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EUSA MATRICULACIONES CURSO 2021

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domingo, 25 de julio de 2021

  • 25.7.21
El 23 de julio de 1921 –es decir, hace exactamente cien años–, un puñado de militantes creó el Partido Comunista de China (PCCh). Como es de suponer, esta enorme república conmemora con grandes fastos este acontecimiento transformado en un hecho mítico, aunque las ideas que albergaban aquellos iniciadores sobre la sociedad que imaginaban en el futuro difieran de lo que actualmente es este país, que se ha convertido en la segunda (o, quizás, la primera) economía mundial.


Puesto que a todos nos gusta clasificar, la pregunta que preside el artículo queda flotando en el aire: “¿Es China un país comunista o ha mutado hacia una especie de singular capitalismo?”. Por mi parte, prefiero no adelantarme estableciendo categorías definidas y apoyarme en las explicaciones de dos autores franceses: Jérôme Doyon y Jean-Louis Rocca, muy conocedores de la realidad china, que publican con asiduidad en la revista mensual Le Monde diplomatique. Quizás de este modo podamos entender la singularidad de este país.

Según se dice en su Constitución, “la República Popular China es un Estado socialista […] dirigido por la clase obrera y basado en la alianza entre obreros y campesinos”. Pero, como todos sabemos, una cosa son las declaraciones idealizadas que se expresan en documentos y otra la que existe en la propia realidad social, porque, en la actualidad “el 50 por ciento de los afiliados son profesionales frente a menos del 35 por ciento de obreros y campesinos” (J. Doyon). No es, por tanto, una república dirigida por la clase obrera, tal como se dice en la Constitución.

Por otro lado, “la sociedad china tiene ya todos los rasgos de una variante del capitalismo: el trabajo es una mercancía, la sociedad de consumo sirve de garante de la estabilidad social y de motor de crecimiento, y las desigualdades se cristalizan mediante mecanismos de reproducción social basados en el dinero, el capital educativo y la endogamia” (J-L. Rocca). Todo ello muy lejos del socialismo preconizado por Karl Marx y Friedrich Engels, como período de transición a una sociedad comunista o sin clases sociales.

En contra de la opinión expuesta por los dos autores franceses que piensan que la economía y la política chinas configuran una forma de capitalismo de Estado, se encuentra la del prestigioso economista marxista egipcio Samir Amin (1931-2018), quien consideraba que el rumbo que había tomado China, tras las reformas planteadas por Deng Xiaoping hace cuatro décadas, era el de un modelo específicamente chino de socialismo.

Y cuando Doyon y Rocca hablan de capitalismo de Estado no lo hacen de una manera peyorativa, sino de modo descriptivo, pues el primero de ellos reconoce los logros alcanzados en el ámbito económico cuando dice: “Transcurridos cuarenta años desde las reformas de liberalización económica iniciadas por Deng Xiaoping, más de 800 millones de personas han salido de la pobreza, y el Estado-partido lidera ahora la segunda economía del mundo –o incluso la primera si se calcula en paridad de poder adquisitivo–, con el 18 por ciento del producto interior bruto (PIB) global”.


El cambio de rumbo en la planificación económica supuso también una apertura al mundo occidental, de modo que la posibilidad de visitar el país se abrió a los turistas que quisiesen conocerlo. No es de extrañar, pues, que quienes lo hacen se sorprendan al encontrarse con grandes urbes, caso de Pekín (adopto la denominación tradicional, aunque la nueva denominación de Beiging se asemeja más al sonido fonético del idioma chino mandarín) o Shanghái, otra de las ciudades que cuentan con millones de habitantes.

Lo cierto es que asombra que el perfil de ambas metrópolis (y que muestro junto a estas líneas) se parezca tanto al de cualquiera de las grandes urbes estadounidenses. Más aún, cuando se penetra en el corazón comercial de estas ciudades, que forman parte de casi todos los circuitos turísticos, se comprueba que las tiendas de lujo en nada desmerecen a las que se encuentran en el mundo capitalista occidental. Por otro lado, todos los rótulos los vemos escritos en inglés y te atienden en esta lengua sin ningún tipo de problema.


¿Qué ha sucedido, entonces, para que aquel país que Mao Zedong condujo inicialmente hacia un modelo que se asemejaba a la entonces Unión Soviética de Stalin se haya convertido en un país de capitalismo de Estado [Doyon y Rocca] o de singular socialismo [Amin] tras años de dirección férrea del PCCh?

¿Qué ha quedado de la Revolución Cultural, época en la que nos llegaban aquellos carteles de coloristas imágenes protagonizados por esforzados obreros y campesinos y heroicos soldados blandiendo el Libro Rojo como inalterable guía del pensamiento del gran líder, todos juntos caminando directamente al socialismo?

La verdad es que las transformaciones han sido profundas y para entender todos estos cambios hay que conocer bien el pensamiento del pueblo chino, ya que, en el fondo, es una cultura milenaria marcada por las ideas de Confucio, lo que les hace ser bastantes pragmáticos, por lo que no es de extrañar que se haya dado esa metamorfosis que le ha colocado a la cabeza de las economías mundiales.

Cambios muy distintos a los que acontecieron en la extinta Unión Soviética, que condujeron a una Rusia de capitalismo neoliberal en la que la corrupción y el nepotismo campan a sus anchas lideradas por un siniestro personaje llamado Vladimir Putin.

¿Economía capitalista o socialista? Veamos: con el actual presidente chino Xi Jinping, si bien las transformaciones han continuado favoreciendo al sector privado, lo cierto es que el Estado mantiene el control directo sobre gran parte significativa de la economía, dado que el público representa un 30 por ciento, en la que se encuentran sectores fundamentales.

Por otro lado, el PCCh sigue ejerciendo un fuerte control político ya que “desde 2018, las empresas que cotizan en el mercado chino tienen la obligación de abrir una célula del partido. A fecha de hoy, el 92 por ciento de las quinientas mayores empresas cuentan con una. Aunque no se han hecho públicas las cifras precisas, filtraciones periódicas han revelado la importantísima presencia de miembros y células del partido dentro de empresas extranjeras establecidas en China” [J. Doyon].

Comprobamos que el pragmatismo chino ha conducido a que, en vez de entender la sociedad como producto de los conflictos de clases sociales dentro del sistema de producción, se haya basado en potenciar la idea de nación y en la búsqueda de un nacionalismo económico basado en el desarrollo productivo.

Para cerrar esta breve incursión por la compleja realidad china, quisiera apuntar que el PCCh cuenta en la actualidad con la nada desdeñable cifra de 95 millones de afiliados; y aunque pareciera que hay colas para entrar en él, lo cierto es que en el último año solamente se ha aceptado el 12,3 por ciento de las solicitudes.

Así pues, seguimos viendo a China como un país ‘comunista’, lo que no deja de ser una paradoja, cuando compite con Estados Unidos, la gran superpotencia capitalista, para hegemonizar la economía mundial. Meta que, por cierto, está alcanzando en pocas décadas.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 18 de julio de 2021

  • 18.7.21
Creo que he comentado en un artículo anterior que por las mañanas suelo mirar un calendario que tengo colgado en el estudio y que fue editado por el Ministerio de Ciencia e Innovación. Su singularidad procede de que cada día del mes viene acompañado con un comentario referido a un descubrimiento o al nombre de algún científico o científica que merece la pena ser recordados.


Hace unos días, el pasado 9 de julio, que caía en viernes, pude leer en letra pequeña: “2015. Un equipo de investigación del IGME de la Universidad Complutense y la de Barcelona encontró una mosca de hace 105 millones de años en perfecto estado de conservación: se había conservado en ámbar en la cueva de El Soplao (Cantabria) y aún llevaba una carga de polen en su abdomen”.

¡Una simple y vulgar mosca perfectamente conservada desde hace la friolera de 105 millones de años! Me paro un instante para poder calibrar lo que significa todo ese tiempo y al momento me surge la pregunta: “¿Dónde estábamos entonces nosotros, los humanos, tan ególatras que nos creemos el centro del Universo?”

La respuesta es clara y contundente: en ninguna parte, porque los inicios del homo sapiens se remontan a unos cuantos miles de años. Ni siquiera llegamos a un millón de años, que, al menos, nos daría un poco de categoría temporal y podríamos medirnos con las moscas.

Y ahora, retrocedamos mentalmente y recordemos que por aquella época reinaban en el planeta Tierra esos enormes gigantes que eran los dinosaurios. También, es de suponer, que las dichosas moscas se encontraban por todas partes, por lo que temo que al paso que vamos nuestra especie desaparezca de la faz de Tierra, pero que las moscas seguirán tan plácidamente.

En fin, que una prosaica mosca sea mucho más resistente que nosotros nos tiene que dar mucho que pensar. Y entre las muchas cosas que todavía no hemos resuelto es nuestra conciliación con el paso del tiempo (en el caso de que verdaderamente exista, puesto que los físicos a partir de Albert Einstein nos dicen que el tiempo es otra dimensión, cuestión que al común de los mortales le cuesta entender).

Para encontrar alguna forma de solución, nosotros, los humanos, somos los que hemos creado unos instrumentos de medidas temporales que en la propia naturaleza no existen como tales. Los segundos, los minutos, las horas, los días, los meses, los años... son convenciones que nos sirven para organizar y orientar nuestras vidas.

