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COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Aprendiendo a mirar [Moi Palmero]. Mostrar todas las entradas
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martes, 23 de noviembre de 2021

  • 23.11.21
Llevamos años defendiendo que debemos reactivar el poder de la ciudadanía para cambiar el mundo. Y en Murcia nos han enseñado el camino. Aún es pronto para cantar victoria, porque queda lo más difícil: hacerle entender a nuestros representantes en el Congreso de los Diputados que en sus manos está hacer historia, ser recordados por cambiar el derecho ambiental en nuestro país y en Europa, y escuchar de una vez por todas el clamor popular, y no solo las voces de los que manejan la economía, de los que los manejan a ellos.


El ecocidio del Mar Menor nos avergonzó. El mundo entero vio los cadáveres de millones de peces flotando sobre las aguas, cubriendo las arenas de la playa. Muchos echaron balones fuera, intentando delimitar el problema, señalando a un puñado de agricultores incívicos. Pero sabían que el colapso de la laguna salada es lo que nos espera si no cambiamos de modelo, de forma de pensar, de relacionarlos con la naturaleza.

La sobrexplotación y la salinización de los acuíferos con los miles de pozos ilegales, el aporte excesivo de nutrientes, fosforo y nitrógeno provenientes de los fertilizantes utilizados en la agricultura intensiva que abastece de frutas y hortalizas a la Europa que regaña pero que mira para otro lado, así como los residuos y desigualdades sociales que provoca representan un problema generalizado a nivel nacional. La diferencia entre el Mar Menor y el Mediterráneo es su tamaño, pero las barbaridades son las mismas y las consecuencias, también.

Ante la tragedia se hizo lo de siempre: nada. Salvo poner cara de circunstancia y añadir el clásico “estamos trabajando en ello” que popularizó el señor Aznar. Trabajar en ello era llamar a los científicos, de los que solo se acuerdan durante las emergencias, para que les diesen soluciones rápidas. En esta ocasión, los científicos los remitieron a estudios de hace treinta años donde ya se concluía lo que iba a pasar y la manera de evitarlo.

Pero las soluciones no les gustaron porque para llevarle la contraria al capital hay que ser valientes y estar dispuestos a perder los votos y el poder por el bien común. Y ante la cobardía e incapacidad apareció la ciencia y la ciudadanía para proponer una solución novedosa.

Ocho profesores universitarios presentaron un estudio de la Clínica Jurídica de la Universidad de Murcia y, con el apoyo de la Cátedra de Derechos Humanos y Derechos de la Naturaleza, propusieron que la única solución posible para salvar el Mar Menor era dotarlo de Personalidad Jurídica Propia, o lo que es lo mismo, reconocerlo como objeto propio de derecho para que, por el solo hecho de existir, tenga su propia protección, independiente del interés político, como nosotros gozamos de los Derechos Humanos.

En Europa sería la primera figura de este tipo, pero no en el mundo, donde se la conoce como la ley de los “ríos persona” ya que en Colombia, en la India, en Canadá y en Nueva Zelanda salió adelante para proteger los ríos Atrato, Ganges, Magpie y Whanganui.

Para poder debatirlo en el Congreso tuvieron que impulsar una Iniciativa Legislativa Popular (ILP) y conseguir, en once meses, la friolera de 615.641 firmas, un 23 por ciento más de lo que necesitaban, y ya están validadas por la Junta Electoral Central. Y las han conseguido gracias a la ciudadanía, que se ha volcado para organizarse, para dar fe de cada una de las firmas, para mover cielo y tierra y dar a conocer el problema en todo el mundo.

Gracias a esa presión popular han conseguido que ALDI –y pronto vendrán otras grandes marcas– se plantee poner a la venta frutas y verduras que generen un impacto ambiental y social para producirlas. Estoy de acuerdo que puede ser una muy buena campaña de imagen y que, primero, deberían hablar de comprar a un precio justo y digno a los agricultores y no centralizar sus compras evitando así el ir y venir de los productos por las carreteras. Pero es un primer paso.

Y debido a la repercusión de sus acciones, el Partido Popular, que gobierna en Murcia junto con los irresponsables e incendiarios de VOX, se ha decidido apoyar la ILP. Ahora, cuando han visto que es imparable. Vergüenza les debería dar.

Este es el único camino que puede haber para cambiarlo todo: la ciudadanía exigiendo y organizada, respaldada por la ciencia, buscando nuevos caminos, nuevas oportunidades, nuevas formas de entender el mundo. Si la ciudadanía se une, el capital y los políticos cederán. Si los dejamos decidir a ellos, seguiremos escuchando el eco de la caja registradora y el “estamos trabajando en ello”.

MOI PALMERO

martes, 9 de noviembre de 2021

  • 9.11.21
La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) reúne todas las características del teatro del esperpento que popularizó Valle-Inclán: deformación de la realidad, con una gran carga de crítica y sátira, y degradación de los personajes, destacando sus rasgos más grotescos, con la presencia de la muerte como parte fundamental de la obra.


Quizás los ambientes donde se reúnen pueden llevarnos a engaño: todo engalanado con sus alfombras rojas, sus pantallas de plasma y sus stands con millones de LED. Pero no dejan de ser esos escenarios decadentes que predominaban en las obras del dramaturgo gallego como prostíbulos, antros de juego o calles inseguras por las que transitaban, vivían y se relacionaban borrachos, prostitutas, pícaros y mendigos a los que representaba como gente sin alma, residuos sociales de la peor calaña.

Historias, personajes, lugares llevados al extremo del absurdo, de la caricatura, para hacernos reflexionar sobre si lo representado es una imagen deformada de la realidad, como en los espejos cóncavos y convexos de la época que Don Ramón María utilizó como metáfora; o si, por el contrario, es una imagen fiel de una realidad deforme.

La COP26 –al igual que todas las anteriores– es un gran photocall donde líderes mundiales posan antes de mercadear con los bonos de carbono, de prometer lo que no pueden cumplir, de firmar acuerdos con tinta invisible que anunciarán a bombo y platillo, pero que no tienen intención de pensar cómo llevarlos a cabo.

Nadie cree que de allí vayan a salir las soluciones, los acuerdos, para intentar ir todos a una. Confiamos en la Cumbre de Río de Janeiro, en el Protocolo de Kioto, en el Acuerdo de París, pero ya sabemos que no harán nada, que para ellos lo firmado, lo prometido, lo anunciado, no tiene ningún valor.

Y volverán a marcarse plazos, objetivos y a convocar nuevas reuniones, mientras el tiempo corre, mientras la gente está muriendo, migrando, enfermando o pasando hambre y sed por las consecuencias del aumento de la temperatura en el planeta.

La mejor banda sonora a este esperpento es la canción de Kortatu titulada Don Vito y la revuelta en el frenopático. Ya sé que mezclar en el mismo texto a Valle–Inclán con los abertzales hermanos Muguruza puede ser de mal gusto para algunos, pero sus obras, salvando enormes distancias, tenían el mismo objetivo: hacernos despertar, uno desde el teatro, la novela y el relato y, los otros, desde el punk, el ska y el rock.

La letra, de 1985, parece que está escrita expresamente para la COP26. En un frenopático decidieron jugar al Telediario y como el hombre de El Tiempo anunció “granizos, rayos, truenos y tiempo huracanado”, la asamblea de majaras decidió ahorcarlo para, minutos después, tras muchas reuniones, anunciar “sol y buen tiempo”.

Ese es el mejor resumen de las Cumbres de la Tierra porque, desde la primera (Estocolmo, 1972), nos hemos dedicado a eliminar, desprestigiar y fustigar a los científicos que ponían datos concretos encima de la mesa, que se atrevían a plantarse ante la asamblea de políticos, dirigentes, empresarios que negaban la evidencia y que anunciaban, y prometían, el buen tiempo. Porque sí, sin más, porque ellos lo valen.

Podemos llamarlas de muchas maneras, pero "asamblea de majaras" es la mejor de todas. Porque hay que ser majara para aplaudir a Putin y Bolsonaro cuando anuncian que van a trabajar por reforestar sus países, cuando llevan años cargándose los bosques siberianos y la Amazonia brasileña.

Hay que ser majaras para presumir de que 103 países firman un acuerdo para frenar y revertir la deforestación en la próxima década y reducir un 30 por ciento las emisiones de metano, pero solo 20 países (entre los que no está España) se han adherido a la declaración para el fin de la financiación a los combustibles fósiles en el extranjero.

Hay que ser majara para permitirle a Jeff Bezos, uno de los grandes capitalistas y contaminantes por excelencia, avisarnos de que la Tierra se ve muy frágil desde el espacio. Hay que ser majara para incluir en una misma frase, como ha hecho la ministra Teresa Ribera, que la transición verde tiene que construir un capitalismo inclusivo.

Hay que ser majaras para cruzar el planeta en jet privado y desplazar 23 coches oficiales para, luego, como hizo Biden, dormirte en el plenario porque lo que se esté hablando allí poco interesa. Hay que estar majara para hablar de "punto de inflexión" cuando los países más contaminantes –India, Rusia y China– ni siquiera se dignan a presentarse en Glasgow.

Pero no hay que preocuparse. Porque la asamblea de majaras ya ha decidido que, mañana, “sol y buen tiempo”. Estamos salvados.

MOI PALMERO

martes, 2 de noviembre de 2021

  • 2.11.21
Tengo la adrenalina por las nubes, la emoción a flor de piel, el vello erizado y quiero dejarlo por escrito, para que sirva como homenaje a todos los que lo han hecho posible, para que quede en el recuerdo de las emociones que me invaden tras una bonita jornada. Por si alguien se inspira. Si espero a mañana corro el riesgo de relativizar, de quitarle importancia a lo logrado, de dedicarle más tiempo a analizar los pequeños errores que a celebrar los grandes aciertos.


150 personas nos hemos juntado en la playa del Faro del Sabinal, en Punta Entinas, para hacer una limpieza de playas. En apenas dos horas se han recogido tres toneladas, 3.000 kilos de residuos. Entre ellos, junto a las esperadas botellas de plástico, de vidrio, de latas de refresco, se han sacado otras basuras menos habituales: un frigorífico, media barca hinchable enterrada en la arena, un par de cascos de moto y un montón de garrafas que huelen a gasoil y que no son precisamente de los bañistas.

