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sábado, 26 de noviembre de 2022

  • 26.11.22

Entre idas y venidas se me iba consumiendo la tarde. Compraba un bocadillo en la charcutería Hermanos Díaz, situada una manzana más abajo, a la vuelta de la calle donde estaba mi oficina, cuando recibí la llamada del profesor Segura.

–Comunicaba usted.

–Suele sucederme. Dígame –tenía hambre y estaba de malhumor.

–Pues verá… He copiado el texto para leerlo de seguido… He de decir que me ha gustado. Mucho… Pero me temo que esto a usted le resulta indiferente, ¿no?

–Pues…

–Veamos… es solo una impresión, ¿eh?, a vuela pluma, el tema es complejo. Hay, es notorio, un grito. De angustia. ¿Recuerda el archifamosísimo cuadro del noruego Munch? –lo recordaba porque algún grito reprimido, de impaciencia, se colaba entre las sartas de embutidos y bandejas con chacinas–. ¿Su vano intento de diseccionar el alma, etcétera? Bien. Lo menciono por el tema de la angustia. Aquí, el grito se desarrolla… Hablo de primera impresión, sin los necesarios matices. Su expresión queda implícita en el contexto. La confecciona el sujeto en tanto ha comenzado a gritar. Y lo peor, para él, claro, descubre el origen del grito mientras grita. Así pues, resultado irremediable, no cabe otro: queda el ser vertido en grito, entra en él y solo se circunscribe a la situación que se describe; el sujeto que lo padece narra en tanto desaparece. Una tragedia, intensa, auténtica, breve. Su desarrollo: un momento, el gorgoteo del ahogado, el frote de los pasos que conducen a lo invisible, oscura materia que sorbe la energía, liberada por conducto de un reflejo. Digo grito porque, en improvisada lectura, la expresión…

–Profesor… –la hermana Díaz me entregaba las vueltas en plena discusión con el hermano Díaz–, lo llamaré después. Le informaré de un fenómeno extraño, creo que se refiere a esto que me cuenta.

–¡Ah…! Pero, oiga, ¿se pelea usted con alguien? –se escandalizó.

–No, lo que oye son expresiones de cariño entre hermanos. Pero, dígame, ¿usted imprime sus fotografías?

–No. Las mando imprimir –replicó desconcertado.

–¿Para esta fotografía… –esquivé un carrito para la compra y a la ancianita que lo guiaba– se ha utilizado el mismo papel que en las otras?

–Eh… sí, papel baritado, grueso, sin blanqueador óptico.

Aquello me sonaba a chino.

–¿Y le queda alguna copia de esta fotografía?

–Naturalmente. Al menos dos, en mi archivo.

–¿Podría enviarme una, de inmediato, por correo urgente?

–Pues… sí, por supuesto. ¿Qué ocurre?

–¿La luz puede imprimir una imagen en ese papel?

–Es papel fotográfico para impresora. Preparado para fijar gotas de tinta. Naturalmente, no voy a explicarle todo el proceso.

–¿Está usted muy ocupado?

Mi pregunta le extrañó

–Digamos… que bastante, sí –se previno.

–Pues se me está ocurriendo que si le viene bien y trae usted mismo esa foto, contemplará un fenómeno muy interesante.

–Aunque de natural curioso, no soy amigo de fenómenos. ¿Cuál?

–Tiene que verlo con sus propios ojos. Además –añadí el aliciente–, tendría la oportunidad de dedicarle el tiempo que necesite al cuaderno del señor Castilla, sin intermediarios.

–Me intriga usted, no digo otra cosa. Un fenómeno que justifique cuatrocientos kilómetros, ochocientos ida y vuelta. Más el cuaderno…

Las académicas impresiones, en el fondo terribles, del profesor, el ajetreo del día, más la deshora, me quitaron las ganas de hincarle el diente al bocata. Pero deshice el paquetito y me obligué a masticar con los codos apoyados en el escritorio. En el patio la luz era un rescoldo que se apagaba. Lo más sensato era dar por concluido mi trabajo. Salvo que me enviaran a Antananarivo y allí continuara la búsqueda de Castilla, un hombre indocumentado y por tanto clandestino –una probabilidad tan remota como idiota–, mi pesquisa había terminado. Solo me quedaba redactar el informe, adjuntar la nota de gastos y…

Estriduló mi teléfono; así me lo pareció, por importuno y desagradable.

–La orden de búsqueda está en marcha. Alguien, desde arriba, empuja –me informó Longui.

–Creo que será inútil –le transmití mi pesimismo–. Castilla ha desaparecido, definitivamente.

–Eres muy rotundo. ¿Tan lejos te ha llevado la investigación?

–Es extraño; todos los caminos conducen a su casa, ninguno a la inversa. Su documentación está allí; el pasaporte está caducado; los pantalones cuelgan de una silla en el dormitorio, los mueves y suena la calderilla en los bolsillos. Y parece que se tomaba un café cuando sucedió lo que sucediera. Resulta evidente que Castilla no está en su casa; pero afirmaría que no salió de ella, si de algún modo fuera posible separar cuerpo y presencia. Porque hay, o lo noto, es una sensación… inquietante, en el reposo de los muebles y de todas sus pertenencias, algo de animal doméstico que aguarda la caricia interrumpida sin aviso en un instante concreto…

–¡Te has guillado! –se burló Longui–. Esto suena a desaparición voluntaria. Se rompen las relaciones, cualquier vínculo con el pasado, para comenzar otra vida allá donde se pueda o venga bien. Una pretensión descabellada y, por desgracia, frecuente. Al año se dan miles de casos, la gran mayoría voluntarios, y casi todos se resuelven.

Puede que, influido por la lectura de unos cuanto folios, la razón me hubiera descabalgado y Longui la tuviera por completo; pero estaba convencido de que Castilla no se había ido lejos.

–He visitado a unos cuantos vecinos –justificaba mi teoría– y tengo esa impresión de que su preocupación es llegar a fin de mes sin averías. Además, la mayoría de ellos es gente mayor. No creo que haya tenido un tropiezo con alguno. De todos modos, te voy a pasar una lista con sus nombres para que le eches un vistazo.

–Guárdatela, va de suyo. ¿Y no has encontrado un pasaporte nuevo?

–Ni por asomo.

– Pues lo renovó el año pasado, en noviembre.

–¡Ah!

– No sabemos si lo ha utilizado.

–Eres muy amable.

–A mandar, zoquete. Y guarda la imaginación para asuntos agradables.

Zoquete

Comencé a teclear ante la pantalla del ordenador.

HG MANUEL

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viernes, 18 de noviembre de 2022

  • 18.11.22

El chaparrón había cesado y las nubes, poco a poco más blancas, desfilaban, se iban del cielo. Donde yo estaba, frente al añoso cartel: TALLER IMPRENTA BRETON, olía a tierra mojada.

El modesto local, de esos que cierra una simple cortina metálica, ocupaba los bajos de un edificio sin balcones que se había adueñado del más largo de los tres lados de la plaza; los otros los ocupaban dos vetustos caserones, con varios siglos asentados en su armazón, y el granítico muro trasero de una pequeña iglesia dieciochesca. Trataba de embellecer, de disimular el desaguisado, un tierno jardincillo con olmo y rosal que imitaba el triángulo de la plaza; para librarlo y escapar por la corta callejuela, curveaban los vehículos con rechino de gomas. Pasó una moto y crucé yo.

