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Mostrando entradas con la etiqueta Agua llovida [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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viernes, 24 de julio de 2020

  • 24.7.20
Luis Eduardo Aute, Luis Sepúlveda, Carlos Ruiz Zafón… y tantos otros. Ahora también Juan Marsé. Van dejando un rastro tras su muerte que no lleva a ninguna parte, porque todo lo dejaron en sus libros: esos mundos atávicos, absurdos, irreales, fantásticos y fantasiosos, extraños tal vez pero reconocibles, como si fuesen parte de nuestra vida, o una fotocopia desvirtuada de la vida real, de la de afuera, esa que se escapa por los desconchones de las casas abandonadas y los descosidos de los pantalones, paisajes de una posguerra nunca olvidada, imposible de recordar, una sombra en las páginas de esas novelas que siempre serán un anexo de nosotros mismos.



Todos fueron grandes, pero Marsé era grandísimo. Un hombre que nunca perdonó los reveses que da la vida, que maldecía a los idiotas y a los corruptos, que no creía en ninguna bandera porque decía, con Faulkner, que todas las banderas están manchadas de sangre y de mierda. Su madre murió en el parto, hijo adoptado, agradecido a los padres postizos pero tal vez nunca superó haber llegado a este mundo solo, huérfano, la palabra más triste del diccionario.

En 2014, publicó la novela breve titulada Noticias felices en aviones de papel, felizmente ilustrada por María Hergueda, entonces una joven ilustradora que creció en Soria y se licenció en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca. La novela arranca con el último consejo que Bruno recibió de su padre tres días antes de cumplir los quince años, cuando esperaba no volver a verle nunca más en la vida: “Nunca olvides que el amor verdadero que puedas merecer de una mujer no será el que estás buscando, sino el que no sabías que estabas buscando”.

No estudió Periodismo, pero lo sabía. Decía que la primera frase de una buena historia debía agarrar al lector por el cuello y nunca más soltarlo y que, al mismo tiempo, esa frase debía ser una síntesis del tema central tratado. Le gustaban también frases que fuesen sentencias, axiomas, proverbios, adagios, máximas.

La posguerra le metió entre ceja y ceja el paisaje en blanco y negro de una Barcelona devastada con la guerra, y en las aventis encontró la herramienta imprescindible para contar cuanto derramaba por dentro. Dicen que su prosa era fácil. Pero nada es más incierto. Su prosa era tan pulida y natural que aparentaba ser sencilla, pero, nada más arañar un tanto su superficie bruñida y pulimentada, el lector podía detectar su intensa labor de orfebrería, ese barroquismo encubierto que, aun asemejándose o confundiéndose, quedaba muy lejos del lenguaje oral que aparentaba ser.

Nació en Barcelona el 8 de enero de 1933, con los primeros zarandeos que los militares traidores comenzaban a dar a la República. Desde los trece años hasta 1959 trabajó como operario en un taller de joyería. En 1959 pasó de pulir piedras preciosas a transformar palabras pedregosas en auténticos diamantes.

Comenzó a publicar relatos en revistas literarias y ese mismo año obtuvo el premio Sésamo de cuentos. Después se atrevió con la novela. En 1961 concurrió al premio Biblioteca Breve con Encerrados con un solo juguete, que resultó finalista. Pero fue ya en 1965 cuando obtuvo el premio Biblioteca Breve con Últimas tardes con Teresa. Le siguió La oscura historia de la prima Montse (1970).

Yo lo conocí en 1977 cuando estudiaba en Madrid. Firmaba ejemplares en la Feria del Libro de Si te dicen que caí, la novela que hizo de él un grandísimo escritor y que le consagró como uno de los mejores escritores en castellano, ese idioma de Cervantes que él tanto amaba. La novela acabó en las tijeras de la censura franquista, de manera que la primera edición vio la luz en México, en la editorial Novarro.

Marsé tuvo que esperar hasta la muerte del dictador para que se publicara en España. Seix Barral lo hizo en 1976 y en marzo de 1977 entró en máquinas la primera reimpresión, que fue la que a mí me dedicó. Los estudiantes entonces, como ahora, no disponíamos de mucho dinero –yo me lo gastaba todo en libros y bocadillos de calamares–, y le dije que un escritor de izquierdas como él debía cuidar los precios de los libros. Pero él y yo sabíamos que esa no era su competencia. En la dedicatoria me decía: “A Antonio López, lamentando que el libro sea tan caro, pero con un abrazo. Juan Marsé. 77”.

Escribió, como tantos escritores, de los derrotados, de los vencidos más que de los vencedores, de aquellos desheredados de la tierra que pagaron con su sangre y su honor el precio de anteponer la vida ante cualquier otro fracaso que no fuese vivir de pie antes que morir arrodillado. Llevaba dentro el coraje nunca mancillado, la pena del niño que creció en una posguerra hambrienta y necesitada, el paisaje hecho añicos de unos ideales siempre inalterables en los que creyó a pies juntillas, la Barcelona rota por las bombas y la metralla, los sueños alimentados con palabras hasta reconstruir el fracaso colectivo, el fracaso que fundaría la mejor narrativa de nuestra posguerra, la mejor literatura de siempre.

Juan Marsé era así. Se vengó con sus novelas de una vida miserable que nadie, entonces, merecía. El Premio Cervantes le dio la razón, aunque ya no necesitaba ningún reconocimiento para que todos supiéramos que él era el reconocido escritor que hoy es y será para siempre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 17 de julio de 2020

  • 17.7.20
Anoche viví un sueño muy tentador. El paisaje era cualquier playa de este país, atiborrada de sombrillas y de turistas precarios armados de mascarilla y leyendo. Y todos asfixiados de la risa. Unos leían en el BOJA la orden del 14 de julio de este año que obliga a cubrirse con mascarilla incluso cuando hacemos el amor.



El Gobierno andaluz, muy pudiente, y consciente de que aquí en el sur fornicar no nos va nada, no ha querido expresarse al respecto. Y con su silencio, debe entenderse –así lo entiendo yo– que cada cual se las apañe como pueda. Eso, si nos posicionamos horizontalmente sobre una cama o cualquier otra superficie que no dañe la columna vertebral, pero siempre en espacios cerrados, propios o ajenos. A este respecto el BOJA tampoco da pistas sobre una u otra conveniencia.

Pero si te tiendes horizontalmente sobre una tumbona en esta o aquella playa, debes utilizar mascarilla. Aunque solo miremos enajenados el horizonte que no nos pertenece o chupemos con pajita una fanta. No importa que el calor sofocante alcance los 40 grados y el mercurio alerte sobre sus estragos. Si vamos al baño, debemos también ir con mascarilla. Y si el turista definitivamente opta por bañarse, puede hacerlo siempre que deje la mascarilla sobre la arena lo más próximo posible al lugar donde nos damos el chapuzón.

En tanto que el número de turistas podría ser muy elevado este año, porque –como es de suponer– el confinamiento invita ahora al desenfreno, conviene identificar nuestra mascarilla con nuestras iniciales bordadas en una esquina o, mejor, con el DNI. Así evitamos que cualquier intruso nos la robe o confunda la suya con la nuestra. En verano, ya se sabe, los ánimos se relajan demasiado.

Si nuestra posición es vertical y estamos sentados a la mesa en una terraza, también debemos vestir mascarilla. En el borrador del manual de instrucciones que escribo en estos momentos para enseñar a comer mariscos con mascarilla, recomiendo evitar hacerlo con las manos. Sabemos que el resultado no es el mismo en el paladar, pero estos placeres dejan después un tufo imposible impregnado en la mascarilla.

Igual medida debemos adoptar con las sardinas y otros pescados que apetece devorar con las manos. De cualquier manera, cualquiera puede pensar que tomar un bocado y volver a vestir con mascarilla, es un engorro. Pero, cuando nuestros políticos nos invitan a ello, deben guardar algún as en la manga. Aunque en verano, las mangas, como tales, no son muy recomendables.

El BOJA tampoco especifica cómo les explicaremos a los turistas que se acerquen a nuestras playas cubiertos hasta las orejas. Y estos, sobre todo los ingleses, que son de trago fácil, jamás se acostumbrarán a beber cerveza con pajita.

Odio el turismo de borrachera, el turismo cutre, el turismo masificado y hortera que en ocasiones invade este país como si fuésemos nativos a los que se compra con piedras redondas de arroyo. Pensé que nunca lograríamos desprendernos de estos intrusos, pero ahora, gracias a las medidas adoptadas por el Gobierno autónomo, los turistas se pensarán muy mucho si morir estrangulados de calor en nuestras playas o sucumbir al confinamiento voluntario de no moverse de su terruño patrio.

En cualquier caso, más allá de cualquier diatriba penosa que no conduce a conclusión alguna, la mascarilla debe ser obligatoria en cualquier caso y en todo momento. Pero la letra de las normas, en ocasiones, abre lugar a la duda y al sarcasmo.

Por ejemplo, la orden mencionada advierte de que el uso de mascarilla no será exigible para las personas que presenten algún tipo de enfermedad o dificultad respiratoria que pueda verse agravada por esta circunstancia. Claro, pero no especifica.

A mis amigos, por ejemplo, se les corta la respiración cuando escrutan el paisaje humano que habita nuestras playas. Yo los animo a que se desprendan de ellas antes de morir víctimas de un sofocón. Igual estoy cometiendo un delito. Pero me da tanta pena de ellos. También de ellas.