De este modo, nos convertimos en sujetos que creen controlar el transcurrir del tiempo, ya que consideramos que estamos situados en el punto exacto: vivimos en un supuesto presente (del que, paradójicamente, somos incapaces de determinar su duración), al tiempo que todo lo acontecido lo consideramos pasado y lo que está por venir lo entendemos como el futuro.

No es de extrañar, pues, que a la capacidad que tenemos de archivar los recuerdos le llamemos "memoria", que es la que nos trae al presente, de manera un tanto difusa, las imágenes que archivamos en nuestra mente.

Y pensando en esta facultad me ha parecido muy oportuno mostrar como primera imagen de este artículo el lienzo que Salvador Dalí tituló como La persistencia de la memoria, al ser una buena obra en la que se muestran las fugaces huellas del pasado, de modo que en un paisaje desolado hasta los relojes se ablandan, ya que a medida que nos distanciamos de los acontecimientos vividos se vuelven borrosos como recuerdos personales.


También, hemos de tener en cuenta que la percepción del tiempo es un hecho con un componente subjetivo muy fuerte. Apunto esto porque en la actualidad nos encontramos en una cultura de la inmediatez, en la que las noticias nos llegan casi de manera instantánea, de forma que lo que aconteció hace unos días ahora nos suena a caduco.

Vivimos en una especie de ‘presentismo’ que a veces nos abruma, por lo que, en ocasiones, aspiramos a alejarnos del entorno en el que nos movemos para descansar en lugares alejados o imaginando épocas pretéritas en las que podríamos sentirnos más tranquilos.

Quizás, El ángelus, la obra que acabamos de ver del pintor impresionista francés Jean-François Millet, de 1857, sea el reflejo de una concepción del tiempo muy distinta a la nuestra. En ella contemplamos a dos campesinos, hombre y mujer, quienes, al oír el sonido lejano de las campanas que les llega de la iglesia del pueblo, hacen una pausa en su trabajo agrícola para concentrarse y rezar. Después, retomarán sin prisas sus labores.

Muestran, pues, un tiempo que viene marcado por sentimientos ligados a la naturaleza y a la religión. A la naturaleza, porque serán las primeras luces del alba las que les indiquen cuándo comienzan su trabajo en el campo; y a la religión, ya que son los tañidos de las campanas los que les dicen que es el mediodía, el momento de unirse con sus oraciones a un mundo sobrenatural en el que creen y que forma parte de sus vidas.


Pero las sociedades, paso a paso, se secularizan, y el trabajo en el mundo del capitalismo desarrollado viene determinado por la agitación, la precariedad y los beneficios. Así, los ritmos laborales se marcan con la precisión de los cronómetros. No hay tiempo, pues, para la reflexión y el reposo tranquilo, ya que, incluso, el de descanso está perfectamente medido. Tiempo ajeno que no nos pertenece, a la espera de organizar otro nuestro.

No es de extrañar que casi un siglo después, en 1934, Salvador Dalí evocara la obra precedente a través de un lienzo que titularía Reminiscencia arqueológica del ángelus de Millet. Aquí ya no hay nada de ese mundo de piedad que desprenden esos dos sencillos campesinos. Dalí los convierte en dos inmensos cuerpos marmóreos oscuros que se destacan en la quietud de un paisaje casi metafísico, por la inmensa soledad que rodea a esos dos extraños cuerpos que parecen perennes.

Hoy, además, nos movemos en un tiempo altamente subjetivo, controlado por el devenir de nuestro propio cuerpo. El mismo cuerpo que nos sirve de faro vigilante. El que cada mañana, ante el espejo, nos avisa de los cambios que sufrimos o de las pérdidas que lo acechan. Y aunque se buscan todos los remedios o múltiples pócimas mágicas en forma de cremas ‘anti-edad’, lo cierto es que el tiempo es implacable y sigue su senda sin hacernos caso.


Y comenzamos a volvernos invisibles, como esos personajes hieráticos que el belga René Magritte plasmara en sus lienzos, porque, a pesar de los esfuerzos que hacemos, ya no somos el foco de atracción de lo que nos rodea.

Como prueba de ello, nos sirve un lúcido párrafo de Antonio López Hidalgo que aparece en uno de sus últimos artículos, Los años que se van, y que hemos podido leer en este medio: "Después en casa, fue anotando en un bloc los síntomas que dan forma a la vejez: rigidez articular, disminución de masa ósea y muscular, incontinencia renal, disminución de la agudeza visual y auditiva. Y las arrugas, por supuesto. El cansancio. Sí, andar molido todo el santo día. Sufrir las resacas como la peor paliza nunca sufrida. Y ser invisible para las mujeres, claro".

Quizás sea difícil conciliarnos con el paso del tiempo. Quizás nunca perdonemos que no se nos devuelva la juventud perdida y que estemos abocados a la vejez. Quizás tengamos finalmente que aceptar que la flecha del tiempo solo marca una dirección (la que a nosotros no nos gusta).

Pero lo que no podemos hacer, como Fausto ante Mefistófeles, es cometer la torpeza de no saber quiénes somos y qué queremos, para finalmente negociar con esta sociedad, un tanto absurda, los sucedáneos que nos ofrece y, como contrapartida, acatar mansamente sus servidumbres a cambio de hacernos olvidar que nosotros también somos tiempo.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 11 de julio de 2021

  • 11.7.21
“Odio el feminismo. Es veneno”. Esa es una de las frases atribuidas a Margaret Thatcher, quien fuera primera ministra del Reino Unido entre 1979 y 1990. A quien conozca la trayectoria de esta mujer no puede extrañarle que odiara a las feministas, porque odiaba también a los obreros, con especial inquina hacia los mineros que le plantaron cara con una huelga general, y menospreciaba a un tercio de la población británica, especialmente a los parados, ya que decía que sobraban.


Pero no voy a hacer un recorrido por trayectorias de mujeres políticas para las que, paradójicamente, el feminismo es un mal social que tendría que desaparecer; sino que quisiera centrarme en aquellas que han teorizado en contra de este movimiento que se ha mundializado y que ya resulta imparable en las transformaciones de la sociedad en la que vivimos.

Y nada mejor que comenzar por la escritora argentina Esther Vilar, cuyo libro El varón domado, publicado en la década de los setenta, se convirtió en todo un éxito, al plantear que de ningún modo la mujer está en situación de inferioridad con respecto al hombre, al tiempo que tampoco se encuentra oprimida a través de una estructura social como es el patriarcado, sino todo lo contrario: son las mujeres las que controlan las vidas de los varones, dado que estos están sometidos a sus caprichos y necesidades por medio de chantajes como puede ser el sexual.

Puesto que la escritora argentina, de origen y nacionalidad alemana, comprobó que sus tesis eran recogidas por los medios de comunicación con gran alborozo, siguió insistiendo en ellas a través de El varón polígamo (1974), hasta llegar a la publicación que llevaba por título Católicas del mundo, uníos (1994), cuyo título parafraseaba el famoso lema de Karl Marx y Friedrich Engels con el que terminaban El Manifiesto Comunista: “¡Proletarios del mundo, uníos!”.


Con el título de esa obra, empezamos a ver “de qué pie cojeaba” la escritora argentina, por lo que comenzó a ser el antecedente de lo que posteriormente el clero ultraconservador y la extrema derecha, tan aplaudidos últimamente por ciertos sectores reaccionarios en nuestro país, empezó a llamar como “la ideología de género” (sobre el que ahora no hablaré pues esta invención merecería un artículo aparte).

Siguiendo la estela del antifeminismo de algunas mujeres, comprendemos que suele existir una ligazón política y social de la extrema derecha en la estela internacional. No es de extrañar que décadas después, en 2013 apareciera en nuestro país el primero de los dos libros de la periodista Costanza Miriano con el título de Cásate y sé sumisa, publicado por el arzobispo de Granada, Javier Martínez.

A este libro le siguió otro con el suculento título de Cásate y da la vida por ella que, como es posible imaginar, iba dirigido a los hombres (muy católicos, por supuesto).

Ni que decir tiene que los propios títulos eran auténticas declaraciones de principios, abogándose por un modelo masculino y femeninos arcaicos, que son los que predominan en los grupos integristas nacidos en el seno de la Iglesia católica (Opus Dei, Camino Neocatecumenal o kikos, Comunión y Liberación, Legionarios de Cristo).

Dado que deseaba saber directamente lo que decía Costanza Miriano, pues quería escribir sobre ellos, adquirí ambos libros. No salía de mi asombro de lo que podía decirse en ellos. Era como retroceder al pensamiento más fosilizado que uno podía imaginar. Pero claro, Miriano se basaba en las cartas de San Pablo a los primeros cristianos para darle un valor carismático a todos sus dislates.


Para que entendamos los ‘sabios’ consejos de la periodista italiana, seleccionaré a modo de ejemplos algunos párrafos de su primer libro.

Normalmente, mi respuesta a cualquier problema es una de las siguientes a elegir: tiene razón él; cásate con él; ten un hijo; obedécelo; ten otro hijo; vete a vivir a la misma ciudad que él; perdónalo; intenta comprenderlo; y por último, ten un hijo”.

