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domingo, 24 de enero de 2021

  • 24.1.21
“¡Nos veremos pronto!”, así se despidió (o amenazó) al dejar la presidencia un personaje que nunca debió de estar en ese cargo y que, finalmente, su ‘no presencia’ en el acto de la jura del nuevo presidente John Biden supuso un alivio para una población que se temía lo peor.


Y es que en los inicios del 2021 habíamos asistido atónitos a las imágenes que los distintos canales televisivos nos mostraban del asalto al Capitolio estadounidense, situado en la ciudad de Washington, por una absurda y variopinta turba armada, tras ser incitada a ello por el propio presidente de los Estados Unidos: Donald Trump.

Las declaraciones posteriores a ese asalto de algunos de los miembros de la Cámara de Representantes, caso de la demócrata Alexandra Ocasio-Cortez, nos hacían ver que estaban convencidos de que morirían durante esa penetración. Pero la información más contundente fue aquella que nos informaba de que un grupo de asaltantes iba directamente a por el vicepresidente Mike Pence al que consideraban un traidor y que salvó la vida porque un policía les condujo por un pasillo contrario al lugar en el que tenía el despacho.

Pareciera que la actual mayor potencia mundial está condenada a conocer cada cierto tiempo el asesinato de políticos o personajes relevantes. Es lo que deducimos tras la lectura del libro Magnicidio. Crónica negra de los presidentes asesinados en Estados Unidos, editado en 2018, siendo su autor José Luis Hernández Garvi.

Las causas de los magnicidios son varias, pero conviene no olvidar que en este país la población es libre de poseer armas de fuego, por lo que a partir de los 18 años cualquier ciudadano, presentando su documento de identidad a las numerosas tiendas que hay a lo largo y ancho del territorio, puede tener en casa un verdadero arsenal.

No es de extrañar, pues, que el 14 de abril de 1864 fuera asesinado con un tiro en la cabeza el decimosexto presidente de Estados Unidos, Abraham Lincoln, a manos de un actor llamado John Wilkes Booth mientras se encontraba en el palco del teatro Ford de la ciudad de Washington viendo la obra Our american cousin (Nuestro primo americano).

Hemos de recordar que Lincoln era presidente por el Partido Republicano que abogaba por la abolición de la esclavitud de la población negra que procedente de África trabajaba, principalmente, en los estados sureños. Así, la Guerra Civil o Guerra de Secesión de los Estados Unidos, que se desarrolló entre 1861 y 1865, fue el conflicto más sangriento que se produjo entre los Estados Confederados del Sur que deseaban mantener el sistema esclavista, ya que era fundamental para su producción, y los Estados Unionistas del Norte que se pronunciaron en contra de la esclavitud.

Aunque haya transcurrido siglo y medio de aquella guerra, todavía en el Sur muchos mantienen la bandera confederal como seña de identidad (una de las que vimos en el asalto al Capitolio), ya que el racismo sigue vivo en una parte significativa de la población blanca que no perdona aquella derrota y abiertamente odia a los negros. Y si a esto le sumamos que hay más armas de fuego en manos civiles que población en Estados Unidos podemos entender que el magnicidio en este país no sea un hecho aislado.


Tras el asesinato de Abraham Lincoln se produjeron los de otros tres presidentes: James A. Garfield en 1881, el de William McKinley en 1901 y el de John Fitzgerald Kennedy, que fue abatido el 22 de noviembre de 1963 en la ciudad de Dallas, Texas, cuando viajaba en un coche descubierto junto a su mujer Jacqueline, al tiempo que era aclamado por la gente que abarrotaba las aceras.

Como autor de este último magnicidio, fue detenido el exmarine Lee Harvey Oswald. Dos días después, el 24 de noviembre, la policía de Dallas decide trasladarlo a la cárcel del condado. Mientras es conducido por los estacionamientos subterráneos del cuartel de la policía, en medio de la multitud de periodistas, es asesinado a quemarropa por un disparo de Jack Ruby. Esto dio lugar a que no pudiera aclararse la posible conspiración que tenía como objetivo asesinar al presidente, por lo que se han escrito numerosos libros para explicar las diferentes versiones de este magnicidio.

Casi cinco años después, el 5 de junio de junio de 1968, Robert F. Kennedy, fiscal general de los Estados Unidos desde 1961 y hermano del anterior presidente, también fue abatido por un disparo en la ciudad de Los Ángeles por un ciudadano estadounidense, Sirhan Bishara, de origen palestino, al ser contrario al apoyo político que el entonces ya senador manifestaba al Estado de Israel. Robert F. Kennedy fallecería al día siguiente. El 9 de junio, presidente Lyndon B. Johnson declararía un día de luto nacional en su memoria.

Parecía que el ‘clan’ de los Kennedy, algunos de ellos reconocidos miembros del Partido Demócrata, estaban destinados a tener un trágico final. Sin embargo, el tercero de los miembros destacados en el campo político, Edward (Ted) Kennedy, llegó a ser senador por el estado de Massachusetts, falleciendo de manera natural en 2009.


No podemos dejar de lado la muerte violenta de Martin Luther King, uno de los grandes líderes en la defensa de los derechos civiles de la población negra estadounidense.

Nacido el 15 de enero de 1929 en Atlanta, capital del estado de Georgia, fue pastor de la iglesia bautista. Su compromiso social se manifiesta tempranamente cuando participa de manera activa en contra de la guerra que sostiene Estados Unidos contra Vietnam. Esta posición de compromiso social le condujo a que se implicara a favor de los derechos civiles de la población negra estadounidense, oponiéndose el fuerte racismo que existía especialmente en los estados sureños.

Martin Luther King siempre fue pacifista, dado que consideraba que la violencia no era el camino para la solución de los conflictos sociales. Recibió, en 1964, el premio Nobel de la Paz; no obstante, fue asesinado cuatro años más tarde en Memphis, cuando se preparaba para una cena con un grupo de amigos.

Para cerrar, y tal como he apuntado anteriormente, hay que indicar que los magnicidios han existido a lo largo de la historia, pero no deja de sorprender que en Estados Unidos la venta de armas sea abiertamente libre y que los distintos presidentes no sean capaces de doblegar a la poderosa Asociación Nacional del Rifle que pone todo su empeño en que no se limite la venta de armamento. Todo esto tiene sus consecuencias.

AURELIANO SÁINZ

sábado, 23 de enero de 2021

  • 23.1.21
Sentada en el parque, rodeada de frío, veo huir las hojas de los árboles caídas. Giran sobre sí mismas pretendiendo traspasar las puertas que enjaulan este recinto. Es una carrera hermosa. Cada una es de un color y las hay grandes y pequeñas.


Una bandada de pájaros vuela unida bajo un cielo casi blanco. El viento intenta colarse entre mi ropa, parece querer empujarme hacia mi hogar, pero yo lo paro con gruesos abrigos y disfruto de este frío que me hace sentir viva. Aprovecho la luz del día para salir de mi cueva calentita. Mi hibernación no es completa: solo se circunscribe a la oscuridad.

Cuando retorno a casa llega el premio, la recompensa al paseo: una ducha calentita y el forrito polar celeste que tantos inviernos me ha acompañado. Buen algodón el de este amigo. Llego al sofá, a la habitación calentita, y allí me espera mi manta color canela.

Me hago un ovillo con ella, busco algo que ver en los mil canales de la tele y me quedo con esa película de una obra de Jane Austen que tantas veces he visto. Desafío al pasillo, esta peli se merece un chocolate calentito. La cocina está fría, pero el premio es grande. Sentada, cubiertas las piernas y con la taza calentando mis dedos, siento que me gusta el invierno. Me dicen que soy rara, pero mi rareza me hace feliz.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

viernes, 22 de enero de 2021

  • 22.1.21
Todos los pronósticos coinciden en que durante este primer mes y, al menos, durante el primer trimestre de este nuevo año, lo pasaremos peor que en otras ocasiones porque ya estamos sufriendo la tercera ola del covid. La cuesta de este enero está siendo más empinada porque, además de los problemas económicos, tras los dispendios de las Navidades y de los Reyes, tenemos que estar pendientes de los riegos de contagiarnos e, incluso, de perder la vida.


¿No creéis vosotros que, tras las dolorosas experiencias de la primera y de la segunda olas, deberíamos haber aprendido algunas lecciones para evitar o para paliar algunos de sus perniciosos efectos? Al menos deberíamos aceptar que hemos de cambiar algunas de nuestras formas de pensar y de vivir.

Mis amigos médicos coinciden en que no podemos ser demasiado optimistas aunque este año sea el de la vacuna y, ojalá, el de una reforma de la sanidad que destine mayores medios y, sobre todo, que proporcione un trato preferencial a los profesionales. Por eso todos hemos de seguir apostando por la salud y por la sanidad siendo más generosos que en el pasado.

La rapidez con la que se han logrado las diversas vacunas contra el covid-19 demuestra que, cuando se apoya la investigación, sus frutos nos benefician a todos. Con los datos que tenemos resulta vital que analicemos con tranquilidad lo que ha ocurrido para evitar los mismos errores si se producen rebrotes o nuevas pandemias.

También es urgente que se aumente la financiación de la sanidad pública y de la investigación para elevar el nivel de atención y de los recursos médicos. El orgullo que sentimos por nuestros médicos y por los demás sanitarios que conforman el Sistema Nacional de Salud se debe demostrar apoyando sus justas demandas.

Son urgentes mejores hospitales, bien dotados, con unos profesionales reconocidos y con mejores sueldos. Hacer fuerte nuestra sanidad, nuestra ciencia y nuestra investigación es apostar de verdad por un futuro seguro que nos haga olvidar la pesadilla actual.