Mi entusiasmo no es solo por la cantidad de basura, ni por si el grupo era más o menos numeroso. Mi felicidad esta cimentada en quién se ha congregado allí. La actividad estaba organizada por Carrefour y P&G a través de sus políticas de Responsabilidad Social Corporativa y su proyecto Mi playa sin plásticos, que llevan realizando desde hace cinco años por toda España.

Ellos convocan, ponen el dinero para hacerlo posible; ellos se llevan los aplausos y los impactos publicitarios. Y me parece perfecto, maravilloso, porque sin su iniciativa, sin su compromiso e inversión (otros pueden hacerlo y no lo hacen) quizás todo sería más difícil. Pero, a partir de ahí, hay mucho más.

Otra empresa, esta vez una almeriense, Luxeapers, también con capacidad para organizar un evento de esta índole, ha decidido colaborar en la iniciativa. Por un día, ha parado máquinas, ha dejado de envasar encurtidos en Nacimiento que exportan por todo el mundo, para trasladar a todos sus empleados, casi sesenta personas, a las únicas playas vírgenes que quedan en la provincia. Ese gesto para mí lo dice todo y, además de generoso, me parece muy simbólico: cambiar el bien personal por el bien común.


Pero además de las empresas, tres institutos de Enseñanza Secundaria –Santo Domingo, Murgi y el SEK Alborán– han colaborado en la actividad. Jóvenes y profesores del municipio que por primera vez han visitado el Espacio Protegido, que han visto los jóvenes flamencos alimentándose en las viejas salinas, que han descubierto que tienen más bosques de los que creían cerca de su casa, que han conocido unas playas que ni siquiera sabían que existían.

Jóvenes que han demostrado que se puede contar con ellos, que solo tenemos que pedírselo, que necesitan menos consejos, menos paternalismo y menos sistemas educativos arcaicos en los que se premia solo su memoria y más confianza en ellos, más ejemplo, más oportunidades de ser escuchados, de poder formar parte de las decisiones, de los procesos, de la sociedad que está marcando su futuro y que no es capaz de adaptarse a las nuevas demandas, emociones, sensaciones y realidades que les ha tocado vivir.

Chicos y chicas, que no lo olvidemos, han vivido tres crisis económicas y una sanitaria. Ojalá se uniesen y se atreviesen a pedirnos responsabilidades por el mundo que les hemos creado y por el que les vamos a dejar.

También dos administraciones han colaborado, el Ayuntamiento de El Ejido y la Consejería de Desarrollo Sostenible de la Junta de Andalucía, que han puesto los vehículos para transportar los residuos hasta el punto de recogida, para hacer que el esfuerzo de los participantes tenga el doble de resultados, de recompensa. Puede parecer nimia y obligada su colaboración, pero no crean que es tan fácil gestionar este tipo de cosas en un sistema burocrático tan encorsetado. Por eso le doy tanto mérito.


Y en esta suma de voluntades, de buenos ejemplos, no podían faltar las asociaciones de educación ambiental, que también han trabajado conjuntamente durante dos meses: una, desde Madrid, Paisaje Limpio;, y otra, desde El Ejido, El árbol de las piruletas. Para hacer todo esto posible, para recordarnos que debemos pensar globalmente, pero actuar localmente.

Hoy, mañana, es tiempo de preguntas incómodas y de respuestas vergonzantes. Pero siento que otro mundo es posible, que aún tenemos esperanza para cambiar nuestro destino, para construir un futuro más sostenible, más participativo, más igualitario. Hoy me han reforzado la idea de que juntos somos más fuertes, invencibles, y que, como cantaba Manolo García, nunca el tiempo es perdido: es solo una ilusión.

MOI PALMERO
REPORTAJE GRÁFICO: MOI PALMERO

martes, 26 de octubre de 2021

  • 26.10.21
Cada 24 de octubre, desde 1997, se celebra el Día de las Bibliotecas para recordar la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo, bombardeada e incendiada en 1992 durante el conflicto de los Balcanes. Este año, el lema de la celebración es Bibliotecas: leer, aprender, descubrir, que viene a unirse al de Aptas para todos los públicos, que se utiliza desde 2019.


De entre todas las bibliotecas del mundo, hoy quiero hacerle un homenaje a la Biblioteca Brautigan, que conocí a través del libro de David Foenkinos La biblioteca de los libros rechazados, una obra que ha venido a mi memoria a raíz del revuelo mediático provocado por el fallo del Premio Planeta que nos ha desvelado quién se escondía detrás del pseudónimo de Carmen Mola.

Richard Brautigan fue un escritor norteamericano que terminó suicidándose, atormentado porque en su haber acumulaba más rechazos editoriales que reconocimientos a su trabajo. En una de sus obras, The abortion. An historial romance, el protagonista era un bibliotecario que aceptaba todos los manuscritos que ninguna editorial había querido publicar.

Tras su muerte, uno de sus lectores, Todd Lockwood, quiso darle vida a esa biblioteca que el autor había imaginado y, como no podía ser de otra manera, la bautizó con el nombre de Brautigan. La única condición para depositar allí un libro era que tenía que llevarlo el propio autor en persona. Una manera romántica de poner punto final al libro que imaginó, creó, en el que depositó tanta confianza y que nunca llegó a ser publicado.

La biblioteca tuvo un gran éxito y muchos aspirantes a escritores fueron a depositar allí sus sueños frustrados. Pero, a pesar del éxito, tras quince años abierta, en 2005 tuvo que cerrar sus puertas por problemas económicos. Años más tarde, en 2010, todos los manuscritos fueron rescatados y depositados en la nueva Biblioteca Brautigan que puede consultarse en el Museo Histórico del Condado de Clark, en Vancouver.

Unos 300 ejemplares conforman la colección original, que solo puede consultarse presencialmente, y una colección digital a la que siguen llegando, de mano de sus vencidos, decepcionados, frustrados y cansados autores, manuscritos inéditos con la misión de curarlos y recopilarlos.

En esta biblioteca se basa Fonkinos para escribir una novela romántica que cuenta la historia de un joven escritor y una editora que descubren por azar un manuscrito abandonado en la réplica francesa de la Biblioteca Brautigan.

Además de la bonita historia de amor, mientras intentas descubrir quién fue su autor y lo que pasa con esa novela, vas aprendiendo cuál es el funcionamiento del mundo editorial, desde que el creador imagina la obra hasta que aparece en los escaparates de las librerías.

Entre enseñanzas, consejos y advertencias, habla de ilusiones, de esperanzas, de oportunidades perdidas, de puertas cerradas, de cajones olvidados, de rechazos acumulados, de desesperación, de paciencia, de victorias y derrotas parciales; de éxitos fugaces, de confianza, de insistencia, de engaños, de soledad, de egos, de orgullo, de intuición, de inversiones, de envidias y de la pequeña línea que separa el éxito del fracaso.

Reflexiona la obra sobre lo fácil que es escribir una historia, de lo complicado que es hacerlo bien, de la odisea que es conseguir que se fijen y crean en ella, que la mimen como si fuese suya para que llegue al gran público, para darle, al menos, una oportunidad.

Uno de los planteamientos críticos de la novela es que, a veces, es más importante la historia que hay detrás del libro que el propio libro. Si consigues crear un envoltorio, un adorno, un complemento, una presentación morbosa, curiosa, lacrimógena, sorprendente, heroica, misteriosa, dramática, cinematográfica, polémica, de superación, de famoseo, de marginación, adaptada a las modas, a los clichés, a la actualidad, tendrás más posibilidades de que un editor la lea entre los millones de manuscritos que le llegan, que los medios de comunicación la destaquen y que los lectores la compren sin saber qué se van a encontrar.

Por desgracia, hay demasiado marketing en las librerías, en nuestras vidas en general, y por eso prefiero confiar en el criterio, en la recomendación, de un buen bibliotecario que ningún interés tiene, salvo que el lector aprenda, descubra, se emocione y encuentre el libro adecuado, y que cada autor, cada libro, cada historia, tengan su oportunidad, su espacio, su tiempo. Incluso, gracias a la idea de Brautigan, los rechazados.

MOI PALMERO

martes, 19 de octubre de 2021

  • 19.10.21
Al igual que ocurre con la lava del volcán, la vida, la economía y la historia siguen fluyendo lentamente, incandescentes, transformadoras, frente a nuestras vidas que, como recitaba Jorge Manrique, "son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir". Esta idea, la de dos caudales de fuerzas desiguales, me surgió la semana pasada ante la coincidencia de varias noticias en los medios de comunicación relacionadas con la agricultura.


No es una idea nueva: es la eterna lucha del hombre contra la naturaleza, o del individuo contra el sistema, o del héroe frente a su destino. Sola la vuelvo a recordar, adaptándola al momento actual, por la frustración que me produce.

Mientras en Madrid se celebraba la Fruit Attraction, en Almería los agricultores salían a manifestarse para salvar su agricultura y nuevas denuncias de los grupos ecologistas, sobre la mala gestión de los plásticos, aparecían en medios de comunicación nacionales e internacionales en forma de vídeos. La lava, el músculo, la fuerza, el sistema, contra la gota de agua, el hueso, el armazón, el individuo.

Mientras 95.000 visitantes profesionales de 118 países se reunían alrededor de las 1.300 empresas que participaron (y de los buenos platos de jamón que se servían) para hacer negocio, para generar noticias, para hablar de rentabilizar el futuro, 800 agricultores en los momentos de mayor afluencia (según algunos medios de comunicación) gritaban reivindicando que se cumpliesen las peticiones, para salvar su futuro, que se hicieron en el 2018 y aún siguen en el aire. A la vez, los vídeos sobre los residuos en nuestro campo se movían por las redes sociales denunciando el daño que provocan a la biodiversidad y a nuestra salud.

Los números están ahí, luego cada uno los interpreta a su manera, le saca el jugo que quiere. Pero por muchos paros agrarios que hagan nuestros agricultores, o vídeos de los ecologistas, el volcán lo arrasa todo: no hay forma de pararlo.