Se recomienda, dice la orden, el uso de la mascarilla en los espacios abiertos o cerrados privados cuando existan reuniones o una posible confluencia de personas no convivientes. Me pregunto cómo podremos acceder al interior de los hogares para decir a la abuela que no abrace y pellizque a los nietos en los mofletes. A los nietos tampoco les gusta tanto manoseo.

La norma también es muy específica respecto a los funerales. A este respecto, la participación en funeral o comitiva para el enterramiento o cremación de la persona fallecida se restringe a un máximo de veinticinco personas, entre familiares y allegados, además, en su caso, del ministro de culto o persona asimilada de la confesión respectiva para la práctica de los ritos funerarios de despedida del difunto. Se entiende –entiendo– que todos y todas deben ataviados con sendas mascarillas.

Sobre el difunto no se dice nada, pero es fácil concluir que también debe estar protegido del mal en esta vida que abandona. El número de 25 asistentes es válido tanto para los singles como para las familias numerosas donde muchos ni se hablan, y para una aldea de 220 habitantes como para un torero enterrado en Sevilla al estilo Paquirri. In memoriam.

Cuando el 1 de diciembre de 1955 Rosa Parks se negó a ceder su asiento a un joven blanco en un autobús de Montgomery, Alabama, se puso de manifiesto que la desobediencia no era un acto de rebeldía gratuita, sino un gesto cívico que podía cambiar el rumbo de la historia. Rafael Narbona ha escrito que la posteridad ha cuestionado el papel de Rosa Parks, afirmando que sólo se trataba de una costurera cansada y no de una activista como Irene Morgan Kirkaldy, pionera del movimiento por los derechos civiles, o Ida Bell Wells-Barnett, copropietaria y redactora del periódico antisegregacionista Free Speech, quienes habían protagonizado incidentes similares con anterioridad. Actitudes todas basadas, aunque no la primera, en el principio de desobediencia civil, principio de que Henry David Thoreau desarrolló en una conferencia de 1849 y que publicó con ese mismo título.

El uso de mascarilla debe ser obligatorio, qué duda cabe. Pero a veces pecamos de remilgados. El Ejecutivo andaluz apremiaba al Gobierno de Sánchez a que el desconfinamiento en Andalucía fuese el mismo para todas las provincias. Daba igual que entre Huelva y Málaga el desfase de personas infectadas fuese tan desequilibrado. Su actitud, ahora que manejan estas competencias, es totalmente opuesta a la anterior.

El número de jóvenes infectados crece cada día. En las noches, tendidos en las playas comparten porros y abrazos tan necesarios. La policía local, en cada ciudad, mayor o menor, sabe de estos encuentros, pero los agentes a esa hora están agotados de hacer prevaler las normas que nos impone el BOJA con una precisión de espasmo.

En mi sueño, yo andaba escribiendo este manual sobre instrucciones para entender el uso de mascarilla y su posible rechazo cuando se excede en desajustes desorbitados. El desconfinamiento nos tiene a todos sin aliento. Si a eso unimos la protección ineludible de mascarilla, la gota de sudor frío es solo una sutil secuela de esta asfixia sentimental a la que nos someten nuestros gobernantes.

Por cierto, algunos compañeros quieren compartir con nosotros una primicia. Lo saben porque les han instalado una cámara oculta. En sus despachos, ellos, quienes escriben para nosotros las órdenes para el BOJA y con las que nosotros nos desgañitamos trepados en la tumbona, lo hacen sin mascarilla y a una distancia de dudosa salubridad. Ya los sabemos: siempre escribe quien no debe.

Y que nadie se engañe: mascarilla hasta para dormir. Por si la covid-19 intenta seducirnos en los sueños.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 10 de julio de 2020

  • 10.7.20
Desde que nos confinamos, un pensamiento habitó mi mente y todavía me persigue: cómo vivieron esos días aquellos seres humanos que habitaban una doble vida. Aquellos que buscaban o encontraron el amor no en el marido o la esposa sino en el amante y en la amante respectivos. Cómo llenaban las horas vacías en sus pensamientos; cómo imaginaban a esa persona desde una memoria cada vez menos fidedigna, más difusa; cómo buscaban un rincón sin nadie en una vivienda de tan pocos metros para escuchar la voz de la otra persona; cómo le prometía abrazos que ya no podría cumplir y cómo estaba dispuesto/a a abrazar la muerte por oler a esa persona cerca de su mascarilla.



Cómo imaginaban estos amantes un futuro extraviado en el azar, cómo intentaron e intentan recomponer los sueños en un puzle encriptado. Les ha dejado esta época de pandemia una expresión quieta, de alguien que no comprende por qué, precisamente ahora, cuando la primavera rompía a florecer y los pájaros se apoderaban del asfalto y de otros árboles arrebatados, por qué ahora alguien ha derramado sobre la tierra esta condena bíblica, esta plaga que solo alumbraba las páginas de los libros, pero nunca los días en que planificábamos una felicidad a nuestra medida. Por qué ahora la literatura se volvió vida y la vida se extravió en los sueños y en las pesadillas.

Aquellos seres humanos, que imaginaron otra convivencia cerca de otra persona, estarán descifrando los desatinos de este paréntesis. Posiblemente el tiempo muerto, como en los partidos de fútbol, decida un final y no otro. Tal vez unos minutos de más o de menos, una palabra mal tirada a la red, una duda infundada o fundada, lleven en sus adentros una fuera motriz capaz de mover este mundo interior que creció en un mundo ya olvidado y que podría fenecer en una nueva normalidad en la que nada es como era antes.

Un tiempo muerto que acabará con la agonía, que le retorcerá el cuello al futuro planificado. Este otro tiempo es un desafío para ellos y para ellas, para quienes movieron la frontera de la libertad y desplazaron sus cuerpos por los laberintos de una doble personalidad.

Ahora tal vez no sepan qué mitad sobrevivió al espanto. Qué mitad de vida merece vivir en mitad de una cotidianeidad que nos amarró y que repudiamos, o si la mitad que fomentaba sueños volubles estalló en el aire como globo inflado de aire que ahora se desvanece.

Quién quedó indemne de aquellos que habitaban dos vidas, dos corazones, dos cuentas corrientes, dos destinos, dos desatinos. Qué parte de cada vida se inmunizó contra los desagravios del destino y qué otra mitad mutiló a la otra mitad para no ser víctima de un vacío irresoluble.

En realidad, aún sosteniendo en nuestros huesos una sola vida, siempre se multiplica en otros muchos canales imposibles de navegar: entre la vida de cada día y la vida onírica; entre la vida real y la otra posible; entre la que ignoramos y aquella que creemos conocer y reconocer. A veces, quién lo diría, somos una incógnita de nosotros mismos y para nosotros también.

Todos somos muchos y ninguno a la vez. Y si además compartimos esa identidad con dos personas, todos nos mimetizamos en personajes de una novela no escrita. La literatura es lo que tiene: en ocasiones nos absuelve de nuestros pecados y de nuestras posibilidades, y otras nos absorbe hasta el exterminio interior. Juan Ramón Jiménez lo escribió también, pero a su modo:

Yo no soy yo.
Soy este
que va a mi lado sin yo verlo,
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces, olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.

Somos quizás, quién lo hubiera pensado meses atrás, impostores de nosotros mismos, incapaces de reconocer nuestros zapatos cuando despertamos al amanecer, o de recordar nuestros sueños antes de que el café nos devuelva la amnesia que no queremos, o que el aire de la mañana nos devuelva una sola vida con un solo guion, sin una salida contraincendios interiores, una existencia hermética, sin fisuras, que alguien fabricó a nuestra medida.

Y en lo hondo de ese lodo incoloro solo alcanzamos a ver figuras sin contorno, formas que se diluyen y disuelven en la nada. Pasamos de una doble vida a un espacio sin nadie. Al fondo percibimos la presencia de criaturas que vemos o imaginamos desdobladas, inconcretas, tan abstractas como nosotros ahora, como si nadaran en un aire de nieve sin saber a dónde ir.

Ahora que volvemos a la vida que ayer dejamos desencajada o entreabierta, quienes duplicaron sus querencias y sus caprichos, tal vez hayan aprendido que los sueños son tan solubles e imperecederos como las piedras y que la vida –qué barbaridad– es tan efímera que ya no podemos llevar con nosotros aquellos días que nunca fueron nuestros.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 3 de julio de 2020

  • 3.7.20
El teletrabajo, promovido por la tempestad del confinamiento, ha levantado un vendaval de despropósitos que el Gobierno ya se ha puesto manos a la obra para intentar reordenarlos. Con este propósito aprobará un anteproyecto de ley para resolver el entuerto. Como toda ley que se preste, también esta establece principios inalcanzables: el trabajo a distancia deberá ser voluntario.



Cuando se enfatiza sobre derechos fundamentales, siempre la realidad viene a desmentir o corregir las intenciones menos perversas. Uno de los principios más hermosos sobre los que se sustentaba la constitución fundacional de los Estados Unidos decía que el hombre tiene derecho a la felicidad. Aprobar una ley fundamentada en que el teletrabajo será voluntario es como obligarnos a creer en la Santísima Trinidad sin más explicación posible.

Pero la futura ley nace con buenas intenciones. El problema es que la realidad se muestra siempre muy tosca con las conquistas laborales. El texto tiene como objetivo “el establecimiento de derechos y garantías de las personas que realizan trabajo a distancia” y “establecer claramente los límites del ejercicio del trabajo a distancia pero que también le permita desplegar sus posibilidades”.