Un cuarentón desabrido en mangas de camisa, enjuto y largo como una pértiga, vino con un librito como si fuera a arrojármelo. «Menos mal que no es un ladrillo», pensé.

–Está sin pagar –me afeó.

–¿Puedo ojearlo?

Me lo puso con brusquedad en la mano; un objeto feucho, delgadito, de color verde.

–¿Paga usted?

Me entretuvo su antipatía, su mala baba, detalladas en la cara huesuda. ¿Preguntarle? ¿A semejante escarpelo? Tiempo baldío.

–¿No ha pasado por aquí Castilla? –le dedicaba una estupenda sonrisa de ingenuo que aguanté cuanto pude.

–Hace tiempo que por aquí no pasa nadie –aseveró, con cara de aleluya en un funeral.

–No saben lo que se pierden –le sonreí mientras pensaba: «¿A cuántos deudores incluirá nadie?».

No chistó; se dio media vuelta y regresó al fondo del taller para continuar haciendo no sé qué.

La portada, sencilla, mayúsculas, ningún dibujo; cuarenta y ocho páginas; título: El viaje; fecha de impresión: dos meses atrás.

Comencé a leer la introducción: «Sin que me diera cuenta, Ella fue para mí desde el principio una imagen del tiempo. Su rostro era un espejo deformante que marcaba el eclipse de mi vida…». Dudé entre llamar a la profesora o a la actriz para darle cuenta del hallazgo.

–Ya tiene usted su obra de teatro –triné alegremente.

–¿Cómo?

–La adaptación de la novela del señor Castilla.

–¡No es posible!

–Lo es, tengo un ejemplar en la mano –prolongué mi gorjeo.

–Un ejemplar… Mire, la esperanza se me voló, como la paloma, y vaya usted a saber dónde fue. Un ejemplar… –repitió, escéptica–. Usted dice que tiene un ejemplar de mí obra de teatro –insistió.

–En la mano, sí. Tiene una dedicatoria: «Para Ella, por su paciencia».

La di la dirección de la imprenta.

–Pero hay que pagar –advertí, atento siempre a los detalles.

–¿Pagar qué? –se mosqueó.

–La edición completa. Nada de ejemplares sueltos, el impresor es un hueso –le advertí.

–¡Jesús! ¿Y cuántos son?

–No muchos, veinticinco. Le da para regalar a los amigos.

–¡Qué sorpresas da la vida! No lo tenía a usted por chistoso.

Nunca lo he sido. Me despedí de la actriz, de sus dudas, con cierta impresión de chasco, y al impresor le dejé alguna esperanza de cobro.

Me llevó más tiempo visitar los tres restaurantes; como último recurso, me sentí obligado a hacerlo. En el primero, cerca de su casa, vagamente se acordaban de Castilla. En el segundo, muy próximo al instituto, uno de los camareros lo asoció a un grupo de profesores, el otro no lo reconoció. El último quedaba por el centro y servían comidas a domicilio; una de las camareras lo recordaba con simpatía, «Un señor amable, nunca metía prisa y daba las gracias por todo», y nada más, solo un tiempo indefinido cerraba todas las respuestas a mi pregunta: «No hace mucho», «Hace bastante». El tiempo nos transforma en sustancia volátil, lo desvanece todo.

Camino de mi oficina marqué el número de la profesora. Estaba en casa: catarro.

–¡Ha encontrado a Castilla! –me asaltó su alegría, con voz deformada pero reconocible.

–No la llamo por eso, lo siento –la bajé de la nube–. Quería preguntarle por Natalia.

–¿Natalia?

–La persona que dibuja…

–¡Ah, Natalia! Perdone. Una aniña muy aplicada, antigua alumna de Castilla. ¿Por qué me lo pregunta?

Le participé el hallazgo de las cajas.

–¡Ah, vaya! –se sorprendió–. Ni mención de que él hubiera escrito… ¡Cuántas cosas pienso decirle, ninguna agradable!

El enfado le provocó un acceso de tos.

–¡Perdón…! Natalia sufrió un accidente de tráfico. Le produjo una lesión cerebral y quedó en muy mal estado. Tenía problemas para moverse, para hablar… Una desgracia… –carraspeo, tos–. Castilla solía visitarla, y como a ella siempre le había gustado dibujar, y lo hacía muy bien, tenía cierta fama en el instituto, pues la animaba para que continuara haciéndolo. Era necesario, un estímulo para que continuara con sus ejercicios de recuperación, que eran durísimos. ¡Pobre niña! Pero le costaba, no movía con soltura las manos… –de nuevo irrumpió la tos–. ¡Perdón…! Él insistía, le apretaba explicándole que necesitaba a alguien que ilustrara sus libros. Y ella poco a poco, con mucho esfuerzo, con mucha voluntad, ¡qué sería de nosotros sin ella!, fue recuperando su afición, por fin encantada con la oferta de su profesor. ¡Ay, Natalia…! Murió el año pasado, en pleno verano. Un coágulo en el cerebro. ¡Pobre niña mía! Natalia…

Me oí respirar durante unos momentos, no me esperaba semejante final; luego llegó, reiterativa, la tos de la profesora.

–La edición de su último libro lleva meses en la imprenta. Nadie se ha hecho cargo de ella –le informé, aliviado por cambiar de tema.

No le daba para tanta sorpresa. Estaba interesada en recuperar la última obra impresa de Castilla; así que, le sugerí que acordara con Encarnita Centelles.

–La actriz relacionada con Castilla, usted me habló de ella –especifiqué.

–Había olvidado su nombre. ¿Y por qué yo tendría…?

Le expliqué lo de la adaptación, la informé del número de ejemplares y del importe a pagar al impresor.

–Creo que es la penúltima obra de Castilla –añadí.

–Ya… –tosió, se sonó la nariz. No parecía muy convencida.

–Ha pescado un buen catarro.

–Sí… –volvió a toser–. Hablaré con ella.

Me referí después al profesor Segura.

–Está muy interesado en los escritos relacionados con sus fotografías. Quizás ustedes, los amigos del señor Castilla, y asesorados por el señor Perals, consigan que esos cuadernos no se pierdan.

–¡Oiga! –se espantó la profesora–. ¿Quiere decir…? No le entiendo. ¿Ya ha concluido su trabajo?

–Lo siento, me he expresado mal –y tenía razón, aún me quedaba algo por hacer–. Verá, hay un cuaderno en el escritorio del señor Castilla que contiene unas fotografías y los correspondientes escritos basados en ellas. Usted me habló de ese encargo.

–Así es, me acuerdo –reconoció, y sumó un par de toses.

–He hablado con el autor de esas fotografías, el profesor Segura. Está muy interesado en leer ese cuaderno; él tiene otro, no sabe si repetido, que le envió el señor Castilla. Sobre este tema él desea información que yo no puedo darle. Si le parece bien, le doy su número de teléfono.

Ella no tuvo inconveniente.

–Hay algo más –continué–. Usted me habló de una foto, aquella que inquietaba al señor Castilla, ¿lo recuerda?

–Sí, perfectamente. Fue en nuestra última conversación.

