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Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
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domingo, 21 de febrero de 2021

  • 21.2.21
“Tengo un cuaderno nuevo y no sé en qué gastarlo. Es invierno, ya ha oscurecido, hace mucho frío y afuera resuena el temporal. Yo me he arrimado a este cuaderno como el mendigo al calorcillo de la lumbre. Por el momento no sé qué escribir, es cierto, pero eso importa poco”.


Así comienza el nuevo relato de Luis Landero, que lleva por título el mismo que he utilizado para este artículo: El huerto de Emerson. Un relato que es más bien la incursión por una senda que no se ha planificado de antemano y cuyo suelo va emergiendo a medida que el escritor se adentra en los recuerdos que atesora en su lúcida memoria.

Han transcurrido casi treinta y dos años desde que viera la luz su primera novela, Juegos de la edad tardía, una inmensa obra que nos sorprendió a todos, tanto que recibió los mayores parabienes al ser aclamada en el año siguiente, 1990, con el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa.

En mi caso, dado que conozco a Luis desde que éramos pequeños, ya que habíamos nacido en Alburquerque, teníamos la misma edad y vivíamos muy cerca el uno del otro en la calle Calzada (la que se ve en la fotografía de la portada y que asciende hacia el castillo del pueblo, justo al lado del Llano del Pilar, territorio mágico de nuestros juegos infantiles), cuando tuve noticias de esta publicación inmediatamente fui a comprarla.

Estaba editada por la prestigiosa editorial Tusquets, lo que era garantía de la calidad del trabajo que comenzaría a leer. Decir que quedé de inmediato prendado es quedarme corto. Ante mí tenía unas páginas escritas con verdadera maestría.

Las leía muy despacio, como hay que hacerlo con todo lo que publica Luis Landero, pues la belleza que se desprendía de su prosa suponía sumergirme en una novela cuyos protagonistas, no sé por qué, me hacían recordar a los de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes.

“Una mañana de octubre de 2016 fui a visitar la tumba de mis padres. Siempre habíamos ido juntos, mi madre y yo, y ella era la que se conocía el camino y me lo iba indicando con frases breves y precisas: “A la izquierda”, “Todo derecho”, “Métete por aquí”. Pero ahora mi madre había muerto y por primera vez fui solo, con la atolondrada convicción de que, recordando sus palabras, guiado por ella, por su voz aún reciente, encontraría finalmente el camino. Pero no”.

No es excesivamente prolífico el autor de este conjunto de capítulos, cada uno con su propia denominación: “Tiempo de vendimia”, “El viento en la vela”, “Un hombre sin oficio…”, que se articulan hasta completar un imaginario huerto, digno del filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson, al que hace referencia en el título del libro.

Sus libros, al igual que el artesano que elabora con mimo su pieza sin importarle el tiempo que le dedica, aparecen con cierta regularidad. De este modo, sus fieles seguidores siempre tendrán entre sus manos esas páginas tan deseadas que las irán desgranando lentamente, de modo que al final cerrarán el volumen con la esperanza de que no tardarán demasiado en citarse de nuevo con el autor al que admiran.

Bien es cierto que su anterior y aclamada novela, La lluvia fina, había sido publicada hacía poco, en 2019, es decir, algo más de un año para que viera la luz este relato íntimo y emotivo. Y digo relato, ya que en este caso no es una novela que tenga la intensidad de La lluvia fina, puesto que ahora el autor navega por sus recuerdos, teniendo en cuenta que no solo son los que lo retrotraen a las experiencias vividas, sino también a las lecturas y a los escritores que acuden libremente a la cita de sus evocaciones.


“Cuando yo era niño y llegué a Madrid, ¡qué tiempos aquellos!, había mucho que ver, y más para mí que venía de un pueblo donde no había más maravillas que las que venían de los cuentos que nos contaban a los niños. Aquella época fue irrepetible, como todas las épocas, y la gente y los sucesos de entonces no volverán ya nunca, y morirán cuando ya nadie los recuerde”.

Para alguien cuyos escritos se encuentran con frecuencia impregnados de los posos dejados por el tiempo, especialmente los imborrables de la infancia, necesita tener una fértil memoria o que alguien acuda en su ayuda para que le actualice relatos o vivencias que se escondieron en un rincón del camino transitado.

Sería el propio Luis el que me traería al presente, la primera vez que nos encontramos en Alburquerque al cabo de muchos años de no vernos, la imagen que guardaba de mí, paseando por la calle del pueblo con un camaleón al hombro.

Lo había olvidado totalmente. Y si no fuera por él, todo aquello habría quedado sepultado o muerto en el recuerdo, pues no tengo ninguna fotografía que me actualizara la pequeña aventura nacida de la estancia en un campamento de Chipiona, lugar en el que compré un camaleón para traérmelo a mi pueblo y pasearme todo contento con él (debo apuntar que por aquel tiempo no era la especie protegida que es hoy; aunque, pensándolo bien, en aquellos años del franquismo no creo que hubiera muchas especies protegidas).

“¿Y de mis autores más queridos, a los que vengo leyendo y leyendo desde hace tantos años? ¿Qué podría decir yo de Cervantes, de Kafka, de Shakespeare, de Dickens, de Faulkner, de Conrad, de Chéjov, de Borges, de Quevedo…? Apenas nada. Ni siquiera me he parado a pensar en ello. Alguna vez, por cierto, he contado que soy lector, escritor y profesor, por este orden cronológico, y que no siempre esas tres personas coinciden en sus criterios, gustos e intereses”.

Tengo que advertir que este relato, esta narración o estos quince capítulos engarzados como las cuentas de un collar, de modo que cada pieza tiene valor por sí misma, ha nacido de la imperiosa necesidad del autor de hablar, a su manera, de sí mismo, de sus recuerdos, de sus reflexiones, de sus dudas e incertidumbres.

Son esas dudas e incertidumbres que asoman y nos inquietan cuando las Parcas sobrevuelan a nuestro lado, o cuando lo han hecho de manera imprevista y despiadada, de forma que rompen el destino que habíamos imaginado para nosotros o para quienes queremos, quebrándonos por dentro y dejándonos lejos de la felicidad que nos regalaron en la infancia.

Y si En el balcón de invierno nos acercaba a sus recuerdos más preciados, en esta ocasión vuelve con su muy cuidada prosa a invitarnos a que le acompañemos en esta senda incierta en la que comenzó en esa noche fría de invierno.

“Pero, si aun así, tú hacías la última pregunta, o en sus tiempos Miguel o Félix Lope, ¿cuál es el mejor sitio para esconderse de la muerte?, ya no te contestaba nadie, ya todos habían vuelto a sus pensamientos insoldables, los ojos hipnotizados por el chisporroteo de la lumbre. Solo la vieja a la que nadie conoce y por la que nadie pregunta tiene en el rostro la sombra dorada de una sonrisa imperceptible. Así fue siempre, durante siglos, cuando en las casas la gente se reunía toda junta al fuego”.

Así se cierra, con estas interrogantes, el último trabajo de Luis Landero. A fin de cuentas, yo no desvelo ningún inquietante o inesperado final que hubiera que silenciar, dado que no nos encontramos en una novela al uso. En todo caso, es un relato en cuyo fondo bulle la inquietud que ahora asalta a su autor (la que a todos en algún momento nos asalta): “¿A dónde irán todos nuestros recuerdos, todas nuestras vivencias, todos nuestros ensueños, todas nuestras ilusiones, cuando las Parcas hayan decidido dejar de hilar y, cínicamente, nos avisen con sus risas burlonas de que el hilo de nuestras vidas se les ha acabado?”.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 14 de febrero de 2021

  • 14.2.21
Todavía resuenan los ecos de la enorme nevada que se produjo en la mayor parte de nuestro país a principios del pasado mes de enero. Bien es cierto que los que vivimos en el sur de la península no llegamos a sufrir el intenso temporal de nieve y frío que otras ciudades y comunidades conocieron, generando grandes problemas en la gente y llegando a atrapar a conductores en muchas carreteras.


De forma global somos un país cálido, puesto que al encontrarnos en el extremo suroeste de Europa y cercano al continente africano nos libra de los fríos tan penetrantes que padecen algunos de los países del centro y del norte de nuestro continente.

Curiosamente, las nevadas pueden recibirse de dos maneras: como una pesadilla que hay que afrontar puesto que afecta al campo, al trabajo, a las salidas del hogar; o como una gran sorpresa de la que es posible disfrutar, como suele sucederles a los niños que ven una magnífica ocasión para jugar con la nieve.

Habría que apuntar una tercera opción, que es la que impregna a la mirada de los artistas: contemplar la belleza de los campos nevados, dado que es una de las manifestaciones más hermosas que nos ofrece cíclicamente la naturaleza.

Esta es la postura mayoritaria dentro de los pintores. No obstante, hay casos como el del cuadro La nevada, que nuestro insigne Francisco de Goya pintó en 1786 y en el que expresa los efectos de un temporal de nieve sobre un grupo de cinco caminantes que transportan un cerdo ya sacrificado a lomos de un mulo. Son ellos los verdaderos protagonistas de esta escena invernal.

Hemos de tener en cuenta que Goya fue un gran cronista de su época, dado que su pintura abordaba la vida tanto de los estratos más humildes de la sociedad a los personajes de la corte. No es de extrañar, pues, que los protagonistas de este cuadro sean trabajadores sufrientes que tienen que caminar en medio de un gran temporal de nieve para trasladar al animal porque forma parte de su trabajo. No era, pues, la contemplación estética del paisaje nevado lo que conduce al pintor de Fuendetodos a la realización de la obra, tal como acontecería años después con los impresionistas franceses.