Bienvenidos sean los cambios si con ellos recuperamos la calma y la tranquilidad, nuestra vida en definitiva, porque hay un antídoto que nos protegerá de este y de otros virus.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

jueves, 21 de enero de 2021

  • 21.1.21
El pasado 14 de enero, Endesa publicó en su página web una explicación divulgativa sobre las causas de la subida de la electricidad en el mercado regulado. En esta explicación, que es consultable aquí, se señala la importancia del mercado en la fijación de los precios: “El precio del kWh en la tarifa regulada PVPC cambia según la oferta y la demanda de energía”. Dicho de otra manera, esto es el capitalismo y te fastidias, chaval.


Como no han tardado en recordarnos los pastores pseudoprogresistas, fueron Felipe González y, sobre todo, José María Aznar los que promovieron la liberalización del mercado energético. Una liberalización que Aznar llegaría a calificar en 2002 como “irreversible”. Ni el Partido Socialista, ni el Partido Popular están en posición de dar lecciones al respecto.

Ahora bien, dicho esto, quisiera realizar una serie de consideraciones. En primer lugar, pocas realidades me resultan irreversibles si hay voluntad de cambiarlas. En segundo lugar, España tiene un serio problema con el almacenamiento de energía. Es cierto que es de los que más energía renovable almacena pero, en términos generales, el almacenamiento de energía en España es difícil y caro.

Por otro lado, la subvención de la factura eléctrica no es una opción. Más allá del necesario bono social para la protección de las personas en situación vulnerable –cosa innecesaria si el mercado no se hubiera liberalizado o, al menos, hubiera alternativas públicas–, lo cierto es que no podemos pretender que el Estado cubra toda la factura eléctrica.

Por último, hay opciones, dentro del mercado. Lo han demostrado Barcelona Energía y, sobre todo, Eléctrica de Cádiz, vinculados con los ayuntamientos de Ada Colau y José María González Santos, Kichi. Es cierto que son realidades que todavía deben asentarse, pero han demostrado que es posible plantear alternativas. 

De hecho, entre las propuestas electorales de Unidas Podemos estaba “crear una empresa pública eléctrica para para llevar a cabo la transición ecológica, luchar contra el cambio climático y bajar la factura de la luz”. Hay opciones, pero hay que tener la voluntad de encontrarlas.

Puesto que Unidas Podemos y el excelentísimo Gobierno del que forma parte están tan preocupados por los cortes de suministro, ¿no se podía haber hecho algo antes? Nadie podía prevenir Filomena hasta pocos días antes. Ahora bien, ¿acaso no sabemos todos que en enero y julio sube la factura?

En lo que llevamos de legislatura, eterna legislatura, se ha aprobado la urgentísima y necesarísima Ley de Educación, más conocida como Ley Celaá, sin diálogo con el sector educativo. Por otro lado, otra ley sin la que no podíamos pasar era la Ley de Memoria Democrática, que sustituía a otra norma con rango legal que nunca se llegó a cumplir del todo. 

Desde el punto de vista normativo, parece que no podíamos vivir tampoco sin el Procedimiento de actuación contra la desinformación que, como ya explicamos aquí, puede dar lugar en la práctica a una oficina censora.

Sí, es cierto. En su haber tiene leyes necesarias, como la Ley de Eutanasia o la Ley de Protección de la Infancia y la Adolescencia. Algo bueno tendrán que hacer. Pero incluso las medidas conducentes al Salario Mínimo Vital ha demostrado ser un fraude político por su escaso alcance y lo reducido de su cuantía. ¿No era mejor reforzar las ayudas que ya había?

Las grandes preocupaciones de los españoles siguen sin ser atendidas. Apenas se ha tocado la normativa vinculada con los precios de la electricidad, el agua o el alquiler. Por otro lado, más allá de la verborrea habitual, la reforma laboral de Rajoy sigue en pie, según Yolanda Díaz, ministra podemita de Trabajo, por la complejidad de su reforma.

El Plan Anual Normativo aprobado en 2020, donde se recogen las iniciativas legislativas y reglamentarias que el Gobierno tiene previsto aprobar antes de finalizar el año, apenas recogió normas vinculadas con estas cuestiones fundamentales.

Unidas Podemos sabe que la desidia del Gobierno en el que se integra no es razonable, ni siquiera para los suyos. Por eso, lleva meses optando por la auto-oposición, criticando las decisiones del Gobierno como si no formara parte del mismo. 

Hasta tal punto llegó esta esquizofrenia, que llegó a poner trabas a la aprobación en el Congreso de unos Presupuestos a los que ellos mismos dieron luz verde en el Consejo de Ministros. Y eso, por no hablar de que, según el propio líder morado, han tenido que soportar el feo de que no se les informara de la fuga del Emérito.

Cabe preguntarse, ya que tan mal ven las decisiones del Gobierno, si no les valdría la pena abandonarlo. Pero claro, surge la eterna cuestión: sin ellos no podrán realizarse las grandes reformas necesarias. Como si de los cuidadores del patio se tratasen, los ministros podemitas velan por el buen comportamiento de los miembros socialistas del Gobierno.

Sin embargo, tras el tiempo pasado, cabe también preguntarse qué reformas son esas que se quieren implementar y que no han podido o querido aprobar todavía. Hasta Alemania, país poco sospechoso de seguir la ortodoxia progresista, ha aprobado mecanismos análogos a los expedientes de regulación temporal de empleo (ERTE). ¿De qué puede sacar pecho este Gobierno?

Hasta ahora, en líneas generales, las normas que se han aprobado son aquellas que han facilitado la polarización de la población o han dado más poderes al Gobierno, si no prebendas a las autonomías de siempre. Los debates han sido estériles y han ido dirigidos a los mismos fines. Las auténticas preocupaciones de los ciudadanos siguen sin ser atendidas.

Puede que los responsables del desastre de la factura eléctrica no sean los miembros de este Gobierno, así como de otras materias ya mencionada. En cambio, sí son responsables de anteponer sus intereses partidistas y de polarizar a una población exhausta, antes de solucionar sus problemas reales.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

miércoles, 20 de enero de 2021

  • 20.1.21
Vivimos en un entorno plagado de imágenes artificiales creadas por otros seres humanos y plasmadas en todo tipo de pantallas (televisores, teléfonos, ordenadores, tabletas, consolas para videojuegos…), carteles y vallas publicitarias, revistas, libros ilustrados, folletos impresos, etcétera. Seguramente, no ha habido otro momento en la historia de las sociedades humanas en el que se haya dado tal densidad de simulacros visuales.


Prácticamente todas las culturas conocidas, tanto las existentes en la actualidad como aquellas de las que tenemos noticias del pasado, han desarrollado algún tipo de representación icónica:; incluso las que se han declarado iconoclastas. Pero de esto hablaré en otro artículo más adelante.

A lo largo de la Historia, las imágenes se han ido multiplicando y diversificando en respuesta a las necesidades y deseos de las personas. Y, para ello, se ha utilizado una gran variedad de soportes y herramientas para su realización. Los contenidos también han sido múltiples, aunque casi siempre dóciles a los imperativos ideológicos o a las modas vigentes.

Pero ¿cómo comenzó todo este arrebato de figuras y colores en favor de la utilidad y del placer? ¿Dónde y cuándo surgieron las primeras imágenes? Y, sobre todo, ¿por qué se hicieron? Estas preguntas me las he formulado desde hace muchos años y he intentado buscar respuestas en todos los libros y artículos científicos a los que he tenido posibilidad de acceder. Aprendí mucho, me ayudaron a encontrar algunas respuestas, a reflexionar y a ir cercando las posibles explicaciones a las cuestiones más controvertidas.

Me di cuenta de que los libros y el conocimiento académico, como en casi cualquier área de la vida, son imprescindibles, pero no suficientes. Quería ver las piezas originales de las que hablaban los textos especializados, así que visité los museos y cuevas, muchas cuevas (es de agradecer la paciencia de Ana, que accedió a pasar gran parte de sus vacaciones en estas “excursiones”). 

En algunos de estos yacimientos tuve el gran privilegio de poder conversar con los científicos que los estaban investigando. Lo más emocionante fue la visita a una pequeña cueva cantábrica en la que solamente estábamos tres personas, alumbrados únicamente con una pequeña linterna. Casi podía percibirse el aliento de aquellos artistas que habían sabido plasmar sabiamente la profundidad de sus sentimientos y vivencias en aquellas figuras tan hábilmente trazadas. Su espíritu impregnaba hondamente las tinieblas y cada rincón de los mágicos muros que separan, y también comunican, nuestra vida cotidiana con el inframundo habitado por lo sobrenatural.

Todo esto viene a cuento porque hace unos días que se ha publicado en Science Advances (revista de la asociación americana para el avance de la ciencia, AAAS) un interesante artículo que detalla los resultados del estudio realizado sobre unas imágenes encontradas en unas cuevas de Célebes (Indonesia). 

Estas imágenes representan a un tipo de cerdo verrugoso, Sus celebensis, específico de dicha isla. Hasta aquí poca novedad, ya que la mayoría de las pinturas encontradas en las cuevas prehistóricas de la región representan precisamente a este tipo de cerdo salvaje. En las aproximadamente 300 cuevas y abrigos con imágenes parietales, se han reconocido unos 73 cerdos, algo más del 81 por ciento del total de las representaciones animales.


Lo realmente asombroso es la edad que se ha atribuido a estas imágenes mediante las técnicas de datación: al menos 32.000 años para una de ellas y, para la más antigua, 45.500 años. Si tenemos en cuenta que los famosos bisontes de la gran sala de los polícromos de Altamira tienen una antigüedad estimada de 14.698 años, hay ¡nada menos que unos 30.000 años! entre las imágenes más antiguas descubiertas en Sulawesi y las imágenes cantábricas. Es una distancia en años muy superior a la que separa nuestro presente de los bisontes de Altamira.

No hace tantos años que se tenía la impresión de que el arte rupestre más antiguo era una exclusiva de Europa y, más concretamente, de la cordillera Cantábrica y de algunas regiones de Francia. Esto parecía reforzar las ideas supremacistas europeas que habían “justificado” el imperialismo colonialista. 