Si tenemos en cuenta el dato del INE del último trimestre de 2020, el sector agrícola da empleo de forma directa en Almería a 73.000 personas, así que el 1,05 por ciento asistió a la movilización. ¿Es eso un éxito? No lo sé. Pero, por lo que se ve, para las asociaciones convocantes agrarias, sí lo es.

Como tampoco sé a cuántas personas habrán llegado los vídeos de los residuos o si habrán conseguido los objetivos marcados de abrirles los ojos a los consumidores europeos para que dejen de consumir tomates que contaminan los mares y océanos del mundo. No lo sé, pero dudo que los impactos negativos generados por esos vídeos puedan competir con los impactos positivos que se generaron durante los tres días de feria en el IFEMA.

Si algo tuvieron en común las noticias de Madrid y Almería es que en todas las fotos salen los políticos en primera fila. Tanto para cortar la cinta de inauguración como para sujetar la pancarta de los agricultores. Ellos están en medio, sonriendo a todos, calmando, prometiendo a los enfurecidos agricultores, a los incansables ecologistas, que no tienen más remedio que confiar en sus palabras, aun sabiendo que tienen las manos atadas, que son las primeras cenizas que el volcán expulsará cuando lo crea necesario.

Marionetas con poder que se agigantan ante los débiles pero que se arrodillan ante los poderosos, incapaces ni siquiera de contestarles, de impedir los acuerdos con terceros países, de que se apruebe la reforma de la PAC, de gestionar el 100 por cien de los plásticos que se generan cada año.

No se lleven a confusión: a pesar del jarro de agua fría en mi ánimo, del baño de realidad, de hablar como Sancho Panza, yo creo en la fuerza descomunal del agua, la fuente de la vida, la imprescindible esencia de cada uno de nosotros, capaz de destruir montañas, perforar rocas, modificar paisajes.

Soy consciente de que una simple gota de agua puede romper el equilibrio para bien o para mal y es capaz de convertir un vergel en una zona pantanosa que lo engulla todo, o de transformar un desierto en un oasis. Sé que sumando gotas de agua es la única manera de hacer desbordar el vaso, de provocar el cambio, de tener una oportunidad ante los volcanes que, aunque nunca conseguiremos apagarlos, sí podremos minimizar los impactos que generan en nuestras vidas, de enfriar la colada de lava que tantos daños colaterales genera.

Saben algunas gotas de agua que la belleza se esconde detrás de la paciencia, de la constancia, y por eso insisten incansables en las calles, en las redes, en la barra del bar, con la esperanza de que sus pasos, sus palabras, sus desvelos hagan vibrar a otras gotas de agua para convertirse en un caudal capaz de fluir, de transformar. "Sé como el agua, amigo" –que diría Bruce Lee– si quieres alcanzar la mar antes de sucumbir a los volcanes.

MOI PALMERO

martes, 12 de octubre de 2021

  • 12.10.21
Vivo en un sinvivir. Y en estos días, que se celebra el Día Mundial de las Aves Migratorias, quiero contarlo a ver si alguien me libera de esta angustia que me está desvelando. No se alarmen: es un detalle sin importancia, ni punto de comparación con el “Vivo sin vivir en mí” de Santa Teresa de Jesús, pero ya saben cómo son las obsesiones: que cuando se instalan en tu cabeza, te roban la voluntad, te dominan y te hacen perder la razón.


Así que, aunque sea por lástima, caridad o solidaridad con un alma atormentada, y antes de que infrinja la ley y me meta en un lio, suplico, con menos gracia y ritmo que la Niña Pastori, “échame una mano, prima”. Mi tormento lo provoca una señal fronteriza destartalada, innecesaria, exagerada, peligrosa y anacrónica que separa los municipios de El Ejido y Roquetas de Mar, en el Espacio Protegido de Punta Entinas Sabinar, a la altura de la Torre de Cerrillos, la verdadera frontera.

Mide, la señal, unos dos metros de alto, incluida la base de cemento sobre la que descansa. Son tres láminas verticales metálicas que forman un prisma triangular con el hueco central vacío. En cada una de sus caras, las letras blancas, que te daban la bienvenida a Roquetas de Mar y resaltaban sobre el azul cielo con la que está pintada, se han convertido en insinuaciones que los senderistas y turistas no logran entender, y que muestran su abandono.

Eliminarla sería un bello acto simbólico para representar que las fronteras, que tantas muertes, guerras y conflictos siguen generando, no existen en la naturaleza. Nada saben los flamencos, los carricerines, las golondrinas o las espátulas de límites, de territorios, de países, de continentes, de señales.

Pasan su vida de un lugar a otro, volando miles de kilómetros para reproducirse, para pasar el invierno, para alimentarse, mientras nosotros, bajo sus alas, construimos un mundo intransitable, inhumano, donde una valla, un mar, un puñado de metros, unas líneas en el mapa, te separan del alimento, del agua, de la paz, de la cultura, del conocimiento que necesitas para sobrevivir.

Hacerla desaparecer en nada afectará a la ordenación del territorio, en nada beneficiará la naturaleza, pero tener la ocasión de eliminar una pequeña frontera es abrir una ventana al dialogo, al debate, a la colaboración que tanta falta hace para cambiar el mundo y, centrándonos en este caso, para una buena gestión de Punta Entinas Sabinar.

Hemos propuesto juntar a representantes de los dos ayuntamientos, de la Junta de Andalucía y de colectivos naturalistas, conservacionistas, de los dos municipios para tirar la señal. Una simple maza y voluntad es lo único que hace falta para disfrutar de una jornada de convivencia, de risas, de buenas intenciones, de propuestas, de oportunidades, de ejemplo.

Ya sé que lo que menos necesitamos son actos simbólicos, fotos y promesas, y más actuaciones concretas, prácticas, estudiadas y planificadas a largo plazo, pero por algo se empieza. Quizás, mientras pasean hasta llegar a la señal observarán esas pequeñas aves capaces de cruzar el Estrecho, de encontrar sus nidos del año anterior, descansando en sus humedales.

Quizás, con la adrenalina del trabajo físico, descubran que es más importante conservar su biodiversidad que dejar señales y placas en edificios que desaparecerán bajo el agua del mar o enterrados sobre toneladas de tierra.

Llevamos tres meses intentando quitarla. Todos están dispuestos a colaborar, les parece una idea bonita, pero falta la autorización del Ayuntamiento propietario, que sigue dando largas. A tres concejalías ha llegado la propuesta y las tres prometieron contestar, pero pasa el tiempo y otros temas más importantes ocupan su atención: “menuda gilipollez esto de la señal, ¿a alguien le importa esto?”.

También es cierto que no se ha presentado por registro, que hemos confiado en su agradable trato, en la buena disposición que han mostrado en otras sugerencias para ir mejorando sus políticas ambientales, educativas y turísticas, pero la espera se hace larga y, en días como estos, que salimos a observar las aves migratorias, nos acordamos de las inútiles fronteras y de la cansina burocracia.

Después de estas palabras no se qué pasará. Quizás el silencio, la indiferencia; quizás se ofendan y arreglen la señal y la mejoren con luces de neón; quizás desaparezca porque alguien la quite sin pedir autorización (nadie se enterará porque nadie la echará de menos) o quizás se convierta en lugar de peregrinaje para hacerse un selfi con ella. A saber cuál es su futuro. El mío es incierto porque “tan alta vida espero, que muero porque no muero”.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: MOI PALMERO

martes, 5 de octubre de 2021

  • 5.10.21
Cien años separan el nacimiento de Greta Thunberg y Bertolt Brecht. Sin embargo, sus discursos, su lucha y su tesón están encaminados a un mismo objetivo: despertar nuestras conciencias, generar el debate, desenmascarar a los verdaderos causantes de los problemas mundiales y zarandearnos para que despertemos.


Si Greta utilizase las palabras de Bertolt no desentonarían en sus labios, a pesar de que sus reivindicaciones puedan parecer diferentes; aunque uno tenga la vitola de intelectual y combatiese al nazismo y, la otra, de una joven activista mal hablada que se enfrenta al cambio climático.

Estoy convencido de que si él fuese joven en este momento estaría firmando los discursos de ella, estaría en las calles abanderando la lucha contra la emergencia climática que, al final, es una batalla contra la manipulación del capital, del poder, que nos quiere ignorantes, atemorizados, incapaces, desinformados, sumisos, dependientes, suplicantes, frágiles y desesperanzados.

Porque si perdemos la esperanza, si dejamos de creer en sus promesas, si descubrimos su hipocresía, no tendríamos nada que perder para pasar al ataque. Y “las revoluciones se producen en los callejones sin salida”, justo donde nos encontramos ahora.

Greta ha vuelto a la primera línea con un discurso claro, conciso e incendiario, para burlarse, para ironizar y para señalar a los líderes políticos, sus mentiras, su incapacidad, su inacción, sus falsas promesas, sus palabras vacías, sus eufemismos, su vasallaje ante los poderes reales del mundo.

Lo ha hecho en la Conferencia Juvenil sobre el Clima de la ONU celebrada en Milán, donde 400 jóvenes de todo el mundo se han reunido para elaborar las exigencias que llevarán a la próxima Cumbre de la Tierra, la COP26, que se celebrará en noviembre en Glasgow.

Saben los jóvenes que volverán a darle unos minutos, que los escucharán, los aplaudirán y, compungidos, les darán la razón; asumirán sus denuncias y les prometerán soluciones que nunca llevarán a cabo. Por eso Greta aprovecha para llamarlos "ladrones", "mentirosos" y "asesinos" porque “el que conoce la verdad y la llama mentira, no es un ignorante, ¡ese es un criminal” y nuestros dirigentes tienen cientos de informes que demuestran el aumento de dos grados en la temperatura del planeta, las consecuencias a las que nos enfrentamos y las soluciones para evitarlas. Conocen la verdad, pero no hacen nada, salvo marear la perdiz, salvo reunirse para, como dice Greta, “bla, bla, bla”.