El planteamiento de los artistas franceses del siglo XIX sería muy distinto al de nuestro gran pintor: ellos centran su mirada en la singular belleza de los espacios nevados. Así, para los impresionistas galos, no serán los personajes los protagonistas de las escenas que plasman con esa mirada fugaz que los caracteriza, sino los elementos de la naturaleza –caminos, calles, árboles, etc.- que aparecerán rociados con impolutos blancos, convirtiéndose en objetos de admiración por la belleza que muestran al ser contemplados.


Esto ya se aprecia en el lienzo de Alfred Sisley (1839-1899), titulado sencillamente Nevada. El blanco de la nieve que cubre el camino contrasta con los tonos ocres oscuros de los árboles, al tiempo que las figuras de los personajes apenas están insinuadas por el trazado rápido y la pincelada amplia característica de los impresionistas.

Pero sería Claude Monet (1840-1926) el pintor impresionista que registró con mayor frecuencia las intensas nevadas del norte francés. De este admirador incansable de la naturaleza he seleccionado tres cuadros suyos que paso a mostrar.


El más significativo de los que Monet realizó sobre esta temática es el que lleva el nombre de La urraca. Es un lienzo de una enorme belleza, dado que una pequeña ave se convierte nominalmente en la protagonista de la escena. Así, en la magnitud de la nevada que plasmó el pintor galo, el blanco se extiende por todo el cuadro, remitiéndonos al esplendor de un paisaje cubierto de nieve, al tiempo que, en medio de la fría soledad, es posible un soplo de vida plasmada en un pequeño pájaro.


Uno de los rasgos de los impresionistas era la captación de la fugacidad y lo instantáneo a la mirada del artista. Esto daba lugar a que en muchas ocasiones se vieran obligados a terminar sus cuadros en el estudio, donde se articulaban la experiencia directa vivida y la memoria visual para crear una nueva realidad. Es lo que sucede en este lienzo titulado Tren en la nieve que parece acercarse rápidamente al espectador. En la actualidad, la instantánea fotográfica podría recoger esta escena, algo que no era posible en el último tercio del siglo XIX.

En esta ocasión el blanco de la nieve se torna en tonos un tanto impuros por la presencia de la máquina que va desprendiendo humos sucios que impregna el ambiente por el que va pasando. En contraste con los otros lienzos, la naturaleza acaba siendo afectada por la mano del hombre que altera sus propios ritmos.


Monet, durante una época de su vida residió en Argenteuil, una ciudad francesa en la orilla del Sena y situada a 11 kilómetros al noroeste de París. En este lugar son frecuentes las nevadas invernales, por lo que el pintor aprovechó su estancia para plasmar en diversos lienzos la belleza de los espacios cubiertos de nieve. Este, de 1875, que acabamos de ver lleva por título Nevada en Argenteuil. En esta ocasión el blanco de la nieve se torna rosáceo, como si el artista quisiera manifestarnos que la luz del sol empieza a modificar los tonos blanquecinos que cubren el paisaje.

Quisiera cerrar este breve recorrido por la mirada del pintor cuando se enfrenta a situaciones singulares de la naturaleza reiterando que es posible contemplarlas con una visión diferenciada a las que llevan a cabo la mayoría de la gente que se centra en los aspectos más tristes o sombríos. Paradójicamente, en medio del desastre es posible encontrar un trozo de belleza.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 7 de febrero de 2021

  • 7.2.21
Vivimos en un mundo en el que se están produciendo grandes transformaciones y, aunque en algunos casos sean lentas, parece que llevan una dirección imparable. Nadie pensaría que décadas atrás, cuando a nuestro país se le consideraba oficialmente católico, años después, ya en democracia, se produciría un paulatino abandono no solo de las creencias sino también de las prácticas religiosas.


Esta situación nos invita a que reflexionemos acerca del futuro de la religiosidad y sobre en qué consiste ser cristiano, cuando parece que la visión que ofrece la jerarquía católica en nuestro país apenas incide en el comportamiento de los españoles.

Partiendo de esas premisas, me ha parecido oportuno entrevistar a un amigo, Miguel Santiago, profesor de Biología ahora jubilado. Articulista en diferentes medios de comunicación, conferenciante y autor de diversas publicaciones, se define como "andaluz y ciudadano del mundo". Implicado desde muy joven en el movimiento social, apuesta por los derechos humanos, la igualdad, la interculturalidad y la interreligiosidad. También quisiera apuntar que desarrolló estudios de Teología durante seis años en la Escuela Teológica Universitaria de Córdoba (UTECO).

Con Miguel Santiago me cito en una mañana al final del mes de enero para charlar con él para que me dé su visión acerca de qué es ser cristiano en el mundo de hoy y cómo ve el futuro de la Iglesia institucional. Recoger la riqueza de su pensamiento resulta un tanto prolijo, por lo que presento un extracto de lo más relevante de este diálogo.

—Miguel, quisiera que comenzáramos esta entrevista de forma que me indicaras qué es para ti ser cristiano y si es lo mismo ser cristiano que ser católico.

—Desde mi punto de vista, un cristiano o una cristiana debe ser, ante todo, una persona normal y corriente, abierta al mundo e inclusiva, defensora de los derechos humanos, afín a la interculturalidad y a la interreligiosidad, amante sin fronteras del ser humano y de la naturaleza.

Yo me siento más ‘nazareno’, es decir, tener como referente histórico a Jesús de Nazaret, que cristiano en el sentido de seguidor de Cristo, el ungido, ya que posee un acento más divino que humano. El nazareno o cristiano vive su fe como un estilo de vida, teniendo el Evangelio como marco referencial; en cambio, el católico vive su fe en base a una serie de ritos litúrgicos, al tiempo que está determinado por una moral restrictiva y excluyente, y una obediencia ciega a la jerarquía sacerdotal.

—Si echamos una mirada retrospectiva en la historia, encontramos que se produce un momento clave en el desarrollo del cristianismo en el siglo IV. ¿Qué supuso para el mensaje evangélico el edicto de Milán promovido por el emperador Constantino y el reconocimiento del cristianismo como religión oficial del Imperio romano por el emperador Teodosio?

—Fue cambiar los valores del Evangelio, basados en el amor, la justicia y la paz, por el poder, el prestigio y el dinero. El edicto de Milán de Constantino y, posteriormente, la declaración del cristianismo como religión oficial del Estado por Teodosio ‘el Grande’ significó la desnaturalización del mensaje de Jesús y su comunidad. Podríamos decir que ahí comenzó el nacionalcatolicismo, un gran invento para controlar bolsillo y corazón, bendecir la desigualdad, institucionalizar el patriarcado y hacer del pueblo un sumiso a los dogmas.

—Damos un gran salto temporal y nos situamos en el siglo XX. En 1962 comenzó el Concilio Vaticano II convocado por Juan XXIII, lo que conllevó grandes esperanzas en la renovación de la Iglesia católica, que, sin embargo, no llegaron a fructificar. Quisiera que me apuntaras las razones por las cuales se diluyeron tantas esperanzas puestas en esta renovación, lo que condujo a muchas decepciones en los sectores más comprometidos.

—El Vaticano II significó un aire nuevo en el mundo, después de que se produjeran dos guerras mundiales. Fue una apuesta por el diálogo y el encuentro entre cualquier ideología y religión. Pretendía volver a la ecleccia, a la asamblea, haciendo que la horizontalidad prevaleciera sobre la verticalidad, la democracia sobre el totalitarismo. El Concilio Vaticano II tenía más vocación de pueblo que de jerarca.

Sin embargo, el ‘sanedrín cardenalicio’ tuvo mucho miedo de perder todo su poder, terrenal y celestial, abortándolo con la muerte de Juan Pablo I y poniendo al frente del catolicismo al ultracatólico Juan Pablo II, que guardó en un cajón al Vaticano II, desarrollando una etapa que chocaba frontalmente con el mundo moderno. 

Su política se basó en la condena de lo diferente, en una misoginia y una homofobia enfermizas, en bendecir a dictadores, como Pinochet, o pederastas, como Marcial Maciel, en demonizar a la Teología de la Liberación, mientras encumbraba al Opus Dei. Él es el responsable de que tengamos una de las Conferencias Episcopales más retrógradas, siendo sus delfines los cardenales Suquía y Rouco.

—Pasemos a nuestro país y entremos en la realidad española. En el artículo 16 de la Constitución española se habla, aunque este término concreto no aparezca, de un Estado aconfesional y, sin embargo, comprobamos que en realidad no se da esa aconfesionalidad, dado que no hay una clara separación del poder público y del poder eclesiástico. ¿Crees que deberían derogarse los Acuerdos con la Santa Sede de 1979 nacidos a partir del Concordato franquista de 1953 para afrontar, entre otras cuestiones, una enseñanza democrática y plural?

—Existe una línea medular desde el Concordato de 1851, reinando Isabel II, en el que se dice: “La religión católica, apostólica, romana, que con exclusión de cualquiera otro culto continúa siendo la única de la nación española, se conservará siempre en los dominios de S. M. Católica con todos los derechos y prerrogativas de que debe gozar según la ley de Dios y lo dispuesto por los sagrados cánones”. Posteriormente, el Concordato del siglo XIX será reforzado por el franquista de 1953. Así pues, de “aquellos barros, estos lodos”.