Los hallazgos sugerían que el nacimiento del arte pictórico se había dado en Europa y que había llegado a magistrales cotas estéticas en Lascaux o Altamira. Se fueron descubriendo más cuevas con pinturas del paleolítico en Francia, España, Italia, Rumania; pero también en la India (Bhimbetka), Rusia (Kapova), Australia (Bradshaw, Gabarnmung), Perú (Toquepala), Argentina (Cueva de las manos)…

El arte prehistórico ya no era una exclusiva europea, sino que se había producido a lo largo y ancho del planeta y por seres humanos de todo tipo de etnias y culturas. Y el reciente descubrimiento parece indicar que, incluso, antes que en Europa.

JES JIMÉNEZ

martes, 19 de enero de 2021

  • 19.1.21
Me abruman los azotes de realidad que estamos viviendo en estos días. No considero que sean malas noticias: creo que, tan solo, son atisbos de realidad. Y cuando nos golpean a nosotros, entonces ponemos el foco sobre ellos, tratándolos como desgracias o fatalidades. Es como si el rango de catástrofe se midiera de acuerdo al ojo que lo mira. Y si lo hace un ojo mal acostumbrado a los tiempos de bonanza, el desastre es algo que llega al más mínimo traspiés.


Pienso que hemos pasado un ciclo de cierta estabilidad. Décadas en las que los altibajos no han sido muy pronunciados. Y este hecho se puede traducir como equilibrio social. A grandes rasgos, todos hemos tenido la oportunidad de prosperar, dado que no ha ocurrido una hecatombe conjunta que frenara nuestro progreso. 

Creo que a partir de los años ochenta, nuestro umbral de “desastre” se redujo a las consecuencias que podía provocar un temporal, un apagón, la caída de un edificio, un parricidio… En otras palabras, hechos puntuales y aislados que afectaban a un núcleo de población en un lugar y tiempo concretos, en los que se encuentran unas víctimas muy bien localizadas mientras el resto mirábamos desde el confort. En cierta forma, nos animaba ver que a nosotros no nos había ocurrido aquello que observábamos.

Ante este paraje de calma y prosperidad, no existió la queja sobre asuntos que nos incumben a todos. Encontramos una sociedad “unida”, sin una latente polarización y con cierta serenidad ante materias de Estado. Nos encontrábamos unidos porque habíamos salido de una dictadura de cuarenta años, en la que sí se notaban de forma destacada los altibajos. No encontrábamos polarización porque todos entramos en un sistema de gobierno realmente nuevo para muchas generaciones.

Y la serenidad surgía a partir del disfrute del nuevo orden: si nos engañaban con algo u ocurría alguna injusticia, lo asimilábamos y mirábamos para otro lado porque nuestra posición social y económica no se sentía amenazada. Al menos, de forma directa.

Teniendo entonces los ingredientes de unidad y de serenidad, el resultado es una sociedad vulnerable, desvalida y, ante todo, inerme. Y si no lo veis así, pensad en un vaso de leche con Cola cao –o Nesquik, no se me vayan a ofender sus señorías–. Así, cuando dejas reposar la leche ya mezclada con el Cola cao, vemos cómo poco a poco todo se va asentando: cada elemento va ocupando su lugar, adquiriendo identidad propia y separándose del resto de ingredientes. Y para evitar que esto ocurra, necesitamos batir de forma constante y suave: así jamás perdemos la mezcolanza.

Pues pienso que España, en este preciso momento, es un vaso de leche con Cola cao que se ha dejado durante mucho tiempo reposar. En los años ochenta todo era unidad y serenidad, como he dicho. Pero vinieron los noventa y la entrada al nuevo milenio. Y dejamos que todo se asentara demasiado. 

Durante estas décadas ha habido un abuso de serenidad, ya que no hemos luchado por lo que era nuestro ni hemos mantenido un poquito de ajetreo en la escala social. Creo que el dogma era el siguiente: "si me va bien a mí, ¿por qué tengo que alzar la voz para que la situación global mejore?". Así llegamos a tener un país sin armas para enfrentarse a los tiempos de vacas flacas. Y cuando la impavidez gobierna, la polarización preside. La leche y el Cola cao dejaron de ser uno: abandonaron la unidad.

Y así lo vivimos en la crisis de 2008 cuando, estando todos bien recostados en nuestro sillón, vimos cómo aquello que no hicimos en su tiempo, indirectamente, nos daba en la cara. Y como he dicho antes, nuestro ojo, mal acostumbrado a los tiempos de bonanza, vio y sintió tal crisis como una catástrofe. Todos nos quejamos y nos lamentamos, pero cada uno de nosotros vimos como culpables a diferentes entes. Y es ahí, amigos lectores, donde nació la polarización que nos afecta hoy.

La polarización en España no busca localizar a quien tenga la mejor solución. Solo pretende encontrar al culpable de la miseria que nos asola, eludiendo nuestra responsabilidad cívica. Y si miramos con vista de águila, todos somos los culpables: yo soy culpable; tú eres culpable... Es buen momento, quizás, para dejar de pensar que ellos son los culpables, ¿no crees?

DANY RUZ

lunes, 18 de enero de 2021

  • 18.1.21
Watergate es el precedente prototipo y más sonado de lo que tradicionalmente se conoce como periodismo de investigación, un caso en el que los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein requirieron participar activamente, investigando tenazmente y contrastando los hechos, con la ayuda de fuentes internas clave, y que hizo caer a Richard Nixon de la Presidencia de EE UU.


Un modelo anterior son los papeles del Pentágono, publicados por The New York Times poco antes de Watergate, que destaparon la historia clasificada de la guerra de Vietnam, impulsada por el Departamento de Defensa de EE UU, y que contenía una versión menos suave del conflicto que aquella otra que los ciudadanos conocían hasta entonces.

Neil Sheehan consiguió dos hitos clave en la historia del periodismo del siglo XX. El primero, la exclusiva de los documentos que demostraban que el Gobierno de los Estados Unidos mentía de forma sistemática y que estaba mandando a sus soldados a morir en Vietnam a pesar de saber que su sacrificio sería inútil. Esos documentos son conocidos como Los papeles del Pentágono.

Su segundo gran hito fue la resolución del Tribunal Supremo de Estados Unidos que garantizaba el derecho a publicar los documentos, una de las mayores victorias de la libertad de expresión en el siglo XX. Nunca la prensa había sido tan respetada como entonces y nunca más lo sería en el futuro. Ni siquiera con el caso Watergate, escribe Juan Carlos Laviana.

El pasado jueves murió Neil Sheehan a los 84 años en su casa de Washington. Hijo de inmigrantes irlandeses, nació en Holyoke, Masachusetts. Se graduó en la Universidad de Harvard y con 25 años llegó a Vietnam para cubrir la guerra, un conflicto que costó millones de muertos. Allí estuvo cuatro años. 

En 1964 escribió: “Me pregunto, cuando miro las aldeas campesinas bombardeadas, los huérfanos mendigando y robando en las calles de Saigón, y las mujeres y los niños con quemaduras de napalm en los hospitales, si Estados Unidos o cualquier nación tiene derecho a infligir este sufrimiento y degradación a otra gente para sus propios fines”.

Stephen Reese, vicedecano de la Escuela de Comunicación de Texas, asegura que históricamente “los periodistas siempre han pretendido las ruedas de prensa y las entrevistas a la tarea, más difícil, de investigar a partir de pruebas documentales, pero los papeles del Pentágono eran literalmente papeles, fotocopiados por la fuente que dio la voz de alarma”. Y añade: “Hoy la tecnología reduce enormemente los escollos para este tipo de filtraciones, y aumenta el valor de documentos materiales, como se ha visto en el caso de WikiLeaks”.

Pese a que es cierto que los papeles del Pentágono es más una filtración que puro periodismo de investigación, nadie discute la trascendencia de su publicación. Como también es cierto que Watergate, basado en la contrastación de fuentes informativas, tampoco fue el primer ejemplo de periodismo de investigación de la historia. Tal mérito debe recaer, sin duda, en el periodismo muckraking que surgió en Estados Unidos a finales del siglo XIX.

El término lo acuña el propio presidente Roosevelt, que comparó a estos periodistas con el hombre del Muck-rake (rastrillo de estiércol) y que basaban sus investigaciones en la denuncia social. Sus investigaciones se sustanciaban en la inmersión. No querían que las fuentes les contaran la historia. La querían vivir por sí mismos.

Nellie Bly representa el caso más sonoro. Ingresó en un manicomio haciéndose pasar por demente. Nada más salir escribió Diez días en un manicomio. Con la publicación de esta crónica consiguió que las autoridades sanitarias emprendieran importantes reformas en los hospitales de salud mental de Nueva York.

Las investigaciones inmersivas de Bly tuvieron sus repercusiones, al igual que la publicación de los papeles del Pentágono por parte de Neil Sheehan, o las investigaciones llevadas a cabo, contrastando fuentes fidedignas, de Woodward y Bernstein no cayeron en saco roto. Al final, las tras modalidades de periodismo de investigación dieron sus frutos.

La filtración que obtuvo Sheehan es la mayor de la historia hasta aquel momento: 7.000 páginas. The New York Times comenzó a publicar sus investigaciones el 13 de junio de 1971. Pronto se unieron a la tarea The Washington Post y The Boston Globe.

Estos informes desvelaban que la Administración Johnson había mentido sistemáticamente al Congreso sobre la importancia trascendental de aquel conflicto bélico y que varios presidentes de Estados Unidos sabían desde el principio que la guerra de Vietnam estaba perdida. El Gobierno norteamericano quiso impedir su publicación, pero el Tribunal Supremo sentenció que la prensa podía seguir publicándolos.

