó, pero yo tenía la remera de manga corta y veo que me cae un chorrito de sangre.

Hago así. No se dejaba ni ver. Es un puntito así la bala que entra. Como si fuera una vacuna. Me disparó, pero tengo la bala en el hombro, digo yo. Me quedó en el hombro. Es un calibre 22. Una bala con un plomo chico que generalmente no tiene orificio de salida porque al ser plomo chico da vueltas. En cambio, un calibre 38 o 45 son balas mucho más grandes. Estas te entran y te salen. Es una pistola más grande que tira con más potencia. El 22 es un arma chica. Entonces, como que lastima más, porque un 45 o 38 te da en el hombro, entra por acá y sale por acá. Esta entra, como me pasó a mí, me fisuró el omóplato, aquí atrás, y la bala fue para abajo. Empieza a dar vueltas con la velocidad que entra y no puede salir. Justo le da en un hueso, que fue mi caso. Si hubiese sido músculo, pie o tejido, capaz que sí tiene orificio de salida. Pero, bueno, como es así, el médico dedujo que la bala entró por acá, me fisuró el omóplato y me fisuró el pulmón. Se fue para abajo. Yo no sentía nada. Entonces, los vecinos se empezaron a acomodar.

Son las siete de la tarde. Me voy para adentro, llamo a mi viejo, le digo no te preocupes, me entraron a robar al negocio, me dispararon, estoy bien, ven a buscarme. Me llevó al hospital. Vivo a dos cuadras del local. Buey, ahí voy, dice. Llamo a mi socio. Le digo: Pedo, no te preocupes. Entraron a robar, recién me resistí, me pegaron un tiro, estoy bien. La bala me entró por el hombro. Vení a cerrar.

A todo esto, salto al patio y me pongo a juntar las mesas. No lo tendría que haber hecho, porque esa fuerza, me dijo el médico, hacía que la bala se corra más. Yo me tenía que quedar quieto, pero son cosas que yo no sabía por el momento de calentura que uno está excitado. Yo juntaba las sillas, las mesas. Llegó mi viejo, subí al auto. La policía, como siempre, tardó cuarenta minutos. Viene mi socio y cierra el local.

(2)

Germán era alto y desgarbado. Se pasaba los días inventándose la vida, dándole sentido al destino no elegido, domeñando al azar, bebiendo cerveza, intentando entender el mundo que se abría a su alrededor. Había ahorrado con la venta de sus pequeños negocios, pero no le gustaba derrochar. Así que, de lunes a viernes, almorzábamos menús baratos en restaurantes modestos. Refresco natural y unos cuantos trozos de fruta para el postre. De primer plato, siempre sopa. De segundo, dependía. Pero andábamos ya cansados de tanta sopa. Siempre diferentes, eso sí. Él decía que en Ecuador había más de doscientas o trescientas sopas diferentes y que por eso los ecuatorianos tenían el hábito diario de comenzar a comer con un buen plato de sopa. Era cierto. En Ecuador la variedad de sopas era muy variada y deliciosa. Desde sopa de mariscos en la costa hasta las tradicionales sopas y locros de la sierra andina. Sopas con plátanos y guineos verdes, sopas con quinua, sopas con habas, con patas de res, aguado de gallina, biche de pescado, caldo de bolas de verde o caldos con guanchaco. A Germán le gustaba sobre todo la fanesca, pero esta solo se preparaba en Semana Santa. Se sabía la receta de memoria: bacalao, zapallo, zambo, habas, chochos, choclo, arvejas, porotos o frejoles, arroz, cebolla, ajo, comino, achiote, maní, leche, crema y queso. Pero no te confundas, me decía, ahí no queda todo, porque esta receta tradicional cada ama de casa la hace a su manera y su preparación puede cambiar mucho de una casa a otra.