Una parte del libro está narrado como si ofreciera recomendaciones a algunas (supuestas) amigas que se habían dirigido a ella para que les ofrecieran sus ‘sensatos’ consejos:

A la atribulada Mónica le dice lo siguiente: “Renunciar a toda pretensión por la felicidad del otro es algo que cura cualquier herida” y “el matrimonio es divertido y natural”.

Livia y Laviana recibirían, entre otras, estas dos respuestas: “Nosotras somos muy distintas de los hombres, ni siquiera somos iguales en oportunidades. No somos iguales para nada, y no reconocerlo es fuente de seguro sufrimiento”. Y “nuestra identidad… es la acogida. El feminismo ha negado tal cosa… [por eso, las feministas] están tristes, furiosas, amargadas, resentidas, celosas”.

No faltaban sus alabanzas al ‘sexo fuerte’, por lo que a Marco le escribió: “A decir verdad, a mí, los hombres que tienen opiniones pétreas y las transmiten de forma tajante y valiente, me gustan muchísimo”.

A su amiga Ágata le indica: “La mujer necesita al hombre, no puede pasar sin él si quiere encontrar su identidad”. También, “la mujer lleva inscrita la obediencia en su interior; el hombre, en cambio, lleva la vocación de libertad y de la guía”. Cerraba con esta perla teológica: “La obediencia se ha hecho necesaria a causa de nuestra naturaleza herida, por el pecado original”.

Que nadie piense que aboga por el masoquismo cuando a su amiga Margherita le comenta: “Ante el hombre que hemos elegido demos un paso atrás”. O también, “la mortificación nos gusta porque es para alcanzar un bien mayor”; “en caso de duda, obedece. Sométete con confianza”, para cerrar con este pensamiento: “[La mujer es] el reposo del cazador” (¡¿Reposo del cazador?!).

Por último, traigo dos consejos para su amiga Cristiana: “No estamos hechas para el poder, y las mujeres que llegan a alcanzarlo, con frecuencia acaban enfurecidas”, y también, “¿Las mujeres se vuelven malas cuando llegan al poder, o llegan a él porque ya eran malas antes?”.

Para cerrar, quisiera decir que es difícil salir vivo de la lectura de los libros de Costanza Miriano. Y si alguien piensa que es como trasladarse a la Edad Media, se equivoca, dado que son libros recomendados por algunos obispos para combatir, tal como he apuntado, la “ideología de género” que, supuestamente, está pervirtiendo las mentes de las chicas jóvenes que, desorientadas, son presas fáciles de esas feministas “tristes, furiosas, amargadas, resentidas y celosas” que tanto abundan en esta sociedad que ha perdido la fe en los principios de la sumisión femenina que ellos predican.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 4 de julio de 2021

  • 4.7.21
Siempre he sostenido que la mejor pinacoteca del mundo es el Museo del Prado. Bien sé que esto es una apreciación personal, pues no hay ningún instrumento para medir el rango artístico de los museos que se extienden por distintos países. También es cierto que si incluimos las esculturas, en el Museo del Louvre parisino hallaríamos auténticas maravillas de los grandes escultores de todos los tiempos, por lo que quizás este pasaría a alcanzar esa categoría tan apreciada.


Y si ahora me refiero al Louvre se debe a que en él se encuentra una escultura, El hermafrodita durmiente, que puede servirnos para abordar el debate de la transexualidad que ha estado muy presente en la política nacional en los últimos tiempos. Pero antes de entrar en la ley que ha aprobado el Gobierno, y que tiene que pasar después por los trámites parlamentarios, me parece oportuno ofrecer algunos datos de esta singular escultura.

La obra que se encuentra en París es una copia romana del siglo II d. C. de la original que realizó el escultor griego Policles. Dado que la mitología estaba muy presente en las creencias, la cultura y la tradición en el antiguo pueblo griego, conviene decir que el joven hermafrodita era hijo de Hermes (el dios mensajero) y de Afrodita (diosa del amor, la belleza y la sexualidad). Ambos concibieron un hijo con todos los atributos masculinos, pero una ninfa prendada de su belleza quiso tenerlo para sí misma, lo que dio lugar a la fusión de ambos sexos.

En el relato se describe la historia de este personaje mitológico, al tiempo que se nos dice que la ninfa al verlo bañarse en un estanque se enamoró tanto de él que se adhirió a su cuerpo, de modo que suplicó a los dioses que lo engendraron que nunca lo separaran de ella. Hermes y Afrodita aceptaron la súplica, por lo que se configuró como un ser que poseía los atributos de los dos sexos.

Si contemplamos la magnífica obra escultórica del hermafrodita durmiente, a primera vista, la escultura parece representar un hermoso y sensual cuerpo femenino; pero desde otra posición, puede comprobarse que también posee los genitales masculinos, ya que son externos y visibles.


Ahora pasemos del mito a la realidad. Como sabemos, el hermafroditismo, aunque bastante excepcional, se da en la naturaleza; también en la especie humana, lo que nos lleva a que pensar que no hay una línea biológica infranqueable que divida ambos sexos. La naturaleza es flexible y abierta, de modo que no se guía por los criterios rígidos de la mente humana.

De modo genérico, existen los sexos masculino y femenino. Entre ambos se da la atracción sexual de uno hacia el otro; aunque, ciertamente, surgen atracciones sexuales hacia el propio sexo. De ahí que existan la homosexualidad y el lesbianismo, como hechos reales y que, en gran medida, se han asimilado por la sociedad y se ha legislado para que los derechos de la comunidad LGTBI estén reconocidos y no existan discriminaciones por orientación sexual. Todo un avance, aunque hay sectores intolerantes que no admiten otras ideas que las rígidas que gobiernan sus mentes.

Por otro lado, y desde la denominada perspectiva de género, se tomó como referencia una frase de la escritora francesa Simone de Beauvoir extraída de su obra más conocida, El segundo sexo, en la que decía: “No se nace mujer, se llega a serlo”.

Esto, que también podría aplicarse el género masculino, nos indica que el ser mujer (o también hombre) no viene exclusivamente determinado por el hecho biológico, sino que la sociedad a lo largo de la historia ha ido configurando los valores culturales que se les asignan a la mujer y al hombre. Entonces los géneros masculino y femenino tienen mucho de construcción social: no todo puede atribuirse a la biología.


Pero esos valores no son estáticos; cambian con el tiempo y se van adaptando a las transformaciones sociales. Esto nos hace ver que los seres humanos, tal como apuntaba Carlos Castilla del Pino, somos biología y también historia. Es decir, que los hechos biológicos no pueden ser únicamente determinantes de las personas, como cierto sector del feminismo y del Gobierno defendían, negando los reconocimientos de derechos a los y las transexuales, o lo que es lo mismo, a hombres o mujeres que no se identificaban con el sexo biológico con el que habían nacido, por lo que aspiraban a que socialmente se les reconociera con aquel al que deseaban pertenecer.

Sobre este tema no hace mucho publiqué, en este mismo medio, Niños y niñas transexuales, en el que explicaba el caso de Elsa, una niña extremeña que, con su emotivo discurso, conmovió a los miembros del Parlamento de Extremadura que se encontraban presentes.

Por suerte, parece ser que, finalmente, la ley aprobada por el Gobierno camina hacia adelante, dado que no se trata de un tema relacionado con el feminismo, sino de derechos humanos que hay que defender aunque se refiera a una población numéricamente reducida la afectada. También es un tema de libertad personal, puesto que la verdadera libertad es el reconocimiento de los derechos de las minorías, ya que, una vez aprobados, agrandan el espacio de libertad de todos los miembros de la sociedad.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 27 de junio de 2021

  • 27.6.21
Spain is different fue un eslogan que el ministro Manuel Fraga Iribarne promovió en 1960, en plena dictadura franquista, con el fin de atraer turistas a nuestro país, de modo que entendieran que este no era ni mejor ni peor que los otros, sino un destino exótico que podrían visitar y, de paso, conocer a los españoles que nos imaginaban, a unos, con patillas y navaja al cinto y, a otras, con apasionados ojos negros y un clavel entre los labios, siguiendo el relato de Carmen del escritor francés Prosper Merimée.


Genial frase que tiempo después fue utilizada con diversos significados. De todos modos, creo que, efectivamente, en algunas cosas somos no solo diferentes, sino muy diferentes. Veamos, pues, un caso muy singular que acontece en esta sufrida piel de toro.

Si echamos una mirada hacia atrás, y nos remontándonos a 1946, resulta que al dictador Francisco Franco, a los pocos años de finalizar la Guerra Civil, se le ocurrió la genial idea de modificar la Ley Hipotecaria, de modo que a los obispos se les concedía el insólito privilegio de considerarlos fedatarios, es decir, situarlos al mismo nivel que los notarios, para que pudieran inmatricular (o lo que es lo mismo, registrar por primera vez) a nombre de sus diócesis aquellos bienes que no estaban recogidos en el Registro de la Propiedad.

Hay que apuntar que en este caso se excluían los bienes destinados al culto como son las iglesias y las catedrales, que seguían siendo bienes patrimoniales públicos, es decir, de todos los españoles.