Después de estas exclusivas, Sheehan se dedicó a escribir A Bright Shining Lie (Una mentira brillante y luminosa) sobre la vida del teniente coronel John Paul Vann y la participación de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam, que publicó en 1988. Con este libro obtuvo el premio Pulitzer, el galardón más importante del periodismo, y un Premio Nacional del Libro. Steven Spielberg llevó esta historia a la pantalla en 2017 con el título Los papeles del Pentágono.

Sheehan nunca dijo cómo obtuvo estos papeles. En 2015 contó el secreto a The New York Times, con la condición de que no se publicara hasta después de su muerte. En la película de Spielberg, Sheehan tiene un papel muy secundario, pues el mérito lo compartiría también con Katharine Graham y Ben Bradlee, editora y director del periódico de la competencia, The Washington Post. Pero si Sheehan no se hubiese atrevido a fotocopiar, sin el permiso de la fuente, estos informes de la guerra de Vitenam, hoy, con toda probabilidad, no sabríamos qué malditas razones llevaron al Gobierno de Estados Unidos a crear el infierno en este país asiático.

Después de publicar estos informes y de varios años de permiso sin sueldo, Sheehan abandonó The New York Times. Era el precio que tenía que pagar por desvelar la verdad, siempre incómoda. Tal vez esta no fue la primera vez que ocurrió así: tampoco será la última.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

domingo, 17 de enero de 2021

  • 17.1.21
Tradicionalmente, uno de los rasgos del carácter de las personas que genera mayor admiración es el de la valentía, como se demuestra que a lo largo de la historia y en las distintas culturas se haya expresado la fascinación que suscita quien posee los valores del coraje y la fuerza interior para enfrentarse a las situaciones difíciles.


Esto lo vemos cuando comprobamos que una parte significativa de los grandes relatos que configuran el imaginario colectivo que da identidad a los distintos pueblos es la apelación a los héroes, ya que son referentes que sirven como modelos a admirar y a imitar. Se nos muestran como seres dotados de cualidades especiales, muy por encima del resto de los mortales. En ellos el miedo parece que no hace mella, por lo que los entendemos carentes de este sentimiento negativo que paraliza a las personas.

De este modo, cada país, cada cultura, tiene varios personajes, reales o míticos, que sirven para aportar sentido de pertenencia a esa comunidad. Tradicionalmente, han sido los militares o los guerreros los que se encontraban en ese reducido grupo de celebridades de los que se habla de ellos con gran respeto, por lo que es habitual recordarles homenajeándoles con esculturas o bustos que perpetúen sus memorias. Son nombres que casi nos salen espontáneamente, puesto que han quedado grabados en nuestra memoria como símbolos y paradigmas del valor y el coraje.

Lamentablemente, en esa amplia pléyade heroica no cabe el género femenino; pareciera que el valor y el coraje son atributos exclusivamente masculinos, dado que la mujer quedaba tradicionalmente relegada a los valores maternales y domésticos, por lo que se la ha considerado como un ser inseguro, frágil y temeroso, necesitado del apoyo masculino para que pueda transitar con cierta seguridad por la vida.

Esta injusta valoración en los últimos tiempos ha sido muy cuestionada, puesto que el valor estrictamente asociado al ámbito castrense o a profesiones de alto riesgo ha perdido parte del peso que había tenido tradicionalmente. Ahora consideramos que no es necesario encontrarse dentro de conflictos bélicos o de alto riesgo físico para mostrar una actitud de fortaleza y decisión, entendiendo, de este modo, la valentía como una cualidad que en principio todos podemos tenerla, ya que también está ligada también a valores como la capacidad de resistencia, la sinceridad y la honestidad.

Y es que tal y como decía el psiquiatra Carlos Castilla del Pino: “No hay que ser un héroe. Ya es bastante con vivir el día a día”. Con esto, alguien que conocía bastante bien la mente humana, nos venía a decir que, en ocasiones, la propia vida nos coloca ante situaciones tan difíciles y adversas que hay que tener un gran coraje para salir bien parados de esos estados en los que no quisiéramos vernos.

Siguiendo este nuevo criterio, en la portada ha aparecido Nelson Mandela, Premio Nobel de la Paz en 1993. No es necesario que diga nada de la valentía de este hombre de raza negra que estuvo encarcelado durante 27 años por su oposición al régimen racista que existía en su país: Sudáfrica.


Pero no debemos olvidar que un año antes que, en 1992, una mujer indígena, de la etnia maya quiché, la guatemalteca Rigoberta Menchú había recibido también premio Nobel de la Paz. Y en este caso, quienes conocemos la historia más reciente de Guatemala y hemos estado en conexión con las comunidades campesinas mayas sabemos el enorme coraje que hay que desplegar en un país en el que la población indígena era y es sometida a las sistemáticas violaciones de los derechos humanos.

De cualquier forma, no es necesario tener la enorme resolución de estos dos grandes personajes para mostrar valores como la entrega, la entereza y la honestidad, dado que en estos tiempos de pandemia hemos aprendido a afrontar dignamente el trabajo en una situación colectiva enormemente adversa y desconocida.

Son ejemplo de ello los profesionales sanitarios, los cuidadores de mayores, los docentes y todos aquellos que soportan distintas situaciones infaustas (paros, cierres, aislamientos, enfermedades, fallecimientos, etc.) Y es que el esfuerzo responsable y la superación del miedo acaban siendo fundamentos de la valentía.

A todo esto habría que añadir la virtud de la empatía con los que se encuentran en las situaciones más adversas, ya que una valentía egoísta, que no considera a los demás, en última instancia se muestra como una expresión del narcisismo personal, base de la intolerancia o del fanatismo, por no decir la bravuconería, tal como la hemos visto y sufrido en un personaje tan nefasto cono Donald Trump, para quien las mentiras eran sencillamente unos meros instrumentos para alcanzar o mantenerse en el poder.

Entendemos, de esta forma, a la valentía como virtud humana que supone una actuación responsable, cargada de altruismo y de generosidad. Esto no implica que las personas que actúan bajo estos valores no sientan ningún tipo de miedo y no tengan en cuenta sus propias necesidades, puesto que es casi imposible que un acto que implica riesgo o posibles pérdidas personales no asomen los sentimientos menos deseables que subyacen en todos nosotros.

Por otro lado, hemos de considerar que los valores humanos no están aislados unos de otros. Así pues, en estos tiempos, cualidades como el compromiso, la prudencia, la paciencia, la empatía, etc., deben ser asumidos; no como rasgos que colindan con el miedo o la cobardía, sino con algo tan sencillo como es la sensatez y el sentido de que los héroes de este tiempo son aquellos o aquellas que asumen conscientemente su trabajo en estos tiempos con unos riesgos que mirando hacia atrás no los conocíamos.

Y es que no podemos esperar, tal como se nos contaba en los relatos heroicos o como hemos visto cientos de veces en el cine, a que venga un ser singular o con dotes sobrenaturales venga a solucionar un problema colectivo como es la pandemia en la que nos encontramos inmersos. Ahora es responsabilidad de todos salir de este atolladero.

AURELIANO SÁINZ

sábado, 16 de enero de 2021

  • 16.1.21
"Fimosis" es un tecnicismo que está tomado del griego. Pertenece al ámbito de la Cirugía y etimológicamente significa "amordazar la cabeza del perro con bozal". Aunque practicada desde tiempos inmemoriales, en la actualidad los médicos que la efectúan y los varones que la padecen la declaran sin tapujos y la cuentan con detalles.


Los manuales explican que la fimosis es la estrechez del prepucio que dificulta el descubrimiento del glande y, a veces, la micción. No podemos olvidar, sin embargo, que la operación quirúrgica, que consiste esencialmente en la ablación circular del prepucio, es un rito que ha sido practicado de manera continuada por diferentes culturas.

La Antropología nos la describe como una práctica generalizada en algunos pueblos de América Central, como los nahuas (incluidos los aztecas) y los mayas; y en el Sur del continente americano, entre los teamas y los manaos de las Amazonas. Según testimonios de Estrabón e, incluso, de algunos viajeros modernos, también se observa en varios pueblos de África como, por ejemplo, entre los cafres.

Pero su empleo más frecuente desde la más remota Antigüedad está localizado en los pueblos de raza semítica o protosemítica. Entre los hebreos comenzó a practicarse como ceremonia religiosa por el patriarca Abraham, que fue el primero que se circuncidó, operándose él mismo en cumplimiento de una orden de Dios. Desde entonces, este rito es el signo y la condición de la Alianza hecha por Dios con el pueblo judío y se expresa en lengua hebrea por la palabra "berit", que significa "pacto".

El Islam lo ha generalizado entre los pueblos persas, indios, africanos, turcos, mongoles y en algunas comarcas chinas y malayas. Herodoto la interpreta como una medida higiénica, y el judío Filón, además de reconocer su eficacia para evitar el carbunclo, la explica como un símbolo de la pureza de corazón y como un medio que facilita una descendencia numerosa.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

viernes, 15 de enero de 2021

  • 15.1.21
La nevada ha afectado seriamente a toda nuestra vida y, como consecuencia, ha trastocado los contenidos de la información y, por supuesto, nuestras conversaciones. Hemos dejado de referirnos a las cuestiones políticas y hasta nos hemos olvidado de los problemas de coronavirus. Las precipitaciones de nieve y las fuertes rachas de viento han obligado a cortar carreteras, a paralizar las operaciones en aeropuertos, a suspender trenes y a desviar vuelos. El temporal ha influido también en los deportes hasta tal punto que la Real Federación de Fútbol ha determinado la suspensión de muchos de los encuentros programados.


Estos hechos nos demuestran cómo no solo la cronología –el paso del tiempo– sino también la meteorología –los cambios atmosféricos– nos importan mucho. Fíjense como las encuestas nos dicen que, mientras que la información política interesa a un 34 por ciento de la población, los datos meteorológicos los siguen un 70 por ciento. Es que el frío o el calor, la lluvia o el viento influyen en el trabajo y en el ocio, en las actividades comerciales y deportivas y, sobre todo, en nuestro estado de ánimo.