Entre sus retos principales está el de "los tiempos de trabajo y descanso", un factor que deberá estar especialmente protegido por la legislación. Claro, pero si nos atenemos a la experiencia de estos meses, es fácil deducir que, a distancia, la rentabilidad del trabajo es menor y las horas dedicadas al mismo son muchas más. La eficacia, en definitiva, es muy cuestionable.

En principio, el teletrabajo supone un ahorro cuantioso para las empresas: luz eléctrica, conexión con internet, teléfono, limpieza de espacios, material de oficina. La nueva ley plantea que la empresa deberá pagar los costes. Como siempre, se supone que será tirando a bajo coste. La empresa se ahorrará presupuesto en espacios.

El nuevo texto también recoge que la empresa deberá verificar que el lugar de trabajo es idóneo para los criterios de salud laboral. En principio, ya se sabe que no. La vivienda de un ciudadano medio no es excesivamente espaciosa. No digamos ya si trabaja el matrimonio o la pareja. La brecha social, que nos asoma cada día más al abismo después de estos meses de confinamiento, nos ha mostrado la precariedad telemática de muchos hogares.

Hay dos aspectos, a priori, positivos con la implantación del teletrabajo. De una parte, puede facilitar, en cierto modo, la conciliación familiar. De otra parte, el desplazamiento al lugar de trabajo facilitará la circulación del tráfico y podría ayudar a reducir la contaminación en grandes ciudades.

Pero hay un tercer aspecto a debatir. Quién define o estipula qué trabajo se puede ejercer telemáticamente y cuál no. Y esta duda nos conduce inevitablemente a un callejón sin salida. O mejor, a una pregunta sin respuesta: ¿Algunas empresas aprovecharán esta encrucijada tecnológica para abaratar costes y precarizar aún más a los trabajadores? Sin duda.

No obstante, imagino que el impacto será desigual según los sectores. En el marco laboral en el que yo me desenvuelvo, que es la docencia, sospecho que el trabajo a distancia tiene mal arreglo. Sobre todo, en el ámbito universitario.

A raíz de la experiencia de estos meses, la presencialidad es incuestionable en el mundo de la Universidad. Es verdad que buena parte de la gestión se puede resolver a distancia, que algunas asignaturas teóricas podrían vivir eternamente en tiempos de pandemia sin sufrir apenas infecciones. Pero las materias prácticas –como en mi caso ocurre con las escrituras periodísticas– estamos condenados no a reinventar su docencia, sino tal vez a empezar a enterrar en agosto un sueño que durante muchos años fue real.

La presencialidad se hace imprescindible porque, cuando el profesor hace de la empatía el mejor método de enseñanza, los jóvenes alcanzan a entender que la magia de la escritura necesita de un espacio real donde aprenderla. Porque más tarde, cuando el conocimiento es ya parte de sus vidas, es en otro espacio ficticio, a distancia, o desde las nubes o bien desde los sueños, donde la escritura se muestra ya no como un milagro, sino como un género concreto, como un formato sólido, donde la cadencia marca el ritmo de la prosa. Ahí ellos comienzan a respirar. No me imagino a mis alumnos y alumnas esforzándose con pasión frente a una pantalla donde alguien les habla del origen del periodismo moderno o de cómo se escribe el titular de un reportaje.

Me pregunto también a qué dedicarán el tiempo libre los conserjes, el personal de la limpieza, los técnicos. Y cómo se las apañarán, sobre todo, los inspectores, en su afán de alcanzar un mínimo nivel de codiciados espías sin vocación, buscando en el aula al profesor descarriado al que se le pegaron las legañas o que escucha la cadena SER en un atasco de tráfico.

Tal vez entonces, en un tiempo venidero, nos visiten en casa, podamos compartir con ellos un café –que pagaremos nosotros, claro– pero que también nos devolverá el rostro humano de aquellos perfiles profesionales que cumplían funciones parapoliciales pero que, en el fondo, estaban deseando que se inaugurara la era de la telemática para ellos, por fin, los inspectores, poder realizar un verdadero trabajo presencial, aunque sea en nuestras casas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 26 de junio de 2020

  • 26.6.20
Esta semana, en un solo día, Sanidad ha notificado 196 casos positivos de coronavirus. La luz del verano relaja los ánimos, incrementa los riesgos de contagio y los brotes se multiplican. Las sociedades médicas se echan las manos a la cabeza ante este descontrol.



El coronavirus sigue al acecho y se alimenta de reencuentros familiares, de botellones donde los jóvenes buscan la felicidad encriptada por la pandemia, de turistas que vienen a tirarse en las playas después de haber colapsado aeropuertos y estaciones de ferrocarril. Todos van dejando un rastro de sangre en sus homilías, en sus descuidos, en su inconsciencia. No será fácil reencontrarnos en los hoteles con huéspedes que llevan marcada en la frente la cicatriz del exterminio, del caos, del fin.

A los familiares de residentes en 44 centros de mayores de Madrid vuelven a prohibirles las visitas por nuevos contagios. Leo en la prensa las manifestaciones de dos gestores de la empresa de ambulancias que contrató la Comunidad de Madrid para las residencias de ancianos. Denuncian que hay centros que no tenían sedación y que se podría haber evitado la muerte de entre un 30 y un 40 por ciento de los ancianos. La contundencia de la frase la elevó a encabezar la noticia: “El doctor hacía el certificado de defunción en la calle y se iba”.

Ayer la nota pintoresca la protagonizó un temporero de Almería que había viajado a Navalmoral de la Mata, en Cáceres. Se trata del paciente cero de un brote que había dejado 24 casos positivos de coronavirus. Como poco llama la atención de quien huye de la ley y de sus penalizaciones llevando consigo la consigna del contagio, la herida de la muerte.

Mientras tanto, el alcalde de Lanjarón bailaba bajo una lluvia artificial en la noche de San Juan abrazando a los vecinos. Los abrazaba, dijo luego, porque siempre estaba con ellos. En un país donde las autoridades democráticas no tienen dos dedos de cabeza será más difícil salir de este callejón donde nos ha atrapado la covid-19. En fin, como siempre, las anécdotas desbancan a otros titulares posibles para el interés de los lectores.

Las colas siempre anuncian las secuelas del caos. Así ocurre con las colas para conseguir alimentos y productos básicos. Cada día, las colas comienzan antes. Leo que, a las seis de la mañana, cuatro horas antes de que los comedores sociales abran sus puertas, los ciudadanos con necesidades comienzan a agruparse en colas cada vez antes y cada vez más largas.

La crisis de 2008 ya nos enseñó que este país no estaba libre de esos contagios de necesidades. Y esta pandemia nos ha devuelto el mapa apenas olvidado. Carecen los alimentos, los productos más básicos, los pañales. La situación, claro, es preocupante.

Los inmigrantes irregulares se meten en estas colas a hurtadillas, pendientes de que la Policía no les eche el ojo, porque sospechan que pretender alimentarse en tiempos de pandemia debe un delito condenatorio indeclinable. Vivir fuera de la tierra donde uno nace siempre es un viaje imprevisible y sin meta definitiva, sobre todo cuando solo llevamos con nosotros el papel para envolver el bocadillo. Cuando hay bocadillo.

En la otra acera, media España diseña sus días de vacaciones, su eterno confinamiento o su precariedad inalienable. En cualquier caso, miramos por la ventana y nunca vemos a quienes aún viven peor que nosotros, peor que nadie. Pero estas colas interminables, integradas por criaturas que lo han perdido todo para siempre, son el reverso de nuestra propia identidad, el espejo donde no nos vemos, el lugar en el que nunca querremos estar. Pero que nadie puede asegurar jamás que nunca integrará estas largas colas del infortunio.

Los supermercados ya no colaboran con las entidades solidarias. Leo el argumento y me quedo de piedra: o bien no les sobra nada o bien están haciendo su agosto. Bueno, estarán haciendo su junio y su julio. Y después vendrá agosto.

Y seguirán las colas interminables, los turistas estarán tirados en la arena de nuestras playas llenos de cerveza, y la covid-19 seguirá vigilando los movimientos de nuestros excesos y los escondrijos donde los amantes se limpian la piel con los besos que han esperado tantos meses. Entre un dislate y otro, como siempre, vencerá el amor.

Y mientras los nuevos amantes pasean por una ciudad reinventada, allá, en la esquina, las colas de los desheredados de la tierra, que seguirán pidiendo alimentos y otros productos de primera necesidad, serán un objetivo inapreciable para quienes saben ahora ya que el amor te aísla, afortunadamente, del mundo en el que vives.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

viernes, 19 de junio de 2020

  • 19.6.20
La fuerza letal de la covid-19 y el pánico social que ha arrastrado en estos meses de uno a otro país han hecho explosionar por los aires y en añicos las teorías conspirativas. Nos han podido más el miedo a lo desconocido y la fragilidad de la existencia que la causa que motivó la extensión del virus por todo el planeta.



Las primeras semanas se hablaba de que este virus pudo ser producido por la propia naturaleza, motivado por una mutación o por el propio azar. Se dijo también que pudo ser creado en un laboratorio chino y que accidentalmente, producido por un fallo de seguridad, escapó a los cuatro vientos para dar la vuelta al mundo.

Y también se especuló con que podía ser de naturaleza artificial y que había sido diseminado de manera intencionada con propósitos ocultos que no escapan a nuestra imaginación: provocar una epidemia de pánico social a escala planetaria, que derivara en una en una catástrofe económica y provocara profundas transformaciones en la sociedad más allá del aspecto sanitario. Transformaciones, obviamente, que redundarían en una brecha social y económica que volcaría al plano de la pobreza a unos cuantos millones de ciudadanos.