Vamos, aquello fue una auténtica ganga para el episcopado español, un regalo que no tenía precedentes en otros países próximos. Basta poner como ejemplo que en el propio Portugal de aquellos años, bajo las directrices de otro dictador: António de Oliveira Salazar, se llegó al acuerdo con la Santa Sede según el cual los bienes patrimoniales de tipo religioso seguían siendo del Estado portugués que se encargaría del mantenimiento y la restauración, al tiempo que el uso correspondería a la Iglesia. Algo similar ocurre en Francia, el otro país con el que mantenemos fronteras, ya que es un Estado constitucionalmente laico desde 1905, por lo que ahí el Vaticano poco puede decir o pedir.

Concentración en Córdoba acompañada de batucada.
Concentración en Sevilla.

Un salto cualitativo se produce en 1998, siendo presidente José María Aznar, quien, a los dos años de entrar en el Gobierno, y siguiendo la estela de su antecesor, promueve otra reforma de la Ley Hipotecaria, de modo que ahora también los templos dedicados al culto podrían ser inmatriculados. Otro gran premio que fue recibido con los brazos abiertos por el episcopado.

A partir de entonces, la voracidad inmatriculadora de la Iglesia ha sido imparable. Se cree que desde que los obispos comenzaron a registrar bienes, solamente con su firma y sin aportar título de propiedad, puede alcanzarse la nada desdeñable cifra de cien mil.

Pero la historia no acaba aquí. Todo iba de maravilla. Todo marchaba sobre ruedas. Nadie se enteraba de que los obispos inmatriculaban a diestro y siniestro, puesto que no se daba ninguna información.

Sin embargo, un hecho casual vino a dar la voz de alarma. Sucedió en Navarra, cuando a principios de 2007 se descubrió que el arzobispado de Pamplona estaba inmatriculando todo tipo de edificios religiosos, casas, tierras, arbolados, cementerios, etc. Se pudo constatar que en pocos años y al amparo del artículo 206 de la Ley Hipotecaria se habían realizado más de mil escrituraciones por unas docenas de euros.

Concentración en Granada.
Concentración en Jerez de la Frontera.

Este fue un problema que el episcopado no se lo esperaba, puesto que un grupo de navarros para hacer frente a este expolio creó la Plataforma en Defensa del Patrimonio de Navarra, al que se le sumaron 117 ayuntamientos y concejos. Esa voz alarma pronto se extendió al resto del Estado, de modo que las asociaciones patrimonialistas y otras de derechos humanos comienzan a llevar a cabo indagaciones de lo que acontecía en sus territorios.

En el caso de Córdoba, se llega a saber que la Mezquita había sido inmatriculada, con nocturnidad y alevosía, en 2006, por el entonces obispo de la diócesis Juan José Asenjo por treinta euros. El que un monumento que es Patrimonio de la Humanidad pasara a manos de la Iglesia fue el detonante para que se formara la Plataforma Mezquita-Catedral Patrimonio de Tod@s, que encabezará la lucha por su recuperación como bien público.

Un paso más en esta historia de expolios y ocultamientos se da cuando, para evitar que se declarara inconstitucional la ley que permitía las inmatriculaciones, en el 2015 se deroga el artículo 206 de la Ley Hipotecaria, de modo que acababa el privilegio que se le había concedido a la Iglesia de equiparar al personal diocesano con los funcionarios públicos.

Esto parecía poner fin a décadas de atropellos y poder recuperar todo lo que había sido registrado sin título de propiedad. No fue así, dado que, por un lado, se consideraba que los bienes ya inmatriculados lo habían sido por las leyes vigentes en sus momentos y, por otro, no se podría recurrir al Tribunal Constitucional, dado que la citada ley ya no existía. ¡Jugada maestra para cerrar el camino a un recurso global!

Concentración en Pamplona.
Concentración en Valencia.

Tras las muchas presiones de grupos patrimonialistas, el actual Gobierno, a principios de este año 2021, hizo público el listado de 34.961 bienes inmatriculados a partir de la ley de Aznar de 1998. Sin embargo, no aparecía nada de las inmatriculaciones anteriores a esa fecha, al tiempo que se desentiende de la promesa hecha en la oposición de que en el momento de acceder al Gobierno revertiría aquellos bienes inmatriculados que se realizaron sin título de propiedad.

Como en este país, y en el ámbito político, se cumple al pie de la letra el dicho popular “Donde dije digo, digo diego”, todos aquellos que pertenecemos a asociaciones patrimonialistas, también laicas y cristianas opuestas a este verdadero latrocinio, nos sentimos engañados. Decidimos entonces, aparte de las denuncias en escritos, artículos o conferencias, salir de nuevo a la calle para mostrar nuestro frontal rechazo.

De este modo, bajo el lema “Recuperando nuestro Patrimonio Público”, y con el logotipo de un individuo con los bolsillos vacíos, al tiempo que por detrás sobrevuela un obispo con antifaz y un saco en el que aparecen arcos de la Mezquita y un templo románico, comenzamos la campaña el pasado 22 de junio realizando concentraciones en 17 ciudades españolas. Campaña que continuará en los próximos meses.

Concentración en Albacete.
Concentración en Palencia.

Por comunidades participaron: Andalucía (Córdoba, Granada, Jerez, Sevilla); Aragón (Zaragoza); Asturias (Oviedo); Castilla y León (León, Palencia, Valladolid); Castilla La Mancha (Albacete); Cataluña (San Boi de Llobregat); Extremadura (Cáceres); Comunidad de Murcia (Murcia) y Navarra (Pamplona).

Las concentraciones se repetirán mensualmente y en el mismo día. Insistiremos todo lo que sea necesario ya que parece que este tema queda fuera de la agenda política, sabiendo que, en el fondo, nos encontramos ante un problema que no es de tipo religioso sino político, aunque la Iglesia sea la institución favorecida.

Y a costa de que se nos tache de ‘anticlericales’, como interesadamente suele suceder, hemos de apuntar que en la Coordinadora Recuperando, que articula las organizaciones patrimonialistas del Estado español, también se encuentran Redes Cristianas y Comunidades Cristianas Populares, cuyas líneas de referencia son los valores de pobreza, igualdad y caridad evangélicas; no la acumulación de riquezas, tal como parece ser uno de los objetivos de la Iglesia institucional española.

Concentración en León.
Concentración en Murcia.

En la parte favorable, conviene apuntar que son muchos los apoyos nacionales e internacionales que recibimos. El más reciente es el manifiesto firmado por un centenar de especialistas de 36 universidades de distintas partes del mundo exigiendo la titularidad pública de la Mezquita.

Historiadores, arabistas e investigadores han elaborado un contundente escrito instando a la Administración pública a que impida la apropiación de la Mezquita de Córdoba por la Iglesia, ya que la base jurídica de la inmatriculación que aporta es muy endeble, puesto que, según indican estos especialistas, “la orden dada en 1236 por el rey Fernando III no puede considerarse una donación regia, sino la cesión de un derecho de uso”.

He traído el caso de la Mezquita como ejemplo, ya que, a pesar de lo escandaloso, no deja de ser uno más dentro de las numerosas inmatriculaciones a las que nos enfrentamos.

Para cerrar, volvamos al principio. Sería bueno que en lo que respecta al Patrimonio Público pudiéramos decir Spain is not different de los muchos países que han sabido defenderlo, de modo que acabara revirtiendo ese inmenso Patrimonio de todos los españoles y que se le ha entregado gratuitamente a la Iglesia católica.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 20 de junio de 2021

  • 20.6.21
Al lado de mi mesa de trabajo tengo colgado un original calendario editado por el Ministerio de Ciencia e Innovación en el que cada día aparecen, no los santos o las vírgenes como tradicionalmente nos habían acostumbrado, sino los nombres de científicos, hombres y mujeres, así como las efemérides o los inventos más significativos, indicando también el año en el que se produjeron.


Lo suelo mirar con frecuencia por las mañanas, así me voy enterando de cosas de algunos personajes y de curiosidades que desconocía. En este ojear cotidiano, resulta que al llegar al pasado día 6 de junio, que caía en domingo, debajo del dibujo de una pequeña caja de cartón de color verde, pude leer: “1907. Se lanzó Persil al mercado. Fue el primer detergente de ropa de acción automática”.

Me quedé un tanto sorprendido, pues no me imaginaba que el nacimiento de Persil estuviera a la altura del descubrimiento de una nueva galaxia, de la creación de un singular telescopio o de la primera demostración de la televisión en España… que, por cierto, fue en 1948, el mismo año en el que a mí se me ocurrió venir a este mundo.

Como he sido (soy aún) profesor de arte, imagen y publicidad en la universidad, recogí con cierto alborozo la noticia. ¡Resulta que el famoso Persil vino a revolucionar el ámbito de la limpieza hace más de un siglo! ¡Esto –pienso para mis adentros– se lo tengo que plantear a mis alumnos que creen que el mundo nació con ellos o que no existió antes de la aparición del WhatsApp!

Y es que, aunque parezca mentira, en el fondo de mi cerebro (no sé en qué parte, pues a mí los cerebros me parecen verdaderos laberintos de cables entrecruzados) todavía resuenan las notas musicales que acompañaban a ese eslogan que escuchábamos en la radio y que decía: “Case su ropa con Persil…”.

Lo cierto es que los directivos de la empresa que lo comercializaban se habían puesto muy finos y habían acudido, nada más y nada menos, que a un fragmento de la obertura El sueño de una noche de verano de Félix Mendelssohn para acompañar la frase que hicieron famosa.