A mí la fanesca me parecía una comida muy pesada y poco digestiva. Y después de comerla, mi estómago me pedía con premura un par de gintónics. Pero en Quito nadie bebe gintónic. Ningún país es perfecto, pensaba yo. Pero también se lo decía a Germán: ¿Cómo se puede vivir sin conocer el gintónic? Germán reía sin decir nada. Él bebía sobre todo cerveza. Y como se puede comprobar, le gustaba sobre todo comer. Algún fin de semana nos subíamos a un taxi y nos metíamos en un restaurante cuyo nombre nos hacía salivar: Parrilladas Uruguayas. El sabor de los buenos momentos. A Germán le gustaba el eslogan del lugar: Las carnes y el fútbol se juntan al puro estilo charrúa. Decía que, en Uruguay, hasta que se las metía en el fuego, las vacas eran felices, que corrían alegres, desinhibidas y a sus anchas por aquellos campos inmensos. En ocasiones se ponía profundo: Uruguay es un país lleno de vacas, las mejores vacas del mundo. Yo le decía que la ternera de Kobe en Japón también era feliz, que escuchaba música clásica y que vivía sin estrés hasta el día de su muerte, pobres. Pero esas son vacas pijas, muy pijas, objetaba Germán, que acortaba las frases en todo lo posible para no dejar de masticar.

A Germán le gustaba sobre todo comer, pero no sé dónde echaba tanto manjar ingerido porque era muy flaco. Como buen argentino, también le gustaba hablar. Y viajar. Había llegado a Quito por terapia, huyendo del atraco a su quiosco, huyendo de una bala de la que no podía huir y que tenía enquistada en los pulmones, venía con Elvis imitando la travesía que el bioquímico Alberto Granado y Ernesto Che Guevara de la Serna, estudiante de medicina -le quedaba por aprobar tres asignaturas-, especializado en el tratamiento de la lepra, hicieron por América Latina en 1952 a lomos de La Poderosa, una motocicleta modelo Norton 500 M18 y que hoy se conserva en la casa-museo de Che Guevara.

(3)

Estoy yendo para el hospital, que está más o menos a media hora. Y yo ya me empecé a agitar. Me sentía bien. Mi viejo me miraba. Está mal. Cuando llegamos al hospital, mi viejo me deja en la esquina. Eran las 7.35 horas. El auto no lo podía dejar allí. Enfrente había un estacionamiento. Me dejó ahí. Fue mientras a dejar el auto. Entro, subo la escalera y ya ahí yo no podía. Tenía un pulmón perforado. Pero me sentía bien. Era como si hubiera terminado de correr, qué sé yo, cinco horas, todas seguidas. Estaba muy agitado, pero bien. Pasé por la guardia, llego a la chica que está con el café, y yo le digo: Me dieron un tiro. Llega mi viejo. Los de la guardia me hacen entrar a mí primero. Viene el pasante, no el médico. Como que vio groso porque, al toque, llama al cirujano. El cirujano, que se llamaba Gustavo Berrocal, me mira y dice: Llama al instrumentista, al anestesiólogo. La enfermera me pone en la camilla, me lleva. En dos minutos yo estaba en la camilla, en plena cirugía. No te preocupes, dice el médico.

Yo, todo consciente. Me baja el ascensor, tercera o cuarta planta, me pasan a otra camilla entre dos enfermeras. Me llevan al quirófano, me pasan a la mesa de operaciones, me ponen de este lado. Viene el médico, me dice: No te preocupes. Te vamos a hacer un drenaje, porque tenés el pulmón perforado. Entonces, qué pasa. La bala entró, te perforó el pulmón. El pulmón son tejidos, que no son músculos que cicatrizan, es un tejido que es como una burbuja, que después se vuelve a ser revuelta. Empieza a derramar toda la sangre del pulmón y se mezcla con todos los gases, los jugos gástricos que tiene el cuerpo que van fuera del pulmón. Entonces, me tenían que drenar eso, todo el limado que se había hecho y ahí el pulmón se comenzaba a recomponer de nuevo, con los días.

El médico me pone de lado, me tapa la cara, empiezo a sentir una luz caliente. El anestesiólogo me puso un par de anestesias. Sentí el dolor, pero bastante bien igual. Estaba el médico trabajando. En un momento, cuando me empieza a meter el tubo… el tubo tiene que ser más grande que la bala… cuando tienen que meter el tubo al pulmón es como que tienen que romper más. Y ahí sentí un dolor, pero lloraba. Y lloraba y lloraba. Del dolor. Me terminan de meter el tubo, me cosen. Cableado por todos lados. Ahí eran, no sé, las 7.45 horas. En nueve o diez minutos yo estaba operado, con los drenajes, saliendo de la cirugía para terapia. Fui a terapia. Estuve dos noches en terapia.