–Creo saber a qué foto se refería. Hay en ella algo muy interesante que quiero comentarle. ¿Puede salir a la calle?

Mi pregunta la cogió desprevenida.

–Pues… no debo. ¿Por qué?

–Quiero que vea esa foto.

–¿Y no puede traerla a casa?

–Lo entenderá mejor si la ve donde está.

–¿Y a donde he de ir?

–A la casa del señor Castilla.

–Una pregunta tonta… –tosió y tosió–. La verdad es que me está poniendo nerviosa… –se le escaparon otro par de toses algo broncas–. ¡Y son muchos deberes para una enferma! –fingió enfadarse, eso me pareció.

HG MANUEL

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sábado, 12 de noviembre de 2022

  • 12.11.22

Quedaba patente la desgana, quizá el apremio del abogado –escéptico, o tal vez confiado en la pericia de otros– cuando visitó la casa de su antiguo condiscípulo y desvalorado amigo.

Una sombra grande, turbia como una sopa, entró sorpresiva y ocupó la estancia. Tronó lejos, con desgana; se encabritó el aire y traqueteó las persianas. La tormenta había llegado. Me levanté para echar un vistazo; las rachas de lluvia, de gotas gruesas, comenzaban a empapar la calle. Enfrente, en una de las ventanas, un vecino admiraba el espectáculo; alzó la cabeza y durante un momento compartimos la sorpresa por el súbito cambio del tiempo, la furia del agua que borbotaba en el asfalto.

El aire golpeaba, soltaba bufidos, se bandeaba por la calle. Con la seguridad de que no importaba, de que nadie acudiría a la pequeña vivienda, acerqué el flexo articulado desde el extremo de la mesa y lo encendí. Alumbró las fotografías que iba sacando del sobre pajizo: paisajes, flores, pájaros, edificios y objetos, como una farola o una piedra, todos sorprendidos en el instante decisivo; lo digo así porque les arrebataba su evidencia, convertía su aspecto en algo distinto, que inquietaba, no sé expresarlo de otro modo. Por último, extraje un cuaderno de anillas; en él cada una de la docena de fotos que contenía estaba sujeta por un clip a un grupo de hojas manuscritas con letra grande, infantiloide, sin duda de Castilla; les pasé la vista ligero, chasqueando el papel, y me entretuvo alguna frase, sin criterio: «…un fluir: la claridad, se entrevera con la claridad mía…», «…se rebela en el suelo la materia…», «…sílabas son lo que contemplo…», etcétera. Devolví su contenido al sobre, leí el remite: J. Segura, y lo dejé tal como lo encontré.

Descubrí entre el papelorio una taza con asa; la cogí, observé el rodal de café y la devolví a donde estaba, sobre la satinada cartulina de un calendario anual de tamaño folio; el 26 de mayo lo tachaba, con letra remarcada, en mayúsculas pequeñitas, un nombre: ANTANANARIVO.

Decrecía el airado murmurio de la lluvia. Pasé los dedos por la fotografía del lanchón, los coloqué por orden y me puse a leer la docena de folios que reposaban al lado.

La luz, enferma todavía, se recuperaba; los objetos, amortecidos, recobraban el vigor de su presencia, su evolución por la pared, consciente de la nada que sucedía a mi espalda. Cuando volvió a adueñarse de la estancia y le daba a cada cuerpo su lugar, me sentí extraño en el mío: algo de mí se evaporaba y se introducía en ella, seguro que influido por lo que me había entretenido leyendo.

–¡Tonterías! –se me escapó.

Consulté las agendas, antiguas, poco usadas, un solo nombre en la s. Tomé mi teléfono y llamé; nada, ni el contestador; insistí, no tenía prisa. La fotografía, ese lanchón, me miraba.

–¿Sí? –el monosílabo, maltratado por un fuerte ruido.

–¿Hablo con el señor Segura?

–Sí.

–¿El profesor Segura?

–Sí, sí. Diga.

–Oiga, soy…

–¡Espere! –me quedé con el ruido zumbándome en la oreja; al poco cesó, lo agradecí–. Estoy podando los setos. Dígame. ¿Quién llama?

Brevemente le expliqué quién era y lo que quería.

–Han pasado meses y no he conseguido ponerme en contacto con Castilla, lo he llamado muchíiisimas veces. Daba por hecho que había renunciado al proyecto. Me intranquiliza usted.

–Lo siento.

–¿Me dice que ha rellenado varias páginas de un cuaderno dedicadas a algunas de las fotografías que le envié?

–Así es.

–Yo había recibido algunos de sus textos.

–¿Un cuaderno manuscrito?

–Manuscrito, sí. Quizá este, al que usted refiere, sea distinto, no una copia. Estaría muy bien. ¿Pero usted afirma que ha desaparecido?

–Así es.

Así es. ¡Ya! Parece grave.

–Creo que lo es.

–¡Vaya, lo siento muchísimo! Nuestra relación, desde hace años, es meramente telefónica. No estoy en el detalle de su vida. Pero me encantaría ayudar. Es más, quiero ayudar. Proponga usted. Conozco al director de un periódico muy importante, fue alumno mío…

–No, no se trata de eso.

–¡Ah! Pues le sigo. Diga, diga.

–Tengo aquí la fotografía de un lanchón en el río.

–¿En el río? No recuerdo… ¡Ah, sí, la barcaza! Una de las primeras que le envié.

–¿Qué puede decirme de ella?

–Esa barcaza, vieja, muy sucia, un deshecho que nunca me llamó la atención, ha desaparecido. La habrán llevado al desguace, supongo.

–Me refiero a la foto.

– Le he entendido perfectamente. Iba a decir que la tenía muy vista, suelo pasear a menudo por la ribera del río. En uno de mis tantos paseos, me acompañaba mi hijo, la vi a lo lejos, donde siempre. Nos íbamos acercando, distraídos con la charla, y algo me llamó la atención. No soy preciso, porque no es fácil, pero intento explicárselo. Hubo un momento, fugaz, no sé cuándo comenzó y terminó. Fue tan extraño… Le describo la sensación; y perdone la fantasía de las palabras, no sé hacerlo sin ellas –me pareció una ironía simpática–. Diría que el aire se había evaporado y la luz se endureció como el acero. La circunstancia de nuestra presencia, de la barcaza y la del propio río fue excluida y quedamos convertimos en mera estampa. Me acometió, irresistible, un acceso de amarga histeria ante aquel mundo metálico. La barcaza y ese trozo del río aparecían distintos, su nitidez los aplastaba. El tiempo y la luz se conjugaron para ofrecer la génesis de un trozo de realidad inmóvil, comprimido entre las dos orillas. Me sentí… ¿cautivo?, ¿aterrado? A mi hijo, este proceso que mi explicación hace largo pero fue instantáneo, le pasó desapercibido. Él se maravilló por la velocidad de mi captura; ya sabe: enfocar, etcétera. Por el contrario, de esta pericia física yo no fui consciente. Particularmente, considero esa foto de lo peor entre las mías. La intensidad del color superó ampliamente el rango de la cámara, usted apreciará que la foto está quemada. Pero tiene, para mí, algo… Cuando la hice, todavía no sé exactamente cómo, me sentí buceando en la trayectoria de la luz; alguien pierde su circunstancia y queda su imagen como residuo, una cáscara que aún flota brevemente en la vida. Sufrí una aparición que, stricto sensu, no lo fue. ¿Le extraña esto que digo? Pues cierto amigo mío persigue a un asesino de días, y William Blake hablaba de augurios y pintaba ángeles que vio antes subidos a un árbol. Los dioses irradian luz, en un sentido metafísico, y los ángeles, mensajeros entre lo visible y lo invisible, aparecen y desaparecen sobre llamas, nada de alas ni de salir volando… –y desgranó ante mi santa paciencia una serie de disquisiciones eruditas.