Pero la tenacidad del coronavirus en sus amenazas siniestras ha doblegado nuestros pensamientos a pensar, más que en las causas, en las consecuencias de esta pandemia, en el dolor que arrasó hogares, en quienes se fueron para siempre sin duelo y con dolor. Ahora masticamos la fragilidad de la vida de manera distinta. Sabíamos del paso efímero del ser humano por la tierra, pero los últimos meses nos han atado más al miedo de poder perder el aliento.

El infectólogo Santiago Moreno se ha enfrentado a tres pandemias. Pero este año, la covid-19 le mordió mortalmente. Pero ha sobrevivido. Ejerce como jefe de servicio de enfermedades infecciosas en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid. En su demencia por sobrevivir, nos ha dejado un diario para dar fe de cómo podría ser el infierno. El 10 de marzo escribe: “La planta se ha llenado de enfermos de covid-19 en una noche”. Ya enfermo de coronavirus, confiesa el 19 de marzo: “Nunca me han dado una paliza. Pero me imagino que, si te dan una paliza y te rompen los huesos, tiene que ser algo parecido a esto”.

Resucitó de su propia muerte donde se hallaba inmerso para advertir el 24 de mayo: “Lo que me ha pasado me ha puesto de manifiesto que puedes estar bien hoy y de la manera más tonta dejar de estar”. Y añade: “Es de las pocas cosas que se han quedado conmigo. Esa sensación de que no estás protegido. De que no hay nada que te haga resistente, inmune a los miles de peligros que nos acechan. Pero es también verdad que el ser humano tiene capacidad para vencer de manera repetida los obstáculos de salud que se presentan. Con este pensamiento espero la siguiente batalla”.

Sí. El mismo pensamiento es el que ha arraigado en cada uno de nosotros. De un lado, esas ansias locas de beber en el bar como si la existencia fuera una habitación a la que le abres la mampara y vuelve el tiempo pretérito intacto, y lo puedes moldear a tu antojo y añadirlo a ese futuro incierto sin que entre un tramo y otro se perciban las fisuras de una herida. Pero no es así. Se nos ha quedado en la piel la sensación honda de que la vida es frágil, mucho más frágil de lo que sospechábamos, y de que, en las próximas batallas, sean cuales sean, nos acecha la duda de cuál es el camino más seguro para no sucumbir a los peligros que acechan.

Entre el miedo a no salir de la cabaña por miedo a infectarnos y la deducción lógica de pretender bebernos la existencia en una sola noche por miedo a la oscuridad total, hay un sendero en el que ambos caminos no se bifurcan, sino que confluyen en un estado anímico que es no la demencia, la ebriedad ni el pánico, sino una serenidad buscada que no encontramos en otros días, porque el paisaje cotidiano desdibujaba su perfil, y que ahora, conscientes del paisaje después de la batalla o de la fiesta, necesitamos más que nunca.

Seis años antes de la aparición de La peste, probablemente en 1941, Albert Camus publicó el texto “Exhortación a los médicos de la peste”, en el que aconsejaba a estos que no visitaran a sus pacientes en ayunas: “No lo resistirían. Sin embargo, no coman de más. Perderían el ánimo”. Y en otro momento del mismo texto aconseja: “Cultiven una alegría razonable a fin de que la pena no altere la fluidez de la sangre y la prepare para la descomposición. En este sentido, no hay como usar el vino en buena cantidad, para aligerar un poco el aire de pesadumbre que les llegue de la ciudad apestada”.

No sé si el doctor Moreno ha leído las recetas del premio Nobel francés y se las anda ahora de copa en copa huyendo de la fragilidad de su propia existencia. Yo, de momento, me dispongo a descorchar una botella de tinto gran reserva, temperatura de bodega. Igual no logro doblegar los ánimos invasivos de la covid-19, pero con toda seguridad que acabo machacando los malos pensamientos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 12 de junio de 2020

  • 12.6.20
Ayer me zambullí por primera vez esta temporada en aguas del Atlántico. Como cada verano, la sensación de libertad me pudo. Más, tal vez, que otros veranos. El agua, la velocidad, el alcohol, el amor desbocado son registros en los que la libertad se siente cómoda y los síntomas de adicción son insobornables.



Una brisa suave se rompió a última hora de la tarde a favor de un viento algo más violento que expulsó a los intrusos del agua. Una playa blanca y vacía, enorme y acogedora. Apenas una veintena de bañistas. Jóvenes golpeando sin técnica el balón, amantes poniéndose al día en cuestiones de amor y sexo, terrazas vacías, o casi. Algunos visitantes sentados oteando el horizonte marino con un gintónic por todo equipaje. Un día de una alegría serena y buscada.

Pensaba –estos días de confinamiento todos hemos pensado mucho– que las playas estarían estos días atoradas de advenedizos, de claustrofóbicos que huyen del encierro involuntario e inmerecido, de una vida minada de normas e instrucciones y decretos que regulan nuestros días como si fuéramos cobayas de laboratorio.

En el fondo, esta vida vivida tiene algo de ese mundo recóndito de la investigación, del ensayo, del suspense, de la fantasía desbordada. Es lógico que nadie creyera, cuando se acercó sigilosa a nuestras vidas, que la covid-19 viniera para quedarse en nuestro regazo.

Sí. Vino para matarnos y advertirnos. De cuántas cosas. Sobre todo, para expulsarnos de la normalidad. En ese término inconcreto y abstracto se esconde no solo la nostalgia de un tiempo fulminado, sino también deshechos de un mundo impuro y putrefacto, que olía a amoniaco y a perfume a la vez, con un tacto de metal oxidado y un sonido vulgar que identificábamos con alguna canción de verano.

Ahora, en las altas instancias del poder político y económico, estudian cómo envasar la nueva normalidad, cómo editar los diccionarios de la vida cotidiana, si los medios digitales son más propicios y cercanos para bajarnos las versiones novísimas de otras biblias y otros cuentos. Ya lo escribió León Felipe: “Me han dormido con todos los cuentos. Y sé todos los cuentos”. De este cuento nunca quisimos saber nada. Por eso nos mordió la mosca.

Miro el mar, pero hay nadie. Los informativos audiovisuales hablan de fiestas nocturnas, de excesos, de jóvenes que se escurren por los rincones de las calles para poner en orden las hormonas locas propias de la edad. Miro el mar, y hay en su soledad compacta una belleza de pintura salvaje, de espacio donde el ser humano nunca pisó sus arenas.

Pero hace unos días, nada más amanecer, me tiré a la calle, a examinar las venas abiertas de esta ciudad hermosa que es Sevilla, y tampoco había nadie. Y más allá de las doce de la mañana, los bares abrían sus puertas para nadie, apenas para nadie. Bebí una cerveza solo y fría, como la ciudad.

Hay un miedo estancado en los hogares que nos ata a defender la vida por las esquinas del inmueble, que nos precipita del baño a la cocina y de la cama al sillón de la terraza. Y abajo, donde los perros vomitan sus caquitas de siempre, sus dueños y dueñas se apresuran a que el can haga sus necesidades con premura porque aquí abajo hay una alegría difícil de decodificar.

Frédéric Beigbeder ha escrito estos días que, si no aceptamos la idea de que podemos morir, no podemos vivir. Y advierte: “La vida es imposible con este miedo a morir. Queriendo protegernos de la muerte, suprimimos la vida. El canguelo que tenemos nos ha impedido vivir durante dos meses. A partir de ahora va a haber que aceptar que arriesgamos la vida saliendo de casa. Yo creo que estoy preparado”.

Creo que hemos nacido para vivir, para vivir con amor y en libertad. Dos conceptos que no tienen por qué ser antagónicos, sino complementarios. Si nos acompañamos de un gintónic elaborado por un profesional, mejor que mejor. Esconderse de la vida no vale, porque en los rincones es donde anidan las telarañas y las ideas oscuras que florecen en el alma.

Frente al mar, sin embargo, aunque el viento te despeine los pensamientos, puedes respirar un aire puro que no te atrapa en la nostalgia de una normalidad perdida, pero que sí ayuda a mirar a donde la luz se proyecta.

Beigbeder es un escritor divertido y profundo a la par. A veces es capaz de esbozar vaticinios que terminan cumpliéndose, como pronostica el título de su novela El amor dura tres años. Yo habría añadido: o menos. Las pasiones muy longevas, ya se sabe, acaban oliendo a naftalina.

En este libro me robó la definición de mujer que yo hubiera escrito. Estuve por plagiarle, pero al final opté por escribir algún día una mejor. Sugiere Beigbeder: “Lo más hermoso de una mujer es que sea sana. Me gusta que respire Salud, ¡esa edad de placer! ¡Quiero que tenga ganas de correr, de reír a carcajadas, de hartarse de comer!

Dientes tan blancos como el blanco de los ojos, una boca fresca como una cama grande, labios cereza en los que cada beso es una joya, una piel tersa como la de un tam-tam, senos redondos como bolas de petanca, clavículas delgadas como alas de pollo, piernas doradas como la Toscana, un culo respingón como una mejilla de bebé y, sobre todo, sobre todo, NADA DE MAQUILLAJE. Debe oler a leche y a sudor más que a perfume o a cigarrillo”.