Desde que se publicó en agosto la primera parte del Sexto Informe de Evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), hemos presenciado muchas de las consecuencias que nos esperan: huracanes, incendios forestales, riadas, aumentos del nivel del mar, entre otras.

Tragedias, desgracias, catástrofes, que llevan asociadas sequias, hambrunas, muertes, enfermedades, migraciones, guerras. Ya las estamos viviendo, pero en nuestro rincón privilegiado del mundo aún podemos disimularlas con ayudas y subvenciones, pero las que suceden lejos de nuestras cámaras preferimos no comentarlas, no vaya a ser que la gente despierte y se sienta acorralada.

Estoy seguro de que volverán las mofas, los desprecios, los insultos hacia Greta, pero ella es solo la cara visible de un movimiento de millones de jóvenes (y no tan jóvenes) en el mundo, que el pasado 24 de septiembre volvieron a salir a las calles para celebrar la Huelga Global por el Clima.

A pesar de que la gran parte de la población no se les una, aunque los miren pasar y se rían, lo siguen haciendo porque creen en lo que hacen, porque han entendido que estamos en una encrucijada y que a ellos les tocará sufrir las consecuencias de nuestra insensatez.

Tienen la esperanza de que reaccionemos y que, de una vez por todas, aprendamos que se hace política al andar y que (parafraseando a Brecht) "el peor analfabeto es el analfabeto político: el que no oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos; el que no sabe que de su ignorancia política nacen el cambio climático, sus desdichas y sus desgracias personales, a manos del peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales".

La obra de Brecht no acabó con el nazismo, pero sus palabras, su valentía por no esconderse y señalar a los culpables, consiguieron despertar –y siguen haciéndolo– a mucha gente. Por eso necesitamos a Greta, a los jóvenes, y a los que se han propuesto luchar toda la vida. Ellos son "los imprescindibles" porque saben que se enfrentan a una fuerza descomunal que solo podrá ser derrotada si nos unimos todos, si tomamos conciencia de que somos parte de la solución.

MOI PALMERO

martes, 28 de septiembre de 2021

  • 28.9.21
“Seísmo” es un anagrama de mi nombre y, desde hace años, lo utilizo en algunas redes sociales. Me recomiendan no hacerlo porque esa palabra lleva asociado dolor, destrucción, tragedia, miedo, angustia, desesperación, desgracias, muerte...


Sin embargo, siempre he pensado que los terremotos, como los volcanes, tienen un ingrediente poético de regeneración, de creación, de transformación, de nacimiento, de belleza. Gracias a ellos se forman nuevas islas; se levantan montañas y cordilleras; se transforman los continentes; desaparecen paisajes y aparecen nuevas rocas que surgen incandescentes del interior para enfriarse lentamente en la superficie y convertirse en un suelo fértil que sustente la nueva vida.

Hacer estos comentarios, con la lava engulléndolo todo, puede resultar ofensivo o inapropiado, porque muchas familias han perdido hasta sus recuerdos y el futuro se les plantea incierto. Pido disculpas a quien así lo considere, pero mi intención, lejos de ahondar en la herida, en el drama personal, es solo reflexionar sobre nuestra fragilidad, sobre los desastres naturales y sobre el planeta.

La posición del ser humano en la naturaleza ha ido cambiado a lo largo de la historia gracias a la observación, al estudio, a la experiencia, al conocimiento acumulado; en definitiva, a la ciencia. Pasamos de sabernos frágiles, insignificantes, a imaginarnos el centro del Universo.

Un largo proceso que ha desembocado en el momento actual, en el que somos conscientes de que formamos parte de un sistema vivo planetario del que no podemos prescindir para sobrevivir, y del gran poder que tenemos para alterarlo, para destruir lo que nos beneficia.

Bueno, no todos consideran así la Tierra. Algunos la piensan como un planeta hostil del que podemos extraer todos los recursos que generen dinero. Un planeta al que, ante su grave deterioro, ya le andamos buscando un sustituto en nuestro Sistema Solar.

Sin embargo, la Hipótesis Gaia, que Lovelock publicó en 1979, nos presenta la Tierra como un sistema capaz de autorregular su temperatura, su composición química, incluso la salinidad de los océanos. Un sistema que tiende siempre al equilibrio para que la vida y la atmósfera que la protege se mantengan. Un sistema que tiene su propio ritmo, su pulso, su tiempo.

Y ese tiempo no es el nuestro. Vivimos nuestras vidas como carreras de velocidad, porque no puede ser de otra manera, en contraposición con la Tierra, que está inmersa en una carrera de fondo. Cada uno de los eventos naturales que se producen son parte de un proceso que se nos escapa de las manos, que no podemos controlar, que nos recuerda la relatividad de nuestro poder, que comenzó tras el Big Bang y que seguirá por millones de años cuando nosotros no estemos. Es imparable, ingobernable: una lucha desigual en la que solo podemos perder.

Para la Oficina de la ONU para la Reducción del Riesgo de Desastres, estos eventos no son naturales, sino humanos. Están originados por una fuerza descomunal de la naturaleza, pero están agravados por las negligencias, la falta de prevención o las omisiones por parte del ser humano. El volcán de La Palma se hubiese quedado en un espectáculo maravilloso, como ocurrió hace cincuenta años, si no hubiese provocado tantas desgracias personales.

Que el volcán iba a entrar en acción, o que las ramblas se desbordarán, o que un bosque salga ardiendo son hechos inevitables. Pero lo que es evitable es la osadía, la soberbia, la prepotencia del ser humano, que se cree invencible, ajeno a las desgracias, y que actúa como si estuviese solo en el mundo, ignorando que la naturaleza sigue su camino y que, ante ella, nada se puede hacer. No solo metemos la cabeza en la boca del lobo sino que le pinchamos y provocamos para que nos muerda.

La tragedia y la catástrofe humanitaria de La Palma ya las estamos viviendo y sabemos que será más grande porque muchos de esos palmeros no tenían aseguradas sus casas, ni sus explotaciones y nunca se hizo nada por regularizar la situación.

No se trata de buscar culpables: entre todos la mataron y ella sola se murió. Pero en un sistema basado en el beneficio económico, la solidaridad y la humanidad duran hasta que hay que rascarse el bolsillo y las cámaras y micrófonos desaparecen.

Dejadez, falta de previsión, de valentía política, de planificación... Llamémoslo como queramos. Pero hay que dedicar menos esfuerzos a intentar luchar contra la naturaleza y a centrarnos en intentar evitar esas desgracias personales y humanitarias. Porque también se está demostrando que las promesas, las ayudas y las subvenciones de los políticos van a ritmos diferentes a los del resto de mortales y no saben de hambre, ni de frío.

MOI PALMERO

martes, 21 de septiembre de 2021

  • 21.9.21
El ataque es continuo e incansable, por tierra, mar y aire. Y en mi cabeza suena "alarma": estoy ardiendo y siento frío. Manolo Tena pone la banda sonora a esta intensa y trágica semana en materia ambiental. Suma y sigue.


El artista sabe que su creación será interpretada, que sus palabras, sus metáforas, sus ritmos y su voz significarán cosas diferentes para sus lectores y oyentes. En este caso, la historia de adicción, de locura, de autodestrucción, de grito de auxilio del poeta, del músico, es para mí un claro reflejo de la relación del ser humano con su entorno: somos extraños en el paraíso; somos juguetes de la desilusión.

El infierno de Sierra Bermeja lo hemos seguido todos. A la pérdida de casi 10.000 hectáreas de bosque, que estuvo a punto de ser Parque Nacional, esta vez tenemos que sumarle la pérdida de una vida humana.

Hemos visto el miedo, la desesperación, la angustia, la incertidumbre, la rabia de cientos de personas que no sabían qué sería de sus vidas, de sus hogares o de su futuro, mientras nuestros políticos se despachaban y despellejaban ante los medios de comunicación mostrándonos su incapacidad de trabajar todos a una, de olvidarse de intereses personales y partidistas, de mirar por el bien común.

Nos hemos vuelto a sentir solos, abandonados, avergonzados, perdidos en el camino de vuelta al hogar, gritando nombres a los que nadie responde. Y ahora vendrán los reproches, los tirones de orejas a los alcaldes que dicen verdades como puños y que provocarán una paz tensa y un puñado de euros, de promesas, de inversiones, de regalitos, de parches insuficientes para evitar una nueva desgracia.

Presenciaremos el reconocimiento a los héroes que no quieren serlo, que prefieren ser trabajadores a los que no se les despide a final de campaña, a los que se les dote de los medios oportunos y necesarios para hacer su trabajo con garantías, a los que olvidaremos, hasta nueva emergencia, como hemos olvidado a los que llamamos "esenciales" durante la pandemia.

Mientras las cenizas del bosque lo cubrían todo, un grupo de ecologistas, conservacionistas y educadores ambientales, los versos equivocados, conmemoraban el segundo aniversario de la DANA de 2019 que nos mostró parte de las miserias de nuestra agricultura cuando el agua arrastró los plásticos y residuos de todo tipo por las ramblas de Almería.

Hicieron una limpieza simbólica en la Rambla del Artal para demostrar que las actuaciones que se anunciaron a bombo y platillo son insuficientes, ya que solo se limpió el cauce, pero no los alrededores, donde aún permanecen enterradas toneladas de plásticos que somos incapaces de gestionar antes de que lleguen al medio, antes de que termine el sueño, antes de que suene el disparo y la muerte deje caer el telón.

Ecologistas a los que se les señala, se les denigra, se les injuria por escribir y señalar el reloj que marca la profecía de un camino sin retorno; por culpabilizar a los individuos, de alma vacía, que llenan sus vidas, sus cuentas corrientes, cometiendo infracciones, delitos, que hemos aprendido a justificar como daños colaterales y que terminarán desmoronado, como las olas, el castillo de arena de nuestra agricultura y de nuestra economía.

No podemos seguir construyendo más invernaderos (en los últimos meses crecen como margaritas en primavera) cuando nuestra Administración reconoce que solo tenemos la capacidad para reciclar el 85 por ciento del plástico que generamos cada año y que 5.000 toneladas de residuos las tenemos que esconder bajo la alfombra, entre los arbustos del Cabo de Gata, en el fondo de la mar.