El tiempo, aunque lo midamos linealmente, posee múltiples dimensiones. Los relojes y los calendarios nos despistan y nos engañan porque no son capaces de informar sobre sus contenidos ni de calcular la anchura, la altura y la profundidad de cada instante: hemos de aprender a valorar el tiempo y, en la medida de lo posible, a apresarlo entre nuestras manos.

No podemos borrar, corregir ni enmendar el camino andado, pero el trayecto recorrido nos advierte sobre la senda venidera. Tengamos en cuenta que, a pesar de la erosión del tiempo, el pasado, luminoso u oscuro, alumbra el futuro. Vivir es saborear los diferentes alimentos que la vida nos proporciona, es gustar sus colores, sus olores y sus sabores, y, también, probar su amargor o su acidez.

En contra de lo que nos dicen las ciencias, podemos perder el tiempo y recuperarlo, pararlo y aligerarlo, estrecharlo y ensancharlo, alargarlo y acortarlo, enriquecerlo y empobrecerlo. ¿No es cierto que usted ha vivido unos minutos larguísimos y otros cortísimos? ¿No es verdad que ha revivido momentos de felicidad o de dolor? El tiempo, efectivamente, es un billete ambivalente: su valor depende del empleo que de él hagamos. Y es que el tiempo –el cronológico y el meteorológico-, más que oro, es vida.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

jueves, 14 de enero de 2021

  • 14.1.21
Desde hace algún tiempo, entre diciembre y enero, he dedicado unas líneas a las fiestas de Navidad y Reyes. Este año tampoco quiero dejar el tema de lado y, aunque sea a toro pasado, intentaré dar un repaso de estas fiestas que han contado con un final que, para desgracia de todos nosotros, está bloqueado y amargado por las secuelas del virus que nos rodea.


Confieso que las fiestas navideñas nunca me han entusiasmado. Supongo que a muchos de los hijos del hambre, la escasez y el estraperlo de la posguerra “incívica”, es decir, a los nacidos de 1940 a 1960, nos trae malos recuerdos. Y de eso van estas líneas. En el Llanete de la Cruz, la Navidad no era especialmente significativa para muchos de nosotros. ¿Y de Reyes para qué hablar? Los agujereados zapatos amanecían helados y vacíos. 

Como los Reyes Magos han sido atípicos este año, dadas las circunstancias, echo mano de uno de los poetas más cercanos para mí, que vivió en tiempos revueltos y con obstáculos por los cuatro costados. Me refiero a Miguel Hernández. Él, como otros tantos poetas, estuvo en el saco del olvido bastante tiempo después de la Guerra Civil.

Hernández nos dejó un filón de palabras cargadas de emociones y sentimientos. Son las vivencias de la España de su época, de una vida ligada e injertada a un ambiente rural repleto de pobreza, de analfabetismo y de intranquilidad sociopolítica. Tiempos de incertidumbre y confusión. En mi columna titulada El cabrero poeta dejé amplias referencias.

El 2 de enero de 1937, vísperas de Reyes, Hernández publica en la revista Ayuda del semanario Socorro Rojo el poema titulado Las desiertas abarcas, dado a conocer por su parte con toda intencionalidad. Cuando lo leí, mucho después, se me clavó en lo más recóndito del alma. ¿Motivo? Son versos cargados de tristeza, de frustración... 

La rabia runruneaba y apolillaba deseos, sueños, ilusiones de muchos de nosotros que, con hambre atrasada, gritábamos a los Reyes mendigando caramelos. Y los juguetes no llegaban por penuria cargada de hambre.

El poema refleja toda la pobreza y la miseria que había en la mayoría de la población en esos momentos. Es una queja personal cargada de rabia ante la injusticia social y política; es un grito rebelde lanzado a posteriori por alguien (el Hernández niño) que aun echa de menos la ausencia de los regalos de Reyes.

¿Por qué me identifico con este poema? La respuesta es simple: mi generación sí había tenido la suerte de aprender a leer y si, posteriormente a dicha fortuna, encontrábamos poetas como Machado, Lorca, Neruda o Miguel Hernández –que era todo un hallazgo por la belleza de sus versos–, ya podíamos sentirnos contentos.

En esa elegía, Miguel Hernández reivindica la triste y mísera situación en la que malvive el pueblo, analfabeto en su gran mayoría, saturado de pobreza física y económica. Para colmo, los horrores de una guerra fratricida agravan el momento. Pobreza, miseria, desesperanza... están reflejadas en unas abarcas rotas, vacías de regalos en un Día de Reyes en el que la ilusión florece en los ojos infantiles.

En el poema aflora todo ello en boca de un niño cualquiera, cuyas penalidades delata el poeta personalizándolo. Cierto que se trata de uno de los poemas menos conocidos, aun a pesar de ponerle música Serrat e incluirlo en el disco Hijo de la luz y de la sombra, editado en 2010. Pero tampoco consiguió hacerlo popular, por lo que también el poema pasó, digamos, algo desapercibido.


Quizás a algunos lectores más mayores, leer o releer el poema les refresque recuerdos envueltos en nostalgia manchada de tristeza. Más adelante dejo la letra e invito a oírlo cantado por Serrat. Realmente, el poema proyecta una queja contra todos aquellos que obvian la miseria que padece el pueblo. 

Es un amargo clamor contra los distintos estamentos del poder que se muestran ajenos a la desolación de gran parte de la población y, para gritarlo, se sirve de un acontecimiento aparentemente gozoso como era y es la llegada de los Reyes Magos.

Uno de los cantautores más importantes e interesantes para muchos conciudadanos que ya somos mayores fue, en esos momentos, Joan Manuel Serrat, que se atrevió a poner música a una serie de poetas de los años difíciles de este país: la Generación del 27.

En 1972 se atrevió a grabar un álbum con la poesía de Miguel Hernández. Y digo que "se atrevió" porque, en esas fechas, una serie de poetas –entre los que se encontraba el de Orihuela– seguían prisioneros en el maletón del olvido, ya que no eran bien “vistos” (conocidos ni reconocidos). Y nos fueron devueltos gracias a él.

Por esas fechas tuve la suerte de oírle en directo en Madrid. Aplaudí emocionado. En ese concierto abundaba la gente joven y atrevida para aquellos momentos. La Policía permanecía muy a la vista. Recuerdo que cuando Serrat se arrancó con la canción-poema Para la libertad, el griterío y los aplausos fueron atronadores.

El concierto lo seguí en compañía de un buen amigo que, posteriormente, un cruce de caminos nos separó y solo quedó en la lejanía de recuerdos que se apolillan con el tiempo. El disco consta de diez poemas de Miguel Hernández convertidos en canciones, entre las cuales no está el poema-canción que me incita a escribir estas líneas.

Las abarcas desiertas

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza,
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rio con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto,
hasta cubrir de sal mi piel
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

La estrofa en color rojo no aparece en la canción de Serrat y no he conseguido saber por qué. De entrada, rompe el hilo conductor del poema. Puedo pensar que es el grito del poeta que rabia, que llora ante un mundo injusto donde la pobreza aplasta toda ilusión y tampoco deja paso a unos brotes de alegría infantil. ¿Pretende el cantante que solo haga mención a la frustrada ilusión y por eso evita el grito de los mayores?

También es posible que Serrat suprimiera esos versos para que el poema fuera solo un lamento infantil. Seguro que los eruditos conocedores de la poesía de Hernández y del quehacer lírico de Serrat tendrán mejor explicación. Ni que decir tiene que las abarcas son “un calzado pobre de cuero o de caucho que solo cubre la planta del pie y se sujeta con cuerdas o correas sobre el empeine y el tobillo”.

Miguel Hernández conoció el lado más triste y mísero de la infancia: despiertan sus recuerdos y los plasma magistralmente en versos tan sentidos y conocidos como el poema Las nanas de la cebolla, que escribe para su hijo en 1939, estando ya en la cárcel. 

Y reitero: la España de buena parte del siglo XX sufre de pobreza y analfabetismo. Para más escarnio, se mete en una guerra a muerte (valga la redundancia, dado que toda guerra es "a muerte"). Las abarcas desiertas reflejan la penuria con la que el poeta vivió sus días: el hambre era el pan nuestro de cada día en aquella época. Son unos versos de lejano recuerdo infantil, quebrado por la rabia, la desilusión y la desesperanza de cada 6 de enero, con abundante calzado desierto o alpargatas vacías. La miseria no perdona. 

PEPE CANTILLO

miércoles, 13 de enero de 2021

  • 13.1.21
La era de la postpolítica no es la del reality show ni la producción del espectáculo en vivo, sino más bien la era de la postproducción y la ley de hierro del orden narrativo del nuevo espíritu del capitalismo. Esto es, lo verdaderamente real, lo determinante, lo que sobredetermina la escena en pantalla está más allá, y no es visible al público, con independencia de lo que la natural improvisación de los actores declama.


En otras palabras, siempre hay un guion que define los roles de cada figurante en La Isla de las Tentaciones, pero la tentación no está en la casa de Gran Hermano sino, como el capital, en la captura a posteriori, en la edición, en el making off del carrusel permanente con el que nos vienen entreteniendo en la parrilla programática de la vida en común. 

Solo así es posible entender qué se representa en la invasión del Capitolio y no quedar petrificado con el espectáculo obsceno que vimos en vivo y en directo. Pues, sí o sí, la coyuntura es solo el objeto contingente de actuación de la práctica política. 

El problema es que nos hemos acostumbrado a todo lo contrario por el efecto de los medios y la reducción de la política a mera actualidad de un presente perpetuo, desconectando hechos, como esta parodia, de la gestión de la crisis de 2008, cuando más resulta necesario vindicar el principio o hipótesis de trabajo relacional y cuestionar cómo hemos llegado a este estado de excepción. 