Y bien. Hay dos cuestiones con esto. Si se saca o se queda la bala adentro. Si se saca, es porque el cuerpo rechaza la bala y se produce una infección que es mortal. Te tienen que cortar y sacar el pedazo de plomo. Que eso es muy groso porque es muy costoso. Hay muchos profesionales que no se hacen cargo de esas cosas y son operaciones que, en pesos, son, ponle, 30 o 40.000 pesos, o más. Que serán 3.000 o 4.000 dólares. O la bala la acepta el cuerpo. Se empieza a encapsular la bala. El pulmón la empieza a encapsular, se hace un capullito y queda ahí. Ahora pasa a ser parte del cuerpo. Esas son las dos cosas.

La clave eran las 72 horas para ver cómo reaccionaba el pulmón. Gracias a dios, quedó bien, no presentó preocupaciones y ahí quedó. Cada ocho meses me tengo que hacer análisis por si pasa algo. En algún momento el cuerpo tiene que rechazar a la bala. En algún momento. Tiene que ocurrir.

Fue una consternación grande. Estuve dos días en terapia, cuatro días en sala. Nunca hubo ninguna complicación. Yo, siempre consciente. En ningún momento me dormí. Sentí en un comienzo como que me dormía. Y el médico decía: No te duermas, no te duermas, no te duermas. Cabeceaba, pero trataba de no dormir.

Continuará...

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

domingo, 4 de abril de 2021

  • 4.4.21
Al leer todas las respuestas que daban los alumnos a la pregunta acerca de los mejores profesores que habían tenido a lo largo de los estudios, me llamó la atención que tanto desde el punto de vista positivo como negativo estuvieran centradas durante las etapas de Secundaria y de Bachillerato. Pareciera como si durante los años de la infancia que estuvieron en las aulas de Primaria la situación era de normalidad, sin que se encontraran con situaciones tan difíciles de docentes como las que manifestaban en sus escritos.


Posiblemente se deba a que en Primaria el trabajo lo ejercen maestros y maestras que se han formado de modo específico para esta función docente, por lo que la Pedagogía es esencial en sus estudios; no así el profesorado de etapas posteriores, dado que en nuestro país, tiempo atrás, en los títulos de licenciaturas no se encontraban la especialidad que encaminara al trabajo de la enseñanza de esa disciplina. Bien es cierto que en la actualidad se exige un máster que capacite para este trabajo en el que las relaciones humanas son fundamentales.

De todos modos, existe una palabra llamada “vocación que es clave en este trabajo. Podemos entenderla como predisposición para enseñar que se puede tener previamente a los estudios o adquirirlas en ellos, e, incluso, en el trabajo práctico, a pesar de ciertas connotaciones religiosas heredadas de años atrás.

No es de extrañar que en la primera entrada del diccionario de la RAE aparezca lo siguiente: “Inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión”. Hay que pasar a la cuarta para que nos diga lo siguiente: “Inclinación a cualquier estado, profesión o carrera”, que es a la que me refiero.

De todos modos, mucho me temo que esas reminiscencias, en una sociedad ya ampliamente secularizada, haya dado lugar a que el término “vocación ahora apenas se use para la docencia, pues esa “inspiración divina” de la que se nos habla en el diccionario de la RAE tiene un tono místico que no se corresponde con la entrega a un trabajo que camina por otro lado.

Volviendo a la pregunta realizada a los estudiantes, y puesto que en el primer artículo mostraba dos comentarios referidos a profesores de Matemáticas y Lengua, materias que a los estudiantes se les suelen ‘atragantar’, en esta ocasión quisiera traer tres referidos a otras disciplinas, comenzando por la de Historia.

Pero antes de dar paso a estos comentarios, quisiera apuntar que en los distintos campos de las Ciencias, de las Artes y de las Humanidades se conocen los nombres de autores que han alcanzado el reconocimiento social y se los cita con admiración; sin embargo, en una actividad milenaria como es la enseñanza, sus protagonistas quedan en el anonimato.