Era, pues, cuestión de enterarse y saber a quién se la había ocurrido la brillante idea de crear y comercializar el jabón en polvo que, como bien dice mi calendario científico, fue una revolución al lograr la limpieza de ‘forma automática’, por lo que la mujer ya no tendría que romperse la cintura con aquellas rústicas tablas de lavar mientras frotaban la ropa con las enormes pastillas de jabón de color verde o anaranjado que desprendían un intenso olor (ojo, que no perfume, pues esto ya vendría después con marcas tipo Mimosín, ya que parece que ahora toda la casa tiene que oler a fragancias primaverales, según nos dice la insistente publicidad).

Como a mí me encanta el diseño gráfico, lo primero que hice fue mirar a los primeros carteles que promocionarían el Persil. Todos estaban en alemán, ese extraño idioma que nos suena tan raro por la cantidad de jotas que pronuncian. Ya me daban la primera pista del país en el que nació este detergente. Pero es que también los encontré en francés, por lo que imaginé que pronto se extendió el producto más allá de las fronteras germánicas.

Eso sí, todos estaban protagonizados por figuras femeninas. ¡De ningún modo podría aparecer algún hombre, ni siquiera un niño ayudando, a pesar de que en las escenas familiares de otros carteles todos se sentían muy contentos contemplando la ropa recién limpia que la sufrida ama de casa, toda orgullosa, mostraba sabiendo cómo se lograba tal perfección!


Sigo averiguando y leo lo siguiente: “La empresa alemana Henkel inventó en 1907 un polvo para lavar que comercializó bajo el nombre de la marca Persil. El nombre proviene de dos de los ingredientes originales: perborato y silicato, pero esto es poco conocido en los mercados internacionales”.

¡Genial! ¡Ya me he enterado de que su nombre procede de las dos primeras sílabas de perborato y silicato! Pero esto yo no se lo diré a mis alumnos; simplemente, les explicaré que el nombre del detergente proviene de esos dos componentes, por lo que quedaré fenomenal, dando la impresión de que sé mucho de química, aunque lo cierto es que desde el bachillerato no he vuelto a abrir ningún libro de esta materia.

Como decía, el nuevo detergente era tan femenino que, incluso, a las niñas desde muy pequeñitas había que acostumbrarlas a esta marca. Aunque la publicidad por aquellos años no estaba tan desarrollada como hoy acontece, intuían que si se las sacaban en los carteles jugando a planchar la ropa tras haber sido lavada con Persil o a imitando a sus mamás, esas imágenes quedarían grabadas en sus pequeños e inocentes cerebros y las acompañarían para el resto de sus vidas. Sin darse cuenta, esos avispados empresarios descubrieron lo que posteriormente se llamaría “fidelidad a la marca”.


Y si hablamos de fidelidad, ¿qué mayor que la que se establece cuando te preguntan, ante el cura o el juez, si quieres casarte con quien tienes al lado? Supongo que a la empresa le pareció genial la frase “Case su ropa con Persil”, como si el detergente fuera el agraciado galán que acudiría presto a ayudar a la joven y futura ama de casa en la ingrata tarea de la limpieza de la colada (y digo "joven" porque en el maravilloso mundo de la publicidad no pueden aparecer verdaderas amas de casa, ni siquiera simuladas, puesto que más allá de los treinta años las mujeres se vuelven invisibles en los anuncios).

Pasados los años, como no podía ser de otro modo en la dura batalla que establecen las numerosas marcas, la de procedencia alemana se ha visto enfrentada a otras muchas que compiten entre sí por ganarse el corazón y el bolsillo de las atribuladas féminas que necesitan estímulos suplementarios para no abandonar a su detergente favorito.

Sabiendo que vivimos en un mundo en el que suena muy bien eso de ‘amores eternos’, pero sospechando que ahora la eternidad ahora dura como mucho dos o tres años, los dueños de Henkel consideraron que viene bien echar una sutil ‘ayudita’, diciéndoles a las fieles seguidoras de que con “Persil pueden ser millonarias”. ¡No está nada mal eso de llegar a ser millonaria simplemente como premio a la fidelidad a la marca alemana!

Y las preguntas que ahora caben hacerse son la siguiente: ¿Compartirá la afortunada los millones con su pareja o lo dejará plantado con un par de narices? ¿Se imaginará en una feliz estancia en el Caribe, tendida al sol en una hamaca, con un daiquiri de limas recién cortadas del árbol y al lado de un solícito camarero, que por fin se ha liberado para siempre de las eternas coladas que no la dejaban ni respirar?

AURELIANO SÁINZ

domingo, 13 de junio de 2021

  • 13.6.21
El reciente conflicto que ha tenido la ciudad de Ceuta con la entrada masiva de diversa gente formada mayoritariamente por niños y jóvenes marroquíes, también por algunos jóvenes subsaharianos, ha dado lugar a que tangencialmente se hable del pueblo saharaui, aunque sea a través de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario y presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), que fue ingresado en un hospital de Logroño para ser tratado de covid-19 y de un cáncer.


De lo que no se ha hablado es de que Ghali, como todos los saharauis que nacieron cuando el Sahara Occidental recibía el estatus de provincia, tenía nacionalidad española, situación que no se vio alterada hasta que vergonzosamente el territorio fue abandonado a su suerte tras la denominada Marcha Verde de 1975, organizada por Hassan II, el entonces rey de Marruecos.

Al igual que le acontece al pueblo palestino, el pueblo saharaui se siente internacionalmente aislado y sin apoyos sólidos, dado que su legítimo derecho a tener un Estado propio queda fuera de la agenda de las grandes potencias, especialmente de Estados Unidos. A partir de Donald Trump no solo se respalda abiertamente la política de apartheid del Gobierno de Israel con los palestinos, sino que también dio el visto bueno a la política anexionista de Marruecos con el Sáhara Occidental.

De nada sirve que por parte de las Naciones Unidas fuera aprobada una resolución que determinaba que el pueblo saharaui tenía derecho a un referéndum de autodeterminación acerca de si deseaba ser independiente o de pertenecer a Marruecos. Este último país siempre se ha negado a cumplir esta resolución por distintos medios, boicoteándola y chantajeando para que no pueda llevarse a cabo, pues sabe que mayoritariamente los saharauis desean ser soberanos de su propio territorio.

Para que podamos entender esta situación, brevemente, quisiera apuntar algunas fechas claves en la evolución del territorio saharaui.

La presencia de los españoles en el territorio del África sahariana se remonta hacia 1884. Un año después de la fecha mencionada, se comienza la construcción de Villa Cisneros y el establecimiento de factorías en Río de Oro y Bahía Blanca como núcleos estables (respetamos las denominaciones que por entonces se acuñaron).

En 1959, en plena dictadura franquista, un decreto del Gobierno español dispuso la unión de Río de Oro y Saguía el Hamra para la constitución de lo que sería la provincia africana del Sahara español. Ocho años más tarde, en 1967, la ONU recomienda a España su descolonización.

A pesar de las reivindicaciones constantes de Marruecos, a las que se sumó Mauritania, España se comprometió en 1974 a la celebración de un referéndum de autodeterminación, que se debía realizar en el año siguiente, al tiempo que aprueba la libertad de creación de partidos políticos.

Se forman, pues, dos partidos nacionalistas saharauis: el Frente Polisario y el Partido de la Unión Nacional Saharaui (PUNS). Con el paso de los años, solamente el primero de ellos permanecerá como el referente político de los saharauis que reclaman la independencia a través de una consulta al pueblo.

Por aquellas fechas, las reivindicaciones anexionistas de Marruecos se acentuaban, dado que la situación terminal de Franco y la crisis del sistema político en el que se encontraba sumido el pueblo español favorecían sus pretensiones.

Con sus presiones, Marruecos logró que la ONU suspendiera el anunciado referéndum y accediera a someter la cuestión al Tribunal Internacional de La Haya. El dictamen de este alto tribunal, en septiembre de 1975, no aclaró del todo el problema, por lo que Hasan II aprovechó la crisis institucional española para invadir el territorio con la llamada Marcha Verde.

Ante la ocupación del territorio saharaui, el Gobierno español respondió con clara debilidad, llegando a un acuerdo tripartito con Marruecos y Mauritania para compartir la administración del Sahara Occidental. Este acuerdo suscitó el rechazo total de Argelia y del Frente Polisario, proclamando este último, el 27 de febrero de 1976, la República Árabe Saharaui Democrática (RASD).


La lucha llevada a cabo por el Frente Polisario provocó la retirada de Mauritania del Sahara, ocasión aprovechada por Marruecos para anexionarse todo el territorio. A pesar de la ocupación, los derechos de los saharauis recibieron el respaldo internacional, puesto que la RASD fue admitida formalmente, en 1982, dentro de la Organización para la Unidad Africana (OUA) como miembro de pleno derecho, lo que provocó la salida de Marruecos de esta organización.

En 1985, una resolución de las Naciones Unidas instaba a una negociación, condicionando la celebración de un referéndum en el Sahara Occidental a la retirada previa de las tropas marroquíes del territorio. Más tarde, en octubre de 1988, la ONU reafirmó el derecho inalienable del pueblo saharaui a la autodeterminación y a la independencia si mayoritariamente era respaldada esta opción.