Me estaba poniendo nervioso; tenía aquella fotografía delante, en la carpeta abierta, y el texto que la acompañaba. Adiviné más que descubrí una rara concomitancia entre lo que escuchaba y lo que había leído.

La conversación murió enseguida, aunque dijo otras cosas más que no recuerdo. Le pedí que me enviara la fotografía por teléfono. Se extrañó: ya la tenía, puesto que le hablaba de ella. Le objeté que no debía tocarla porque la policía…

–¡Ya…! ¿Sabe si algún texto la acompaña?

–Varias páginas, sí.

–Se la envío de inmediato. ¡Ah!, si es posible, me intriga lo que escribió Castilla.

–No hay problema. ¿Y podría darme su parecer?

–Claro, ningún inconveniente. Le llamaré a este número.

No aportó alguna pista nueva; la disposición y la buena voluntad no bastan. Otra vez el presente se daba la vuelta, empeñado en su recreo, en mirar hacia atrás.

Comencé a fotografiar los folios. Al poco, se chivó mi teléfono: «¡clin!». Pronto, el profesor oiría varios «¡clin!» en el suyo.

Abrí el mensaje. Miré la foto. La amplié. Observé los detalles. La remiré…

HG MANUEL

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sábado, 5 de noviembre de 2022

  • 5.11.22

Me desagradaba que mis manos revolotearan como polillas por el interior del armario, en la tenue aspereza de su olor a ropa guardada; pero… el que la sigue la consigue. Los bolsillos de una cazadora acolchada me ofrecieron la gran sorpresa: hallé un teléfono con la batería descargada y una cartera de piel marrón muy gastada que contenía el DNI de Castilla, un carnet de lector de la Biblioteca Provincial, distintas tarjetas: la sanitaria, una de crédito y otra renovable de transporte público, y, aparte y a la vista, las fotografías de estudio, antiguas, de un hombre y una mujer solemnes, entendí que eran sus padres.

En la segunda habitación, más libros y un rimero de cajas repletas; levanté las solapas de una y encontré el mismo ejemplar repetido n veces, parte o la edición completa de tres narraciones, según el índice, escritas por Castilla. La primera de ellas comenzaba así: «El rebaño perdido tras una esquina lloraba temeroso la cercana hecatombe». Consideré que las otras cajas contenían el resto de su producción literaria; probé en otra y leí, al azar: «…los asnos pisan las margaritas muertas…». Recoloqué el volumen y surgió la objeción, leve, casi un rubor; se me estaba poniendo cuerpo de catacaldos en el fondo de la habitación, mientras hurgaba entre todo aquello. Recordé entonces que sobre el respaldo de la única silla del dormitorio había visto unos pantalones. Regresé y allí estaban, la parte de la cintura colgaba detrás, hacia la pared, y tenían puesto un cinturón de cuero; también, una camisa, usada, debajo. Introduje una mano en los bolsillos; en uno rocé un pañuelo y en el otro un par de billetes, de diez y de veinte, que devolví.

En el minúsculo cuarto de baño flotaba un ligero hedor a cañería, pero el agua rebalsada en el inodoro era nueva; alguien había tirado de la cadena, acusé al abogado y al casero. El armarito con espejo –otra vez, aquí, de refilón, el intruso–, lo llenaban varias jabonetas con su envoltura, loción, colonia, nuevos y desgastados útiles de aseo, un pequeño botiquín, un bote de polvos de talco y una caja de pastillas para la tensión; sobre el lavabo, limpio, sin cercos, una agrietada pastilla de jabón amarillento en la jabonera; contra la lividez de los azulejos colgaban las toallas y un albornoz; en el rincón opuesto a la cortina con anillas del plato de ducha, junto a la puerta, había un cesto de lona, plegable, parecía nuevo, con algunas prendas de ropa sucia.

Pasé a la cocina, con ventana al patio por donde la mañana se había colado con tanta soltura que imitaba a la alegría; encantada de mirarse en el alicatado, en todo lo blanco o claro que hubiera por allí, de crear distintos reflejos, me evitaba encender la rosca fluorescente aplicada en el techo. Vecina a la placa de vitrocerámica había una caja de metacrilato con útiles de cocina; sobre una tablita de madera, la solitaria cafetera de aluminio mostraba la roña negruzca del líquido evaporado, los posos resecos colmaban su embudo. Un paquete de galletas sin empezar, varias cajitas de distintas infusiones y más paquetes de café, pasta, grano o legumbres, tres latas de conservas y una botella de aceite ocupaban los estrechos armarios de la pequeña cocina. Dentro del frigorífico encontré mantequilla rancia, queso endurecido, un paquete empezado de café molido, una bolsa de ensalada convertida en maloliente papilla de vegetales, una botella de jerez oloroso en las últimas y poca cosa más.

Ensombrecido por el pudor, sin su autoridad, sin su permiso, como se ahuyenta a manotazos la frágil estela de una mariposa, recorría la casa, el hogar donde ejercía su intimidad a pleno pulmón otra persona, un desconocido al que procuraba seguirle los pasos. Vencí sin duda la repulsión de entrometerme en la respiración, en la quietud que guardaba la disposición, el orden que Castilla había establecido, para seguir con mi labor de sabueso, no sin el presagio de que alguien surgido de un futuro inmediato emplearía manos mercenarias para desmontar esta vivienda, fin de nostalgias o recuerdos, un deshacer sin traslado, sin reubicación o acomodo o destino posible. Se había roto el lazo entre la persona y sus objetos.

Regresé al salón, sin duda lugar de trabajo de Castilla. Me acerqué a la mesa arrimada a la pared, junto a la ventana, y me senté en el sillón reclinable. Quise repanchigarme, por probar, solo probar, a ver si sucedía algo, una sensación que me alumbrara la idea resolutiva, y al mover las piernas golpeé algo, unas zapatillas de paño, muy usadas, que estaban debajo. «¡Qué extraño!», me sorprendí, y un repelús me retiró el pie de su blandura de paño. Salvo descuido, no me pareció lugar cómodo ni adecuado para dejarlas.

Giré el sillón y tomé perspectiva: lo que el desaparecido vería en sus horas de reposo, tal vez adormilado frente a la pequeña y ajustada librería. En el techo, la lamparita: un globo azul, transparente a pesar del finísimo baño de polvo. A un lado la ventana, la chata nadería de la calle, un trozo de cielo recortando la fachada, el percutir de la vida hecha sonido, monótono, indiferente; del otro, la banqueta con el teléfono, los estantes, el silencio y sus sombras.

Estaba rodeado de cosas sencillas, dóciles con su inercia en reposo, sin colmo de paciencia, aptas y dispuestas, sujetas al albedrío de un visitante cualquiera. Porque todo en la casa, sin recuerdos a la vista, parecía provisional, a la espera de destino: una maleta en un andén.