Es por lo que, al menos, quisiera mostrar una imagen del gran pedagogo brasileño Paulo Freire, el autor de la Pedagogía del oprimido, quien orientaba su trabajo en el sentido de formar a los marginados y olvidados de la sociedad, ya que una buena enseñanza, una buena educación, es un medio de liberación personal y social.


Nada más oír esta pregunta, se me vino a la mente mi profesor David, que impartía clases de Historia cuando yo cursaba primero de la ESO. He de decir que, antes de tener la suerte de encontrarme con profesores como él, esta asignatura me parecía muy aburrida, no me gustaba nada, lo que hacía que mi interés por atender y aprender en las clases de esta materia hubiese sido relativamente pequeño. Sin embargo, mi opinión cambió radicalmente cuando recibí clases impartidas por este profesor, ya que ponía todas sus ganas en que sus alumnos aprendieran.

David tenía algo que le diferenciaba de muchos profesores: además de asegurarse que sus alumnos saliesen de sus clases con una sonrisa de oreja a oreja, él se preocupaba hacerlas lo más dinámicas y amenas posibles. Tengo que destacar la gran importancia que le daba para evitar el monólogo del profesor, tan frecuente, y se interesaba en que sus alumnos participen en todo momento y captasen todos los conceptos que pretendía transmitir.

Era un profesor que tenía siempre el ansia de buscar medios y métodos nuevos para que una asignatura que, en principio, pudiese parecer algo aburrida llegase a ser amada por sus alumnos. Y fue desde entonces cuando la Historia empezó a interesarme y a no parecerme tan aburrida como siempre para mí lo había sido
”.

Evitar el aburrimiento, tan característico de las clases monocordes; hacer amenos los contenidos, planteando nuevos métodos y recursos; manifestar las ganas de enseñar a todos, no solo al reducido grupo de los que tienen el mayor nivel; buscar la amenidad en la exposición, etcétera, son algunas de las expresiones que encontramos en las respuestas.

Por otro lado, hay asignaturas que, a priori, no tiene la relevancia de las citadas, por lo que lograr el interés del alumnado hacia ellas implica redoblar el esfuerzo y la entrega por hacerlas atractivas. Es lo que se manifiesta en este escrito referido a Historia del Arte:

Antes de acceder a la universidad, he tenido la suerte de encontrarme a varios profesores que han despertado en mí el interés de aprender. Entre ellos, voy a destacar a un profesor que tuve en 2º de bachillerato que me dio Historia del Arte.

En primer lugar, quisiera indicar que utilizaba una metodología muy diferente a lo que estaba acostumbrada: enseñaba a partir de fotos o imágenes, porque la asignatura así lo requería. No hacía uso de libros ni daba apuntes elaborados por él, lo que nos obligaba a tomar apuntes. Esto, creo, que favorecía el aprendizaje puesto que no podías desconectar en ningún momento de la clase.

Asimismo, se notaba que su trabajo le gustaba, no solo porque mostraba interés en que nos enterásemos de las cosas, sino también por el tono de voz y los gestos que utilizaba, ya que juntos expresaban ese sentimiento de pasión hacia la asignatura que tenía y que, desgraciadamente, no la he notado en otros profesores que me han dado clase.

A esta asignatura la considero difícil puesto que son muchos datos y elementos que hay que conocer, lo que, supongo, conduce a que muchos la estudiarían de memoria; sin embargo, su forma de explicar y repasar los contenidos fue tan buena que cuando llegaba el examen ya te lo sabías casi todo. Actualmente, no solo me encanta todo lo que tiene que ver con la Historia del Arte sino que me sigo acordando de muchas cosas sobre lo que me explicó ese profesor
”.

Nos podemos imaginar que en la escala de asignaturas, supuestamente poco útiles para el mundo en el que vivimos, estaría encabezada por las lenguas clásicas, como el latín y el griego. Hay que tener un magnetismo especial para ser capaces de seducir al alumnado frente unas materias que pueden imaginar que son verdaderamente inservibles. Conviene, pues, leer lo que esta alumna me respondió:

A lo largo de mi vida académica han pasado muchos profesores, unos mejores, otros peores, y muy pocos que realmente dejan una huella imborrable (…) Pero, sin duda, si tuviera que elegir a mi profesor o profesora ideal sería mi querida Amparo, mi profesora de Latín y Griego durante los tres últimos años de instituto.