Con respecto a la enseñanza, a la Iglesia católica se le reconocía el poder de hacerla veladora de la educación del país según la doctrina de la fe y de las costumbres católicas, lo que significaba controlar las conciencias, no solo desde el confesionario, sino también desde las aulas. Esto nos lleva a que si queremos ser un verdadero Estado democrático y no confesional tenemos que poner fin a tan tremendo anacronismo.

—Comprobamos que la Iglesia católica como institución se opone frontalmente a muchas de las leyes aprobadas democráticamente: acceso a los anticonceptivos, derecho al divorcio, al aborto, al matrimonio igualitario, reciente ley de eutanasia… ¿Crees que es posible que un cristiano defienda las leyes que nacen del poder civil?

Jesús de Nazaret no fue ningún moralista, ni tampoco dogmático. Fue un crítico con los religiosos de su tiempo. Se enfrentó a los sacerdotes saduceos que hacían negocio con el templo, criticó a los fariseos por poner cargas pesadas a las gentes más humildes y sencillas (“el sábado se hizo para el hombre”), no vivía la vida monacal de los esenios retirados del mundo. Jesús era amigo de pecadores y escribas, tenía amigas y amigos, se preguntaba: “¿Quién estaba libre de pecado?” Jesús fue un laico, un civil. Justo eso es lo que entiendo que una persona seguidora de Jesús debe ser.

—En cierto modo has respondido a lo que deseaba ahora preguntarte. De todos modos quisiera que brevemente me indicaras si es posible ser creyente y laico, o, dicho de otro modo, si es posible que un cristiano defienda en nuestro país un Estado verdaderamente laico.

—Te respondo brevemente: un creyente es, ante todo, persona y ciudadano.

—Un tema motivo de gran polémica ha sido el de las inmatriculaciones por parte de la Iglesia católica a través de sus diócesis. ¿Qué opinas sobre las inmatriculaciones realizadas por las diócesis españolas al amparo de la Ley de 1998? ¿Qué te parece la inmatriculación de la Mezquita-Catedral de Córdoba?

—Sobre esta cuestión, y para no extenderme mucho, quisiera indicar que el artículo 206 de la Ley Hipotecaria fue derogado en 2015 por inconstitucional, con la trampa de que no tenía efecto retroactivo. Por consiguiente, todo lo inmatriculado sin una escritura, sin un documento que demuestra la titularidad, no se sujeta a derecho.

El Gobierno de Aznar abrió esta puerta para que una institución privada, como es la Iglesia católica, se hiciera con una parte importante del patrimonio del Estado. Creo que es el mayor robo inmobiliario que se le ha efectuado a un Estado a lo largo de la historia. Esperemos que el Gobierno de coalición actual lo enmiende.

—Para finalizar esta entrevista, quisiera traer a reflexión la paulatina secularización de la sociedad española. Así, los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) con respecto a las creencias de los españoles son muy poco alentadores con respecto a la Iglesia católica. ¿Qué futuro le ves a la Iglesia como institución en nuestro país?

—Cada vez cierran más conventos y hay menos vocaciones sacerdotales y de religiosas que, junto a la caída de bodas, bautizos y comuniones, traen de cabeza a la jerarquía, ya que se aproxima la liquidación por cierre, al menos en su estructura ad intra. Sin embargo, no nos engañemos: su poder ad extra radica en ser una de las grandes empresas mundiales, con más de 20.000 ‘funcionarios’ y centenares de miles de subalternos a su servicio.

Por poner un ejemplo, la Iglesia católica en el Estado español es propietaria, a través de sus más de 40.000 instituciones (diócesis, parroquias, órdenes y congregaciones religiosas, asociaciones, fundaciones, etcétera), de un enorme patrimonio consistente en bienes mobiliarios, inmobiliarios, suntuarios, culturales, capital de fundaciones, etc. Además de recibir donaciones directas de sus fieles y una financiación estatal a través del impuesto del IRPF, que pasó del 0,52 al 0,7 por ciento en 2007, siendo presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero. 

A estos beneficios se unen las exenciones tributarias (impuestos municipales, IBI…), o el pago de los profesores de Religión (alrededor de 30.000 en todo el Estado). Cifras que suponen para las arcas de la Iglesia católica más de 10.000 millones de euros anuales.

Por otro lado, en los últimos años, las iglesias de diverso credo religioso han sumado privilegios que les permiten tener más poder en el seno de la UE, sin necesidad de hacerlo público como las demás instituciones privadas. Durante este tiempo ha habido 244 reuniones entre los lobbies religiosos y la Comisión Europea. 

Asociaciones ultracatólicas (como Hazte Oír, Familia y dignidad, Foro de la familia o la Fundación Valores y Sociedad, presidida por el exministro Jaime Mayor Oreja) que están detrás de iniciativas que luchan por acabar con el derecho al aborto, el matrimonio homosexual y el feminismo. Iniciativas que suponen grandes sumas de dinero del lobby religioso que presiona a las instituciones comunitarias europeas.

Todo esto podrá llegar a su fin con un Estado verdaderamente democrático y laico, y con una ciudadanía, creyente o no, que anteponga los derechos humanos por encima del privilegio de esta gran multinacional que es la Iglesia católica.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 31 de enero de 2021

  • 31.1.21
Aunque parezca mentira, hay gente en pleno siglo XXI que todavía cree que la Tierra es plana. Y no me estoy refiriendo a ninguno de los pueblos primitivos que se encuentran aislados de la civilización en medio de parajes casi inaccesibles, como podrían ser los del Amazonas. No: son gente que vive, como usted y como yo, en localidades en las que el uso de internet es ya cosa habitual. Pero no solo es que crean que la Tierra en la que habitamos sea plana, sino que, además, se jactan de ello sin ningún tipo de inconveniente.


En principio, esto no debería suponer ningún problema puesto que cada cual es libre de pensar como le dé la gana. Sin embargo, los terraplanistas, los que niegan el cambio climático y los antivacunas son individuos que suelen participar de las mismas ideas, por lo que en las publicaciones que estos últimos se difunden a través de medios digitales aparecen también los que sostienen que la Tierra es plana.

De nada les sirve el que ya dispongamos de fotografías tomadas desde satélites y en las que vemos nuestro planeta, de color azul por la atmósfera que lo rodea, como una perfecta esfera flotando en el espacio. Y no solo fotografías, sino también filmaciones que nos impresionan por la belleza del planeta que habitamos.

Personalmente, me resulta difícil entender que haya gente que se niegue a aceptar lo que ya son evidencias científicas. No obstante, para que comprendamos cómo es posible que permanezca una idea tan arcaica de la planicie de nuestro planeta conviene echar una mirada retrospectiva a la historia del pensamiento y de la ciencia para poder penetrar en la mente de estas personas.

Acudo, pues, a un fragmento de El nacimiento del pensamiento científico, del físico Carlo Rovelli, para remontarnos a los inicios del pensamiento racional.

Todas las civilizaciones humanas han pensado que el mundo está formado por el cielo arriba y la Tierra abajo. Debajo de la Tierra, para que no se caiga, tiene que haber tierra, hasta el infinito; o una gran tortuga que descansa sobre un elefante, como en algunos mitos asiáticos; o columnas gigantescas, como las que se mencionan en la Biblia. Esta imagen del mundo la comparten las civilizaciones egipcia, china o maya, las de la India antigua y el África negra, los hebreos de la Biblia, los indios de América, los antiguos imperios babilónicos y el resto de las culturas de las que tenemos noticia”.

La creencia de que la Tierra era plana y que se sostenía por distintos medios era defendida por todas las civilizaciones antiguas menos una: la griega. En la Grecia antigua, cuna de la filosofía, por primera vez se pensó que nuestro planeta podría ser una gran roca que flotaba en el espacio. 

Por los datos que disponemos, esta idea parte del filósofo Anaximandro, nacido en el siglo VI a.C. en la ciudad de Mileto, que se encuentra en la costa occidental de Turquía. Con este pensamiento tan revolucionario se inicia un largo camino en la historia para la comprensión del Universo.

A lo largo de los siglos, no sería fácil llegar a demostrar que la idea de la planicie de la Tierra era falsa, sino que también se trataba de un planeta que gira alrededor del sol. Esto que hoy nos parece obvio, y aunque no lo podamos experimentar directamente por medio de nuestros sentidos, estamos totalmente convencidos de ello por las numerosas pruebas aportadas a través de los siglos.


Podemos decir que el primero que lo demostró empíricamente fue Cristóbal Colón, quien estaba seguro de que podría llegarse a las Indias navegando por el mar Atlántico hacia el Este, cuestión que nunca se había realizado, dado que la creencia popular de entonces era que las aguas que rodeaban a los continentes, una vez llegadas a los límites, caían en grandes cascadas hacia el vacío.

De este modo, Juan II de Portugal, tras asesorarse, rechazó la propuesta que le hacía Colón; no así, Isabel de Castilla que, inteligentemente, confió tras los argumentos que le expuso el navegante. Así, el 12 de octubre de 1492, las naves comandadas por Cristóbal Colón arriban a tierra firme, que no era precisamente parte de las Indias, sino una isla perteneciente a un inmenso continente que acabaría llamándose América. Bien es cierto que fueron Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano quienes circunnavegaron la Tierra por primera vez.