Lo que mi olfato –atrofiado olfato humano– detectaba era normalidad, pero interrumpida; es decir, lo que ocurre había dejado de ocurrir, su flujo se había cortado. Castilla, con su ausencia, sencillamente había cerrado el grifo de lo cotidiano; aunque todo, la presión contenida, seguía allí, dispuesto y a la espera, aguardando su llegada para continuar fluyendo.

Giro contrario para abrir el cajón, amplio y de poco fondo de la mesa de teca, sencilla pero con lujo de reposapiés, y menuzar su contenido: clips, tijeras, grapadora… una vieja agenda de bolsillo, pequeña y descuadernada, un pasaporte y un carnet de investigador de la Biblioteca Nacional caducos, y nada más… de interés, salvo el presupuesto de la agencia de viajes: sí, Antananarivo.

Sobre el tablero, aproximadamente lo que me dijo el abogado: Libros encimados por un sobre pajizo; dos agendas reposaban junto a un bote metálico repleto bolígrafos y lapiceros; presidiendo, un marco de plata con el retrato de un bello rostro de mujer que insinuaba una sonrisa cándida: Encarnita Centelles, mucho más joven, lejos de la amarga energía que yo había conocido en la trastienda ‒en la documentación que el gordito de la sucursal me entregara, ningún parecer o declaración la mencionaba‒; abierta, una carpeta de cartulina amarilla que ocupaba el centro del tablero mostraba, sobre unos cuantos folios, la fotografía de un lanchón de río entre abanicos de palmera.

HG MANUEL

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sábado, 29 de octubre de 2022

  • 29.10.22

Retiré la llave, di un empujoncito y la puerta se abrió con obediencia; cerré, sin prisa, y apoyé la espalda en ella. Enseguida me vino el silencio, amo de casa al que conocía bien: todo preparado para que nada suceda; aunque este, su carácter, era distinto, se presentaba confiado, inocente como un gatito desnutrido y con síntomas de sufrir una afección dolorosa: orfandad, abandono… Con amable indiferencia permitió que el ánimo del intruso le pasara su aliento por el lomo y en silencio le hablara de otros silencios, pretendía así sonsacarle hábitos, costumbres del que un día fuera su dueño. Le habló, por ejemplo, del silencio último de Lucía, la mimo blanca que mirabas de paso, cuando la casualidad lo imponía, sin que sus ojos inmóviles en la cara redonda, inexpresiva, embadurnada de blanco y remarcada por el negro del gorro y de la gola fúnebre, de payaso, miraran a nadie desde el satén que cubría la peana y se derramaba por el suelo, charquito rojo donde recibía pocas, muy pocas monedas; pensaba yo en su oficio de figurita blanca, inmutable, que a veces mostraba el tallo de una rosa o un fondo de espejo con su cara inerte: estética ofrenda en el cáliz de sus guantes blancos a todos y a nadie, los de siempre y los de nunca paseantes de la acera, su trozo de acera, escenario de su larguísima actuación inerte; imaginé largo días de desánimo y horas, atenta y concienzuda en consumir el futuro para componer la pose, el gesto sin vida, su vaga esperanza de aniquilar el movimiento para alzarse en estatua, simulado el aliento, sin variar, con fríos y veranos percutiendo en la figurita muda y tristísima, envejecida frente a los tilos, apartada contra el zócalo de piedra de un gran banco comercial, a la orilla, siempre a la orilla de la gente. –Leído en un periódico de la mañana, página interior, sección local, negrita: Adiós a Lucía, la mimo triste de la Gran Vía–. Y el silencio, armonizado con la pena del intruso, mostró dos clases de silencio: la ausencia de Castilla y la presencia de Lucía en mi recuerdo, y algo más, que la vida entraba conmigo, en su faceta curiosa, puede que diligente.

–Muy bien. Atento, a lo tuyo –me dije.

El piso era de modestas dimensiones, con modesto mobiliario, el aparejo adecuado para una vida modesta; las pretensiones, tan variadas como las personas, son otro cantar. Olía a algo indefinible, la suma de olores que emana el ajuar de cada casa, único, distinto, peculiar, tan sutil que pasa indiferente o desapercibido; ese algo contiene distintos ingredientes en dosis variable, la dejadez, tal vez algo más sofisticado: la desidia, puede que algo más trágico: la decepción, o más llevadero: conformidad… pero quién era yo para dármelas de fino husmeador, nada menos que saber distinguir las distintas materias de ese destilado: orden, sudor, colonia, detergente, alimentos, fibras de tejido, briznas y motas de cualquier cosa… que me llevarían a deducir actitudes, costumbres, miserias… En fin, lo cierto era que la fregona y la bayeta, desde hacía mucho tiempo, no lo visitaban.

Me despegué de la puerta. El tiempo, ocioso, sin rumbo, sin tener a quien endosarle fugacidad ni permanencia, parecía despistado. A la izquierda de la entrada, bajo la sombra de un perchero vacío como un árbol seco había una consola con aspiración a isabelina; entre sus patas torcidas se apilaban tres cajas transparentes con sendos pares de zapatos; sobre ella, un espejo ovalado delataba al andoba que examinaba con todo detalle el contenido de la hoja de cerámica que había junto a un jarroncito de barro pintado de blanco con ribete y flores azules: un recibo del servicio de aguas, un boleto de lotería del año anterior, la factura de un supermercado, con fecha de marzo, la cuenta de un restaurante (menú del día) y, oculto por estos papeles, un colgante con tres llaves: idénticas a las que yo había empleado. El tipo dejó todo tal y como estaba y se hurtó del espejo.

Las persianas estaban subidas y la luz algo pálida parecía aguardar algo, quizá un simple movimiento, pero sin prisa, aposentada y a sus anchas; y sí, también estaba, reposado y presente, delator de ausencias, el polvo, finísimo, apenas perceptible, que mencionara el abogado, en los numerosos estantes, en el sillón abatible de cuero marrón y bastante trotado, y en la mesa, cargada de libros, carpetas, agendas… Me giré para seguir escrutando aquel saloncito, cuarto de estar y de trabajo, agobiado por un sufrido sillón orejero de tela beis equipado con un cojín de color mostaza, dos sillas con los asientos de mimbre, la estantería metálica con baldas de madera comprimida… y la descubrí, en actitud tranquila, dueña y señora abarcándolo todo, el mismo aire, con sus cientos de ojos: la soledad, su rencor minucioso, paciente como un gusano. En su presencia, desfilé ante los lomos de los libros, ordenados por el apellido del autor, la gran mayoría encuadernados en rústica y lastimados por el uso, algunos había que conservaban el celofán; topé con una colección de once volúmenes: el formato era más ancho y sobresalía entre los otros. Cogí uno por uno y los fui hojeando; los pliegos estaban mal encolados y los dibujos en la portada, firmados por una tal Natalia, eran de alguien que no sabe dibujar; anoté la dirección de la imprenta porque el autor y editor no era otro que Castilla.