Recordemos que tras la ocupación por Marruecos, una gran parte de la población huyó de su territorio para instalarse en Tinduf, zona desértica del suroeste de Argelia, donde viven aproximadamente 200.000 saharauis que esperan pacientemente volver a su tierra, tras la convocatoria del referéndum eternamente aplazado por los intereses de Marruecos.

En la actualidad, el pueblo saharaui está literalmente abandonado a su suerte, pues, tal como he apuntado, potencias como Estados Unidos y Francia le han dado la espalda, al tiempo que el Gobierno español se fue alejando paulatinamente de la responsabilidad de defender claramente a una población que fue considerada una provincia, por lo que los saharauis también eran españoles.

A pesar de este abandono, los saharauis siempre han contado con las simpatías de la población española, especialmente la andaluza, dada que es la zona geográfica de la península más cercana al continente africano. Esto da lugar a que los proyectos de ayuda y colaboración centrados en la enseñanza hayan sido habituales hasta que los cooperantes fueron amenazados por el terrorismo de la versión de Al-Qaeda en el Magreb y hubo que detener esta línea de trabajo.

De todos modos, quiero mostrar algunos de los dibujos de niños y niñas saharauis que realizaron en una experiencia educativa que durante unos años coordiné y que llevó una alumna de doctorado. Se trataba de que representaran gráficamente los símbolos que para ellos les eran más próximos, así como sus tradiciones, la vida en la familia, su relación con España, los paisajes que a ellos les gustaría conocer, etc.


Hemos de considerar que eran escolares que aprendían español en sus modestas escuelas, por lo que en sus paredes aparecía, junto a otras láminas, un mapa de España que era la referencia que tenían de nuestro país, teniendo en cuenta que algunos de ellos habían pasado algunos veranos en proyectos de acogida con familias andaluzas.


Todos ellos tenían muy claro la historia de su pueblo y la bandera que los representaba, por lo que era frecuente que apareciera en sus dibujos. También dibujaban las jaimas, como habitual vivienda familiar, junto a las casitas de adobe, todo ello en un terreno desértico en el que únicamente se veían cabras, aunque, ocasionalmente, se mostraran camellos.


El sueño de volver al Sahara Occidental, la tierra de sus padres y abuelos, estaba muy presente en sus mentes, aunque eran conscientes de las grandes dificultades que tenían. Ver un río con peces, contemplar un bosque de palmeras o conocer el mar eran imágenes que se repetían en los dibujos en los que plasmaban sus sueños.


En oposición a esos sueños, la tierra árida y seca, el viento que levantaba la arena de un suelo desértico, el sol abrasador del verano, el intenso frío de las silenciosas noches de invierno, eran los escenarios en los que se movían cotidianamente.

Niños y niñas saharauis, educados con criterios de igualdad en las aulas, sabían que se encontraban viviendo en los espacios solitarios de un país, Argelia, que los había acogido; quizás el único gobierno extranjero que ha hecho frente al sátrapa del país vecino. Otros países que podían tomar algunas medidas contra la anexión marroquí se han olvidado de los saharauis, dejándolos, en la práctica, abandonados a su suerte.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍAS: BLAS SEGOVIA

domingo, 6 de junio de 2021

  • 6.6.21
Desde principios de mayo estamos recibiendo noticias inquietantes de Colombia, ese país de habla hispana colindante con Venezuela del que, por otras razones, este segundo se había convertido en el foco de los incansables ataques de la derecha política, como si todos los males se concentraran en la tierra de Simón Bolívar.


Colombia, como país que tiene el doble se superficie que España y que posee una población que supera los 50 millones de personas, tiene su propia historia, alberga una enorme riqueza cultural y humana, apenas es conocido por nosotros, a pesar de los lazos que nos unen.

Así, las noticias puntuales que nos llegan son flases que apenas nos posibilitan entender el levantamiento popular que se ha producido contra la subida de impuestos que el Gobierno de Iván Duque aprobó y que suponía una sobrecarga a una población que soporta crisis que se van superponiendo unas a otras.

Puesto que recientemente escribí sobre Chile, me ha parecido oportuno hacerlo en esta ocasión con este otro país hermano. En este caso pensé que lo mejor sería hacerlo con la profesora María Isabel Mena, del grupo Culturales –al que pertenezco–, formado por profesores universitarios de México, Colombia, Chile, Argentina y España, y que quincenalmente se reúne telemáticamente para abrir debates de diversos temas de interés común.

Sobre María Isabel Mena, sucintamente, quisiera indicar que es licenciada en Historia por la Universidad del Valle y magíster en Investigación Social Interdisciplinaria. En la actualidad está realizando su tesis doctoral en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla.

Coordinadora del movimiento pedagógico “África en la escuela”, en 2017 fue galardonada con el grado de Honoris Causa en Cultura de Paz por la fundación Amigos de la Unesco. Ex asesora externa del Ministerio de Cultura y del Ministerio de Educación. Imparte docencia en la cátedra sobre derechos humanos, raza, enseñanza de la historia, infancia de la negritud en universidades tanto nacionales como internacionales.

—Para comenzar, María, me gustaría que nos hablaras de tu país, ya que, a pesar de que los lazos históricos que unen a los españoles con el pueblo colombiano son muy fuertes, lo cierto es que las noticias que nos llegan de los países de lengua hispana suelen ser pocas y de tono impactante, como las manifestaciones y la represión que se están produciendo por estas fechas en Colombia.

—Te puedo asegurar, Aureliano, que Colombia es una nación de gente muy buena, trabajadora y pujante. Seguramente algunas personas habrán escuchado que, dado que estamos atravesados por tres cordilleras, esa bendición nos otorga una especie de paraíso, lo que permite tener frutos todo el año, variedad de animales, plantas y recursos minerales en abundancia. Por ejemplo, el nacimiento de las ballenas jorobadas en nuestro territorio es una prueba de esa maravilla territorial.

Paradójicamente, esa bendición también precipita que seamos uno de los países más desiguales de América Latina. Para dar una idea de ello, las personas más ricas en Colombia son cinco familias desde la época de la colonia, y el resto, casi cuarenta millones de ciudadanos, vive en la extrema pobreza, al punto que el rebusque es la única fuente de empleo para millares de hogares.

Vivir tanta gente en condiciones de marginalidad llevó a que los niños y jóvenes, entre otros grupos, sean presa fácil de la delincuencia común, como también de los actores ilegales que hoy nos convierten en el segundo país en víctimas de la guerra interna que desangra al país, día a día. Casi ocho millones de víctimas. Es un dato espeluznante. Y el 70 por ciento de ellas son de raza negra, lo que da una idea particular de la textura social de mi país.

—Con lo que nos dices, cuesta imaginar el abismo de desigualdad y violencia que nos comentas, más aún, teniendo en cuenta la diversidad racial que hay en tu país… Puesto que tú eres de raza negra, te invitaría a que nos explicaras el origen de la población negra en Colombia y nos contaras qué representa en el conjunto del país.

—Gracias por esta pregunta. Te comento que las élites colombianas sufren un exacerbado narcisismo, se sienten descendientes directos de los europeos, por lo que han mantenido una idea de pureza racial que contrasta con una mínima ojeada al territorio colombiano, donde el ojo se percata inmediatamente que somos un pueblo bastante colorido, producto del fenómeno histórico de la trata y la esclavitud africana.

Hoy somos alrededor de cinco millones de ciudadanos los que nos reconocemos como parte de la comunidad negra en Colombia. Este no es un dato menor, ya que el Estado nacional siempre ha querido negar esa presencia por la vía del subregistro de esta población y, con ello, bajarle la temperatura a las demandas por la dignidad que aparecen desde el mismo momento de la historia africana.

—Tú has sido una gran defensora de la negritud y, en concreto, de la negritud colombiana. Ya que eres profesora, ahora te pregunto: ¿cómo la viven los niños y niñas negros su identidad racial, ya que este es el tema de tu tesis doctoral?

—Es cierto. Parte de mi activismo se basa en la visibilidad de los niños negros que parecen no existir ni en la academia colombiana, ni en la política pública, ni curiosamente para el mismo movimiento de la negritud que moviliza una agenda bastante nutrida por la eliminación del racismo y la discriminación racial.

A pesar de ello, se documentan pocos casos de racismo con niños escolarizados y ese es el objetivo central de mi tesis doctoral: explorar cómo se expresan los niños pintando su negritud a sabiendas de la existencia de un color, conocido como ‘color piel’, que los obliga a colorear el cuerpo con esa única tonalidad. Esa situación hay que frenarla, porque les causa sufrimiento y les obliga a socializarse en cuerpo ajeno. En consecuencia, hay una identidad racial ambigua desde ese tipo de sujeto y, por mi parte, estoy encantada de contribuir a dar a conocer esta situación.

—Pasemos a otro tema. Durante años, Colombia vivía sumida en un largo conflicto armado en el que participaban las guerrillas de las FARC y el ELN, las que mayor tiempo de existencia han tenido en América Latina. Para resolverlo, se abrió un proceso de paz de las FARC con el Gobierno que culminó el 24 de noviembre de 2016. ¿Cómo se ha vivido ese proceso con la guerrilla más numerosa de tu país?

—El proceso de paz tiene muchas complejidades. Así, desde que se armó la guerrilla hasta hoy no se ha podido resolver porque hay fracciones de las hegemonías colombianas a las que les conviene la guerra, para venderle al ciudadano que es necesario la creación de ejércitos locales de quien pueda pagarles.