Los avances en la comprensión del Cosmos, hasta muy recientemente, han estado en “el ojo del huracán”, es decir, han sido duramente castigados, puesto que cuestionaban los dogmas de las distintas religiones que concebían a la Tierra como el centro del Universo.

Serían dos grandes investigadores de los siglos XVI y principios del XVII: Nicolás Copérnico, en Polonia, y Galileo Galilei, en Italia (este segundo aparece junto a Cristóbal Colón en la imagen sobre estas líneas), quienes vinieron a explicar que la Tierra era un planeta más que giraba alrededor del sol.

Es de todos sabido el juicio al que fue sometido Galileo por el Tribunal de la Santa Inquisición, por lo que no le quedó más remedio que retractarse públicamente, so pena de verse sometido a una condena del terrible tribunal. Quien no se retractó fue el teólogo Giordano Bruno, quien creía que las estrellas que poblaban el cielo eran también soles alrededor de los cuales existirían planetas similares al nuestro y con posibles vidas humanas. Giordano Bruno fue quemado públicamente el 17 de febrero de 1600 en Roma.


Un paso más adelante en la comprensión del Universo se produce en pleno siglo XVII, puesto que en 1624 nacería en Woolsthorpe, una pequeña aldea de Inglaterra, uno de los grandes genios de la humanidad: Isaac Newton. Ya había quedado arrinconada la idea de que la Tierra era plana, puesto que esto solamente lo podían creer gentes iletradas que se guiaban por sus experiencias directas y los relatos que recibían sin que los cuestionaran.

La grandeza de Newton reside en que estableció las leyes físicas de la mecánica clásica. No obstante, se le recuerda especialmente por la Ley de la gravitación universal, de modo que con ese criterio comienza a entenderse que las leyes que rigen en la Tierra son las mismas que existen en todo el Universo.

Nos situamos, finalmente, en el siglo XX, en el que se encuentran dos de las mentes más brillantes que ha dado el género humano: Albert Einstein y Stephen Hawking.

En los inicios de este siglo ya se conocía la inmensidad del Cosmos. No obstante, se creía que todo el Universo era nuestra galaxia, la Vía Láctea, formada por cientos de millones de estrellas a enormes distancias entre ellas. Pronto se comprobó que serían miles de millones de galaxias las que existían en el Universo, por lo que no nos queda más que asombrarnos al saber que somos una pequeña parte de esta infinitud en la que nos encontramos.

Para cerrar, vuelvo al principio e indicar que cada cual puede pensar lo que crea conveniente. El problema aparece cuando los denominados terraplanistas se unen a los antivacunas y a los que niegan el cambio climático, formando parte de los movimientos irracionales que se extienden por distintos países.

Entonces el problema traspasa los límites de las opiniones personales ya que se sitúan en posiciones de irracionalidad que se acercan al peligroso fanatismo social, al negar los graves problemas existentes, caso del cambio climático, o soluciones a otros que nos afectan a todos, como es el de las vacunas con las que podemos afrontar la pandemia en la que ahora nos encontramos.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 24 de enero de 2021

  • 24.1.21
“¡Nos veremos pronto!”, así se despidió (o amenazó) al dejar la presidencia un personaje que nunca debió de estar en ese cargo y que, finalmente, su ‘no presencia’ en el acto de la jura del nuevo presidente John Biden supuso un alivio para una población que se temía lo peor.


Y es que en los inicios del 2021 habíamos asistido atónitos a las imágenes que los distintos canales televisivos nos mostraban del asalto al Capitolio estadounidense, situado en la ciudad de Washington, por una absurda y variopinta turba armada, tras ser incitada a ello por el propio presidente de los Estados Unidos: Donald Trump.

Las declaraciones posteriores a ese asalto de algunos de los miembros de la Cámara de Representantes, caso de la demócrata Alexandra Ocasio-Cortez, nos hacían ver que estaban convencidos de que morirían durante esa penetración. Pero la información más contundente fue aquella que nos informaba de que un grupo de asaltantes iba directamente a por el vicepresidente Mike Pence al que consideraban un traidor y que salvó la vida porque un policía les condujo por un pasillo contrario al lugar en el que tenía el despacho.

Pareciera que la actual mayor potencia mundial está condenada a conocer cada cierto tiempo el asesinato de políticos o personajes relevantes. Es lo que deducimos tras la lectura del libro Magnicidio. Crónica negra de los presidentes asesinados en Estados Unidos, editado en 2018, siendo su autor José Luis Hernández Garvi.

Las causas de los magnicidios son varias, pero conviene no olvidar que en este país la población es libre de poseer armas de fuego, por lo que a partir de los 18 años cualquier ciudadano, presentando su documento de identidad a las numerosas tiendas que hay a lo largo y ancho del territorio, puede tener en casa un verdadero arsenal.

No es de extrañar, pues, que el 14 de abril de 1864 fuera asesinado con un tiro en la cabeza el decimosexto presidente de Estados Unidos, Abraham Lincoln, a manos de un actor llamado John Wilkes Booth mientras se encontraba en el palco del teatro Ford de la ciudad de Washington viendo la obra Our american cousin (Nuestro primo americano).

Hemos de recordar que Lincoln era presidente por el Partido Republicano que abogaba por la abolición de la esclavitud de la población negra que procedente de África trabajaba, principalmente, en los estados sureños. Así, la Guerra Civil o Guerra de Secesión de los Estados Unidos, que se desarrolló entre 1861 y 1865, fue el conflicto más sangriento que se produjo entre los Estados Confederados del Sur que deseaban mantener el sistema esclavista, ya que era fundamental para su producción, y los Estados Unionistas del Norte que se pronunciaron en contra de la esclavitud.

Aunque haya transcurrido siglo y medio de aquella guerra, todavía en el Sur muchos mantienen la bandera confederal como seña de identidad (una de las que vimos en el asalto al Capitolio), ya que el racismo sigue vivo en una parte significativa de la población blanca que no perdona aquella derrota y abiertamente odia a los negros. Y si a esto le sumamos que hay más armas de fuego en manos civiles que población en Estados Unidos podemos entender que el magnicidio en este país no sea un hecho aislado.


Tras el asesinato de Abraham Lincoln se produjeron los de otros tres presidentes: James A. Garfield en 1881, el de William McKinley en 1901 y el de John Fitzgerald Kennedy, que fue abatido el 22 de noviembre de 1963 en la ciudad de Dallas, Texas, cuando viajaba en un coche descubierto junto a su mujer Jacqueline, al tiempo que era aclamado por la gente que abarrotaba las aceras.

Como autor de este último magnicidio, fue detenido el exmarine Lee Harvey Oswald. Dos días después, el 24 de noviembre, la policía de Dallas decide trasladarlo a la cárcel del condado. Mientras es conducido por los estacionamientos subterráneos del cuartel de la policía, en medio de la multitud de periodistas, es asesinado a quemarropa por un disparo de Jack Ruby. Esto dio lugar a que no pudiera aclararse la posible conspiración que tenía como objetivo asesinar al presidente, por lo que se han escrito numerosos libros para explicar las diferentes versiones de este magnicidio.

Casi cinco años después, el 5 de junio de junio de 1968, Robert F. Kennedy, fiscal general de los Estados Unidos desde 1961 y hermano del anterior presidente, también fue abatido por un disparo en la ciudad de Los Ángeles por un ciudadano estadounidense, Sirhan Bishara, de origen palestino, al ser contrario al apoyo político que el entonces ya senador manifestaba al Estado de Israel. Robert F. Kennedy fallecería al día siguiente. El 9 de junio, presidente Lyndon B. Johnson declararía un día de luto nacional en su memoria.

Parecía que el ‘clan’ de los Kennedy, algunos de ellos reconocidos miembros del Partido Demócrata, estaban destinados a tener un trágico final. Sin embargo, el tercero de los miembros destacados en el campo político, Edward (Ted) Kennedy, llegó a ser senador por el estado de Massachusetts, falleciendo de manera natural en 2009.


No podemos dejar de lado la muerte violenta de Martin Luther King, uno de los grandes líderes en la defensa de los derechos civiles de la población negra estadounidense.

Nacido el 15 de enero de 1929 en Atlanta, capital del estado de Georgia, fue pastor de la iglesia bautista. Su compromiso social se manifiesta tempranamente cuando participa de manera activa en contra de la guerra que sostiene Estados Unidos contra Vietnam. Esta posición de compromiso social le condujo a que se implicara a favor de los derechos civiles de la población negra estadounidense, oponiéndose el fuerte racismo que existía especialmente en los estados sureños.

Martin Luther King siempre fue pacifista, dado que consideraba que la violencia no era el camino para la solución de los conflictos sociales. Recibió, en 1964, el premio Nobel de la Paz; no obstante, fue asesinado cuatro años más tarde en Memphis, cuando se preparaba para una cena con un grupo de amigos.

Para cerrar, y tal como he apuntado anteriormente, hay que indicar que los magnicidios han existido a lo largo de la historia, pero no deja de sorprender que en Estados Unidos la venta de armas sea abiertamente libre y que los distintos presidentes no sean capaces de doblegar a la poderosa Asociación Nacional del Rifle que pone todo su empeño en que no se limite la venta de armamento. Todo esto tiene sus consecuencias.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 17 de enero de 2021

  • 17.1.21
Tradicionalmente, uno de los rasgos del carácter de las personas que genera mayor admiración es el de la valentía, como se demuestra que a lo largo de la historia y en las distintas culturas se haya expresado la fascinación que suscita quien posee los valores del coraje y la fuerza interior para enfrentarse a las situaciones difíciles.