Y del mar viene la última barbarie humana de los últimos días. En las Islas Feroe, pertenecientes al Reino de Dinamarca, cada año sus pescadores tienen la autorización de la arcaica y vieja Europa que mira para otro lado, para masacrar los delfines y calderones que pasan por sus costas.

Este año han sido alrededor de 1.400 cetáceos los que han empujado hasta la orilla, para darles muerte a cuchilladas, a base de golpes que alargan su agonía, que cubren la bahía de sangre en la que se fotografían bañándose, orgullosos de una tradición que siglos atrás les garantizaba su supervivencia, pero que ahora los convierte en asesinos que enseñan a sus hijos a matar, en psicópatas que se regodean en el dolor, de insensatos que dicen comerse su carne contaminada de mercurio y otros innumerables metales pesados con los que hemos envenenado los mares y océanos del planeta.

Días de residuos, sangre y cenizas con los que estamos cubriendo el planeta, para demostrarnos que nos sentimos el público y el único actor, que estamos yendo pero no sabemos hacia dónde. Que somos el delirio y la confusión, que buscamos el principio y solo vemos el final. Que estamos ardiendo y solo sentimos frío.

MOI PALMERO

martes, 14 de septiembre de 2021

  • 14.9.21
Sabe el peregrino que no camina solo, aunque el horizonte se presente desierto, pese a que las huellas se desvanezcan con la lluvia, a pesar de que el eco sea la única respuesta a sus plegarias. Sabe que cuando lo necesite, cuando crea desfallecer, una mano le ayudará a levantarse, una piedra se le ofrecerá para su descanso, un susurro le empujará a seguir.


Sabe que en cualquier momento él puede ser esa mano, la fuente, la sombra, el refugio, el faro, la estela de otro peregrino, porque en su camino aprendió que somos demasiado osados y cargamos más de lo que nuestros hombros pueden soportar, porque no sabemos encontrar nuestro ritmo, porque nunca nos paramos a pensar en nuestros límites y objetivos.

Sabe que seguir los sueños, las metas, los pasos, el ritmo, las ideas de otros, nos lleva a cometer muchos errores, nos conduce al fracaso, a la frustración, a las lesiones del cuerpo que terminan erosionando nuestra confianza, los pilares de nuestra fortaleza, nuestra autoestima.

Sabe que nunca debe infravalorar el camino, sino adaptarse a él, disfrutar de lo que le ofrece, de lo bueno y de lo malo. Sabe que le obsequiará con paisajes sublimes, colores impensables, texturas inimaginadas, sabores, olores, emociones, vivencias, compañía, sentimientos que lo harán sentirse invencible, único, inigualable, inmortal. Pero también sabe que se presentarán dificultades que pueden retrasar su paso o detenerlo para siempre.

Sabe que todo depende de él, de su imaginación, de su fuerza, de su humildad para pedir y recibir ayuda, de su capacidad para encontrar las alternativas, las soluciones, la manera de seguir adelante. Sabe que debe confiar en su intuición, en su instinto de supervivencia, porque si pierde el tiempo en lamentaciones, en buscar culpables a sus desdichas, la lluvia puede alcanzarlo, sus pies convertirse en piedra o el olvido anidar en él.

Sabe que la soledad hace la noche más oscura, el silencio más pesado, el frio, la angustia, el hambre más penetrante, pero no le tiene miedo porque sabe que hay fuegos que no calientan, comida que no sacia, agua que no quita la sed.

Sabe que debe huir de la amargura de los abrazos vacios, del aguijón de la condescendencia, de los besos de cortesía, sin calor, sin amor. Sabe que es mejor alejarse de esos compañeros de viaje porque lo conducirán a lugares en los que no quiere estar, a decir lo que nunca diría, a pensar solo en no pensar.

Sabe que a veces debe despedirse y dejar marchar a muchos con los que recorrería el resto del camino, a los que llorará y añorará cada día, pero a los que no puede seguir, ni obligar a que lo esperen. Sabe que cambiar su ritmo, su destino, sus rutinas, puede ser su perdición, una derrota que terminará lamentando. Sabe, y es su consuelo, que siempre aparece alguien con quien armonizar su paso, disfrutar del silencio, compartir las desventuras.

El peregrino sabe que no merece la pena mirar atrás porque las dudas, los quizás, son piedras ancladas en el fondo del alma que tarde o temprano frenarán su avance. Sabe que debe mirar al frente, estar siempre alerta, porque en cada paso le va la vida y necesita cada uno de sus sentidos para no errar, aunque sabe que terminará equivocándose, que los errores, los tropiezos, las caídas, son parte del proceso, del camino.

Sabe que las prisas no son buenas, que las agujas del reloj se convierten en lanzas que nos empujan a la desesperación, a la angustia, a la locura. Sabe que a veces conviene esperar a que pase la tormenta, a que florezcan las margaritas, a la salida del sol, a la mirada constante, a la palabra precisa, a la sonrisa perfecta. Sabe que no siempre gana el que llega primero, sino el que llega en el instante adecuado.

Sabe que lo más importante no es el destino, sino llegar; o encender una vela cada año, sino evitar que se apague; o postrarse ante una figura, sino sentirla aunque no pueda verla bajar de su altar, aunque no pasee por las calles entre nubes con olor a pólvora, entre aplausos, vítores y lagrimas de emoción, de devoción, de recuerdos, de ausencias, de esperanza, de fe.

Sabe el peregrino que cuando llega septiembre su corazón no entiende a razones, que lo que aprendió carece de valor, que todo lo que creía importante, imposible o insalvable no lo es, que las carreteras, ramblas y senderos se convierten en las arterias que soportarán sus pasos, y sueña con salir al camino para mirar a la Cruz, al azul, levantando sus manos, viviendo y cantando "¡Viva el Cristo de la Luz!".

MOI PALMERO

martes, 7 de septiembre de 2021

  • 7.9.21
En un hombro escucho al angelito que me aconseja abstenerme de hacer comentarios: “Es por tu bien, ya sabes cómo se las gastan”, me dice. Pero en el otro hombro tengo al diablito que me empuja a escribir: “por eso mismo, porque sabes cómo se las gastan”. Ambos tienen argumentos para convencerme y solo cuando termine de escribir esta opinión sabré quién ha ganado. Lo que tengo claro es que el que pierde soy yo.


El angelito lleva loco de alegría desde que nacieron las primeras tortugas bobas en Mojácar. Veinte hembras volverán al mar el año que viene y eso, para una especie que tiene tantas amenazas, es una buena noticia. Además, todo ha sido gracias a la participación ciudadana, porque un vecino encontró el nido y dio la señal de alarma, y una treintena de voluntarios, mientras impartían educación ambiental entre los bañistas y por las redes sociales, lo han cuidado durante dos semanas para que salga adelante. “Todo es perfecto —me dice— aún hay esperanza”. Tiene razón, hay que estar de celebración.

Por su parte, el diablillo pregunta malicioso: “¿Solo veinte de 72 huevos? ¿No se podía haber hecho mejor?”. Le respondo que ahí no debemos meternos porque son los expertos lo que deben decirlo. Además, sabemos que son muchas las variables que hay que tener en cuenta y que son difíciles de controlar. Ellos decidieron dejar el nido y no traslocar los huevos a otra playa o a una incubadora: sus razones tendrían y hay que respetarlas.

“A lo mejor —le digo—, si no llega a ser por ellos, no hubiese nacido ninguna”. Y me responde: “O, quizá, hubiesen nacido el doble: recuerda que esos mismos expertos decían que en el Mar de Alborán era imposible que anidara ninguna y el año pasado apareció una en Málaga”.

Nunca lo sabremos y cada experto tiene su teoría, por supuesto, basada en los conocimientos acumulados y en su propia experiencia. Pero quién nos iba a decir hace unos años que íbamos a vivir esta diáspora de tortugas por las costas del Mediterráneo español.

El vitalista cuenta entusiasmado que, ahora, gracias a Las Veinte –así las llama él–, esos expertos podrán obtener mucha información sobre la especie, sus movimientos migratorios y los cambios de tendencia que estamos viviendo. Y con todos esos datos podremos ayudarlas mejor para que se recuperen.

El rabilargo le responde que mientras sigan existiendo las redes fantasmas, las embarcaciones que chocan con ellas, el mar sea una sopa de microplásticos, sigamos destruyendo las playas donde anidan o la temperatura del planeta siga subiendo, da igual que salvemos a veinte que a cuarenta, que con el engorde en Algeciras, después de pasar por Rodalquilar para ver si nadan bien, solo les estaremos dando unas pocas opciones más de sobrevivir en un mar de minas. “No es poco…”, comienza a decir el angelito. Pero el diablillo, que se ha calentado, lo interrumpe, lo arrincona y comienza a hacer preguntas al aire mientras lanza rayos con su tridente en todas direcciones:

¿Todo bien? ¿No se convirtió el nido en una guerra de egos de expertos desde el mismo momento en el que apareció para saber quién se hacía cargo de él, si los del Ministerio, si los del CSIC, si los de la asociación que atiende los varamientos en Almería, si la Junta de Andalucía?

“¿Por qué no se dio ninguna información a la población hasta que no faltaban dos semanas, como se hace en otras provincias? ¿No confían en los almerienses? ¿Tenían miedo a no estar a la altura? ¿No sabían cómo protegerlo durante dos meses?

Si se mantuvo en secreto la posición del nido para protegerlo, ¿por qué cuando hay un acto vandálico contra él no se decide comenzar la custodia? ¿Por qué si a los voluntarios se les aplaude por su excelente trabajo ni siquiera se les ha pagado un seguro, la manutención y el desplazamiento hasta el nido? ¿Tan difícil es encontrar en un mes y medio 1.500 euros para cubrir esos gastos cuando, probablemente, en la comida que se regalaron los políticos cuando se hicieron las fotos se gastaron más que eso?

¿Por qué no han aprovechado para hacer educación ambiental dos meses en las redes y en los medios de comunicación y captar la atención de todos con el nacimiento de las tortugas como se hacen en otras provincias, donde hemos podido seguir vía streaming el nacimiento de las mismas?