Beigbebder no habla de los defectos de nuestra mujer perfecta. A mí, de hecho, me gusta que los tenga. Este anuncio, después de todo, no es sino una propuesta de amor y libertad. Ella, o ellas, si alguna se atreve, puede buscarme y encontrarme en las redes, puede buscarme en la playa: soy aquel que mira el mar con un libro abierto. También frecuento bares, paseos matutinos, librerías, parques donde no hay niños destrozando pelotas ni perros que siempre hacen caca cerca de los viandantes que más los detestan.

Pero ella, sea quien sea, que no me cite en su apartamento. El amor y el confinamiento, en ocasiones, se asemejan demasiado. Prefiero una cita frente al mar. Propongo solo unos momentos de felicidad. Podrían ser, claro, unos momentos eternos. Eso sí, no se acerquen incautas ni hurañas. La covid-19 me ha vuelto muy selectivo y con muchas ganas de vivir. Seguro que alguna pica, en el buen sentido. Para mí, esta nueva normalidad sería el mejor antídoto para derrotar al desasosiego.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 5 de junio de 2020

  • 5.6.20
Hay un mundo que no conocemos y que crece de manera arbitraria en nuestro interior, un mundo ajeno a nuestras vidas, que siendo el de antes también es otro distinto. Cuesta entender la razón de esta metamorfosis y sus múltiples mutaciones en una lucha irrefutable contra el tiempo. Tanto es así que apenas percibimos determinados cambios cuando ya han modificado su naturaleza y sus ángulos. En este mundo por venir todo es igual que antes, aunque al revés. Todo es lo mismo sin serlo ya. Y todo lo que no es tampoco sabemos a ciencia cierta si un día lo fue.



Los perros ya no serán animales de compañía, sino agentes contratados por los servicios de información del Estado y por algunas multinacionales, y estarán adiestrados para utilizarlos en la detección del coronavirus entre la población. Serán espías chivatos que adivinarán no solo nuestras enfermedades, sino también nuestros sueños y nuestros días vacíos.

Los árboles no crecerán verticalmente. Más bien vivirán buscando sus propias raíces y se hundirán en la tierra persiguiendo el corazón del planeta. Y el paisaje será un espacio muerto que, visto desde el cielo con ojos de águila, se asemejará a un enorme bosque poblado de cráteres microscópicos donde antes los árboles teñían de verde el horizonte. Y los días almacenarán las horas por si los siglos fenecieran. Y el cielo se tornará de uno y otro color, según el ánimo del que nosotros mismos dispongamos.

Se sabe ya que otros mamíferos se vestirán se plumas y que las gallinas, aún sin alcanzar el vuelo, se agruparán en manadas como pollos despeluchados y las veremos correr por miles o millones en los campos abandonados por temor, no a la olla, sino a una vida eterna sin bendición alguna.

Los peces alcanzarán el cielo y, ya extraviados en un paraíso que nunca fue suyo, sucumbirán en una caída abismal que, en sus dimensiones millonarias de animales que se precipitan desde el infinito, tornará el día gris, como si una lluvia de muerte se desprendiera de las nubes y se nos pegara a la piel en su caída inmisericorde. Y la noche dejará de ser el paisaje más conmovedor cuando proyectas en él tus sueños.

Un día saldrás a la calle y nadie te reconocerá porque, después de tres meses confinado en casa, tu piel será de color gris picón o vainilla, y las uñas te habrán crecido sin función alguna, como apéndices inútiles que esconderás en los bolsillos sin poder desprenderte de ellas. Y te pedirán el DNI para entrar al bar de siempre.

Reconocerás a la camarera, una muchacha de una belleza impoluta. Ella no te reconocerá a ti. En este sentido, la vida seguirá igual. Pedirás una cerveza helada de una marca que dejó de existir a saber hace ya cuánto tiempo. Pero su sonrisa, el mejor regalo del día, te hará entender que cualquier marca vale. Habrá tanta distancia entre nosotros que nos comunicaremos por gestos, y en la mirada hallaremos el enigma de la confabulación. Para entonces, la mentira no será posible, porque los ojos nunca engañan.

Hablaremos de los besos como si fueran un fósil extraviado en la memoria. Y de los abrazos como una estrategia bélica en un mundo sin guerras. Inaugurarán museos sobre nuestro pasado que no seremos capaces de reconocer. Y en algunos libros leeremos versos indescifrables.

Y recordaremos una frase que Margaret Atwood, la autora de El cuento de la criada, escribió en estos días: “Es el mejor de los tiempos, es el peor de los tiempos. El modo en que vivas este periodo dependerá, en parte, de ti. Si estás leyendo esto es que estás vivo, supongo yo. Y si no lo estás, mi sorpresa va a ser mayúscula”. Te quedarás babeando, sin entender nada. Porque está manufacturado para que existas sin entender apenas qué te está pasando.

El interior de los edificios te lo habrán cambiado. Serán espacios asépticos y distantes. Las paredes cubiertas con cartelitos y pegatinas que ofrecen órdenes, consejos, horarios, multas. Pese a la magnitud del drama que inventas en tu cerebro, la vida será bella. No habrá lugar a la duda, pues la estética será solo una, que compartiremos como iguales.

Estaremos localizados con pulseras electrónicas, nos dirán quiénes somos –si lo olvidamos– a través de sistemas avanzados de reconocimiento facial. El gran debate tecnológico de nuestra era entre la libertad y la seguridad ya lo fue. Y venció la segunda. Es decir, ya nada nos puede ocurrir. Elegiremos los sueños como antes pedíamos el plato más sabroso en cualquier restaurante. Da lo mismo uno u otro. Todos sabrán igual. Una duda menos que resolver.

Seremos mansos, como bueyes castrados, dotados de una sonrisa impostada que nos gusta y que tendremos adherida al rostro como una máscara que necesitamos en lo más hondo para que nadie penetre en nuestra alma y modifique nuestras entrañas. Habrá un silencio útil, una uniformidad perfecta en todas las cosas que toquemos y un ánimo sereno que nos ayudará a poder vivir sin nada.

Un día despertaremos y sabremos, afortunadamente, que todo fue un sueño. Correremos escalera abajo buscando el bar de toda la vida y una muchacha de sonrisa ancha y salvaje nos servirá una cerveza helada. Ya nunca podremos olvidar su mirada y aquella vida que nunca será, se habrá deshecho como por ensalmo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 29 de mayo de 2020

  • 29.5.20
Escucho a Cayetana Álvarez de Toledo, en mitad del Congreso, decirle a Pablo Iglesias que es hijo de un terrorista. La tal Cayetana, que nunca ríe –porque nunca ha reído– tiene siempre una expresión de mala leche que no da miedo. Da pena. También da vergüenza. Tiene aire de criatura avinagrada, una delgadez que no es secuela de la inanición –las marquesas no pasan hambre– sino de las dimensiones que absorbe el odio a los pobres en su estómago malherido y atrofiado también por tantos otros odios.



Cayetana tiene lengua viperina, un sentido del humor que solo alcanzan a entender los seres mediocres de una fuerza popular que pretende sobrevivir con el insulto, el argumento chusquero de un pasado vomitivo y un futuro incierto donde ya no cabe el franquismo sociológico.

Está enamorada –políticamente hablando– de Pablo Casado, que tiene por todo currículum un expediente académicamente adulterado o plagiado. Le gusta porque siempre anda también cabreado. Nada le gusta del país que nosotros amamos.

Vivió de las tetas del partido. Podría mostrarnos sus premios, sus artículos publicados en revistas indexadas, sus libros, sus conferencias. Pero no tiene. Nació para el estrellato electoral. Ahí no valen oposiciones ni concursos. Ni aduanas. Todo es vía libre. No hay nada como un buen padrino.

Pero hay estrellas que no brillan. Porque dentro de él –o de ellos– no hay nada. Un día José María Aznar se enamoró de él. Era joven, sonreía de vez en cuando y no sabía de nada. Aznar, que tampoco sabe de nada, le pareció un delfín fotocopiado para que su obra no naufragara en Las Azores.

Mientras lo pensaba, se hizo millonario –también su hijo– aprovechando la mala suerte de las criaturas desahuciadas en otra crisis que ya olvidamos. Cuando la covid-19 nos amenazó, el expresidente se escabulló y acabó –sin querer, claro– en Marbella con su esposa, su perro y sus guardaespaldas. Rajoy, más digno, creyendo que no vulneraba ninguna norma, siguió corriendo a su ritmo en un empeño inútil de crear una nueva modalidad en el deporte olímpico.

Cayetana nunca ríe. Y no se entiende. Porque lo que ocurre en su partido es de risa. Siempre están cabreados. Todos y todas. Con ellos. Con el país. Con los rojos en el poder. Como les pagaron los estudios sus padres o sus abuelos –y les fue fácil y bien–, no acaban de enterarse de qué va la vida. Y cómo se puede sobrevivir en el tumulto del mundo sin amuletos familiares.

Heredaron apenas sin un rasguño el cabreo de los abuelos. Genéticamente, están fabricados para insultar. Los educaron en buenos colegios, pero en aquel entonces las monjas –solo algunas, claro– se dedicaban a robar bebés y no a educar a niñas y niños de mamá y de papá.

Hoy están tristes. Porque andan extraviados y extraviadas en el ruedo de la política sin saber qué decir y qué hacer. Es lo que tiene abrir el micrófono y solo derrochar mala leche. O frases incorrectas, incómodas, en las que la educación de clase no deja más tarde la más mínima huella. Tampoco deja una delgada y sutil metáfora en estos tiempos de confinamiento en los que tanto se agradece una frase bien construida.