De este modo, el surgimiento del paramilitarismo está atado a esa idea de que el Estado no protege a la ciudadanía, ni ha sido eficiente en la eliminación de los carteles de la droga o las armas. Pero sí logra movilizar su artillería cuando se trata de la gente de a pie que grita y clama por los bienes más básicos de la sociedad: empleo, salud, educación. La ausencia total del Estado para responder por los derechos más elementales hizo que grandes grupos de guerrilleros no se desmovilizaron y, por ello, la masacre de líderes siguió contando víctimas en paralelo a ese proceso. Además, sectores de los paramilitares o autodefensas, no sintieron confianza en el mismo Estado para dejar su actividad delictiva, así que existe un proceso de paz en medio de la guerra.

—Si pasamos a la actualidad nos encontramos con un fuerte conflicto social. ¿Cómo se origina ese estallido social que por estas fechas sacude a Colombia? ¿Cuáles son los motivos de esa movilización tan grande? ¿Por qué esa represión tan brutal en la que participa el ejército?

—Las personas comprometidas en Colombia siempre participan en movilizaciones porque las trampas del Estado están al orden del día. La corrupción, el clientelismo y demás males de los gobiernos de turno, hacen que siempre estemos a la vanguardia de las querellas por un buen vivir; sin embargo, a pesar de las protestas por el incremento desmedido de impuestos que llegan directo al bolsillo de los políticos, este presidente presentó un texto desvergonzado que generó el estallido que hoy nos hace famosos en el mundo entero.

Vale decir que encima de todos los males sociales de este pobre país, se pretendía gravar más la base de la canasta familiar de productos, como los huevos, que se volvían inalcanzables para las familias colombianas. De ese tamaño fue la gota que derramó la copa. La gente se lanzó a la calle a pesar de las dramáticas muertes por covid, bajo el lema de que si el virus no te mata, el gobierno lo hace sin ningún sonrojo.

Este histórico paro derrumbó la reforma aprobada, también al ministro de Hacienda y algunas estatuas coloniales, al tiempo que generó unos bloqueos sin antecedentes en la historia reciente colombiana. Por supuesto que el costo en vidas humanas es la página más dolorosa de esta historia, y demostró que el modelo político se derrumba en mil pedazos. Para seguir pegando el país a su antojo, se requiere la fuerza desmedida del Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD) y la militarización de territorios enteros. Por ello han muerto todas esas personas, que no estaban haciendo otra cosa que protestar pacíficamente contra el estatus quo.

—En medio de esta situación tan convulsa de tu país, para finalizar, me gustaría que brevemente nos apuntaras cuáles son tus horizontes de esperanzas y hacia dónde crees que camina tu país.

—Mis estudios tienen que ver con la escuela y los sujetos negros que transitan por esa institución. No puede haber lugar a la desesperanza si, después del paro, nace un país garante de los derechos humanos. Entonces, creo, que todo este tiempo de sacrificio valió la pena. Es posible que siga el baño de sangre porque el gobierno no quiere entender que los jóvenes están especialmente decididos a cambiar la estructura en la que ellos no tienen futuro. Estudian con todo el esfuerzo de su parentela para que al salir de un pre o posgrado y resulta que no encuentran fuentes de empleo. Y si eres un joven negro peor será la situación.

Así que, Aureliano, quiero agradecerte esta entrevista que me haces porque ayuda a que muchas personas puedan entender lo que está pasando en Colombia y posibilite que nos sigan acompañando en una sociedad cuya única aspiración es vivir dignamente. Un abrazo también para los lectores de estas columnas.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 30 de mayo de 2021

  • 30.5.21
En el mismo día que escribo estas líneas (lunes, 24 de mayo de 2021) un genio de la música llamado Robert Allen Zimmerman nacía hace ochenta años en la pequeña ciudad de Duluth, que se encuentra en las orillas del lago Superior, en el Estado de Minnesota.


No sé si hubo algo premonitorio en la familia Zimmerman, pero lo cierto es que ese niño que posteriormente se metamorfoseaba con el nombre de Bob Dylan acabaría siendo una de las personas que mayor impronta ha dejado no solo dentro del mundo de la música, sino también en el campo de las letras que acompañaban a sus canciones, pues como ya sabemos se le concedió el Premio Nobel de Literatura en 2016.

Toda una extensa vida creativa que comienza en los inicios de la década de los sesenta del siglo pasado y que se alarga, como si fuera una senda serpenteante con sus vueltas y revueltas, hasta llegar a estos días del convulso siglo veintiuno.

Evidentemente, no tiene ningún sentido que yo haga ninguna semblanza de este genial personaje; en cambio, sí puedo declarar mi larga admiración por él manifestando que hace exactamente diez años, en este mismo medio, escribí un artículo titulado Que setenta años no son nada, aludiendo, con cierto tono de incredulidad, que ya había cumplido siete décadas y rememorando la primera actuación que llevó a cabo en la capital de nuestro país y a la que con enorme entusiasmo acudí con dos amigos.

Pero, como bien sabemos, el tiempo es implacable y no se detiene, camina impertérrito sin atender a nuestros deseos de que en algún momento se parase y, así, pudiéramos contemplar la existencia propia y ajena desde una atalaya tan alta que nos posibilitara visionar sin perder detalle de todo lo ocurrido en tantos años.

Entonces, ¿qué puedo yo contar ahora de este excepcional músico después de haber seguido sus pasos y haber escrito en diferentes ocasiones sobre algún aspecto de su larga y fructífera trayectoria?

Creo que, para no quedar en la mera anécdota, lo más razonable sería traer a colación el primero y el último de sus álbumes en esta breve reseña, para así mostrar que entre ambas grabaciones han transcurrido casi sesenta años. ¡Nada menos que seis décadas de creatividad ininterrumpida!


Comenzamos, pues, remontándonos al 19 de febrero de 1962, que es la fecha en la que apareció el primer álbum de un joven Bob Dylan que contaba con tan solo 20 años.

Como suelo comentar de modo habitual los diseños de las portadas, en este caso vemos al autor en una fotografía a color, en primer plano y ángulo contrapicado. Porta gorra negra y cazadora de piel con cuello vuelto hacia arriba, al tiempo que sostiene con las dos manos su guitarra con total confianza.

En la parte superior de la izquierda aparece el logotipo del sello Columbia en el que grabaría sus éxitos, mientras que, en el lado derecho y debajo de su nombre, se despliegan los títulos de las trece canciones que contiene el álbum.

Desde ese espacio cuadrado nos mira con gesto arrogante y clara autosuficiencia, como si estuviera totalmente seguro de sí mismo, al tiempo que parece decirnos: “Miradme bien despacio, porque, aunque no os lo creáis, os encontráis ante un genio que va a revolucionar el mundo de la música”.

Quizás exagero en esta apreciación; sin embargo, atendiendo a los comentarios de su productor, John Hammond, tengo que indicar que fue un auténtico suplicio grabarle las canciones, dado que no atendía a las instrucciones que se le daban desde la mesa de mezclas, ni siquiera el que acercara su boca al micro para que se le escuchara bien.

En aquellas fechas, Dylan, con su característica voz nasal, se acompañaba solamente de la guitarra acústica y de la armónica, sin que fuera consciente de que para un productor el disco que estaban grabando era un producto que saldría al mercado y que debería tener buena acogida con el fin de que fuera un álbum vendible.

Eran sus inicios, y el joven cantante de Duluth no atendía a los requerimientos comerciales. Así, de los trece temas grabados, solo dos estaban firmados por él mismo. Se trataba de Talkin’ New York y Song to Woody; el resto eran composiciones de otros autores, entre los que se encontraba, cómo no, su admirado Woody Guthrie, una auténtica leyenda de la canción popular estadounidense.

Como curiosidad, tengo que apuntar que en este primer álbum también aparecía la tradicional The House of the Rising Sun (La casa del sol naciente), que dos años después se hizo muy popular en la versión del grupo británico The Animals.


Antes de pasar al último de sus discos, tal como he apuntado, no me resisto traer la portada de su tercer álbum por el gran cambio que supuso en la imagen de Dylan (que, por cierto, fue el tema prioritario en el diseño de la mayoría de sus carátulas, hasta que bien avanzado en edad desapareció su imagen de las portadas para presentar los álbumes con otros temas visuales).

Me estoy refiriendo a The Times They Are a-Changin’, aparecido dos años después en 1964. En medio de ambos trabajos, había publicado The Freewheelin' Bob Dylan, un rotundo éxito al contener canciones como Blowin’ in the Wind, Masters of War o A Hard Rain´s a-Gonna Fall que se convirtieron en auténticos himnos de aquella generación.

Como podemos ver, en este tercer álbum se nos muestra a un Dylan fotografiado en blanco y negro, en un primer plano, con rostro serio y los ojos entornados, como si estuviera concentrado en sí mismo. Una imagen totalmente alejada de la primera, ya que ahora intencionadamente se pretende mostrar a un cantautor maduro, algo huraño y desmañado, cuando curiosamente solo tenía veintitrés años.

Disco, por otro lado, inolvidable, ya que contenía la que sería una de sus canciones más emblemáticas, que era la que daba el título al álbum y que acabó convirtiéndose en un verdadero himno a la esperanza, de modo que la expresión de “los tiempos están cambiando” sería la referencia de toda una generación que renegaba de gran parte de los valores de quienes la precedieron.