La conocí en 4º de la ESO, cuando todavía no tenía las ideas muy claras sobre mi futuro en Bachillerato. A principio de curso yo me imaginaba pasando al Bachillerato Social, el de Economía; pero tal fue el impacto que tuvo en mí, que acabé en el de Humanidades.

Suerte fue la que tuvimos mis compañeros y compañeras y yo de toparnos con una profesora así, capaz de mantenernos atentos en cada momento, de compartir y transmitirnos cada uno de sus conocimientos y de la pasión por lo que enseñaba, de querernos como si fuéramos parte de su familia y de no haber tirado nunca la toalla con ninguno de nosotros.

No fueron dos asignaturas fáciles debido al inmenso contenido que aportaban, tanto de gramática como de la historia presentes en ambas, pero esta profesora las hacía tan amenas que parecía que realmente estabas viviendo en aquella época, con sus canciones, su cultura y su lengua
”.

Para finalizar, conviene reconocer que hay magníficos profesores o profesoras que son capaces de abrir el campo de las expectativas de los adolescentes hacia estudios y profesiones que con anterioridad no habían pensado en ellos, tal como se ha descrito en los párrafos anteriores. Estos son los mejores: los que dejan una huella profunda en aquellos estudiantes que nunca los olvidan. Y merece la pena luchar por encontrarse en ese reducido grupo que permanecerá en la memoria de sus antiguos alumnos.

AURELIANO SÁINZ

sábado, 3 de abril de 2021

  • 3.4.21
Tengo –tenemos– dos opciones en este momento: o nos miramos el ombligo y despotricamos todo el día acerca de nuestra mala suerte y nos hundimos en el lodo del victimismo o miramos alrededor para ver qué hacer que nos haga sentir bien, dentro de las posibilidades de la jaula de la pandemia. Buscar emociones que nos hablen de vida y no de muerte.


El viernes pasado fue uno de esos días en los que algo se rompió en mí y pensé: "esto no es vivir, es dejarse arrastrar por las malas noticias". ¿Qué me hace feliz a mí? ¿Qué me emociona? Claramente, el arte en todas sus versiones.

Busqué la oferta cultural de mi ciudad y esa misma tarde había un recital de la soprano Ainhoa Arteta y la mezzosoprano Nancy F. Herrera. Ahí iba a estar yo. Sola o acompañada. Al final, una de mis amigas del alma me acompañó. Otra alma que vibra con la música.

Nos tomaron la temperatura, respetamos las distancias de seguridad y nos sentamos en nuestros asientos. Una entrada no muy cara nos permitió volar durante casi dos horas. Dos mujeres brillantes que no se hicieron sombra. Ainhoa, con sus agudos y su divismo no histriónico, y Nancy, con la artista que es. ¡Qué Carmen más maravillosa! Con su vestido fucsia de cola y sus movimientos de mantón bordado capaces de derrotar a toda la tropa francesa.

"Lo necesitaba". Ese fue el suspiro que se nos escapó a las dos a la salida. Necesitábamos sentirnos vivas, ya sea con un paseo por el campo, comiendo al aire libre con un amigo o escuchando a todo volumen ese disco de rock que nos vuelve locas.

Ayer practiqué otra de mis pasiones: hice una visita guiada a un pueblo cercano y aprendí algo más de nuestra historia, de cómo vivían los que nos han precedido. De cómo el hombre y la mujer siempre se han movido para descubrir nuevos lugares; de cómo han ido evolucionando y de lo que aún nos queda por mejorar.

Plantéate qué hace tu día diferente, qué pequeño gesto o decisión pueden marcar la diferencia entre la rutina y un momento para recordar. No se necesitan grandes estridencias, solo buscar la ilusión y dejarse llevar por ella. No quiero que el tiempo me huya: seré yo la que lo controle con mi reloj de arena.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 2 de abril de 2021

  • 2.4.21
La saeta, ese género de cante flamenco que se interpreta en nuestra Semana Santa andaluza, constituye una manifestación propia de nuestro arte popular religioso. Es un grito desgarrado que tiene resonancias árabes, judías y gregorianas y que deriva de la siguiriya y de las tonás gitanas. Expresa el sentir hondo de nuestro pueblo que rememora y vive la Pasión y la Muerte de Jesús de Nazaret y que acompaña el sentimiento de dolor de su madre María.