Cayetana, que seguro se duele cada noche de la muerte incomprendida e injusta de nuestro caudillo Franco, dice que el padre de Iglesias era un terrorista. Ya la Antigua Grecia hablaba del derecho al tiranicidio. Pero, claro, ella, que nunca ríe, porque hay muertes que duelen tanto, es incapaz de entender la lucha contra un régimen que solo trajo a este país un tizne de infamia que no logramos borrar.

Pero ella ignora también que en este país hay una derecha educada, culta, que no se cabrea tan fácilmente y cuida muy mucho de operar con palabras de mal gusto y que hieren. Ella de esto no sabe. Porque, hoy, ser marquesa no significada nada. El título ya no derrama inteligencia, elegancia, el conocimiento por las palabras hábilmente expresadas para dignificarnos sin necesidad de que la propia frase nos defina como personas no gratas.

Estos días hemos escuchado –como tantos otros– en el Congreso el insulto, el desagravio, la palabra malsonante, el argumento vacío, la voluntad torpe de pretender romperlo todo, la verdad impostada. En mitad de una pandemia, donde solo debería importarnos la vida –y nadie escapa al mordisco de esta mosca– solo escuchamos palabras avinagradas, frases ácidas, metáforas desafortunadas, fruto todas de un programa político que huele a tiempo pasado y muerto, que huele a momia irreconocible. Esta derecha triste que nos deja la covid-19 ya no cuenta con ese conglomerado de esa otra derecha que no quiere aquella historia que todavía hoy nos denigra en Europa.

Por eso, a veces, y tantas veces, me encierro con mis libros y descubro en sus páginas otras palabras que no son estas; otras palabras en las que belleza brilla como estrellas en la noche y guían como luciérnagas en los sueños más contumaces.

Hay autores y libros que me mantienen ajeno y vigilante de esta otra vida que unos cuantos se empeñan en quitarnos y que deben aprender ya que ese empeño solo es una vocación frustrada e inútil. Porque si la felicidad que la derecha busca implantar no es compartida, no tendrá lugar en ese futuro que todavía está con por construir. Y que tal vez no se parezca tanto al que dejamos atrás, pero que tampoco será una fotocopia de esa historia miserable que heredamos hasta ahora. Y que tan mal huele. Esto, desgraciadamente, ya no es de risa. Visto así, igual Cayetana acierta a entenderlo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 22 de mayo de 2020

  • 22.5.20
Conocí la tristeza, por antepenúltima vez, en una residencia de ancianos. Desde entonces, "tristeza" e "impotencia" son palabras que no logro desintegrarlas de un todo compacto. Busqué otra palabra: "angustia". Los diccionarios dicen más o menos que la angustia es un estado de intranquilidad o inquietud muy intensas causado especialmente por algo desagradable o por la amenaza de una desgracia o un peligro.



La palabra "peligro" contiene en su propia naturaleza más significados de los que le atribuimos. Una palabra polisémica con muchos significados, todos aquellos que le queramos atribuir. La angustia, lo sé, y el peligro caminan al mismo compás y siempre a nuestro lado.

Nos gusta mirar, eso sí, los cisnes en el lago, la puesta de sol, la novia ante el altar, el horizonte cuando nadie nos ve. Hace unos años publiqué una novela breve titulada El peligro y su memoria. Hoy la hubiera titulado El peligro y su angustia. Siempre nos gusta mirar a otro lado.

Mi padre se había roto la cadera. Sufrió la intervención quirúrgica propia de estos casos: sufrir el peligro a tu lado para nada. Necesitaba tantos cuidados que lo ingresamos en una residencia de mayores. No era barata. Ninguna lo es. Aquí ya nada es barato. Lo visitábamos con bastante asiduidad. Pero en esos espacios impersonales los días se hacen muy largos y, cuando has alcanzado sin saber por qué los 80 años o más, la noche se impone como una cárcel inmerecida.

Había leído unos años atrás Arrugas, de Paco Roca. Un cómic que te mete de lleno en las vísceras de esas cárceles de viejos que nosotros mismos diseñamos para nosotros mismos. Un buen día, mi madre, mi hermano Paco y yo optamos por llevarnos a papá a casa, pese a que nos advirtieron de esa decisión, pues no podían asegurarnos que meses después, cansados y equivocados, volviéramos a volver a solicitar la plaza perdida y ya no fuera posible. Nos arriesgamos.

Y una tarde de un otoño tardío, aún lo recuerdo, murió con nosotros al lado. Los últimos días se los pasó besando a mi madre y confesándole lo mucho que la quería y la había querido. La vida, paradojas de la propia vida, no nos ofrece tiempo suficiente para decir lo más esencial y evidente sin ternura impostada antes de que la posibilidad de hacerlo sin premura lo impida.

Hasta que rompió nuestras vidas la covid-19, no supimos que estas residencias de ancianos estaban tan cerca de nuestras vidas. Aquellos ancianos que se fueron estos días, y quienes lo hicieron antes, eran los mal llamados "hijos de la guerra", que comenzaron a trabajar siendo unos infantes.

Mi padre tenía 11 años cuando acabó la guerra y empezó a trabajar y, cuando se jubiló, a los 65, lo celebró con una alegría inaudita ese tiempo libre tan merecido. Murió hace unos años, un año antes que mi madre, y tal vez lo hicieron intuyendo una pandemia que ya no les cabía en sus vidas.

Como ellos, otros muchos miles de ancianos sufrieron la guerra, la postguerra, la hambruna, algunos los campos de exterminio. Vivieron la felicidad de ver crecer a sus hijos, de que estos pudieran estudiar, ser libres, ocupar un sitio en la vida. Eso decían.

Les vimos esa alegría de años en cada pequeño acto de sus insignificantes existencias. Ellos eran así. Un ángel vengativo, al que llaman coivd-19, ha cruzado todos los vientos y violado todas las falsas fronteras para mostrarnos la cara viva de la angustia: tantos miles de ancianos muertos solos, sobre todo solos, y sin duelo los últimos días de su residencia en la tierra. Solo en España, el 86 por ciento de los muertos por la covid-19 tenía más de 70 años. Sabemos que nuestra estancia en este mundo era imperfecta. Ahora tenemos más razones y más evidencias para atrevernos a cambiarla.

El pensador norteamericano Noam Chomsky, a sus 91 años, sostiene que la puesta en manos privadas de funciones públicas explica en buena parte el desastre en la crisis del coronavirus. Las residencias de ancianos fracasaron. Solo buscaban beneficios. Las farmacéuticas también buscaban beneficios. El caos estaba servido.

Dice Chomsky: “En EE UU, la mayor parte de las víctimas son ancianos en residencias. ¿Por qué mueren tantos allí? Porque las residencias se privatizaron durante la plaga neoliberal y quedaron en manos de fondos de inversión. Y esos hicieron lo que suelen, recortar por lo sano: servicios, personal, material. Pasa cualquier cosa y todo se desploma. Pero hay más. Hay un gran puñado de grandes empresas que gestionan la mayor parte de las residencias y su gestión ha sido alabada públicamente por Trump. Porque es uno de los grandes inversores”.

En nuestro país, el capital riesgo había apostado por un modelo de residencias para mayores con grandes márgenes de beneficios que la pandemia se ha dedicado a devastar y traducir en escombros. El tamaño de las residencias, el diseño arquitectónico, la calidad de la atención, la adopción de medidas rápidas y oportunas por parte de cada centro, su capacidad de comprar equipos de protección y test o su exposición en territorios más o menos expuestos al virus han sido elementos que han jugado a favor o en contra de cada residencia.

Como escribe María Fernández, el sector, que hasta ahora vivía el boom de inversión por su rentabilidad, ahora hace todo lo posible para restar importancia a los beneficios. Hasta se han inventado un eslogan para estos tiempos: “No curamos, cuidamos”.

Un día que fui a visitar a mi padre en la residencia, estaba sentado en su silla de ruedas. Él estaba de espaldas a mí y frente a la ventana viendo un paisaje que no había. Tal vez mirara para ninguna parte. Tenía la cabeza apoyada en el hombro izquierdo. No sé cómo podía estar cómodo en esa posición.

Iba con mi hermano Paco. Lloré de impotencia. No podía contenerme. Y no suelo llorar. Estaba, como todos los demás ancianos y todos los demás días, anestesiado, harto de tranquilizantes para que no diera guerra. Mi padre era mucho de dar de guerra. A mi madre le decía siempre que íbamos a verlo: “Vámonos ya”. Entonces yo me iba a ver el paisaje más inútil que nunca pude contemplar.

Muchos amigos ingresaron a sus padres en este tipo de residencias. Allí fallecieron. Ahora sabemos que no era un buen lugar. O lo sabíamos y mirábamos otro paisaje. Leo el título que encabeza este artículo, y pienso que me equivoqué. En realidad, debería haber titulado: ¿Qué hacemos ahora con nosotros?

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 15 de mayo de 2020

  • 15.5.20
Estos días de confinamiento me han ayudado a refugiarme, todavía más, en las páginas de algunos libros. Y, sobre todo, a descubrir las historias de otras obras que fui postergando con los años y que el apremio del trabajo no abría un horario posible donde decodificarlas. Tal vez también la covid-19 nos haya empujado a la lectura para evadirnos de un momento que vivimos y que no logramos entender ni olvidar. Así que me refugié en los clásicos y, ni corto ni perezoso, escogí un volumen de la Biblioteca Clásica Gredos. Y no uno cualquiera: al mismísimo Homero. Tarde o temprano, todo buen lector debe blandir páginas como espadas con o contra o a favor del maestro.