¿De dónde vienen, por ejemplo, redes como Club for Growth, Family Research Council y otras sectas ultras que amenazan nuestro futuro y reeditan experiencias anticipadas por Heritage Foundation o Moral Majority? Colectivos que Fox News y Breitbart News realimentan en la producción de ideología supremacista como parte de una escaleta bien calculada para cumplir con la narrativa de los intereses creados.

Lamentamos decepcionar al lector. No fue Trump el principal productor de esta distopía. Como hemos dejado evidenciado en diversas obras sobre la propaganda, fueron Reagan y luego Obama quienes convirtieron la Casa Blanca en un plató de televisión, en un espectáculo total –un signo indudable del neobarroco–, con una puesta en escena de emociones, humor, tensión dramática, de acuerdo al guion efectivo preparado en cada momento para consumo y deleite de la audiencia. 

La única novedad o radical diferencia de Trump, más allá de su cretinismo –similar por otra parte al de  Reagan es que su programa The Apprentice, en la NBC, era un reality show y no un espacio divulgativo. Si Isabel Pantoja o Cristina Cifuentes hoy traspasan las fronteras de lo pensable vía un programa de talentos o Supervivientes es que, en la era de la neotelevisión, domina la cultura bastarda, la contaminación y la confusión de actores, gentes, géneros y estéticas. 

Así, el dominio y el gusto por sociópatas como Tony Soprano o el protagonista de la serie YOU, o de nuevo Drácula en Netflix es nuestro Baal de Brecht y el Pato Donald, versión soft, de Mattelart. Donald (como el Pato) Trump, explica James Poniewozik, crítico de The New York Times, creció con Disney, que demonizaba a los nativos americanos, mientras en los ochenta del glorioso neoliberalismo de la era Reagan el imbécil cowboy de medio pelo se imaginaba como protagonista de Dallas o Dinastía

Nada que ver con las pendejadas de la Academia de la Historia que, como la Academia de la Lengua, se ha vuelto lenguaraz, y no lo digo por el escritor insulso bocachanclas que todos tienen en mente. El – dícese– escritor Juan Van-Halen confunde en sus diatribas de ABC "descentralización de las redes" con "desinformación" y "falsedad", como si los medios fueran garantía de transparencia y siguieran el debido protocolo deontológico. 

"Posverdad", según la RAE, es la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y actitudes sociales. Justo lo que hacen cada día los muchachos de OKDiario y los hijos de Berlusconi de Mediaset, por no hablar de la Sexta y el universo Planeta. 

En suma, aunque les pese a los macarras de la moral, los principales artífices de las falsas noticias, oído al parche, no se pertrechan en Twitter, ni parten del rumor anónimo del WhatsApp, propio de situaciones de crisis como la del Capitolio, sino fundamentalmente en los medios periodísticos y las fuentes oficiales, sean las del hijo de Nerón, pato Donald Trump, o las del pulcro y cosmopolita ejecutor contra las libertades llamado Macron. Por cierto, ahora que pienso, ahí siguen los chalecos amarillos, dando una lección de escuela de ciudadanía, de pedagogía democrática, señalando que no cesarán en su voluntad y saber más allá del pogromo neoliberal y de lo que digan en el parte de guerra del noticiero diario. 

Saben, ciertamente, que la autonomía y el antagonismo son la base específica de mediación social de la política para una vida digna. Las clases, explicaba Poulantzas, son siempre portadores de estructura. Los sujetos son porque están siendo, advertía E.P. Thompson. Pero ¿cómo están siendo en la era de la postelevisión? 

Sabemos que el arte de la desinformación consiste en desilustrar, a nivel de conciencia, con una narrativa de la confusión, siempre seductoramente espectacularizante. Pero toda lucha tiene memoria y los idiotas no son tanto los esclavos como los señores de la nada, con cuernos o no, que de todo hay. 

En suma, la amoralidad de la pospolítica algo tiene que ver con la paleotelevisión. Aunque empiezo a pensar que lo que ilustra mejor la decadencia del imperio, más allá de vergonzosos episodios como el que se ha vivido en Washington estos días, que se encuentra siempre en las pantallas del patio trasero, a través de series de culto como La Casa de las Flores. Qué curioso: hemos de ir, paradójicamente, a la ficción para comprender la actualidad noticiosa. Cosas del mundo al revés.

FRANCISCO SIERRA CABALLERO

martes, 12 de enero de 2021

  • 12.1.21
Eran las once de la noche del 14 de noviembre de 1937. Riotinto se envolvía en una espesa niebla, con esa capa espesa de humedad que te cala los huesos hasta el fondo. No se veía nada en un metro a la redonda: apenas se podían distinguir vagamente las sombras de los mineros que entraban al tajo en el turno de noche. Pobres hombres, con sus viejos trajes, con unas ropas sobre otras, sin más abrigo que las manos en los bolsillos y la raída gorra. Iban con las cabezas gachas, tiritando de frío y con el hambre en sus ojos. 


A esa hora, la pareja de guardias civiles sacó de su casa a Joaquín Fariñas, mi abuelo. Estaba a punto de salir para su trabajo. Desde su casa al cuartel de la Guardia Civil había unos escasos quinientos metros. Se cruzó con varios mineros que, viendo a la pareja de agentes, se pasaron a la otra acera. 

Cuando llegaron al cuartel, a mi abuelo se le cayó el alma: los guardias se quitaron las capas y uno de ellos se marchó del pequeño habitáculo dejando a Tomás P. C. que, además, soltaba la pistola en el cajón de un raído escritorio con dos sillas desvencijadas que componían todo el mobiliario.

La primera patada fue a su bajo vientre y así continuó hasta que lo dejó tirado como un guiñapo ensangrentado en un rincón. Mi abuelo no podía respirar: la sangre que salía de su boca y de su nariz se lo impedía y no sentía ya nada de medio cuerpo hacia abajo a causa de las cientos de patadas que había recibido.

El torturador quería que le dijese el nombre de los compañeros de la UGT que habían ido junto a él en un camión a Fregenal de la Sierra, a confiscar trigo para hacer pan y repartirlo entre los más necesitados del pueblo. El atestado decía lo siguiente:

“Que sobre las veintitrés horas del día 14 de noviembre del año 1937 y acompañado de los guardias segundos Tomás Penis Corchado y Miguel Romero Banda se procedió a requerir al vecino de esta barriada al ser individuo que estuvo afiliado al deshecho Frente Popular para averiguar la actuación que pudo tener antes y durante el movimiento rojo, a cuyo efecto fue interrogado”.

Mi abuelo declaró que pertenecía a la UGT, que no ostentaba cargo alguno, que no salió en ninguna columna a luchar contra las tropas nacionales, que no quemó iglesias y que fue a desarmar a los guardias civiles con un grupo numeroso de personas porque se lo ordenó un individuo apodado “El comunista” que se encuentra fugado. Procedió al desarme del guardia segundo, Tomás Penis Corchado, que vivía fuera de la casa cuartel y le intervino el fusil y las municiones. Lo echaron en una camioneta y lo llevaron al sindicato.

También dijo que marchó a la sierra en una camioneta a buscar trigo que, posteriormente, cambiaron por harina que llevaron a la panificadora de la viuda de Centeno en la que se elaboraba el pan para la población y que estaba incautada por el comité.

Hay dos testigos que comparecen para ir en contra de Joaquín: Juan Acosta Gallego, que declara que pusieron unas banderas blancas para recibir a las tropas nacionales –y Joaquín, de malas formas, se lo afeó a los vecinos que las pusieron– y otro testigo, Pedro Gómez Gallego, de profesión practicante, que dice que le curó los pies llenos de espinas del monte por formar parte de una columna que iba a combatir a los fascistas.

Hubo un valiente, una buena persona, que a riesgo de que pensasen que era “rojo”, dio la cara por Joaquín: fue José Wert Mora. Este vecino declaró que Fariñas se presentó diciéndole que sabía que iban a registrar las casas para recoger ornamentos de culto y como su hermano había sido sacerdote y estaba muerto, pues se ofrecía a guardárselos él en su propia vivienda. Por lo tanto, sabiendo Fariñas que los tenía el sindicato, no los intervino, con lo que se concluye que Joaquín Fariñas no le delató.

En el resumen de las diligencias explican que el sujeto Joaquín Fariñas Mallorca tomó parte muy activa en el movimiento marxista, interviniendo en el desarme de la Guardia Civil; además, tomó parte de grupos que salieron a la sierra en busca de trigo y harina, como igualmente salió en columnas par combatir a las tropas nacionales, como consta en la declaración del mismo y de los testigos, siendo un sujeto de ideas muy avanzadas y peligroso. 

Se procede a su detención e ingreso en el Depósito Municipal de esta localidad, dando por finalizado este atestado para su remisión al teniente coronel jefe de Operaciones de Limpieza de las sierras de Badajoz. Sevilla y Huelva.

Junto a mi abuelo detuvieron a Emilio Lorenzo Salgado, Luis Lázaro Barrera y Hermenegildo Domínguez Blanco. El recuerdo que tengo de mi abuela Concepción, a la que sí conocí, es de una mujer pequeñita, muy morena, con su pelo recogido en un moño eterno y toda vestida de negro. Sus ojillos denotaban cariño y sus manos ásperas de trabajar eran las que mejores caricias daban. 

Para mi abuela, la típica frase “todo el mundo es bueno” no era un decir: realmente la representaba. Y esta mujercita recorrió cielo y tierra para que no condenaran a muerte a su marido, aunque ya lo había condenado su torturador, con dos hijos a cuestas: mi padre, de nueve años, y mi tía Concha, con siete, a la que tuvieron que cambiar el nombre porque se llamaba Libertad. 