La “saeta” es una manera elemental de adentrarse en el misterio del dolor humano y una forma espontánea de asumir la muerte: es un modo de dolerse con el dolor de los otros y de penar con las penas de los demás.

La palabra “saeta”, más culta y más antigua que la palabra “flecha”, la usan autores tan importantes como el poeta medieval Gonzalo de Berceo, Juan Ruiz -el Arcipreste de Hita-, autor del Libro de Buen Amor, y Don Juan Manuel, autor del El conde Lucanor, es el dardo que hiere y que, destrozando el corazón, nos transporta los sentimientos del amor.

¿Dónde nació? ¿En el barrio de Triana de Sevilla, en el barrio de Santiago de Jerez o en el barrio de Santa María de Cádiz? Es igual: lo importante es que brota de la fuente original del alma en carne viva de un pueblo que, por haber sentido la amargura de la soledad, de la pena, del desprecio, del desamparo, del hambre, de la sed o de la pobreza, vive la grandeza de la misericordia, la alegría del perdón, el alivio de la fe, el consuelo de la esperanza y la fecundidad del amor.

La “saeta flamenca” es grito, clamor, llanto, gemido, queja, lamento, piropo, cante, culto, fervor y oración; es poesía y es música; es amor y es lástima; es arte y es pasión.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

jueves, 1 de abril de 2021

  • 1.4.21
La muerte es siempre una cuestión delicada, y lo es aún más en los tiempos que corren. Sin embargo, es Semana Santa. Da igual cómo se quiera endulzar, la Pasión es una historia de muerte y, sí, también de resurrección.


Puesto que las ‘pelis de romanos’ están ya muy vistas, vamos a recomendar dos películas que toda persona cultivada debería conocer y que están de aniversario. En concreto, nos centraremos en sus representaciones de la muerte, la Muerte como personaje: Las tres luces y El séptimo sello. Advertencia: el texto está plagado de spoilers, pero también de buen cine.

Hace un siglo, en 1921, se estrena en Alemania Der müde Tod, de Fritz Lang, que llegaría a España en 1923 como La muerte cansada o Las tres luces. Su estreno germano vino precedido por otras películas que se integran en el movimiento conocido como ‘Expresionismo Alemán’, al que ya dedicamos unas palabras aquí –para profundizar en el cine alemán de Entreguerras, recomiendo el exquisito documental Von Caligari zu Hitler: Das deutsche Kino im Zeitalter der Massen (De Caligari a Hitler: el cine alemán en la era de las masas, 2014), presentado en el Festival de Cine de Sevilla.


El director de Der müde Tod, Fritz Lang, es uno de los grandes directores de la Historia del Cine. Maestro en todos los géneros que trató, es conocido por la primera gran saga cinematográfica de la Historia, la del Doctor Mabuse o por su monumental Metrópolis (1927). Sus dos partes de Die Nibelungen (Los Nibelungos, 1924), siguen siendo una lección de fotografía y hasta tuvo la valentía de dar voz a un asesino de niños ante un tribunal de mafiosos en M (M, el vampiro de Düsseldorf, 1931).


Si bien, vamos a desacralizar. Lang era un maestro del espectáculo al que se le daba genial narrar. Su padre era arquitecto y lo convirtió en un estudiante forzoso de Arquitectura. El muchacho tenía aspiraciones artísticas en una sociedad destrozada por la guerra y encontró en el cine, todavía en pañales como arte, y en la industria cinematográfica alemana –que todavía podía competir con Hollywood–, un ámbito artístico donde desarrollar su enorme talento.

Es fácil y, a la vez, complejo comparar Der müde Tod con la sueca Det sjunde inseglet (1957), que llegaría hace sesenta años a España, en 1961, a través de San Sebastián como El séptimo sello. Se trata de una de las obras clave de la cinefilia gafapasta y, sin duda, una de las mejores representaciones de la muerte en el Séptimo Arte.