Esto lo vemos cuando comprobamos que una parte significativa de los grandes relatos que configuran el imaginario colectivo que da identidad a los distintos pueblos es la apelación a los héroes, ya que son referentes que sirven como modelos a admirar y a imitar. Se nos muestran como seres dotados de cualidades especiales, muy por encima del resto de los mortales. En ellos el miedo parece que no hace mella, por lo que los entendemos carentes de este sentimiento negativo que paraliza a las personas.

De este modo, cada país, cada cultura, tiene varios personajes, reales o míticos, que sirven para aportar sentido de pertenencia a esa comunidad. Tradicionalmente, han sido los militares o los guerreros los que se encontraban en ese reducido grupo de celebridades de los que se habla de ellos con gran respeto, por lo que es habitual recordarles homenajeándoles con esculturas o bustos que perpetúen sus memorias. Son nombres que casi nos salen espontáneamente, puesto que han quedado grabados en nuestra memoria como símbolos y paradigmas del valor y el coraje.

Lamentablemente, en esa amplia pléyade heroica no cabe el género femenino; pareciera que el valor y el coraje son atributos exclusivamente masculinos, dado que la mujer quedaba tradicionalmente relegada a los valores maternales y domésticos, por lo que se la ha considerado como un ser inseguro, frágil y temeroso, necesitado del apoyo masculino para que pueda transitar con cierta seguridad por la vida.

Esta injusta valoración en los últimos tiempos ha sido muy cuestionada, puesto que el valor estrictamente asociado al ámbito castrense o a profesiones de alto riesgo ha perdido parte del peso que había tenido tradicionalmente. Ahora consideramos que no es necesario encontrarse dentro de conflictos bélicos o de alto riesgo físico para mostrar una actitud de fortaleza y decisión, entendiendo, de este modo, la valentía como una cualidad que en principio todos podemos tenerla, ya que también está ligada también a valores como la capacidad de resistencia, la sinceridad y la honestidad.

Y es que tal y como decía el psiquiatra Carlos Castilla del Pino: “No hay que ser un héroe. Ya es bastante con vivir el día a día”. Con esto, alguien que conocía bastante bien la mente humana, nos venía a decir que, en ocasiones, la propia vida nos coloca ante situaciones tan difíciles y adversas que hay que tener un gran coraje para salir bien parados de esos estados en los que no quisiéramos vernos.

Siguiendo este nuevo criterio, en la portada ha aparecido Nelson Mandela, Premio Nobel de la Paz en 1993. No es necesario que diga nada de la valentía de este hombre de raza negra que estuvo encarcelado durante 27 años por su oposición al régimen racista que existía en su país: Sudáfrica.


Pero no debemos olvidar que un año antes que, en 1992, una mujer indígena, de la etnia maya quiché, la guatemalteca Rigoberta Menchú había recibido también premio Nobel de la Paz. Y en este caso, quienes conocemos la historia más reciente de Guatemala y hemos estado en conexión con las comunidades campesinas mayas sabemos el enorme coraje que hay que desplegar en un país en el que la población indígena era y es sometida a las sistemáticas violaciones de los derechos humanos.

De cualquier forma, no es necesario tener la enorme resolución de estos dos grandes personajes para mostrar valores como la entrega, la entereza y la honestidad, dado que en estos tiempos de pandemia hemos aprendido a afrontar dignamente el trabajo en una situación colectiva enormemente adversa y desconocida.

Son ejemplo de ello los profesionales sanitarios, los cuidadores de mayores, los docentes y todos aquellos que soportan distintas situaciones infaustas (paros, cierres, aislamientos, enfermedades, fallecimientos, etc.) Y es que el esfuerzo responsable y la superación del miedo acaban siendo fundamentos de la valentía.

A todo esto habría que añadir la virtud de la empatía con los que se encuentran en las situaciones más adversas, ya que una valentía egoísta, que no considera a los demás, en última instancia se muestra como una expresión del narcisismo personal, base de la intolerancia o del fanatismo, por no decir la bravuconería, tal como la hemos visto y sufrido en un personaje tan nefasto cono Donald Trump, para quien las mentiras eran sencillamente unos meros instrumentos para alcanzar o mantenerse en el poder.

Entendemos, de esta forma, a la valentía como virtud humana que supone una actuación responsable, cargada de altruismo y de generosidad. Esto no implica que las personas que actúan bajo estos valores no sientan ningún tipo de miedo y no tengan en cuenta sus propias necesidades, puesto que es casi imposible que un acto que implica riesgo o posibles pérdidas personales no asomen los sentimientos menos deseables que subyacen en todos nosotros.

Por otro lado, hemos de considerar que los valores humanos no están aislados unos de otros. Así pues, en estos tiempos, cualidades como el compromiso, la prudencia, la paciencia, la empatía, etc., deben ser asumidos; no como rasgos que colindan con el miedo o la cobardía, sino con algo tan sencillo como es la sensatez y el sentido de que los héroes de este tiempo son aquellos o aquellas que asumen conscientemente su trabajo en estos tiempos con unos riesgos que mirando hacia atrás no los conocíamos.

Y es que no podemos esperar, tal como se nos contaba en los relatos heroicos o como hemos visto cientos de veces en el cine, a que venga un ser singular o con dotes sobrenaturales venga a solucionar un problema colectivo como es la pandemia en la que nos encontramos inmersos. Ahora es responsabilidad de todos salir de este atolladero.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 10 de enero de 2021

  • 10.1.21
Estamos entrando en el 2021 y, definitivamente, dejamos atrás al 2020. No voy a explicar lo que ha significado el año que hemos abandonado, ya que todos lo sabemos y ahora vivimos con la esperanza de encontrar una salida al cerco de un virus que nos mantuvo y nos mantiene aún sin tregua y sin pausa.


A pesar de todas las dificultades, la música continuó grabándose y editándose, para regocijo de quienes consideramos que no es posible vivir sin un mundo que hemos creado para el disfrute de nuestros sentidos. Bien es cierto que han desaparecido revistas que llevaban años editándose, caso de la mítica Rockdelux, pero han aparecido alternativas digitales para cubrir estas ausencias.

A partir de lo indicado, tengo que apuntar que esta serie que llevo adelante continúa y que en este número voy a presentar diez discos que aparecieron en el 2020. Creo que son álbumes muy buenos, al tiempo que sus portadas me parecen excelentes, por lo que se sigue valorando el diseño gráfico como parte de la industria musical.

En esta ocasión, aparecen discos nacionales e internacionales. No es ningún top-10, puesto que, como he apuntado, he buscado una selección propia basada tanto en la música como en el diseño de las portadas: selección que paso a presentar y a comentar brevemente.


El cuarto álbum de Tame Impala, The Slow Rush, grupo australiano liderado por Alan Parker, se inscribe dentro del pop neo-psicodélico. La portada de corte surrealista ha sido diseñada por Neil Krug. En ella aparece una habitación de color rojo con las ventanas abiertas, de modo que va penetrando la arena hasta cubrir con amplitud los suelos.


La neoyorquina Lady Gaga publicó su sexto álbum de estudio a mediados del año pasado. Chromatica se inscribe en la línea house en el que la diva se mueve con facilidad. Magnífica portada que nos recuerda a los trabajos del diseñador suizo H. R. Giger, aunque en este caso se sale del cromatismo negro y gris, dando protagonismo al rosa magenta del fondo.


A pesar de sus 79 años, parece que Bob Dylan no puede vivir sin sacar un disco con el que ampliar su enorme repertorio grabado. El problema (o no) es que Roug And Rowdy Ways es un magnífico disco que hay que escuchar completo para entender que su vena creativa no para. Para la portada acudió al fotógrafo Josh que nos muestra una escena ‘retro’ que pudiera producirse en un bar de carretera con jukebox incluida.


Si miramos a nuestro país, me parece que El regreso de Abba, el décimo álbum del grupo catalán Sidonie, merece la pena ser destacado, pues contiene 23 temas articulados en lo que podemos llamar un trabajo conceptual. Por otro lado, los barceloneses han optado por una portada naif, en el que aparece un árbol con trazos que parecen dirigidos a los niños.


Robert Plant: otro de los grandes artistas que parece que han nacido para nadar dentro de los sonidos. Lejos quedan sus tiempos en Led Zeppelin, dado que a partir de 1982 cuando inicia su carrera en solitario nos ha dejado magníficos trabajos como este último titulado Digging Deep Subterranea. La portada se debe al diseñador británico Richard Evans, que trabajó en Hipgnosis, el equipo que creó gran parte de las portadas de Pink Floyd.


Volvemos al suelo patrio para presentar el último disco de larga duración, Ventanas, de los granadinos de Niños Mutantes. Si tenemos en cuenta que su primer trabajo, Mano, parque, paseo, apareció en 1998 podemos comprobar que ya tienen una larga trayectoria detrás. El diseño de la portada se inscribe dentro del geometrismo y del op-art, dando énfasis a la tipografía y a el uso de colores puros.


En la antítesis gráfica del disco de los Niños Mutantes se muestra The New Abnormal del quinteto de Nueva York The Strokes. No es la limpieza, sino la suciedad visual, característica de los grafitis y las pintadas urbanas, lo que predomina en la portada. Dos décadas después de que apareciera su exitoso Is This It nos ofrecen otro trabajo que supone la continuidad de aquellos lejanos sonidos.