¿Por qué no se implica a todos los colectivos ambientales en su custodia como en otras provincias, que se cuenta con varias asociaciones que se podían haber repartido el trabajo y los gastos de los voluntarios para que no saliesen de su bolsillo?

¿Por qué esos mismos políticos que ahora se hacen las fotos han eliminado las ayudas a la educación ambiental y al voluntariado ambiental desde que llegaron, entre ellas, las destinadas al Proyecto Caretta, que estaba diseñado para enseñar a los trabajadores de playas y a la ciudadanía a identificar los nidos y cubrir los gastos generados por su custodia? ¿Por qué?”.

Al final tengo que pararlo porque me va a volver loco y lo único que le digo es que pregunte a la Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Desarrollo Sostenible, porque son los responsables de la falta de un protocolo para que no haya guerra de expertos cuando aparece un nido; de la falta de recursos al voluntariado; del silencio y del oscurantismo respecto al nido; de la poca habilidad de aprovechar el nido para hacer publicidad turística y educación ambiental –que ni siquiera la nombran en su nota de prensa– de la buena, la del proceso, la de la participación ciudadana, la que busca cambios sostenibles en el tiempo, no parches puntuales e improvisados por los propios voluntarios.

Eso sí, el año que viene por estas fechas, el señor Moreno Bonilla volverá a Mojácar a liberar las tortugas engordadas mientras habla de la importancia de conservar los mares. Se rodeará de los voluntarios a los que dará las gracias y una palmadita en la espalda.

Espero que ese día se traiga un pico para comenzar a tirar El Algarrobico, que está al lado, y se deje de bonitas palabras contra el Ministerio, porque ya estamos cansados de ellas. En este nido, por parte de la Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Desarrollo Sostenible, ha habido en apenas dos semanas muchas palabras, muchas fotos, pero no han estado a la altura de la ciudadanía, que encontró el nido y gastó su dinero, su tiempo e ilusión por sacarlo adelante.

Por cada experto, por cada político, hacen falta miles de educadores ambientales para que la ciencia y el conocimiento calen en toda la población.

MOI PALMERO

sábado, 28 de agosto de 2021

  • 28.8.21
Por sus habilidades, su inteligencia o, quizás, por la falsa sonrisa con la que se presentan, los delfines transmiten alegría, positividad y belleza. Nos gusta verlos jugar, saltar, disfrutar en la mar e, incluso, fantaseamos con nadar entre ellos, con acariciarlos o con darles de comer.


Entre las dos especies existe respeto, atracción y cariño –diría amor–. Tanto es así que, en algunos países, se consideran "personas no humanas". Pero cuando mueren, sus cadáveres quedan a merced de los depredadores y descomponedores –algo natural– o de las olas que los empujan a la orilla, donde se convierten en una patata caliente que nadie quiere sujetar.

Los delfines son animales sociales, con fuertes vínculos emocionales entre ellos y se enfrentan a la muerte de un ser querido como podemos hacerlo nosotros: con dolor, con tristeza y con llanto. También necesitan pasar su duelo.

Hay casos de cetáceos que han permanecido junto al cadáver de un compañero durante horas; o de delfines hembra que han empujado a su cría muerta durante días. Pero, al final, la realidad manda y hay que pasar página, seguir nadando.

El cadáver de una hembra de delfín común, a la que llamaremos Delfina, flotaba cerca de las costas de un municipio turístico del que no daré nombres para no levantar suspicacias, ya que tenemos la piel curtida para recibir medallas, pero muy fina para encajar las críticas.

Son los municipios los que deben hacerse cargo de estos animales cuando llegan a sus costas, bien incinerándolos (algo caro e inviable), enterrándolos o llevándolos al vertedero. Un marrón para los ayuntamientos por el peso de estos animales o porque muchos están troceados, ya que se les practica la necropsia para obtener muestras; o también por el estado de descomposición que presentan. Pero deben hacerlo: es su competencia.

En este caso, una embarcación encontró el cadáver de Delfina flotando y decidió llevarla a puerto para evitar un posible accidente con las motos de agua o que los niños de las escuelas de vela la vieran. También porque consideraron que era lo mejor para evitar males mayores, como algún problema de contagio de enfermedades.

Una vez en el barco, llamaron al 112 para informar de la situación y que la asociación que se hace cargo de estos varamientos hiciese su trabajo. En el puerto se improvisó la logística para sacar el animal del barco y transportarlo a un lugar del recinto portuario donde no oliese y pudiera representar un peligro para la ciudadanía. Una operación que puede parecer sencilla, pero que llevó su tiempo.

Cuando llegaron los voluntarios de la asociación –que, curiosamente, tiene la autorización del Ministerio de Transición Ecológica, pero no de su comunidad autónoma, algo que en el resto de las provincias no ocurre– tomaron los datos protocolizados, pero ninguna muestra porque el estado de descomposición no lo permitía.

Hasta ahí todo bien: ningún reproche que hacer, porque ya solo había que esperar a que el Ayuntamiento retirase el cadáver, algo que, sin embargo, no ocurrió. Primero, para evitar ir a recoger el cuerpo, se lo ofrecieron a la Universidad, que está preparando un museo. Pero, en agosto y un cadáver tan poco apetecible, debieron poner alguna excusa para no incluirla en la colección.

Tras el fallido intento por que otros hiciesen su trabajo, se negaron a recogerla alegando que estaba en las instalaciones portuarias. El puerto llamó entonces a la asociación para preguntarles qué hacían y el colectivo, ante un marrón que no les correspondía solucionar, culpó a la embarcación por haberla remolcado sin avisar previamente.

Según los responsables de la asociación, para cubrirse las espaldas ante ayuntamientos inoperantes, lo mejor hubiera sido dejarla salir a la playa, a pesar de los posibles peligros que se pudiesen derivar, porque allí el Consistorio la hubiese retirado al instante para no dañar su imagen y la posición en el mercado que tantos euros cuesta mantener.

El caso es que Delfina estuvo varios días tirada junto al faro rojo, bajo una tela, continuando su proceso de descomposición y generando malos olores. Nadie la quería, nadie se responsabilizaba de ella. Así que la picaresca española volvió aparecer y el problema se solucionó metiendo su cadáver a escondidas en un contenedor para que el Ayuntamiento lo echase al camión de la basura.

Si las autoridades municipales hubiesen asumido su responsabilidad desde el principio, nos hubiésemos ahorrado mucho tiempo y muchos quebraderos de cabeza. Con lo bonito y constructivo que habría resultado todo y la desagradable sensación que les ha quedado a los implicados de que, a partir de ahora, se llama al 112 y se quita uno de en medio para que no le salpiquen ni los cadáveres de especies protegidas ni los reproches de nadie.

MOI PALMERO

sábado, 21 de agosto de 2021

  • 21.8.21
No soy capitán, ni siquiera marinero de ninguna embarcación. Solo soy un educador ambiental que este verano, a bordo de la Blancazul, intenta mostrar la gran biodiversidad que albergan nuestros mares. Hablamos de la importancia de la posidonia oceánica; del secreto y misterioso nido de la tortuga boba que, en breve, eclosionará en Mojácar; de las diferentes especies de cetáceos que nadan en nuestras aguas... Hablamos de salinas, de bosques costeros, de piratas en el Mar de Alborán; del cambio climático, de microplásticos y de nuestra ceguera.


El objetivo es que las familias, la ciudadanía, descubran, conozcan y valoren los ecosistemas y las especies que nos llevan acompañando, alimentando y protegiendo desde que decidimos asentarnos en estas costas. Si conseguimos enseñarlos a mirar, despertar su curiosidad, habremos conseguido lo más difícil. El resto ya depende de cada uno.

Nos pasa a todos que, ocupados en nuestra rutina, centrados en nuestros proyectos, siempre andamos buscando la manera de mejorar, de encontrar las habilidades, las técnicas, las herramientas para aumentar la eficacia de nuestras acciones; de hacer llegar nuestro mensaje con más claridad.

Y en ese afán de mejora, a veces se nos olvida pararnos a observar, a escuchar y a ponernos en los zapatos del otro. Este verano, la mar me ha enseñado algunas lecciones y me ha recordado otras muchas que tenía olvidadas.

Hace unos días, con apenas unas horas de diferencia, aparecieron dos cadáveres flotando a la deriva: uno de una delfina común y otro de un inmigrante. Ambos fueron recuperados y llevados a puerto por dos embarcaciones recreativas cargadas de familias en bañador, que disfrutaban de un bonito y vacacional día de verano.

Dos situaciones desagradables que desinflaron nuestra alegría y que nos hicieron bajar de la nube a la que nos habían elevado unos minutos antes los saltos de los delfines mulares que frecuentan la piscifactoría de Aguadulce.

Tras las llamadas a Emergencias y la retirada de los cuerpos, ambos se convirtieron en números que siguen engordando nuestras estadísticas. Unos pocos datos recogidos y a pasar página porque la vida sigue. ¿Qué más se puede hacer salvo resignarse y aceptar la realidad del mundo que hemos construido?

La vida y la muerte son algo natural, algo que nos iguala. Pero saber que ambas muertes son nuestra responsabilidad, que quizás se podrían haber evitado si las políticas, si la economía, si las fronteras fuesen más humanas, es algo que nos debería dar que pensar.

Quizás si los cuerpos hubiesen llegado a la abarrotada Playa de La Romanilla, más gente se habría visto en la obligación de responder a las preguntas de los niños, a la necesidad de buscar respuestas coherentes a hechos inexplicables.

Son esos momentos de confusión los que terminan removiendo nuestras conciencias; los que nos hacen carraspear y tragar saliva; los que aflojan el nudo de la venda de nuestros ojos; los que nos despiertan del sopor de la anestesia con la que adormecemos nuestros sentidos y nos ayuda a justificar lo injustificable.

A lo largo del verano hemos tenido la ocasión de embarcar a dos grupos de la Cruz Roja. Uno con niños que, nada más subir, preguntaron por los salvavidas; que sabían reconocer la patrullera de la Guardia Civil en la lejanía y que nos contaron con una sonrisa inocente que habían visto delfines cuando cruzaron en patera el Estrecho con sus padres.