Su director, Ingmar Bergman, era hijo de un pastor luterano y su obra cinematográfica está salpicada de conflictos humanos, casi metafísicos, necesitados de narración. Abnegado en su obra cinematográfica y teatral, Jungfrukällan (El manantial de la doncella, 1960), la perturbadora Vargtimmen (La hora del lobo, 1968) o la descorazonadora Gycklarnas afton (Noche de circo, 1953) son algunas de sus obras más relevantes.


Tanto en Der müde Tod como en Det sjunde inseglet, la muerte aparece como un personaje masculino condicionante de la acción. En Der müde Tod, en un momento y lugar indeterminados que se asemeja a la Alemania profunda decimonónica, la Muerte se lleva al amado de la protagonista mientras están de luna de miel.


La Muerte (Bernhard Goetzke) ofrece cuatro oportunidades a la protagonista (Lil Dagover) para recuperar a su amado (Walter Janssen). En las tres primeras, debe evitar que la Muerte, personificada y caracterizada, acabe con el amado antes de que se apaguen tres velas encendidas. Cada vela se corresponde con tres escenarios y situaciones diferentes: una ciudad musulmana durante el Ramadán, Venecia durante su carnaval o la China Imperial. Por supuesto, la Muerte triunfa en todas las ocasiones.

Sin embargo, la protagonista tiene una última oportunidad, que es donde la película alcanza cierto fondo moral: intercambiar el alma de su esposo por el de cualquier otro. Inconsciente, la recién casada cuenta su historia y pide a otros que hagan el sacrificio de sus vidas. Los interesados se niegan, como es lógico.

Tras producirse un incendio, un bebé queda atrapado y la protagonista debe decidir entre cambiarlo por su esposo o devolvérselo a su madre. En un último acto de lucidez, la amante devuelve el niño a su madre y acepta la oferta de la Muerte de ir con él para reencontrarse con su amado.

Der müde Tod es una historia romántica en el que un conflicto humano es excusa para llevar a cabo una película de aventuras con fondo moralista. No hay tanta reflexión metafísica como tal. Todo lo contrario que Det sjunde inseglet. Un cruzado (Max von Sydow) y su escudero (Gunnar Björnstrand) retornan a Suecia. Naufragan en el camino y la Muerte se dispone a llevarse al cruzado, Antonio Block.


Block no se siente preparado para morir y desea tiempo para encontrar un sentido a su vida. Le pide una partida de ajedrez a la Muerte, que acepta por diversión. Una prórroga que alargará lo inevitable, pero que le permitirá profundizar en sus conflictos y realizar una buena acción antes del fin. Por otro lado, Block se encuentra con unos comediantes vitalistas que contrastan con el ambiente opresivo de la Suecia medieval y con la angustia generalizada que produce la peste negra.

En ambos casos, la Muerte como personaje tiene un rol clave. De hecho, no son pocos los que han señalado la influencia de la Muerte representada por Goetzke en la Muerte de Ekerot. Sin embargo, sus concepciones son diferentes.

Bernhard Goetzke nos ofrece una personificación de la muerte que, en efecto, es ineludible. Serio y eficiente, se las arregla para llevar a cabo sus ejecuciones con precisión. Si bien, lo más interesante del personaje puede ser que es un ente de la existencia que siente cierta piedad y compasión. Ejerce su cometido porque tiene que hacerlo, puesto que forma parte de algo más grande que él.

Una muerte romántica a la alemana. Es el final de la joven, que encuentra en su fin la única manera de reencontrarse con su amado. Llegados a este punto, quizá sea interesante señalar, como anécdota, que el título de la película fue traducido como Destiny en su versión inglesa. El destino de todos es la muerte, aunque le pese a él mismo.

A todos los efectos, la Muerte de Bengt Ekerot es un funcionario. No tiene piedad, ni concede prórrogas, aunque no duda en posponer la ejecución de la ‘resolución administrativa’, por decirlo de algún modo, si puede divertirse un poco. En cualquier caso, al final, la ejecución de la resolución es ineludible. Forma parte de algo más grande que él, al igual que la Muerte de Der müde Tod, pero al mismo tiempo desconoce qué cosa es esa. No se integra en una realidad superior sino que, al igual que el ser humano, él mismo es una pieza aislada bajo un cielo que guarda silencio.