Algún día se reconocerá que en este país hay excelentes diseñadores gráficos. Esto lo digo porque el segundo disco de Ànteros, …Y en paz la oscuridad, tiene una magnífica portada, en la línea del art Nouveau que predominó a comienzos del siglo pasado y la que se refleja el significado del título del álbum. La formación barcelonesa articula el rock instrumental de algunos de sus temas con otros de fuerza dentro del denominado post hardcore.


La banda estadounidense The Killers, formada en Las Vegas, en el año 2001, publicó su sexto álbum Imploding the Mirage en el año pasado. Como dato relevante, quisiera apuntar que todos sus discos han alcanzado el número uno en el Reino Unido. En este caso, me ha parecido oportuno seleccionarlos no solo musicalmente sino también por el diseño de la portada que recuerde a los murales que realizó el mexicano David Alfaro Siqueiros.


Como no podía ser de otro modo, cierro esta selección con el álbum Homegrown de mi admirado Neil Young. Y se trata de un disco que ha tenido que esperar nada menos que 45 años para que viera la luz, ya que estaba prevista su salida en 1975, pero que se prefirió que saliera el mercado Tonight the night. Incluso esa portada, de estética tan hogareña y con aires art déco, que ahora vemos estaba realizada por Tom Wilkes, el mismo que hizo Harvest, el disco más exitoso del canadiense.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 3 de enero de 2021

  • 3.1.21
Entramos en un nuevo año y ya se han apagado los ecos del fallecimiento de Diego Armando Maradona, quien el 25 de noviembre pasado y a los sesenta años, nos dejó definitivamente. No voy a repetir la repercusión que tuvo su trayectoria futbolística, puesto que de difundirla se encargaron los medios de diferentes países, alcanzando un auténtico paroxismo en Argentina, su lugar de origen. Allí su figura es idolatrada como si la reencarnación de una nueva y poderosa divinidad hubiera llegado a la Tierra para salvarnos a través del fútbol.


Y es que la fama y la ambición de poder, dos de las pasiones que anidan en el alma humana, parecen darse la mano en aquellas figuras que han alcanzado cierta notoriedad, sea por destacar en cualquiera de los deportes de masas, en los distintos espectáculos, en el ámbito empresarial o en el político.

Esto no es de extrañar, dado que vivimos en una cultura en la que la fama o el éxito que da cierto poder parecen que se encuentran en la cumbre de los valores a los que, supuestamente, todo el mundo debería aspirar. Tanto es así que Andy Warhol, uno de los más conocidos artistas del pop-art estadounidense del siglo pasado, hizo muy popular la siguiente frase: “En el futuro todo individuo tendrá sus quince minutos de gloria”.

Para comprender el verdadero significado de la frase hay que entender que Warhol ensalzaba las marcas y los productos de la sociedad del consumo elevándolos a la categoría de objetos artísticos. Por otro lado, convirtió en verdaderos iconos de la pintura a divas del cine, caso de Marilyn Monroe, Liz Taylor o Audrey Hepburn.

De este modo, el éxito en los medios de comunicación y el aparecer en las pantallas, grandes o pequeñas, parecía que era una de las grandes metas a alcanzar en una sociedad ávida de popularidad. Ahora cualquier ciudadano del siglo XXI puede alcanzar la “gloria”: basta con darse a conocer a través de la realidad virtual que hoy domina de una forma apabullante.

Así pues, visto el poder de seducción que han alcanzado las redes sociales en todos los estratos de la sociedad, cabe preguntarse: ¿Es el éxito social uno de los estímulos o motores más poderosos que mueven a los individuos a actuar? ¿Es sinónimo de plenitud y felicidad el triunfo en actividades reconocidas como lo han logrado, por ejemplo, Pau Gasol, Messi, Rafa Nadal o Pedro Almodóvar?


Ante esas interrogantes, creo conveniente hacer una breve reflexión acerca de lo que entendemos por la fama o el triunfo y la relación que tienen con otros valores humanos como es el caso de la idea de felicidad. Sobre esto, el psiquiatra Carlos Castilla del Pino nos decía lo siguiente:

No hay triunfo si no lo hay también en nuestro interior. El triunfo sólo en lo exterior, ese que uno no ha parado en medios para lograrlo, no lo es; acaso, pudiera ser para los demás, los cuales, en cuanto puedan, le echarán en cara los medios utilizados”. 

En esta interesante reflexión nos encontramos con que el éxito puede ser entendido desde dos vertientes: la pública, en la que el reconocimiento y la admiración social a través de la fama suele ser sinónimo de triunfo y de haber alcanzado la gloria; pero hay otra, la íntima, esa que no es visible, dado que es el propio sujeto el único que sabe si ha logrado las metas que se había propuesto como realización personal, las mismas que pudieran conducirle a cierto estado de dicha o felicidad.

Con respecto al primer significado, me viene a la mente el eslogan con el que una agencia publicitaria se promocionaba en grandes carteles y en los que aparecía la arrogante figura del emperador Julio César acompañado del siguiente eslogan: “Si no te recuerdan, no importa lo bueno que seas”.

Quizás, quienes realizaron esta campaña pensaban en el momento de esplendor de Julio César, es decir, cuando acaparaba el máximo poder en el imperio romano; no cuando fue asesinado en el Senado, en el año 44 a.C., víctima de una conspiración. 


Si echamos una mirada hacia la historia, comprobamos que está atravesada de personajes que alcanzaron la fama y el poder; sin embargo, años después, de un modo u otro, sucumbieron a sus ambiciones.

Quizás este declive no lo tuvo en cuenta la citada campaña publicitaria, que iba dirigida a las empresas o a ensalzar las marcas de la sociedad de consumo en la que vivimos. Aunque también aludía a las personas, como si la muy extendida frase “Si nadie te ve es como si no existieras” fuera el axioma de nuestro tiempo, de modo que si no eres conocido y popular no eres nadie.

Hemos de ser conscientes que la ecuación que se forma entre fama, poder y felicidad no es nada fácil de resolver, puesto que la contradicción que gravita entre lo público y lo personal, entre el aplauso y el fracaso, entre la imagen como apariencia y la realidad íntima, suele abrir un foso difícil de sortear.

De ello se habla con toda claridad en las líneas de un hermoso poema, aunque profundamente cargado de melancolía, de uno de los poetas españoles más relevantes del siglo pasado: Jaime Gil de Biedma. Así, en No volveré a ser joven nos dice lo siguiente:

Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde 
como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante.
Dejar huella quería y marcharme entre aplausos 
envejecer, morir, eran tan sólo las dimensiones del teatro. 
Pero ha pasado el tiempo 
y la verdad desagradable asoma: 
envejecer, morir, es el único argumento de la obra. 

Como apunta el poeta, cuando somos jóvenes “queremos llevarnos la vida por delante”, pero a medida que transcurre y cuando ya apenas tiene uno tiempo de cambiar el rumbo de las cosas, asoma la duda de si no es “la vida la que nos ha llevado por delante” y hemos fracasado en lo más importante, porque nos sedujeron las falsas promesas de las luces de neón que iluminan todos los rincones de esta sociedad sin rumbo.

Antes de cerrar, vuelvo a Castilla del Pino, dado que son muy sabias estas palabras suyas sobre el éxito y el poder vistos desde otra perspectiva:

Saberse querido, saberse respetado cuando no se tiene poder: ése es el éxito (moral, no social), en el que se cae en la cuenta cuando ya no tiene remedio, cuando uno es presa del escepticismo del otro tipo de éxito”.

Efectivamente, cuando uno llega a darse cuenta de la fugacidad de la fama, de la trivialidad del éxito en las redes sociales, de la necesidad de aparentar para mantenerse en el candelero, de no haber aprendido a usar bien el poder o los logros alcanzados, es cuando sobreviene la sensación de vacío ya que, en el fondo, no se es respetado ni querido, como les sucede a muchos juguetes rotos que son arrinconados al desván de los trastos viejos una vez que ya no sirven a quienes antes les aplaudían.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 27 de diciembre de 2020

  • 27.12.20
Llevamos casi un año con la pandemia que ha alterado los ritmos cotidianos de toda la sociedad. Y es que nadie imaginaba que en los inicios del siglo XXI fuéramos a sufrir una epidemia de tal envergadura que se extendería por todo el planeta.


El coronavirus, o el covid-19, como ahora de modo más preciso llamamos a este virus, lógicamente, se ha colocado en portada como la noticia más destacable de todos los medios de comunicación. Sobre las causas y los efectos que ha generado en la población y en los distintos sectores sociales y laborales se informa y se debate con regularidad, algo totalmente necesario; aunque, en ocasiones, nos sintamos abrumados por la omnipresencia del virus y de sus secuelas en aquellas personas que se contagian.

Sin embargo, sobre lo que no se ha informado (o, al menos, yo no tengo noticias de ello) es de cómo ha afectado emocionalmente a niños y niñas que ya saben que estamos en una pandemia y que por sus edades tienen que conocer las medidas de precaución que deben tomar, tanto en la calle como en el colegio. Me estoy refiriendo a los escolares que se encuentran en la etapa educativa de Primaria que cubre las edades de 6 a 11 o 12 años, es decir, una etapa del desarrollo crucial en la formación de la personalidad.

Como investigador en el desarrollo psicoafectivo de niños y adolescentes, me he preguntado cómo ellos percibían y vivían esta situación, si se sentían o no afectados fuertemente por este enorme cambio que se había producido en todos nosotros a lo largo de este año.