Con el último disco de Bob Dylan damos un enorme salto desde que comenzó sus grabaciones de estudio en 1962 hasta el 2020, año en el que vería la luz su más reciente álbum, aparecido en medio de la pandemia que marcará un antes y un después en nuestra historia. Se trata de Roug And Rowdy Ways, que hace el número treinta y nueve de los grabados en estudio.

Tal como he apuntado, en la mayoría de sus últimos trabajos se acudió a diseñar escenas en las que el rostro o la figura de Dylan no protagonizaban las portadas. En este caso se nos muestra una fotografía realizada por Josh, quien presenta una escena ‘retro’ de un posible bar de carretera en el que aparece una pareja bailando, al tiempo que otro personaje se encuentra mirando al jukebox para ver qué tema está sonando.

La escena nos remite a tiempos pasados, algo que, a fin de cuentas, es lo que pretende con este trabajo su autor: volver la mirada hacia algunas de las voces más populares del pueblo norteamericano. El propio título del disco es una referencia al cantante de country tradicional Jimmy Rodgers y de su canción My Roug And Rowdy Ways. También hay un homenaje a Frank Sinatra, a Jimmy Reed, uno de los bluesmen del Mississippi, a Billy ‘The Kid’ Emerson, etcétera.

Un magnífico recorrido que lleva a cabo el infatigable cantautor de Duluth, y, aunque solo fuera por su persistencia en no rendirse al paso del tiempo, merece toda nuestra admiración en estos tiempos de tantas ‘estrellas fugaces’ como pueblan el firmamento del espectáculo y de la música.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 23 de mayo de 2021

  • 23.5.21
Uno no deja de asombrarse del modo en el que las noticias destacadas son seleccionadas por los medios de comunicación. Ya sabemos que los grandes medios están controlados por potentes grupos o consorcios que orientan sus programas e informaciones según sus criterios mercantiles e ideológicos, decidiendo lo que es importante y lo que no lo es, así como lo que debe aparecer en portada (o prime time, según la terminología audiovisual) y la forma en cómo presentarlo.


Hago esta pequeña reflexión porque me ha sorprendido que un hecho acontecido en Chile, a mi modo de ver de gran relevancia, no haya sido comentado por los medios televisivos y apenas citado por los impresos. Claro está que no es un acontecimiento espectacular ni calamitoso de esos que tanto gustan mostrar en los medios para impactar emocionalmente a la audiencia o a los espectadores, dado que nos encontramos en la denominada “sociedad del espectáculo”, tal como premonitoriamente vaticinaba el pensador francés Guy Debord décadas atrás.

Se trata de algo tan sencillo como que el pueblo chileno fue llamado a las urnas el domingo día 16 de mayo. Pero esta llamada a las urnas tuvo un significado muy especial, diferente a todas las convocatorias que habíamos conocido hasta ahora.

Era un llamamiento para votar por los 155 representantes que formarían la Convención Constituyente que, de modo paritario (77 mujeres y 78 hombres), redactarían la nueva Constitución chilena que sustituirá a la del dictador Augusto Pinochet que seguía vigente, aunque había sufrido ciertas reformas. El proyecto de Constitución que salga de esos representantes elegidos en las urnas tendrá que ser refrendado en el 2022 por la ciudadanía chilena.

Esta convocatoria contiene todos los especiales ingredientes para que fuera conocida en nuestro país, al ser la primera vez que en una democracia se le da directamente la voz al pueblo para que, a través de una amplia representación popular, debata y redacte un proyecto de Constitución, de modo que una vez elaborada vuelva de nuevo a la ciudadanía para que la refrende, de modo favorable o desfavorable, en una consulta. ¡Magnífica lección de democracia participativa de la que todos tendríamos que aprender!

Recordemos que la Constitución Española aprobada en 1978, tras la agonizante dictadura franquista, fue redactada por tan solo siete ponentes (todos hombres) a los que con cierto aire de solemnidad se les denominó ‘Padres de la Constitución’, como si fuera un texto cuasi sagrado al que habría que citarlo con reverencia, ya que parecía que se escribiera con el fin de que fuera eterno (lo cierto es que, tras más de cincuenta años, prácticamente, no se ha tocado).


Pero quisiera que volviéramos la mirada hacia el pueblo chileno, ya que este acto profundamente democrático no ha caído llovido del cielo; aunque no me voy a remitir a la historia de este país, ni a la memoria del inolvidable Salvador Allende, puesto que sirven acontecimientos recientes para que entendamos cómo las luchas populares marcan también el rumbo de los acontecimientos políticos.

Basta echar una mirada a casi dos años atrás. Si hacemos memoria y nos situamos en octubre del 2019, podemos recordar las grandes movilizaciones que se iniciaron en las calles del país andino, inicialmente, como respuesta a la subida de los precios de los medios de transportes públicos de la capital.

Hemos de tener en cuenta que estos medios son vitales en las vidas de los trabajadores. La postura del Gobierno no se hizo esperar: desproporcionada, brutal y despiadada, ya que, aparte de los miles de civiles que tuvieron que ser hospitalizados, murieron 32 personas por munición de las fuerzas del orden público.

Como respuesta a la dura represión de los carabineros, para el 25 de octubre se convocó una concentración que alcanzaría rango histórico, ya que la memorable “Marcha del millón”, solo en Santiago, la capital chilena, llegó a convocar 1.200.000 manifestantes.

Si tenemos en cuenta que Chile cuenta con cerca de 19 millones de habitantes, podemos entender que esta marcha pacífica fue el grito de rabia y de rebeldía de un pueblo que no soportaba más por el modo en que era gobernado por el actual presidente Santiago Piñera.

Como suele ser habitual en las grandes movilizaciones, aparecen frases que se convierten en símbolos de lucha y resistencia. En la chilena surgió “Nos costó tanto encontrarnos. No nos soltemos”, lema que se coreaba por los miles y miles de asistentes.

Ciertamente, tras tantos años de frío y duro neoliberalismo, ideología y política económica que predica que cada cual vaya a lo suyo, la gente que lo sufría de nuevo se encontraba, se reunía, se veían las caras, por lo que era preciso imaginarse unidos, sentir que todos formaban un cuerpo social que no debe desmembrarse.


Conviene recordar que este fue también el lema que utilizó el movimiento de las mujeres chilenas que, agrupadas bajo el nombre de “Las Tesis”, llegó a darse a conocer internacionalmente cuando crearon una performance en la que cantaban “Un violador en tu camino”. Era también una imaginativa expresión de rabia y de dolor para manifestar que cinco de cada seis mujeres habían sufrido violencia sexual y de género a lo largo de sus vidas.

Pues bien, estas luchas, estos movimientos sociales, no quedaron en el vacío. Confluyeron y se plasmaron, tal como he apuntado, en un acto profundamente democrático cuando se abrieron las urnas para que pudiera llevarse a cabo una experiencia inédita como es la de elaborar una nueva Constitución con la participación de todos los ciudadanos.

Una vez que fueron conocidos los resultados, los candidatos elegidos fueron los siguientes: la derecha oficialista de Santiago Piñera, que estaba acompañada del Partido Republicano (la extrema derecha chilena) obtuvo 37 representantes; la lista ‘Apruebo’ de centroizquierda logró 25 escaños; la de ‘Apruebo Dignidad’, la izquierda formada por el Partido Comunista y el Frente Amplio alcanzó 28 candidatos; quienes se presentaban como independientes lograron 48; finalmente, se reservaban 17 escaños fijos para los pueblos indígenas (mapuche, aimara, quechua, rapanui...).

La lista del partido gobernante no alcanzó siquiera la cuarta parte de los 155 escaños, lo que implicaba un rechazo de la mayoría de la población. Por otro lado, hay que tener en consideración el alto número de elegidos como independientes que habían participado en los movimientos sociales, con lo que se reconocía la importancia que tienen no solo los partidos políticos sino también esos movimientos sociales que habían empujado a la sociedad chilena hacia este cambio profundo.

Para cerrar, quisiera apuntar que, coincidiendo con las elecciones por quienes elaborarían el proyecto de un nueva Constitución, también se celebraban elecciones municipales.

A diferencia de lo que acontece en Europa donde asistimos al resurgir de los nuevos fascismos, o de las extremas derechas, en Chile se mira hacia los defensores de los derechos del pueblo. No es de extrañar, pues, que para la propia capital fuera elegida como alcaldesa la muy joven Irací Hassler, ingeniera comercial, o que fuera renovada la alcaldía de la ciudad de Recoleta en Oscar Daniel Jadue, arquitecto y sociólogo, ambos militantes del Partido Comunista de Chile.

En medio de la confusión y del desconcierto en el que vivimos, la ejemplar experiencia chilena se nos muestra como un faro de esperanza en el sentido de que es posible confiar en una profundización de la democracia como horizonte ante la desconfianza que suscitan en los distintos sectores sociales las innumerables injusticias y atropellos que se dan en un mundo que parece caminar sin rumbo.

Antes de concluir, me gustaría indicar que las fotografías que acompañan al artículo me han sido proporcionadas por la profesora chilena Rosa Cristina Gaete, quien, cordialmente, me ha facilitado algunas de las informaciones relevantes para su elaboración.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍA: ROSA CRISTINA GAETE

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