Pero ya en las primeras líneas me tropiezo con la amenaza de una “maligna peste”. La Ilíada narra la cólera de Aquiles, como sabemos. En las primeras páginas de la obra, la Musa cuenta que Agamenón, jefe de los aqueos, desoyó la petición de Crises, sacerdote de Apolo, que le suplicó la devolución de su hija Criseida, que había sido otorgada a Agamenón como parte del botín obtenido al capturar una fortaleza aliada de Ilio. Crises clamó venganza a Apolo, y este envió una peste contra los aqueos.

Las referencias a gripes, pestes y pandemias en la literatura a lo largo de la historia son numerosas. Y creo que sobran los ejemplos, que todos conocemos. Pero hay algunos silencios sospechosos que abren paréntesis inauditos o que no se pueden esquivar. Guillermo Altares escribe que, por ejemplo, la gripe española mató entre 2018 y 2019 entre 50 y 100 millones de personas. La explosión económica después de la Primera Guerra Mundial y la vida loca de los años veinte sepultaron en el olvido las secuelas de esta pandemia.

Apenas se escribieron libros. Tampoco el cine prestó atención a aquel viento de muerte. Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway o John Dos Passos sufrieron el infierno de alguna manera, o por ellos mismos o por familiares próximos. Pero no lo escribieron.

La literatura española tampoco arañó muchas páginas al caos impuesto por la naturaleza. Pla es una excepción. Altares recuerda la frase de Antonio González Macías, entrevistado en 1972: “La gente llamaba a 1918 el año de la gripe, mucho más que el año en que acabó la guerra”. La fiesta loca de los años veinte, que no lograba entenderse con un olvido que se resistía, desembocó en el crash de 1929.

Los europeos, condenados a que el mundo se rindiera a nuestros pies desde muchos siglos atrás, no quisimos ver nunca que la peste, cuando se empeña, echa abajo todos los muros. El magnífico escritor turco, premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk, ha escrito que, en los mapas de los siglos XVII y XVIII, la frontera política del Imperio Otomano, donde se pensaba que comenzaba el mundo más allá de Occidente, coincidía con el Danubio: “Pero la frontera cultural y antropológica entre los dos mundos la marcaba la peste, así como el hecho de que era mucho más probable contagiarse al este del Danubio”.

Claro, al parecer los dioses seguían protegiendo bajo su paraguas a los niños caprichosos y crueles de Occidente. De modo que, cuando la covid-19 ya se había metido en nuestras vidas hasta saber cuándo, aquí no supimos reaccionar.

Boris Johnson, antes de sufrir su dolor, negaba su poder de infección. Trump hablaba de virus chino y Bolsonaro los imitaba con semejantes payasadas, con frases de este aliento: “No hay motivo para el pánico”. Después se puso –quién sabe– a contar cadáveres por las noches.

El 2 de marzo Italia sumaba ya 52 muertes y más de mil infectados. En España pensábamos quizás que los chinos morían como chinches porque eran feos, delgados y bajitos. Y que Italia, después de todo, queda muy distante de los Pirineos, nuestra eterna frontera de país chusquero. Si paramos en su día a los franceses en nuestra inmortal guerra de liberación –esbozaría alguien–, cómo no vamos a parar a un simple virus, más chico que un mosquito.

Como no teníamos referencias literarias a las que acudir, recurrimos adonde siempre lo hacemos desde tiempos inmemoriales: los paganos pagarán los destrozos de esta fiesta. Lo grave de las algarabías y de las alegrías prestadas es que no nos dejan escuchar el silencio. Ahora, las lluvias pertinaces clausuran las terrazas que tanto anhelábamos y las calles vacías y solas se muestran ineficaces para engendrar otra posibilidad de entendimiento. Las calles están ahí pero el síndrome de la cabaña nos protege de promesas que nadie entiende y que tampoco queremos escuchar.

Comenzamos a sospechar que el virus vino para quedarse, que debemos inscribirnos en cursos para aprender a hacer sexo con eficacia y con mascarilla, que esperamos como niños el amanecer de un 6 de enero la vacuna que nos inmunizará de ese enemigo del que siempre quisimos desentendernos. Los mensajes iban llegando como cuentagotas: sida, ébola, gripe aviar. De hecho, todavía persiste la malaria en algunos países pobres, incluso la tuberculosis en nuestro propio país.

No hay literatura de referencia que nos distraiga de estos pormenores que nos están matando. O la hay, y nosotros nos empeñamos en dormir con series repetidas que anuncian con acierto los desastres que después la naturaleza nos muestra a sus anchas en nuestras propias vidas. Aunque ya algunas series, como Diarios de la cuarentena, nos acercan, aunque de manera difuminada y con un humor impostado, al espejo que dibuja nuestros rostros. Pienso en las mesas vacías de las terrazas atravesadas por esta lluvia de primavera, y nosotros, como cantara Antonio Machado, viéndolas venir desde nuestras imprescindibles ventanas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 8 de mayo de 2020

  • 8.5.20
De vez en cuando, un titular en el periódico te saca de tus casillas, o bien se suma a tus propios pensamientos, y ambos, ahí encontrados, en lo más hondo de ti mismo, concluyen lo evidente, lo que se calla: ¿Cómo es el dolor antes del final? El dolor que se derrama por la sangre, por las neuronas, por los poros de la piel. El dolor que nadie ubica, y nadie sabe ubicar, en ningún rincón del cuerpo.



Ese dolor invisible que no sangra y que va matando incisivamente desde ninguno y desde todos los ángulos. La periodista Inés Ballester ha puesto el título: “El virus fue peor que el cáncer”. Sí. Sufrió cáncer de mama y enfermó de coronavirus. Y sobrevivió a las dos enfermedades.

Ella se lo ha preguntado y yo también lo hago estos días. Tal vez es tanto el caos que nos duerme, que no queremos hablar del dolor que nos está atando a la vida, tanto psicológico como físico. Dice Ballester: “Yo misma, antes, informaba del confinamiento, qué horror y tal. Pero he oído poco hablar de lo mal que se pasa. Yo me fui encontrando no mal, fatal. Perdí las zapatillas y por no agacharme iba descalza. Todo era una montaña de cosas que me sentía incapaz de hacer. Son momentos muy duros. De dolor, soledad, depresión, miedo”.

Se sabe que la cefalea, o dolor de cabeza intenso, se ha detectado como un síntoma de alerta cuando se padece covid-19, al igual que la anosmia, pérdida total del olfato. Pero, claro, hay más síntomas: fiebre, problemas respiratorios, pérdida de los sentidos y malestar general. Pero también el miedo y la ansiedad nos pueden conducir inevitablemente a la somatización. Es decir, a mostrar síntomas de una enfermedad que en realidad no tenemos.

Pero nadie describe con precisión literaria, tampoco científica, el dolor que nos mata provocado por el coronavirus. No se habla de ese dolor. Tampoco nos gusta hablar del dolor que derrama la tortura. El azar ha querido, trabajando conjuntamente con la covid-19, llevarse ayer al otro mundo al expolicía Juan Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño.

Acusado de torturas, vejaciones y palizas, sospecho que, en todas sus modalidades, incluida las menos imaginables, el pajarito de la covid-19 le mordió a las siete de la mañana de ayer donde más le dolía: en el último pálpito de su vida.

Ahora las víctimas han perdido toda esperanza de que este ser miserable se siente en el banquillo. Incluso aquí el coronavirus se muestra injusto y predecible. En otros días, la juez argentina María Servini dictó una orden internacional de busca y captura por delitos de lesa humanidad. Esos delitos que, ya se sabe, nunca prescriben, porque no podría ser de otra manera.

Pero él vivió y sobrevivió a sus víctimas, hasta ayer, en España, pese a que la Interpol advirtió a las autoridades nacionales de que este murciélago que, aunque no sabía volar, sí se cobró vidas humanas, demasiadas vidas humanas. Demasiadas.

En los últimos años también estuvo vinculado al caso Villarejo. El ministro Fernando Grande-Marlaska no llegó a tiempo para retirarle las medallas y condecoraciones, algunas pensionadas, con las que había sido distinguido por haber alcanzado el más alto grado entre los principales torturadores de la dictadura, pero también de la transición democrática y más allá, hasta llegar a nuestros días, en que un pajarito le ha picado inintencionadamente en mitad del corazón.

El hombre que imponía el terror en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol. Cuando estudiaba Periodismo y los amigos acudíamos a manifestaciones en defensa de tantos derechos usurpados a la ciudadanía, sabíamos que no nos podíamos dejar encerrar en aquellos sótanos que el franquismo utilizó eficientemente como centro de detención y tortura.

Algunos compañeros conocieron en la oscuridad de aquel infierno el error de amar la libertad. Cuando cruzábamos por la Puerta del Sol y mirábamos las ventanas pegadas al pavimento de las calles, adivinábamos torpemente que el infierno es más cruel que los más sucios y audaces fotogramas de la ficción.

Cada vez que un canalla de estos ha muerto por cualquier causa que no es la aplicación de una justicia pura y dura, el vómito nos tira al suelo. Me ha ocurrido con nazis que morían en los países europeos con más años que Matusalén y más muertos que Napoleón. Me ha ocurrido con militares argentinos y chilenos.