Mi abuela fue de casa en casa pidiendo por su marido, diciendo que era un buen hombre que no había hecho daño a nadie y que, por favor, testificasen a favor para que no lo matasen. El documento del Consejo de Guerra que se celebró en Valverde del Camino dice así:

“En la plaza de Valverde del Camino, a diecisiete de diciembre de mil novecientos treinta y siete. Segundo Año Triunfal. Como secretario del Consejo de Guerra Sumarísimo y de Urgencia de la Zona, extiendo la presente acta para hacer constar que en este día se ha reunido el Consejo para ver y fallar las causas…”. 

A mi abuelo, Joaquín Fariñas Mallorca, lo condenaron a muerte junto a Emilio Lorenzo Salgado. Pero aquí no termina esta historia.

Continuará...

REMEDIOS FARIÑAS

lunes, 11 de enero de 2021

  • 11.1.21
La pandemia nos ha devuelto al mundo de la lectura. O bien nos ha iniciado en ella. Depende de donde anduviera cada cual, obviamente. Fuera del paraíso del que nos expulsaron y donde hacíamos nuestra vida cotidiana, el mundo se nos antojaba demasiado ancho y desapacible. Así que era lógico que nos recogiéramos en un espacio más estrecho y acogedor como las páginas de un libro.


Las estadísticas vienen a contrariar cualquier pronóstico. Las pérdidas previstas al inicio del confinamiento superaban el 40 por ciento. Aparentemente, la realidad mostraba una foto abrumadora: librerías cerradas durante tres meses, adiós al Día del Libro, a Sant Jordi, a la Feria del Retiro y a todas las demás ferias. El mundo era un libro cerrado.

Aburridos de nuestra vida y encerrados en varios metros cuadrados, el libro se nos apareció de golpe como una lluvia abundante cruzando del desierto. No solo fuimos capaces de abrir un libro y sobrevivir a la lectura de las primeras páginas, sino que, frente a los 47 minutos de media de la antigua normalidad, durante el confinamiento dedicamos a la lectura 71 minutos diarios. Es decir, la media semanal alcanzó las ocho horas y 20 minutos. Y hasta aquí, eso sí, sin desfallecer ni enfermar.

Se supone, por supuesto, que esos 71 minutos estarían divididos en franjas de varios minutos a lo largo y ancho de la mañana y la noche. Un día, lo sabíamos antes también, da para mucho si mucho se aprovecha. Ojalá la vuelta a la libertad callejera y la felicidad desenfrenada no nos aleje de esa otra intimidad recuperada con nosotros mismos y con nuestro alter ego.

Después de todo, la lectura no solo nos lleva a reconocernos en nosotros mismos, o en aquellos otros que nunca fuimos o seremos, sino también en tantos personajes reales o ficticios que conocimos y reconocemos en los buenos libros.

Al respecto, Irene Vallejo, que tanto sabe y ha escrito de escritura y de lectura, en un opúsculo tan bello como breve, Manifiesto por la lectura, nos advierte: “El hábito de leer no nos hace necesariamente mejores personas, pero nos enseña a observar con el ojo de la mente la amplitud del mundo y la enorme variedad de situaciones y seres que lo pueblan. Nuestras ideas se vuelven más ágiles y nuestra imaginación, más iluminadora. Al asomarnos a la madriguera de un relato, escapamos de nosotros y nos proyectamos en los personajes de un país inventado”.

Lo que ya no nos atrevemos a intuir o saber es si ese mundo inventado, o no, lo seguirá siendo en nuestra imaginación y en nuestra memoria. Allá adentro, tal vez, sin nuestro consentimiento, las historias leídas adoptan la apariencia de guiones reales y propios. Es decir, no solo vestimos a sus personajes de una epidermis tangible, también los hacemos nuestros, adoptamos sus vidas falsas con un sometimiento aparentemente inútil.

Pero no, en el fondo, solo queremos indagar en un mundo nuevo porque el otro, ese que sí es auténtico, se muestra evanescente, vacío, sin esquinas en las que guarecernos. Mirábamos hacia afuera y solo había un vacío que no nos consolaba.

Era entonces cuando devolvíamos la mirada a las páginas de ese libro olvidado durante tanto tiempo y que ahora se nos mostraba no solo como un salvavidas o una guarida, sino como la única opción en un futuro deshecho o contrahecho. En cualquier caso, tan abstracto y evanescente que se perdía en la propia mirada.

La pandemia ha dejado otros dos datos dignos de mención. De una parte, la lectura digital creció en diez puntos. Por otro, la brecha de género volvía a coger carrerilla: el 66 por ciento de las mujeres se reconocieron lectoras, frente al 48 por ciento de hombres. Pero la lectura puede traer consigo también la reconciliación con el olvido.

Irene Vallejo escribe también: “Pero leer no solo nos enseña a superar desniveles y reparar ruina, es también gimnasia que vela por nuestra salud”. Y añade: “Los neurólogos están descubriendo que se cuenta entre los mejores ejercicios posibles para mantener ágil el cerebro”.

Es decir, que posiblemente pueda ayudar también a contener el alzhéimer, a desviarlo por otros aluviones menos escurridizos y más maleables, menos subterráneos y oscuros. O sea, ayudar a vencer una enfermedad tan nueva y antigua como la pérdida de memoria se podría paliar -en parte, sospecho- recluyéndonos en el laberinto inventado de una historia o en la ingeniería argumentativa de terracota que es un ensayo.

En cualquier caso, siempre aliviará los momentos asediados e interminables a los que nos sometió el confinamiento y los que más a menudo nos muestra la propia vida. Tal vez ahora, con un libro en las manos, sepamos mejor que nunca que se puede vivir varias vidas en una sola si sabemos destripar con ensañamiento y vehemencia los renglones torcidos y ensordecedores de la imaginación a la que nos somete la lectura, ya sea en un libro impreso o digital.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

domingo, 10 de enero de 2021

  • 10.1.21
Estamos entrando en el 2021 y, definitivamente, dejamos atrás al 2020. No voy a explicar lo que ha significado el año que hemos abandonado, ya que todos lo sabemos y ahora vivimos con la esperanza de encontrar una salida al cerco de un virus que nos mantuvo y nos mantiene aún sin tregua y sin pausa.


A pesar de todas las dificultades, la música continuó grabándose y editándose, para regocijo de quienes consideramos que no es posible vivir sin un mundo que hemos creado para el disfrute de nuestros sentidos. Bien es cierto que han desaparecido revistas que llevaban años editándose, caso de la mítica Rockdelux, pero han aparecido alternativas digitales para cubrir estas ausencias.

A partir de lo indicado, tengo que apuntar que esta serie que llevo adelante continúa y que en este número voy a presentar diez discos que aparecieron en el 2020. Creo que son álbumes muy buenos, al tiempo que sus portadas me parecen excelentes, por lo que se sigue valorando el diseño gráfico como parte de la industria musical.

En esta ocasión, aparecen discos nacionales e internacionales. No es ningún top-10, puesto que, como he apuntado, he buscado una selección propia basada tanto en la música como en el diseño de las portadas: selección que paso a presentar y a comentar brevemente.


El cuarto álbum de Tame Impala, The Slow Rush, grupo australiano liderado por Alan Parker, se inscribe dentro del pop neo-psicodélico. La portada de corte surrealista ha sido diseñada por Neil Krug. En ella aparece una habitación de color rojo con las ventanas abiertas, de modo que va penetrando la arena hasta cubrir con amplitud los suelos.


La neoyorquina Lady Gaga publicó su sexto álbum de estudio a mediados del año pasado. Chromatica se inscribe en la línea house en el que la diva se mueve con facilidad. Magnífica portada que nos recuerda a los trabajos del diseñador suizo H. R. Giger, aunque en este caso se sale del cromatismo negro y gris, dando protagonismo al rosa magenta del fondo.


A pesar de sus 79 años, parece que Bob Dylan no puede vivir sin sacar un disco con el que ampliar su enorme repertorio grabado. El problema (o no) es que Roug And Rowdy Ways es un magnífico disco que hay que escuchar completo para entender que su vena creativa no para. Para la portada acudió al fotógrafo Josh que nos muestra una escena ‘retro’ que pudiera producirse en un bar de carretera con jukebox incluida.


Si miramos a nuestro país, me parece que El regreso de Abba, el décimo álbum del grupo catalán Sidonie, merece la pena ser destacado, pues contiene 23 temas articulados en lo que podemos llamar un trabajo conceptual. Por otro lado, los barceloneses han optado por una portada naif, en el que aparece un árbol con trazos que parecen dirigidos a los niños.


Robert Plant: otro de los grandes artistas que parece que han nacido para nadar dentro de los sonidos. Lejos quedan sus tiempos en Led Zeppelin, dado que a partir de 1982 cuando inicia su carrera en solitario nos ha dejado magníficos trabajos como este último titulado Digging Deep Subterranea. La portada se debe al diseñador británico Richard Evans, que trabajó en Hipgnosis, el equipo que creó gran parte de las portadas de Pink Floyd.


Volvemos al suelo patrio para presentar el último disco de larga duración, Ventanas, de los granadinos de Niños Mutantes. Si tenemos en cuenta que su primer trabajo, Mano, parque, paseo, apareció en 1998 podemos comprobar que ya tienen una larga trayectoria detrás. El diseño de la portada se inscribe dentro del geometrismo y del op-art, dando énfasis a la tipografía y a el uso de colores puros.


En la antítesis gráfica del disco de los Niños Mutantes se muestra The New Abnormal del quinteto de Nueva York The Strokes. No es la limpieza, sino la suciedad visual, característica de los grafitis y las pintadas urbanas, lo que predomina en la portada. Dos décadas después de que apareciera su exitoso Is This It nos ofrecen otro trabajo que supone la continuidad de aquellos lejanos sonidos.


Algún día se reconocerá que en este país hay excelentes diseñadores gráficos. Esto lo digo porque el segundo disco de Ànteros, …Y en paz la oscuridad, tiene una magnífica portada, en la línea del art Nouveau que predominó a comienzos del siglo pasado y la que se refleja el significado del título del álbum. La formación barcelonesa articula el rock instrumental de algunos de sus temas con otros de fuerza dentro del denominado post hardcore.