Continué mi rastreo y pasé al dormitorio, con balconcito tras los visillos y la persiana aquí también levantada; me acerqué a mirar: un trozo de fachada. Ordenado, olor neutro, la cama, holgada para una persona y cubierta con un edredón –me vino a la memoria que la primavera llegó con frío–, estaba hecha, y debajo, sobre la alfombrilla, aguardaba un par de zapatos bien lustrados. Sobre la mesilla de noche, junto una lamparita que imitaba a un quinqué, un despertador continuaba su tictac; en el hueco había dos libros, uno más grueso (el doble), Pretérito imperfecto de Carlos Castilla del Pino, y otro, Diario de un hombre humillado de Félix de Azua; en este había un trozo de papel, a modo de marcapáginas, que tenía escrito con lápiz medio borrado (y mancha de café) lo siguiente: «La muerte es una estupidez, palabras de Francis Bacon. Y no le falta razón: todo este enorme trabajo, diario, de siglos, de años a millaradas, para llegar a lo mismo, la suma de tanta idiotez acumulada: un nuevo nacimiento. Alguna vez será el último, por un motivo tan fútil como rápido y terrible: El progreso consiste en renovarse, palabras de Unamuno, no le falta razón» y, debajo, esta frase: «paciencia, que todo puede esperar». Sostuve el papelito sin entender nada, me pareció contradictorio o feroz, y lo devolví a su página. Me incliné para abrir el cajón; algunos papeles doblados, como facturas de hotel y del supermercado, tarjetas comerciales, una caja de paracetamol, otra de tiritas, un reloj de pulsera con una aguja suelta, dos libretas de ahorros, una perforada y la otra con varios apuntes de cuatro años atrás, un tubo de pegamento y dos chinchetas. Dejé aquello y me acerqué a la cómoda. En el cajón superior había carpetas con creaciones de letra grande y redonda, casi infantil, de las más diversas materias, alguna documentación bancaria y administrativa, las fechas eran diversas y ninguna del año en curso; en los otros, ropa de baño y de cama, una cubertería de plata en su maletín de cuero negro embutido en una funda de tela, y una caja para camisas llena de fotografías que me parecieron antiguas, familiares, y no las toqué. Seguí con el armario, de puertas correderas: ningún traje y sólo una chaqueta, el corte parecía anticuado; todo lo demás era, entre lo nuevo y lo gastado, escaso y práctico.

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sábado, 8 de octubre de 2022

  • 8.10.22

Ponderó un momento sus palabras y volvió a escanciar, la botella de Pedro Ximénez se empobrecía a ojos vistas y sin alarma. Bebió, bebí. Quedó interrogante, parecía decirme: «Y después de esto, ¿qué? ¿Qué quiere usted?»

Yo solo quería saber. Así pues:

–¿Dónde puede estar el señor Castilla? –me propuse sorprenderla, ¡qué original!

Ella tomó el vasito, le pasó un dedo por el borde y se lo llevó a los labios, como un beso.

Yo aguardaba.

‒¿Se lo pregunta a alguien que vive en otra ciudad? –fue su salida.

–Se lo pregunto a alguien que lo conoce –la rectifiqué.

Ella me midió con la mirada algo encendida: combustión instantánea.

–Él quería… no; él tenía fijación con ciertos lugares –suavizó la voz, conformada–. Y deseaba visitarlos, pronto, antes de que la evolución… o la civilización, o maldita lo que sea, termine por cambiarlos… o matarlos y queden en una pérdida irreparable. ¡Imagine! ‒suspiró‒. Revivir, y son sus palabras, en esos lugares, eso quería. Revivir, tome nota, una más de nuestras discusiones.

–¿Usted los conoce? ¿Los nombró?

–Son muchos, y tan dispares. Porque habla en general, teóricamente.

–Pero…

–Sí, teóricamente. Él piensa en algo y ya, ahí tiene: lo hizo, vivió la experiencia si mover un dedo, ¡resulta tan cómodo! Aunque, afortunadamente, a veces sufre de periodos aventureros, que yo le alabo. Me habló especialmente de un pueblecito y su playa, en Madagascar, el nombre es largo y enrevesado, no lo recuerdo. Había estado allí, colaborando con alguna ONG, o eso le entendí, y guardaba un recuerdo tan grato que estaba resuelto a volver, ¿otra de sus ideas peregrinas? –lo dejó en suspenso.

–¿Usted cree…?

–Mire, yo también tengo mi lugar de huida, al que siempre estoy yendo… con mis recuerdos: Civita di Bagnoregio. Hoy, para mí tristemente, parece ser que ya lo ha tomado el turismo. Allí me escondí de la vida, lo pretendía, cuando Mario se me murió. Hallé un pueblecito apartado, casi secreto; en él me consolaron su amabilidad, su belleza y su soledad, y también sus vinos, quizá en exceso, por qué no, y sus quesos y su pasta y mis largos paseos por aquella cuesta hermosa y terrible, remedios maravillosos que me ayudaron a soportarlo. Pero no hay escondite para el dolor, es imposible. Lo traes de vuelta, algo cansado, y se acomoda contigo, en tu rutina, en tus obligaciones, aunque tiene sus días de berrinche, sí…

La vi separar y unir las manos, como se hace para el rezo, cuando un resto de tristeza, evocadora, descendía por su cara hasta el silencio, breve, que yo respeté.

–Pepín es un ser tan esquivo y aburrido como interesante –continuaba su crítica–, ¿capta el oxímoron? Vagará ‒apuntó hacia el vano de la puerta‒ buscando algo, un no-sé-qué que solo existe en su cabeza. ¿Volverá? ¡Ah! –se encogió de hombros–. Y, la verdad, tampoco sé si lo deseo, estoy cansada. Mantuvimos una ficción, cada uno imaginando en el otro algo que no tenía; duró un tiempo que nos ha venido bien, alivió los malos tragos de lo que no debimos o tuvimos que beber, los dos, cada uno los suyos. Lo hablamos, lo aceptamos y desde entonces nos hacemos compañía. Yo soy una fuente seca y él, él… ¿se lo puedo decir?, sí porque anda desaparecido, ¡le es fiel a un amor de juventud! Se enamoró y enamorado sigue, ¡ángel mío! Nunca me habló de ella, pero…

Dio un par de palmaditas, insonoras, traviesas; me transmitía su admirada perplejidad.

–La edad, ¿qué cura la edad? ¡Ni los espantos! Una se los traga y los digiere o tiene mala digestión toda la vida. ¿Ha leído el Mairena? Pues hágalo, ¿sabe por qué?, porque anticipa paradojas y perplejidades que luego se tropezará, es inevitable. Verá, cómo lo diría… Yo padezco de conformidad, con sus fiebres, pero sé aplacarlas; él padece de nostalgia, y no sé qué es peor. De pronto le viene un acceso de nostalgia y sin encomendarse a Dios ni al diablo allá que se va, a donde esa perra loca lo lleve. Pero no se imagine exotismos. Puede ser una habitación o la mesa de una terraza o un viaje en autobús ¡Ah, los sueños!, un modo ¿cobarde?, no sé si lo es, creo que no, de viajar la vida. Pero no seré yo quien lo despierte. No tengo autoridad, ni fuerza, ni ganas.

–¿Discutieron ustedes?

–¿Cómo? ¿Discutir? ¡Ah, vaya! –se le fue la vista hacia un ángulo de las alturas–. ¿También le han dicho eso?

–Usted parecía muy enfadada –insistí.