El otro grupo estaba conformado por adultos de diferentes países africanos que, mientras les hablábamos de las distintas especies y la necesidad de proteger los delfines y las tortugas, nos dieron una clase de anatomía sobre estos animales porque se los comen en sus países desde tiempos inmemoriales.

Ante situaciones como éstas lo mejor es callar nuestro mensaje paternalista, conservacionista, ejemplarizante, y escucharlos y aprender las lecciones de la vida que les ha tocado vivir. Nosotros, que les robamos su riqueza, que destrozamos los ecosistemas del mundo, tenemos la poca vergüenza de decirles que tenemos un problema global, que tienen que cambiar sus costumbres, que tienen que limitar su crecimiento, que no pueden huir de la pobreza.

Estas enseñanzas de la mar, como no puede ser de otra manera, las incorporamos a nuestras actividades y nos sirven para generar debates, para provocar reacciones, para hacer aflorar sentimientos, para remover conciencias.

Mientras hablamos de pesca sostenible, de la necesidad de aunar esfuerzos para minimizar los impactos que generamos con nuestras artes de pesca, recordamos que la mar es donde se originó la vida en la Tierra, que nos alimenta y nos cuida, y donde, por desgracia, hemos construido muros invisibles en los que se ahogan muchos sueños e ilusiones.

MOI PALMERO

martes, 17 de agosto de 2021

  • 17.8.21
Desde el anuncio por parte de la Junta de Andalucía del balizamiento de algunas playas del Parque Natural de Cabo de Gata, en Almería, las boyas se han convertido en tema de conversación de muchas tertulias veraniegas. De nuevo asistimos al eterno debate de economía o conservación, hombre o naturaleza. Y como en este país hay que posicionarse, elegir entre blanco o negro, todo el mundo lo está haciendo. Así que me siento a la mesa con ustedes.


Yo, al igual que los tres grupos ecologistas que se han posicionado públicamente –y me atrevería a decir que como gran parte de la población– catalogo esta medida como necesaria, oportuna y muy acertada –y añadiría, incluso, que valiente– porque otros pudieron hacerlo y no se atrevieron. O, quizás, no era el momento adecuado. O simplemente no quisieron.

El problema no es nuevo: se lleva discutiendo muchos años, como tantos otros problemas del espacio protegido. Hace seis años, las empresas de kayak proliferaban como rosquillas, salía una debajo de cada piedra y se ofrecían en los diferentes establecimientos hosteleros o en chiringuitos ilegales en las mismas playas sin pudor ninguno.

Los empresarios locales se quejaban de las empresas foráneas sin autorización, que aprovechaban el verano para hacer, literalmente, su agosto. Y lo hacían, vaya que si lo hacían. Y luego se marchaban.

Eso se ha ido regulando, haciendo un listado de empresas para controlarlas, para poder trabajar en la costa. Y si algo hay que achacarle a la decisión tomada por la Junta de Andalucía es que se haya esperado hasta el 14 de julio para hacerla efectiva. Debería haberse hecho antes del comienzo de la temporada de verano para no perjudicar a estos empresarios, pero entiendo que las cosas de palacio van despacio y los procedimientos tienen sus tiempos.

De la nota de prensa que difundió la Junta de Andalucía para dar a conocer la decisión creo que es importante remarcar que ha sido una solución consensuada con el Ministerio de Costas, Capitanía Marítima de Almería y aprobada en la última reunión de la Junta Rectora del Parque que, no podemos olvidar, tiene función de control, vigilancia y participación ciudadana.

En esta Junta Rectora del Parque hay representantes de los diferentes partidos políticos, empresarios de la comarca, grupos conservacionistas, científicos y los gestores del espacio protegido, que se reúnen para encontrar las mejores soluciones para proteger los valores naturales del territorio.

Es cierto que por esta Junta Rectora han pasado muchos profesionales y que se ha hablado y se han analizado hasta la saciedad problemas como la masificación en las épocas estivales, de la movilidad para llegar y circular por el parque; y han insistido, machaconamente, que si no se toman las medidas oportunas, el Cabo de Gata puede morir de éxito.

Se han planteado numerosas medidas para intentar gestionar estos problemas y para hacer efectivo el II Plan de Desarrollo Sostenible, con el objetivo de encontrar el equilibrio entre economía y conservación. Pero, por ahora, todas estas medidas han sido insuficientes.

Hay que ser osado y consecuente con lo que se quiere conseguir. No se puede decir una cosa y hacer otra porque, hasta ahora, hemos visto muchas buenas intenciones. Pero lo cierto es que en el Parque Natural de Cabo de Gata está todo el mundo cabreado: los empresarios, los pescadores, los conservacionistas, los visitantes, los habitantes... Nadie tiene muy claro cuáles son los objetivos que se deben conseguir y hay una sensación en el ambiente de querer contentar a todo el mundo.

El balizamiento de este verano, como el control de acceso a Monsul y Genoveses, siempre van a ser medidas impopulares, criticadas por unos o por otros. Pero son medidas que hay que tomar porque si queremos conservar esos rincones idílicos, mágicos, de una gran belleza y biodiversidad, protegidos por numerosas figuras de protección nacionales e internacionales, no podemos permitir que se repitan esas imágenes de atascos a la entrada del parque, o los coches aparcados en las cunetas en cualquier lugar, o la Reserva Integral Marina del Arrecife de las Sirenas rodeado de pequeñas embarcaciones que buscan la foto que no tiene nadie.

Desde abril hay un nuevo presidente, muchas caras nuevas en la Junta Rectora y, por tanto, diferentes formas de pensar y de actuar. El tiempo dirá si estas boyas son el principio del cambio o se quedan solo en un experimento, en un gesto de cara a la galería, en medallas para justificar algunos de los proyectos que se están valorando.

Mientras lo descubrimos, por mi parte aplaudo el balizamiento, que –hay que recordar– no prohíbe nada: solo viene a regular el caos que, por inacción, vivíamos en algunas playas. Y trata de garantizar la salud de los bañistas y de preservar la biodiversidad de nuestros fondos marinos. Eso sí, mientras tanto, El Algarrobico sigue en pie, esperando a que el alcalde de Carboneras permita que se cumpla la ley.

MOI PALMERO

sábado, 14 de agosto de 2021

  • 14.8.21
Habría que reformular el principio de conservación de la energía: la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Y se paga. El recibo de la luz sube cada mes y las razones seguimos sin comprenderlas, porque todo nos suena a excusas y a justificaciones para tapar el verdadero problema: el monopolio de las eléctricas, encubierto de libre mercado.


Los gobiernos, unos y otros, siempre terminan culpándonos porque no sabemos qué potencia tenemos contratada, si estamos en el mercado libre o regulado o porque abusamos de los aires acondicionados. Como si las facturas o el modelo creado estuviesen pensados para comprenderlos y beneficiar al ciudadano.

Resignados, magnánimos, ante nuestras continuas quejas, nos ofrecen una solución: "planche usted por la noche y, vale, nosotros –ellos no– reduciremos un poquito el IVA". Y poco más, porque saben que tras la pataleta viene la calma, que no podemos prescindir de la energía, y que pagaremos a pesar de comer un poco menos.

Ahora tenemos una oportunidad de que el modelo cambie. Vivimos una transición hacia un modelo energético sostenible pero, como siempre, nos mienten o utilizan medias verdades. Con la pintura verde lo quieren tapar todo, pero lo único que va a cambiar será el origen de la energía, que ahora, por el agotamiento de los combustibles fósiles, por las consecuencias del cambio climático y por las nuevas políticas europeas, estará basado en las energías renovables. Bravo.

Pero el modelo va a seguir siendo el mismo: grandes empresas que ya trabajan para monopolizar el mercado. Y lo hacen en silencio, en connivencia con las administraciones, que no ponen freno a sus movimientos especulativos.

Hace unas semanas, la Alianza Energía y Territorio (Aliente) pidió una moratoria de renovables a gran escala en Andalucía, hasta que se haga una planificación que evite la réplica del modelo actual y la destrucción de áreas de alto valor ecológico, agrícola, paisajístico, social o cultural y que son hábitat de numerosas especies de flora y fauna, como las aves esteparias del Desierto de Tabernas.

Esta Alianza, conformada por más de 150 asociaciones y entidades de toda España, ha presentado un manifiesto, respaldado por más de 270 docentes y profesionales de la investigación, en el que piden, entre otras cosas, la suspensión temporal de las autorizaciones de producción de energía eléctrica a partir de fuentes renovables de más de 5 megavatios y que se cuente con la participación ciudadana, es decir, con los habitantes del territorio, tal y como exige la normativa comunitaria. Todo ello para, en el plazo de seis a doce meses, presentar esta planificación que evite las barbaridades que se están cometiendo en estos momentos de descontrol y de expansión masiva.

En Andalucía están en proceso de tramitación más de 600 proyectos que equivaldrían a un total de 22 gigavatios de potencia fotovoltaica, cuando los objetivos nacionales para 2030, según el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) son de 39 gigavatios. Solo en el Campo de Tabernas en Almería hay proyectadas 3.000 hectáreas: la potencia equivalente al 5,4 por ciento de los objetivos nacionales.

Una de las estrategias de las grandes empresas para bordear las leyes ambientales es la de fraccionar los proyectos presentados. Así evitan las Evaluaciones de Impacto Ambiental que exigen los megaproyectos de más de 100 hectáreas y con potencia mayor de 50 megavatios.

Al dividir los lotes, con menos hectáreas y potencia, pueden presentarlo ante las comunidades autónomas donde, normalmente, la tramitación ambiental es menos rigurosa. Sobre el papel son pequeños huertos solares de diferentes sociedades pero, a la hora de la verdad, comparten instalaciones de evacuación. Es decir, el mismo perro con diferente collar.

Si no planificamos corremos el riesgo, además de desmembrar el territorio y acabar con la biodiversidad, de darle la puntilla al medio rural, porque ya se ha demostrado en la comarca de Guadalajara y del Alto Aragón que este tipo de proyectos no sirven para fijar la población rural a la tierra, que es uno de los argumentos esgrimidos por algunas administraciones.