La banda estadounidense The Killers, formada en Las Vegas, en el año 2001, publicó su sexto álbum Imploding the Mirage en el año pasado. Como dato relevante, quisiera apuntar que todos sus discos han alcanzado el número uno en el Reino Unido. En este caso, me ha parecido oportuno seleccionarlos no solo musicalmente sino también por el diseño de la portada que recuerde a los murales que realizó el mexicano David Alfaro Siqueiros.


Como no podía ser de otro modo, cierro esta selección con el álbum Homegrown de mi admirado Neil Young. Y se trata de un disco que ha tenido que esperar nada menos que 45 años para que viera la luz, ya que estaba prevista su salida en 1975, pero que se prefirió que saliera el mercado Tonight the night. Incluso esa portada, de estética tan hogareña y con aires art déco, que ahora vemos estaba realizada por Tom Wilkes, el mismo que hizo Harvest, el disco más exitoso del canadiense.

AURELIANO SÁINZ

viernes, 8 de enero de 2021

  • 8.1.21
En esta ocasión, queridos, admirados y respetados Reyes Magos, tras contemplar y disfrutar con los regalos que me dejasteis anteayer, he decidido escribirles esta carta para mostrarles mi profundo agradecimiento por vuestra generosidad y por vuestro acierto. Y tengo la impresión de que, a pesar de que en las vísperas de vuestra/nuestra fiesta recibís millones de cartas repletas de peticiones, son escasas las que os envían, después, para daros las gracias.


Por los diversos comentarios que he escuchado a mi alrededor y, sobre todo, por las expresiones gozosas de mis familiares, amigos y colegas, he llegado a la conclusión de que este año habéis sido muy generosos, de que nos habéis traído bastantes más regalos de los que nos merecemos y de que algunos de nosotros, incluso, hemos recibido algo más de lo que habíamos pedido en nuestras cartas.

Desde hace algún tiempo, queridos Reyes Magos, cuando se acercan estas fechas, me invade una creciente inquietud al pensar en la velocidad con la que os crecen las dificultades para cumplir con vuestro complicado oficio. Algunos regalos son tan voluminosos que no caben ni siquiera en vuestras inmensas y lujosas carrozas.

El problema mayor –según me contáis– se os plantea cuando ni siquiera recibís cartas en las que, de manera clara, os formulamos las peticiones. Os comprendo cuando decís que, por más vueltas que le dais, no siempre lográis encontrar algún objeto que nos sorprenda y que colme nuestras ilusiones; es que, efectivamente, en los tiempos actuales, cada vez somos más los niños, los adultos y los ancianos a los que no nos falta de nada. Tengo también la impresión de que todavía abundan quienes se sienten solos y no han recibido ni siquiera un regalo.

Comprendo que os preocupéis sobre todo por la desilusión que experimentan algunos cuando, a pesar de haber recibido todos los regalos que habían pedido, advierten que siguen tan insatisfechos y tan vacíos como antes.

Hay que ver la facilidad con la que todos nos creemos que, como nos explica la omnipresente y omnipotente publicidad, un perfume, un traje, un collar o un reloj nos hacen más importantes y nos proporcionan la eterna felicidad. Lo malo es que, tras poseerlos, nos seguimos sintiendo tan insignificantes como antes. “Qué pena tan grande es –me decía Lola– no saber disfrutar con las cosas tan buenas que tenemos en casa”.

Gracias, queridos Reyes Magos, por habernos ilusionado y sorprendido, por las veces que habéis pensado en nosotros, por haber tratado de acertar con nuestros gustos, por el tiempo que habéis gastado en buscar los regalos. Gracias, sobre todo, porque hemos descubierto que, en realidad, solo pretendéis que nos demos cuenta de una vez lo mucho que nos queréis. Un beso a cada uno.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

jueves, 7 de enero de 2021

  • 7.1.21
Tanto los datos de Bloomberg como los de Forbes son elocuentes: los ricos se han vuelto aún más ricos en 2020. Y eso ocurre en un momento en el que los pobres son cada día más pobres en todo el mundo. Es más, de acuerdo con Bloomberg, ha sido un año récord, con un aumento de los beneficios de 785.764 millones de dólares para las cincuenta personas más adineradas del mundo. 


Este hecho contrasta con el contexto de auténtica ruina que viven tanto los ciudadanos como el propio Estado. Hace unos días, la ministra de Hacienda y Administraciones Públicas, María Jesús Montero, señaló la posibilidad de una caída del déficit público del 11,3 por ciento en España.

Llama la atención que muchos de los que defendieron hasta hace poco las políticas más neoliberales y austericidas, ahora hayan pasado a defender una suerte de ‘capitalismo de Estado’ para reducir las desigualdades sociales. Pero ojo, no en el sentido de Estado del Bienestar, que es el viejo sueño del auténtico progresismo europeo.

Este ‘capitalismo de Estado’ tendría como fin alargar las medidas excepcionales adoptadas para paliar los efectos de la pandemia para favorecer una mutación del sistema económico capitalista. Este sistema facilitaría la liquidez a las empresas, Boletín Oficial del Estado mediante, a la vez que se mantiene subvencionada a buena parte de la población. Esta última idea resulta tentadora para diferentes políticos sin escrúpulos, que ven la oportunidad de crear redes clientelares y dependencias electorales. De las pequeñas y medianas empresas nadie habla, por supuesto…

La opinión más interesante al respecto la he encontrado en Bloomberg. Desde una perspectiva liberal, Andreas Kluth plantea una crítica tanto al liberalismo salvaje precedente como a la intención de crear dependencias económicas. En este sentido, Kluth destaca los peligros para la democracia y para las libertades individuales que puede suponer este cambio. Los fantasmas que Byung-Chul Han previó en marzo empiezan a materializarse.

Es evidente que la inseguridad y la dependencia económicas provocan recortes de libertades y derechos. Es la nueva era que viene, basándose en un principio ya bastante consabido: la desigualdad inherente al sistema capitalista.

Thomas Piketty estudió esta cuestión concienzudamente en una de las grandes obras de referencia de lo que llevamos de siglo: El Capital en el Siglo XXI. Esta obra de difícil lectura y aún más difícil producción produjo numerosas ampollas en los defensores del neoliberalismo. Algunos afirmaron que su trabajo contaba con errores estadísticos, otros que era un radical peligroso. En cualquier caso, admito tener en estima el trabajo de este académico. Y lo hago por dos razones concretas.

La primera de esas razones es que ha demostrado ser un académico honesto, en tanto en cuanto dejó en acceso abierto sus datos de investigación. Sus datos cumplen con los principios FAIR, que todavía hoy no son seguidos por la mayoría de la Comunidad Científica: Findable (localizable), Accesible (accesible), Interoperable (interoperable) y Reusable (reutilizable). La segunda razón es que sus propuestas, aunque atrevidas y progresistas, demuestran en todo momento basarse en el mundo real. Parte de un pensamiento progresista real y responsable.

Una de sus propuestas más interesantes es el impuesto progresivo sobre el capital. En la misma línea que la conocida como ‘tasa Tobin’ –que empezará a aplicarse en España en unos días tras la aprobación de los nuevos Presupuestos–, la idea de este impuesto es reducir las desigualdades entre los más adinerados y los más desfavorecidos gravando el capital.

Sin embargo, Piketty no olvida un detalle fundamental: la necesidad de cooperación internacional para evitar la evasión fiscal. De hecho, en una entrevista publicada en 2014, insiste en la necesidad de la cooperación entre Estados Unidos y la Unión Europea. En especial, con respecto a la tasa Tobin: “Es que técnicamente es muy complicada, más complicada que el impuesto mundial sobre el patrimonio. Que, además, introducirá más transparencia financiera, se sabrá el origen de cada elemento de capital”.

Si bien señala que no hace falta esperar a la existencia de un gobierno mundial, Piketty plantea la necesidad de cooperación entre las grandes economías. Quizá por ello me genere dudas la tasa Tobin que empezará a aplicarse en España. Habrá que comprobar sus efectos, y más en el contexto actual.

En cualquier caso, como bien señala el economista galo, estas propuestas son solo parches que no resuelven el verdadero problema: las desigualdades inherentes al capitalismo. Mientras que la tasa de rendimiento privado del capital sea mayor que la tasa de crecimiento del ingreso y de la producción, las desigualdades seguirán en aumento. Dicho de otra manera: “Una vez constituido, el capital se reproduce solo, más rápidamente de lo que crece la producción. El pasado devora el porvenir”.

En cualquier caso, como bien señala Agustín Monzón: “La crisis del coronavirus habría representado así la puntilla a un modelo que parecía herido, por la sucesión de fallas del mercado y la percepción de que sus costes han recaído sobre las capas más desfavorecidas, mientras las clases altas han podido sacar rédito de las políticas de estímulo implementadas por los bancos centrales, que han supuesto, sobre todo, un impulso al precio de los activos financieros”.

El sistema económico y financiero no se sostiene, no por una pandemia, sino por una situación que ya era precaria. Cada ideología buscará una solución acorde a sus ideas. El capitalismo es el único sistema económico realista que tenemos por delante. Sin embargo, plantea una contradicción inherente que crea desigualdades y que va a más en tiempos de incertidumbre. 

Y no veo solución favorable en un momento en que la población parece más adocenada y sumisa que nunca, más orgullosa de su becerril ignorancia y, sobre todo, más sensible a una situación de incertidumbre que ya parece crónica.

El capitalismo es un mal necesario por falta de alternativas serias. Por suerte, es un sistema moldeable, que debemos adaptar en beneficio de la ciudadanía para reducir las desigualdades inherentes al sistema. Una labor difícil en un momento en el que hasta el agua cotiza en bolsa.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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