La Muerte se permite jugar con el cruzado y, frente al rostro serio e, incluso, amargado del ejemplo anterior, Ekerot nos muestra una Muerte de sonrisa irónica, casi pícara. Mientras mata a uno de los comediantes, que había simulado un suicidio, no duda en hacer uso del sarcasmo: “¿Acaso no te habías suicidado?”. Admite no saber qué hay más allá de él. No conoce el ‘sentido’ que busca Block. Sin embargo, al final, sin que aparezca ante la cámara, su presencia se torna tan oscura como temible, deshumanizada.

Si la característica más humana de la Muerte de Der müde Tod es su compasión, hasta el punto de ofrecer consuelo –aunque a su manera–, las de la Muerte de Det sjunde inseglet son su desconocimiento de lo que hay más allá de él y su curiosidad. El ejecutor de la ira de Dios desconoce de Su existencia y siente cierta curiosidad por las tribulaciones del cruzado.

Si la imagen de la Muerte con un muro sin fin a sus espaldas tiene un cariz romántico, la escena de la confesión de Block es una oda al existencialismo. Atormentado, Block se aferra a una reja: “Quiero confesarme y no sé qué decir; mi corazón está vacío”. Al otro lado de la reja, sin que él lo sepa, no lo escucha un sacerdote, sino la propia Muerte. Caronte hacia lo desconocido –la nada, el Infierno, el Purgatorio o la Salvación–, la Muerte escucha con curiosidad las tribulaciones del cruzado y le cuestiona sobre el origen de sus sufrimientos.

Lang toma una cuestión existencial de excusa para narrar al gusto de un público de Entreguerras necesitado de evasión, mientras que Bergman hace uso de los artificios del discurso cinematográfico para ofrecer una reflexión de carácter existencia a la generación del baby boom, la generación que aprendió a temer la bomba atómica.

Una diferencia notable en la narración que no podemos obviar es que, aunque ambas películas están en blanco y negro, Der müde Tod es una película muda, mientras que Det sjunde inseglet está llena de sonidos y matices. La película germana se encuentra más limitada en la narración, aunque no lo consideramos excusa para no ofrecer cierta profundidad.


Las también alemanas Das Cabinet des Dr. Caligari (El gabinete del doctor Caligari, 1920), de Robert Wiene, y Von morgens bis Mitternacht (Del mediodía a la medianoche, 1920), de Karl Heinz Martin, son dos películas que ofrecen reflexiones interesantes que, sin embargo, preceden a Der müde Tod.


La pasión es otro punto divergente. La joven esposa no gestiona bien el duelo y, en un acto romántico, acepta la muerte como forma de reencontrarse con su amado. Por tanto, Der müde Tod es la historia de un duelo. Por el contrario, Det sjunde inseglet es una historia de pasión. Aunque llega a alcanzar cierto grado de aceptación en el momento en que facilita la huida a los comediantes, al final, Block se derrumba, tapándose la cara con las manos. Da lo mismo, pues acaba sumándose a la danza macabra.

El fondo de la película alemana es interesante, pero trivial, al igual que ocurre con otras películas de Lang, como la saga de Mabuse o Die Nibelungen. Quizá, la excepción la encontremos en M –me niego a aceptar Metrópolis como una película profunda–, donde el guion ofrece una reflexión genuina y valiente. Como bien señala Siegfried Kracauer, la mafia resulta más eficiente que el Estado, los mafiosos se convierten en jueces de la moral y un asesino de niños acaba siendo víctima de la enfermedad mental y del loco deseo capitalista.


Si bien conviene señalar que M desciende a los asuntos humanos más inmediatos, y no entra en cuestiones metafísicas. Por el contrario, Bergman nos ofrece un canto a la vida tan potente como el Zarathustra nietzscheano. Gozar la vida como los comediantes, desde la aceptación de la muerte.

Lang se nos presenta como maestro del artificio, Bergman como el filósofo de la cámara. Las tres luces y El séptimo sello son dos relatos de muerte, pero también de amor y compasión. Dos recomendaciones cinematográficas que están de aniversario y que pueden ofrecer una visión alternativa de un tema manido, sí, pero interesante, en tiempos de Pasión.

RAFAEL SOTO

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