Renovables sí, hay que apostar por ellas, pero no así. Hay que favorecer un modelo basado en el autoconsumo, a nivel personal o de pequeñas comunidades como ha hecho Almócita, que vuelve a ser ejemplo de sostenibilidad y que utiliza los tejados de sus instalaciones públicas para abastecer todo el pueblo.

No hacen falta megaproyectos con instalaciones faraónicas, porque eso nos convertirá en lo que somos ahora: esclavos de unas empresas que consiguieron ponerle un impuesto al sol. Impuesto ilegal por el que Europa nos castigó pero que sirvió a estas grandes empresas para planificar y organizar su estrategia. Y si no las frenamos ahora, seguiremos quejándonos y poniendo lavadoras a las doce de la noche.

MOI PALMERO

martes, 10 de agosto de 2021

  • 10.8.21
Pocos niegan que estemos inmersos en un nuevo cambio global, en esta ocasión sin precedentes para la humanidad. Es cierto que hemos vivido otros cambios climáticos que nos han traído hambrunas, enfermedades, guerras y que han derivado en crisis sociales, políticas, y económicas. Pero como la actual, nunca.


Este verano, por si alguien tenía dudas, diferentes noticias nos lo vienen a recordar. Unas son alarmantes, evidentes, catastróficas; otras pasan desapercibidas, casi como anécdotas graciosas. Pero todas están relacionadas y tienen el mismo origen: el cambio climático.

Comenzamos el periodo estival con la amenaza de la mayor sequía en Europa de los últimos 2.100 años y, a su vez, con las grandes inundaciones en Alemania y Bélgica, que dejaron más de doscientas víctimas mortales e incalculables daños materiales. En estos días estamos viendo cómo los bosques del Mediterráneo oriental están ardiendo con más de trescientos focos activos o cómo el aumento del nivel del mar amenaza con inundar nuestras costas.

Ante la subida de la temperatura del planeta y de los desequilibrios que origina, presenciamos hechos llamativos que nos deberían dar que pensar. Este verano, los flamencos han abandonado sus nidos en la laguna malagueña de Fuente de Piedra, algo insólito para los científicos.

Algunos años, por la sequía, no lo habían hecho. Pero, en esta ocasión, han abandonado más de 3.000 huevos por la imposibilidad de sacarlos adelante. A su vez, y es en lo que deberíamos fijarnos, han comenzado a buscar nuevas zonas de cría y se han encontrado nidos en la laguna rosa de Torrevieja en Alicante, o en la laguna de Gallocanta en Aragón, o en las Marismas del Odiel, donde ha aparecido un tercer núcleo de cría.

Las especies, el planeta se están adaptando a las nuevas condiciones para sobrevivir. Sin embargo, a nosotros nos costará más, porque hemos creado complejas sociedades y megainfraestructuras que queremos salvar a toda costa, pensando que esto será algo pasajero y que con las políticas de mitigación del cambio climático, en las que nos hemos centrado tarde, será suficiente.

Es el momento de empezar a discutir cómo nos vamos a adaptar; de pensar qué vamos a sacrificar; de planificar los esfuerzos. Decisiones difíciles de tomar, como supongo que lo sería para los flamencos la de abandonar sus nidos.

Lo malo de nuestra especie es que hace ya mucho tiempo dejó de mirar por el interés común para centrarse en el interés individual, el de las fronteras artificiales, el del propio ombligo. Por desgracia, los que más posibilidades tienen de adaptarse a las nuevas condiciones son los que han acelerado el problema, los que hasta que las catástrofes no han ocurrido en sus casas las han ignorado viviendo una vida acomodada a costa del planeta y de robar los recursos naturales a terceros países. A su costa han (hemos) acumulado la riqueza y la tecnología que puede salvar a una elite dispuesta a vivir en burbujas artificiales sin contacto con el medio ambiente. Y así nos va.

Entre todas estas noticias catastróficas, un rayo de esperanza, al que personalmente llevo mucho tiempo aferrado, ha iluminado el cielo patrio. Hace unos días, sin apenas repercusión mediática, se aprobó por parte del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico el Plan de Acción de Educación Ambiental para la Sostenibilidad.

Para muchos es algo insustancial, un brindis al sol, un puñado de bonitas palabras que, ante la economía, pasarán desapercibidas. Pero, para mí, es el camino que hay que seguir, una nueva forma de entender el mundo, los pilares básicos en los que construir un nuevo modelo. Lento, pero seguro.

En los objetivos de esta planificación para pasar a la acción se habla de la Educación Ambiental como la herramienta para el cambio social, cultural y económico que la emergencia climática y ambiental requieren; de impulsar la información, la sensibilización y concienciación de la sociedad para aumentar su participación en los procesos de toma de decisiones; y de promover cambios para entender la manera de relacionarnos con nuestro entorno, entre nosotros, y de acelerar la transición ecológica.

Lástima que estas noticias no tengan la repercusión que ha tenido la marcha de Messi. Si Leo informase de la emergencia climática quizás alguno lo escuchase, pero él nunca ha sido un líder, sino solo el mejor jugador del mundo. Pero no un líder.

En su despedida podría haber dicho algo así como “ni Bartomeu, ni Laporta, ni Tebas son responsables de mi salida. La culpa es del cambio climático, que nos trajo una pandemia, que provocó una crisis económica y que, a su vez, impide que paguen mi millonaria ficha”. Quizás suene a chiste. O no. Quién sabe si lo que estamos viviendo no es un chiste de mal gusto.

MOI PALMERO

miércoles, 4 de agosto de 2021

  • 4.8.21
Opinar siempre ha sido peligroso. Por eso nos aconsejaban pasar desapercibidos, responder solo si nos preguntaban e intentar no hacerlo en determinadas circunstancias. ¿Para qué mostrar tus ideas, pensamientos o dudas en público si nada vas a ganar en ello y puedes perderlo todo, incluso la vida?


A pesar de que vivimos en el mejor momento de la historia para poder expresar nuestras opiniones, y pese a que el derecho a la libertad de expresión e información aparece reflejado en la Declaración de los Derechos Humanos y en las Constituciones de la mayoría de los países democráticos, tengo la impresión de que hay más miedo a hacerlo que nunca, ya que el poder sigue moviendo sus hilos para intentar silenciar a la ciudadanía y redirigir su pensamiento.

En los últimos meses hemos vivido algunos ejemplos muy llamativos que pretenden recordarnos lo que nos puede pasar si abrimos la boca. Uno de ellos fue la detención en directo de una youtuber cubana que invitaba a la población a salir a protestar, aunque lo más impactante fue escuchar su declaración al día siguiente, después de pasar una noche entera en el calabozo.

Contaba que la habían tratado bien, que sus guardianes le habían aconsejado muy amablemente que tuviese cuidado, argumentos previos para justificar que había aprendido la lección, que ella seguiría defendiendo los derechos de sus conciudadanos, pero que se planteaba dejarlo todo por la seguridad de su familia, para que a ellos no les pasase nada, para no engordar la lista de los centenares de personas desaparecidas en la isla. La habían aterrorizado y con razón. No la culpo. Lo triste es que los medios quieren presentarla como una heroína del pueblo cuando, en realidad, lo hacen para recordarnos lo que nos puede pasar si no guardamos silencio.

"Pero eso es un régimen dictatorial", me dirán muchos. "Eso aquí no pasa". Y tienen razón. Aquí, gracias a la democracia, ya no nos hacen desaparecer o intentan reconducir nuestras ideas a base de amenazas y hostias en calabozos oscuros, aunque a algunos, estoy seguro, les gustaría recuperar viejas costumbres. Ahora, las estrategias –nada novedosas– se han adaptado a los tiempos.

Si tu voz o tu capacidad de influencia es poca, te ignoran. Eso sí, si tu mensaje pone en peligro sus intereses, te mantendrán vigilado, por si las moscas. Si has conseguido algunos seguidores que apoyan tus ideas, lo intentan por las clásicas vías: la carta de un abogado, una llamada telefónica para, entre risas, recordarte lo que puedes perder: un consejo de amigos comunes, un vacío profesional, una puerta cerrada, una zancadilla continua... Un trabajo sutil que pasa incluso desapercibido y que solo con el tiempo descubres que no era una amenaza sino una sentencia.

Ahora bien, si tus palabras alcanzan gran recorrido y tocas sus bolsillos, la maquinaria del poder entra en acción, sin escrúpulos. Da igual si eres ministro, uno de los futbolistas más importantes del mundo, un cantante reputado o presidente de un club de futbol de primer nivel: irán a por ti, destruyendo tu imagen, humillándote, achacándote intereses ocultos, poniendo a los pies de los caballos tu vida íntima y privada.

Utilizarán sus marionetas, sus medios de comunicación, sus banderas, sus hordas de vasallos, para que te rodeen, para que te calles, para que te escondas, para que vuelvas a agachar la cabeza. Hipócritamente apelarán a la ética, al honor, a sus derechos, a la estabilidad nacional... Y si persistes, te mostrarán el peso de la Justicia para que descubras que no es ciega, que la venda se levanta cuando les apetece, cuando se lo ordenan o cuando la recompensa es la oportuna.

Lo más triste de todo es que están consiguiendo lo que buscan: que nos autocensuremos y lo hagamos con el vecino; que midamos nuestras palabras; que no hablemos de determinados temas en público; que conozcamos muy bien las consecuencias...

Es cierto que debemos aprender a opinar y, sobre todo, a escuchar y a debatir. Saber que nuestra opinión no es una verdad absoluta, que seguro que ni siquiera es original y que ya estará planteada, es un paso importante. Pero que eso no sea óbice para no mostrarla en público porque, al fin y al cabo, es lo único personal que poseemos.

Nuestras opiniones, como interpreto de El Huerto de Emerson de Luis Landero, son las lechugas del rincón de tierra que nos ha tocado, el que trabajamos. Seguro que no son las mejores, pero son las nuestras, las que cuidamos, las que regamos, las que podemos hacer crecer, las que nos alimentan. Consumir las lechugas de otros por no trabajar tu huerto es otra opción, pero siempre dependerás de ellos para sobrevivir.

MOI PALMERO

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