Dada la excepcional situación en la que nos encontramos, aquellas personas que somos externas a los centros, incluso los investigadores, no podemos acceder a las aulas, por lo que en esta situación me he tenido que valer de la ayuda de madres, padres y profesores amigos para conocer los estados emocionales de los escolares a partir del instrumento que habitualmente utilizo en las investigaciones: el dibujo libre que se les propone en las aulas y con el que pueden expresarse sobre el tema que se les ha indicado.

Con esta ayuda, he podido conocer cómo piensan, qué ideas bullen en sus mentes, cómo viven esta anómala situación, qué sentimientos desarrollan y cuáles son sus miedos y temores que se han afianzado durante estas fechas marcadas por la pandemia.

Aunque pretendo que la investigación que llevo a cabo sea lo suficientemente amplia para que los resultados sean lo más precisos posibles, en esta ocasión, quisiera hacer una presentación, no muy extensa, para que empecemos a ser conscientes de que los escolares se sienten bastante afectados por la situación que estamos viviendo. Así pues, selecciono y comento algunos dibujos de niños y de niñas de segundo curso de Educación Primaria que nos pueden servir como acercamiento a sus estados emocionales.

Los dibujos que muestro pertenecen a una clase de Plástica de segundo curso de Educación Primaria. A los escolares se les indicó que libremente dibujaran en la hoja cómo ellos veían el tema del coronavirus y que escribieran lo que les pareciera acerca de cómo se sentían.

Tengo que apuntar que todos ellos, excepto en un caso, manifestaban miedo, tristeza y, en algunos dibujos, aparecían llorando o decían que tenían ganas de llorar. Además, escribían que el virus era un bicho muy malo que les impedía poder jugar y abrazar a sus amigos o a sus amigas.

Y ahora para que veamos cómo expresaban gráficamente estos sentimientos y los comentarios que solían añadir a sus dibujos, he seleccionado seis que paso a comentar.

El dibujo de la portada creo que es bastante significativo. Corresponde a una niña de 7 años que se dibuja a sí misma en un primer plano, con el rostro muy triste, expresando su pena a través del propio trazado de los ojos y de la boca. A su lado, y en tamaño algo pequeño si lo comparamos con otros dibujos, traza un bicho verde como causante del mal. La pequeña titula a su trabajo como COVID y lo acompaña con un breve texto en el que dice: “Por el covid me siento muy mal”.


Por su parte, un compañero de su clase ha optado por dibujarse en plano entero, también con una sonrisa triste en forma de media luna que mira hacia abajo. A su lado ha plasmado un bicho circular grande con ventosas a su alrededor, con una boca agresiva y puntos rojos que según el pequeño autor eran gotas de sangre. La única palabra que ha escrito ha sido sencillamente “mal”, expresando de este modo el estado de ánimo que le acompaña desde hace tiempo.


De modo similar a la autora del dibujo de la portada, esta niña también se representa en primer plano, con los ojos cerrados y el trazado de la boca hacia abajo, como expresión de la tristeza que la embarga. El trabajo también lo ha titulado COVID. En la escena, aparecen, además, un bicho verde animista con rostro agresivo, una jeringuilla y una señal de prohibido acompañada debajo de la frase “odio al covid”. Debajo de ella misma ha escrito: “Me siento triste y nerviosa”.


El cuarto trabajo seleccionado corresponde a un niño que ha realizado una imagen con bastante similitud a la precedente, aunque, en este caso, el conjunto sea algo más sencillo gráficamente. Aquí al autor no le molesta dibujarse llorando, lo que es una clara expresión del estado de angustia y tristeza que vive el pequeño. La frase que le acompaña, “yo me siento triste”, es una clara manifestación del estado emocional que le embarga.


Hay otros dibujos recogidos de la experiencia, como los dos que vamos a ver a continuación, en los que los autores representan varios elementos relacionados con el covid-19. Es el caso de esta niña que se ha dibujado con la mascarilla puesta y llorando en el centro de la lámina. A su alrededor aparece, en la izquierda, una enfermera; encima, el coronavirus; a la derecha, un hospital; y, debajo su casa, con su madre y ella dentro. En los breves textos que ha escrito podemos leer: “Yo me quedo en casa / Yo me siento mal / El covid es malo / Yo me siento mal porque me gusta acercarme la primera”.


Cierro esta breve reseña de la investigación que llevo a cabo con el dibujo de un niño en el que, junto a manifestar su estado de ánimo, acude a la fantasía para explicar las ideas que tiene acerca del virus y sus consecuencias. Así, en el espacio superior, tras escribir COVID 19, traza un virus, tachado, con una corona encima; también un corazón partido con espadas a su alrededor… y debajo la línea del mar, con un cartel que alerta sobre el covid. Finalmente, destaco la frase con la que expresa sus propios sentimientos: “Me siento triste y mal”.

Aunque, tal como he indicado, siendo este un avance del conjunto de la investigación, la conclusión que podemos extraer a partir del análisis de los dibujos es que los niños y niñas de estas edades aparecen muy afectados emocionalmente por la situación que viven y cuyas causas atribuyen a un virus (o bicho verde en sus láminas) que les ha cambiado la vida. También porque, en cierto modo, se sienten desprotegidos, ya que no encuentran esa seguridad total, que psicológicamente esperarían encontrar en las personas adultas, como pueden ser sus padres o sus profesores, ya que también ellos están amenazados.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 20 de diciembre de 2020

  • 20.12.20
Siempre que me desplazo en coche a la Facultad en la que trabajo, dado que se encuentra en la periferia de Córdoba, tengo puesto en la radio la misma emisora: Radio 3 de Radio Nacional de España. Cuando en el curso pasado daba algunas clases son por la tarde, asomaba el programa de Disco Grande que dirige Julio Ruiz. Quienes conocen el veterano programa no es necesario que le diga que es magnífico, pues no solo presenta grupos y cantantes actuales, sino que a su presentador no le importa bucear en toda la historia de la música popular, al tiempo que dar noticias de la actualidad musical.


Y si lo cito aquí en esta serie, ahora que los vinilos han superado en ventas globales a los cedés, se debe a que no se puede entender un disco sin la carátula que lo envuelve, como si fuera la tarjeta de presentación que nos anuncia las canciones que están dentro.

En esa mirada hacia tiempos pasados y hacia los actuales que llevaremos en la sección, recojo de Julio Ruiz una noticia que no quiero dejarla de lado. Se trata de una referencia al cantante británico Cat Stevens, quien el año 1970 publicó el espléndido elepé titulado Tea for the tillerman que contenía la canción con ese mismo título. Lo novedoso del cantante londinense, que posteriormente se convirtió al islam, es que en el diálogo entre el padre y el hijo que aparecía en la canción incorpora su actual voz como padre, al tiempo que se le añaden algunos arreglos orquestales al tema.

Ahora que se acerca el final del ‘olvidable’ 2020, esta noticia me hizo retroceder al año en el que se cerraba la década prodigiosa del rock y del pop, es decir los sesenta, y comenzaba otra tan interesante como fue la de los setenta. Desde mi óptica, creo que de vez en cuando no viene mal realizar una mirada retrospectiva y traer al presente aquellos magníficos álbumes que vieron la luz años atrás y que todavía pueden escucharse sin ningún problema.


¿Y por qué traigo a colación a un cantante y a un disco de hace nada menos que 50 años y del que apenas se supo de él tiempo después? Pues por la sencilla razón de que por aquella época Cat Stevens publicó tres discos intemporales: el anteriormente citado, cuya portada era del propio cantante, junto con Mona Bone Jakon y Teaser and the firecat.

Con posterioridad el cantante británico siguió publicando, pero la creatividad empezó a declinar, de modo que la brillantez de sus canciones solo aparecía en algunos temas aislados; sin embargo, en el resto se notaba cierta reiteración de sus hallazgos anteriores.

Llegó el día en el que se deja barba larga y aparece sin ese pelo ensortijado que le había caracterizado, al tiempo que comunica que ahora se llama Yusuf Islam. A partir de ese momento, prácticamente desaparece del mapa musical y ya apenas se tienen noticias suyas.


Podemos apuntar que también en el año de 1970 aparecería el esperado segundo disco de Santana, banda que encabezada por el propio Carlos Santana mezclaba los ritmos latinos con el rock. Este nuevo elepé, titulado Abraxas, contenía temas tan atractivos como Black Magic Woman, que estaba firmado por Peter Green de Fleetwood Mac, Oye cómo va, de Tito Puente o Samba para ti, del propio Carlos Santana.

Pero de nuevo nos sorprendía con su portada (que la he tomado como ilustración del artículo), ya que era una pintura titulada Anunciación del artista polaco Mati Klarwein. La carátula, que se abría como solía suceder en muchas de aquellas fundas de los elepés, nos muestra a una virgen africana negra, desnuda y tapada por una paloma, al tiempo que un ángel rojo aparece montado sobre un tambor a modo de anunciación.


En 1970 se cerraba la década de los sesenta, aquella que había conocido la explosión musical inequívocamente encabezada por los Beatles. A este genial grupo le acompañaron, como si fueran la versión rebelde, los Rolling Stones. Pero el mítico grupo de Liverpool acabó su trayectoria precisamente en este año que comentamos, dejándonos auténticas joyas que aún hoy nos suenan con toda la creatividad y frescura de aquellos años. Cerró con Let it be, en cuya portada aparecen los rostros de cada uno de ellos enmarcados de manera separada, como si fuera una imagen premonitoria de que, a partir de ese momento, cada cual tomaría su propio rumbo.