–¡Cómo no iba a estar enfadada! Nosotros… –negó seguido con la cabeza–. Suelo leer lo que escribe, ¿sabe?, quiere oír las frases, comprobar de viva voz el ritmo, la cadencia, si el sonido confirma la propiedad de las palabras, si el tono se mantiene o decae… No es vanidad, ni lo imagine; es un modo de comprobar, de corregir. Para mí es un ejercicio que resulta placentero; me gusta leer, escucharme y que me escuchen, desde niña, ya le digo. Bien, él tiene una novelita, para mí de lo mejor, me encanta, que expone lo siguiente: Una mujer, casada con un rutinario y madre de dos preadolescentes egoistones y consentidos, siente que su vida es poco menos que la de una planta mustia. Desapercibida, mal cuidada, decide, en un impulso desesperado, liberarse, huir, perder de vista ese tedio que la ahoga, todo cuanto conoce y la sujeta. Bien, yo estoy muy interesada, y le pedí, le repetí, le insistí, le supliqué, vamos, a ese, el susodicho que usted busca, que la vertiera a monólogo y la adaptara a mi estilo, por no decir edad, para ser representada. Pepín aceptó, un poco a regañadientes, es verdad, y se puso a ello, al menos eso me dijo. Yo leía y releía la novela, y cuando venía aquí le hacía sugerencias que él anotaba o rechazaba, porque es tan, tan meticuloso… Admito que yo estaba confiada, ¡ah, so boba!, y me decidí, por mi cuenta y riesgo, salvando mis dudas, las tenía, es verdad, ¡como si no lo conociera!, a comentarle mi proyecto, con mucha precaución y mucho adorno, a un director de teatro, antiguo amigo y excelente persona, que se mostró dispuesto a recibir el texto. Texto que nunca llega, ni llegará. Él siempre me dice que sí, que ya, que está en ello, que lo está haciendo. ¡Y no lo hace! Aquel día, el de nuestro último encuentro, descubro… me dice que está entusiasmado con unas fotografías que le han enviado. Tenía que inventarle una historia a cada una de ellas, me parece. Y me trae su entusiasmo y lo mucho que trabaja en el proyecto y lo avanzado que lo lleva… ¿Y lo mío?, le pregunto, ¿para cuándo, eh?, ¿para cuándo? ¡Para nunca!, le grité, porque él ni sabes ni contestas.

Me parecía inverosímil, pero se le quebró la voz; vi, venía oyendo, el naufragio de la esperanza en la mujer. Se le humedecieron los ojos. Sacó un pañuelito de no sé dónde y se limpió con él.

–Qué amargura, ¿sabe?, qué amargura y qué decepción –tironeaba del pañuelo entre las manos–. Me levanté y me fui, para no decirle lo que me vino a la boca, lo que se merecía. Esto ocurrió en la cafetería del hotel.

Se le fue un suspiro, se sonó la nariz, desvió la mirada y la dejó flotar, cansada, en falso y entristecido arrobo.

–¿No volvió a verlo?

–¿Qué? Sí, después. Al rato, vino por aquí, nada, un minuto, no pasó del mostrador, y me dijo que seguiría trabajando en el texto. Ni le hice caso, ¿para qué? Entonces me salió con que posiblemente se iría de viaje; en fin, sus eternas dudas. Típico en él quitarse de en medio. Pero no importa, ¿sabe?, no me importa, la experiencia es buena consejera y yo tengo mucha… –se le apagó la voz, y la dureza del gesto se mudó en alarma, turbada quizá por lo que sus palabras, dichas a locas, insinuaban.

Se ahuecó el peinado, toque rápido, con las dos manos; su mirada zigzagueó por el despacho o salita de estar hasta posarse cerca de mi cabeza.

–Se había informado en una agencia que está aquí, al doblar la calle –parpadeó antes de mirarme, directa–. Traía unos folletos.

–¿Usted pudo leerlos? –le pregunté.

–Ya ve que forma más tonta de, de… –continuaba ella–. Yo pensando, por su silencio, claro, es tan orgulloso el muy bobo, que cualquier relación entre nosotros había terminado, y resulta que está desaparecido. No me lo creo. Estará en un eclipse de los suyos, temporalmente indispuesto con todos sus amigos conocidos y agregados como yo.

Tomó la licorera, la inclinó, observó el escaso líquido oscuro y la sostuvo vertical sobre la falda; repasaba los dedos por sus finos relieves.

La sesión ha terminado, pensé.

El silloncito colaboró con el cuidado al levantarme y no crujió. Desde el suyo, Encarnita Centelles mantenía la mirada sobre mis zapatos; la fue elevando, despacio, cansadamente, hasta llegar a la mía: planteaba el temor de un interrogante.

Cuando salí de la mercería, el atardecer iba desprendiendo más tedio que tristeza desde el trozo de cielo desteñido entre el remate de los tejados. Caminé sin prisa, concreta o inventada, sorprendido por el silencio en la calle, tan contrario al desmañado tiroriro que discordaba en mi cabeza: los recuerdos y reflexiones de la actriz y el inherente cacareo de coincidencias y casualidades que tomaban vuelo; rebasé una farola que pugnaba por encenderse y di con la agencia de viajes; permanecía abierta, languidecía entre un café cerrado y el luminoso de una farmacia. Pregunté, di el nombre del señor Castilla; una breve consulta con el responsable. No debían tener mucha clientela, se acordaban de él; conservaban el presupuesto, aún sin respuesta, de un viaje a Antananarivo, para el último día de abril, solo ida.

Terminada la gestión y de regreso a donde estacioné mi coche di con una placita, mucho más modesta que la del hotel, por la que no había pasado antes; me gustó la hipnótica galería que ocupaba el centro de la fachada principal, los maderos barnizados de sus marcos oscuros, y el árbol frondoso con flores rojas, arracimadas, en el que se repetían los pájaros. Me senté en el banco largo y encalado situado enfrente y permití que el sosiego se adueñara de mi destino durante unos pocos minutos; que el tiempo fluyera y se derramara a su antojo.

HG MANUEL

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sábado, 1 de octubre de 2022

  • 1.10.22

Tan repentino, la sacó de su recreo o ensoñación parlante. Quiso acudir, se incorporó con automática brusquedad, golpeó con el vasito en la bandeja; pero desistió: «Tendría que haber puesto el cartelito. Bueno, si tiene interés, ya volverá», recuperó la postura y quiso, también, el interrumpido compás de sus recuerdos.

Sin llegar a cohete, anduve oportuno, y en un tilín proveché la interrupción para intercalar una pregunta:

–¿Dónde conoció al señor Castilla? –amagué, ágil, la confidencia.

Se inclinó hacia mí; su cuerpo generoso exhalaba un tibio aliento dulce-amargo de madera verde y naranja confitada.

–¿Castilla? ¿Conocer al señor Castilla? –rememoraba en su despiste, parada en el «señor»–. Pero, pero… vamos a ver, ya me he cansado –apretó y soltó el collarón de pedrería ámbar que adornaba su escote; después, sus manos tontearon un poco en el aire. Se retrepó severa, muy erguida, con mucha rumazón en la cara–. Cuando usted dice desaparecido, ¿a qué se refiere? ¿Lo han secuestrado?, ¿se ha fugado?, ¿ha perdido la memoria y vaga por ahí como alma en pena? Y yo –soltó un par de abanicazos con la mano– echo el ratito con usted. ¡Todo esto…!