Y así fue. Lo más sorprendente fue que George Harrison que, junto a Ringo Starr, se encontraban un tanto a la sombra del inmenso talento que desplegaban John Lennon y Paul McCartney, edita de modo individual una caja con tres elepés. El título de este triple era el de All Things Must Pass (Todas las cosas deben pasar). Disco inalcanzable para la mayoría de los bolsillos de los jóvenes aficionados y del que se recuerda de modo especial el tema de My sweet Lord.


Entre los discos que se publicaron no podemos dejar de lado Puente sobre aguas turbulentas de Paul Simon y Art Garfunkel. Un elepé que suponía la cima musical del dúo estadounidense, a la vez que el anuncio de la separación del dúo. Con el tiempo se demostró, tal como algunos intuíamos, que Paul Simon era la verdadera mente creadora.

En el elepé, aparte de la canción que daba nombre al disco, se encontraban canciones inolvidables como El cóndor pasa, Cecilia, The boxer o la versión que hacían en directo del tema de los Everly Brothers Bye bye love.

He citado a algunos de los discos que aparecieron en el comienzo de esa una nueva década. Pero también habría que hacer referencia a Deep Purple (In rock), Black Sabbath (Black Sabbath), Crosby, Stills, Nash & Young (Déjà Vu), Neil Young (After the gold rush), The Who (Live at Leeds), James Taylor (Sweet baby James), etc.



¿Y qué sucedió en el panorama español con los numerosos grupos que siguiendo la estela de las bandas británicas habían aparecido en los años sesenta? Los sesenta fueron los años de Los Brincos, Los Bravos, Los Pekenikes, Los Mustang, Los Sirex, Lone Star, Los Salvajes, Mickey y los Tonys… y un largo etcétera que no cabría en estas páginas. Algunos continuaron en la nueva década; otros, como Los Brincos, daban por finalizada su trayectoria desde el punto de vista de la creación musical.

Así, Los Brincos, el que fuera el más relevante de todos (con permiso de Los Bravos) nos dejaban como legado enormes éxitos: Flamenco, Lola, Un sorbito de champagne, Borracho, Sola, Nadie te quiere ya… Todo un auténtico fenómeno musical de la década prodigiosa española.

Pero los cambios y avatares que sufrieron en su no muy larga trayectoria dieron lugar a que en 1970 sacaran su último elepé titulado Mundo, demonio y carne, con una singular portada (que se abría, por lo que en este caso solo aparece la parte de delante) de Jesús Rodríguez Parada-Cumella, muy alejada de aquella imagen tan castiza en la que sus cuatro miembros aparecían con la capa española o con cascabeles.

Sin embargo, para la edición internacional acudieron a la misma que había realizado con anterioridad el director de cine Iván Zulueta para el disco Contrabando. Al año siguiente, en 1971, Los Brincos desaparecieron como grupo, siguiendo la estela de otros foráneos de corta pero vibrante trayectoria… Continuarían o nacerían otros en las tierras hispanas.

AURELIANO SÁINZ

domingo, 13 de diciembre de 2020

  • 13.12.20
Nos encontramos en diciembre, el último mes del 2020, año que nunca olvidaremos por las circunstancias de todos conocidas. Pero antes de que se cierre este ciclo, quisiera indicar que ha aparecido recientemente un libro que lleva el mismo título que el que he puesto para el artículo: Primavera extremeña. Su autor, el leonés Julio Llamazares, es uno de los escritores de mayor prestigio de nuestro país, de cuyas obras yo destacaría Luna de lobos y La lluvia amarilla.


Llamazares tuvo la intuición de que a mediados de marzo se confinaría el país, por lo que antes de que oficialmente se decretara optó por trasladarse a una casa de campo propiedad de la familia y que se encuentra próxima a Trujillo, ciudad de la provincia de Cáceres.

Pensaba que el encierro sería de dos semanas, tal como inicialmente estaba previsto por el Gobierno. Pronto se daría cuenta que ese confinamiento duraría más de dos meses y medio. Sin embargo, lo que podría ser un penoso encierro forzado, para él y sus acompañantes se convirtió en un verdadero placer al comprobar de modo directo el despertar de los campos extremeños en la última primavera.

Y esa experiencia nos la ha dejado escrita en un texto de algo más de cien páginas, bellamente ilustrado con láminas de acuarela realizadas por Konrad, un alemán casado con una extremeña que reside desde hace años en una casa próxima a la que acudió Llamazares para pasar el confinamiento.

Penetrar en el texto implica sumergirse en un relato pausado, de ritmo tranquilo, en el que se describe minuciosamente el goce de contemplar día a día el esplendor de los campos una vez que las lluvias los han regado generosamente como ha acontecido en esta ocasión.

Quienes somos naturales de esta hermosa tierra ya sabíamos de su singular encanto; pero era necesario que alguien foráneo, con una magnífica escritura, nos la describiera y fuera capaz de trasladar a las páginas de un libro las estampas que se desplegaban ante sus ojos.

Por mi parte, una vez leído el texto, lo mejor que puedo hacer es extraer algunos de los párrafos de Primavera extremeña, acompañándolos de cuadros de Godofredo Ortega Muñoz (1899-1982), pintor nacido en San Vicente de Alcántara (Badajoz), el mismo que plasmó la sobria belleza los campos de Extremadura.

Puesto que son pocos personajes los que aparecen en el relato, destacaré aquellos párrafos que describen la tierra, la naturaleza, el tiempo, el esplendor de los campos en la última primavera. Por otro lado, lo razonable hubiera sido que en esta selección se vieran las acuarelas que acompañan al texto; sin embargo, presentan el inconveniente de que en varias ocasiones se muestran a doble página, con el problema de que las imágenes aparecerían cortadas por la mitad con una línea oscura vertical.

Doy paso, pues, a una selección de párrafos que nos acercarán a este excelente libro, iniciándola con sus primeras líneas y cerrándola, lógicamente, con las últimas.


Uno de los lamentos más repetidos por los españoles durante la cuarentena obligada por la pandemia que asola el planeta entero desde el comienzo de este siniestro 2020 (año bisiesto, año siniestro, dice el refrán) es que aquélla les robó la primavera. Por circunstancias, a mí, en cambio, me regaló la primavera más fantástica que disfruté de principio a fin a pesar de la inquietud de los dramas que se sucedían a mi alrededor, algunos protagonizados por personas muy cercanas y queridas.


Llegamos a Extremadura el 13 de marzo del 2020 huyendo de un Madrid cada vez más fantasmal. Desde hacía varios días, la ciudad vivía sumergida en una inquietud que hacían que los vecinos anduvieran por las calles más deprisa y un silencio sospechoso se apoderaba de unos y de otras por momentos. Se palpaba la atmósfera de temor, como contaminación añadida, que se extendía por las avenidas en las que las acacias y los plátanos de sombra ya presentaban sus primeros brotes.


Los primeros días de la cuarentena apenas fuimos conscientes de ella, ocupados como estábamos en la adaptación a nuestra vida y entusiasmados por la belleza de un lugar que, aunque familiar, apenas nunca habíamos disfrutado en esta época. Normalmente veníamos más avanzada la primavera, a mediados de mayo o en junio, cuando la sierra se llena de una luz de oro, la del reflejo del sol en la hierba seca y en los frutos que los árboles ofrecen por entonces: madroños, granadas, membrillos, higos y, por supuesto, las uvas de la viña, que al final de setiembre están en sazón.


La primavera siguió su curso. A comienzos de abril empezó a llover y durante todo el mes no dejó de hacerlo, veces suavemente, como en el norte, y otras en forma de tormentas, que en la sierra cobran una intensidad mayor (…). El 19 de abril lució por fin el sol después de una semana lloviendo sin parar. Lo hizo a media tarde, con gran espectacularidad, y el campo, como un espejo se llenó de una luz brillante que resplandecía sobre la vegetación.


El refrán popular, ese que dice que marzo ventoso y abril lluvioso hacen a mayo florido y hermoso, se cumplió completamente, tanto que los adjetivos comenzaron a hacérsenos pobres a la hora de describir el paisaje que nos rodeaba (…). Mayo se despedía, pues, como comenzó. Había llovido tanto en abril que el calor absorbía la humedad formando nubes que al cabo de algunos días volvían a soltar agua y así cada poco tiempo.


Definitivamente no habíamos podido elegir un mejor sitio que el lagar extremeño del que me despediría en pocas horas, pero no sólo por su emplazamiento, sino por la primavera que nos permitió vivir, esa primavera llena de lluvias y de maravillas (…). Sin pretenderlo, al cabo de muchos años, había vuelto a vivir en un tiempo perdido, el tiempo de la infancia, esa que nunca pasa en nuestra memoria porque se convierte en oro como la primavera extremeña al llegar el mes de junio y con él el verano y el calor.

* * * 

Como colofón a esta breve selección de párrafos del libro de Julio Llamazares, quisiera indicar que quienes no conozcan el norte de Extremadura yo les invitaría a que acudieran en alguna ocasión y descubrieran la primavera cubierta por los almendros floreciendo. El espectáculo es uno de los más bellos que podemos imaginar.

AURELIANO SÁINZ
ILUSTRACIONES: GODOFREDO ORTEGA MUÑOZ

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