Se levantó, plantó el pie: ya le comenzaba a tronar la tormenta, y reunió las manos, el agudo filo de sus diez uñas nacaradas.

–Tanto tiempo sin hablar conmigo. ¿Para recibir una broma, esta broma? –creo que se le agolparon unas cuantas palabrotas en la boca, y el esfuerzo por contenerlas le arrugaba la frente; pero algo, un pensamiento oportuno, le enfrió los bríos–. No, que va, él no es de bromas; Pepín, no. ¿Entonces…? –preguntaba, me urgía.

Con calma me puse a su altura; bueno, algo más alto: ella no me alcanzaba a las cejas.

–Señora –pausado, con gravedad–, la última vez que alguien habló con el señor Castilla fue el quince de marzo, por teléfono. Desde entonces nadie sabe de él. Terminó su excedencia y no se ha reincorporado. Ni amigos, ni colegas, ni vecinos han vuelto a verlo. Por eso me han contratado. Por eso estoy aquí, molestando. Le ruego que me disculpe.

Me escrutó, severa, suspicaz. Descubrió que el asunto parecía grave, cualquier broma estaba fuera de lugar. Decidió sentarse y me ordenó con un gesto que yo también lo hiciera.

–¿Lo sabe la policía?

–Lo sabe.

–¿Y usted me pregunta dónde lo conocí? –sonaba a choteo.

–Sí, entre otras cosas –mantuve la seriedad.

Ella se lo pensó: evaluaba si merecía la pena continuar la conversación, y debió de concluir que al seguirme la corriente no perdía gran cosa, sobre todo después de la peripecia que con tanta ligereza me había contado.

–Pues, bueno… –carraspeó, tomó el vasito, bebió y recobró el tono–. Nos conocimos en el Instituto Italiano, en la proyección de una película que algún crítico evocaba como secuela, yo diría rémora, del anticuado spaghetti western: «Reúne sus valores», ponía en el folleto… ¿pero qué valores?, el muy cretino, y continuaba con la faramalla de frases hechas. Yo hacía un papelito muy mono en ella: me violaba el Malo. El Bueno mataba al Malo y a veinte o treinta de sus secuaces. Yo me colgaba de su cuello, lo besaba y Fin. Acudí por Aldo, el director, un encanto, siempre tan afectuoso, que se acordó de mí… –me miró con dudas–. ¿Sigo, esto le parece…?

–Por favor –me incliné hacia delante, con el mayor interés.

–Ya… Ejem… Mi importancia, en aquel acto, se agigantó porque fallaron los protagonistas: si uno estaba achacoso, el otro ya nos dejó para siempre. Pero, en fin, allí estaba yo y allí lo encontré, al buen señor que usted busca: un tímido que se atrevió a decirme que lo único reseñable de aquella película era yo. ¡Imagine! Semejante piropo era, directamente, un insulto. En vez de botarlo de mala manera, resulta que a la tonta aquella le gustó. Lo hallé tan culto, tan ponderado y tan… lamentable; iba tan a juego, ¡qué guapísima estaba yo!, con mi engreída insignificancia… que me fascinó. A él le fascinó, no mi fama, no mi belleza, no mis curvas, no el modelo exclusivo que me costó un dineral; a él lo fascinó que yo fuera ¡licenciada en historia del arte! Acompañaba al director de fotografía, muy amigo suyo y amigo también de Aldo, que tuvo con él una paciencia… Era tan, tan, tan detallista ese hombre que seguiríamos rodado todavía aquella lamentable película. A lo que Aldo veía con el ojo el otro le ponía una lupa; entraba en filigranas, en detalles que solo él veía, y la discusión resultaba interminable, de una pesadez… A mí me dijo algo que me agradó mucho, era un hombre curioso, siempre reconcentrado; tuve un aparte con él, quería explicarme… a ver si me acuerdo, que al girar la cara yo debía… le interesaba la cantidad de luz que absorbe un parpadeo cuando el sujeto a fotografiar la refleja en movimiento, o rareza parecida, no paraba de discutir con el segundo operador, bueno, y con todos los que dependían de él, no le entendí nada. ¡Ah!, y me dijo: «La luz se complace en tu cara, ofrécele tu expresión». Entre sus muchas indicaciones, casi todas incomprensibles, esta la consideré una delicadeza, me gustó y por eso la recuerdo, creo. Aldo, que es muy culto, admiraba el sentido estético de aquel individuo, lo consideraba un técnico excelente; pero lo impacientaba su minuciosidad repleta de pejigueras, ¡nunca terminaba de preparar la escena! Hasta que Aldo perdía la paciencia y lo voceaba como a un niño; entonces el amigo de Pepín ya era otra persona: disciplinado, competente, muy profesional… Soltaba su frase, «No estoy de acuerdo, pero tú respondes», y era mágica: ningún retraso, ya dirigía al equipo de carrerilla, sin ningún problema. Debo decirlo: película muy del montón, fotografía estupendísima.

–¿Cómo se llamaba el amigo?

–¡Para olvidarlo! Hernández, se llamaba Hernández. Por aquella época salía con una chica imponente, puertorriqueña, creo. No he vuelto a verlo.

–¿El señor Castilla le habla de él?

–¿Por qué? ¿Tendría que hacerlo?

–Son amigos, usted lo ha dicho.

Eran amigos, si lo siguen siendo no lo sé. Pero yo no le hablo de los míos.

–Entonces, ustedes se conocieron…

–¿Quiere que lo repita? Pues lo hago. En el Instituto Italiano de Cultura.

–Y hace de esto…

–¿No se lo he dicho? Ahondaré en la herida: más de quince años. Y ya puestos, sigo; porque usted es detective, ¿no?, y discreto, supongo, y quiere saber. Bien, pues tuvimos nuestro affaire: un espejismo. Yo enviudé bastante antes de conocerlo, mi marido murió muy joven, era arquitecto; y Pepín tenía, y lo conserva, un amor imposible: platónico, otra forma de viudez. Descubrimos que él guarda su esperanza para un imposible y la guardo yo para el más allá. ¿Advierte la broma, su perspicacia da para tanto? –ideé comprensivo el origen de su sarcasmo y me mantuve obsecuente, dispuesto a colaborador–. Pue eso. Lo comprendimos, nos entendemos y somos amigos, muy amigos. Aunque, hay veces, ¡me da una conversación!, yo le cruzaría la cara. La vida es inercia, pura inercia imaginada, según él. Yo coincido en «inercia», discrepo en «imaginada»… –de una palmada se cogió las manos y ponderó con ellas. Yo aparenté que una mosca se me plantaba delante y hacía piruetas. Ella me señaló–: ¿Usted se imagina charlitas y más charlitas de sustancia semejante? Pues la hemos repetido, con muchas variantes, porque, ¿sabe?, tiene razón. Yo creo que es la pérdida del cariño, los dos lo sufrimos. Porque lo que tuvimos mantiene su realidad en la caída, en el seguir cayendo dentro de nosotros, lo dice él y yo lo comparto, y no añado más. Enseguida lo sentí ingenuo, como desvalido, muy perjudicado por esos pensamientos, y me dio ternura, a mí, la otra pata suelta. Pero no se lo puse fácil, le hice sudar la gorda –suspiró

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