Franco murió desmembrado en una alfombra por que sus sobrinos putativos no sabían qué hacer con el viejo y con un país que se les iba de las manos. Ahora vemos que no. Que todo estaba atado y bien atado. Condecorado por el Estado, Billy el Niño era una leyenda en el Cuerpo por su sagacidad, su memoria, su agresividad y su costumbre de girar la pistola sobre un dedo. Al puro estilo del Far West.

En la brigada político-social, los agentes se conocían no por sus nombres verdaderos, sino por sus sobrenombres. Participó en tantas detenciones y torturas que los movimientos antifranquistas nunca han logrado olvidarlo. Tampoco podrán. Es más. Lo tenían entre sus objetivos más inmediatos para llevarlo ante la justicia. Pero la covid-19 ha venido para poner punto final a esta película de terror.

Eso sí. Se fue sin que nadie le quisiera, con sus pensiones y sus honores impolutos, pero se fue solo hacia un mundo donde la memoria persiste al horror. Y donde el olvido no tiene cabida. Ayer ni la Dirección General de la Policía ni el Ministerio del Interior querían confirmar su muerte. Igual no se lo creían. Pero no.

No era un muerto de ellos. Ya estaba jubilado. Ya nadie quería saber de su historial delictivo y siniestro. Los organismos de los que dependió años atrás no querían ya saber nada de su futuro, de ese futuro donde nadie escribe la palabra tortura con sangre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 1 de mayo de 2020

  • 1.5.20
Me despierto cansado, con una tristeza extraña que no reconozco. Como si este tiempo nuevo que acaba de nacer, me fuera muy extraño. El confinamiento ya no consiste en estar encerrado contigo mismo. Hasta ahí, plausible. Inquietante. Normal. Soportable. Pero miro el mundo que estaba antes y no lo veo. Y lo peor: no sé si volverá. La vida es tan breve que, cuando pretenden abreviártela aún más, salta la chispa que lo rompe todo.



Cuando los padres dijeron a sus hijos que podían salir a la calle, muchos saltaron por los balcones, otros tuvieron un miedo en sus huesos cuando cruzaron las calles vacías, y otros menos no se atrevían a ver el mundo que les había cejado esta pandemia. Eran felices en ese lugar tan reducido que en otro tiempo tan reciente rechazaban por principio.

Habrá que inventar de nuevo la vida, pero, en esa reconstrucción que me cuesta concebir, adivino un futuro incierto que no alcanzo a diseñar. Miro un paisaje parado en ninguna parte, abrazos imposibles, besos demandados sin la respuesta oportuna. Acaso, viviendo en los rescoldos de lo que ya es el ayer, agonizando aún el presente en las ascuas de un olvido inconcebible, habremos de admitir una derrota nuestra.

Por una vez, aunque solo sea por una vez, el enemigo es tan invisible que solo podemos detectarlo dentro de nosotros. Si eso fuera posible. El escritor cubano Leonardo Padura ha escrito estos días que su afortunada generación, junto a sus tremendos logros científicos, ha sufrido también profundos traumas. Y escribe también que “el mundo que parecía ampliarse y hacerse menos ajeno es hoy un lugar hostil del que debemos apartarnos”.

Hoy desperté con un cansancio eterno, con una tristeza que desconozco y que no quiero. Hoy es más difícil encontrar un cartucho de alegría empaquetada que una mascarilla quirúrgica o unos guantes para acudir a Mercadona. Dónde se puede saber que ahí se acaba el mundo vivido y dónde comienza el diseño de una sociedad que ya no nos interesa o no está.

Quisiera saber cómo, a partir de ahora, una mirada no es mensaje encriptado y cómo un abrazo no es una traición intencionada. Cómo sabré si los besos con mascarilla son capaces de atravesar todas las fibras del corazón o cómo los abrazos aún valen para evitar el frío o el cansancio interior.

Imagino los cines evitándonos, los conciertos vacíos de mecheros encendidos, el metro habitado de murciélagos contaminados y de golondrinas o vencejos contaminantes, las manifestaciones aplazadas, las risas deshabitadas. Hoy no ando para bromas.

Parece como si una cortina de humo dividiera el mundo en dos partes desiguales, como si de golpe se pudiera evaporar el pasado y nadie guardara en el bolsillo un libro de instrucciones para rediseñar el futuro. Nunca como ahora, hubo un antes y un después, una vida deshecha y tirada en el camino que ya nadie recuerda o quiere recordar.

Tiene esta melancolía un pálpito de ahora que necesitamos para sobrevivir, para saltar al vacío, allí donde no hay nada. O, si lo hay, nadie acierta a interpretar su naturaleza. Dicen que, en unos días, los termómetros nos premiarán con las temperaturas que siempre despreciamos, dicen que el calor atolondra a los coronavirus que nos matan.

Entre una sospecha y la otra, el tiempo no tiene fin y, en el tiempo, se esconde siempre la vida que habitamos, la vida que nos abandona y, sobre todo, la vida que no supimos vivir ni apretar entre nuestras manos, como si fuera un gato indefenso que se llevará la última tormenta.

En fin, hoy no estoy para nadie. Me he acostumbrado a estar conmigo mismo. Mañana, tal vez, ella venga a visitarme. Ella sabe que la estaré esperando. O no. El tiempo suele doblegar al olvido. Habrá que inventar o reinventar la vida, me digo.

Lo digo cuando sé que nadie escucha y cuando todos andamos diseñando posibilidades y estrategias, solos cada uno consigo mismo, solos definitivamente ahora, esperando quizás para salir a pasear –porque ese es el premio ahora–, porque pisar la calle es el premio más fantástico para quienes los sueños eran tan volátiles que era imposible apretarlos entre nuestras manos.

Hoy el sueño más hermoso es salir a la calle, beber, abrazarnos o besarnos. Ese sueño tan abrasador y utópico era hasta ayer nuestra vida cotidiana. Y hoy lo vemos como un tiempo distópico y gris. Es lo que tiene la vida: si no te metes de lleno en ella, y te quemas en sus llamas, nadie sabrá después explicarte de qué iba esto.

La vida que viene nadie sabe –o yo al menos no sé– de qué va. Esa no debería ser la única, pero sí nuestra primera preocupación.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

viernes, 24 de abril de 2020

  • 24.4.20
Este hombre, sentado en la terraza de su apartamento, vive un confinamiento apacible. Eso sí, deseando que abran los bares para, guardando las distancias establecidas, beber tres cañas de cerveza helada en el mínimo tiempo posible. Como si se tratara de un concurso, vamos. Mira el tráfico que se ha diluido en ninguna parte y escucha la fiesta de cantos de los pájaros que han invadido las carreteras, las calles y los jardines, tan dichosos de recuperar un paraíso del que serán expulsados en unas semanas.



Vive una soledad medida y buscada estos días, hasta que una llamada al móvil le ha recordado la voz de aquella mujer y se ha metido de lleno a escudriñar las formas tan dispares de cómo se puede hacer compatible el amor con el confinamiento.

Del poliamor en el que se sumerge buena parte de los más jóvenes, hemos sucumbido en el autoamor o en el no amor. Tal vez dependa del amor propio –que no se trata de hacer el amor con uno mismo, precisamente– y de cómo venzamos la ausencia de otras personas, para que salgamos indemnes de este vía crucis con nosotros mismos.

Quienes viven solos, como este hombre que está sentado en su terraza, se acomodan a sus propios horarios, a sus lecturas variadas, a soñar en una salida viable cuando por primera vez de nuevo podamos cruzar las calles a nuestro antojo.

Solteros y solteras se han escondido emocionalmente en las aplicaciones de citas. En Meetic, por ejemplo, la aplicación líder en esta materia, tiene petado el mercado del corazón para nuevas relaciones con propuestas tan variadas como increíbles.

Si atendemos a cuanto se cuentan enamorados/-as y seductores/-as por el móvil, los primeros meses de pospandemia serán un nido de pasiones apretadas y de desbarajustes sentimentales y desordenados que, con toda seguridad, nos darán a conocer nuevos métodos y herramientas plurales que harán más amables y sugerentes las prácticas amatorias.

Los hay también a quienes les ha tocado vivir estos días con la pareja de para siempre, tanto en la enfermedad como en la pandemia. Con toda seguridad, los curas andarán buscando una variante para quienes piensen contraer matrimonio próximamente.

Aquí derivan dos modalidades bien encontradas. Los amores recientes que aún piensan que sobrevivirán a los excesos de las hormonas descarriadas y al Covid-19 a base de alcohol de romero y revolcones sin límite. Y aquellos otros, ya chamuscados por la monotonía del tiempo y la desidia, que aspiran a una soledad mansa como agua de mayo. La fecha de mayo, claro está, será puro azar. Aquí la ciencia no propone apuestas.

En el diagrama de otras posibilidades habría que reseñar a aquellas otras parejas que les ha tocado en suerte vivir en ciudades distintas o en país colindantes o no. También aquí podríamos incluir a aquellos amores que no han hecho nada más que nacer, que apenas se abrazaron y se revolcaron en cualquier motel cuando la ley les impuso injustamente la vigilia como el peor de los castigos. Hay en estos amantes una espera incontenida, en la que la desesperación y la esperanza no abren paso a la desesperanza.

Y una tercera posibilidad –muy excepcional, por cierto– podría ser la de aquellos amores ya muertos por inanición que refulgen por puro azar o por el miedo a otros tiempos que desconocemos. La apunto, solo, por si a nadie se le ha ocurrido y le ocurriera u ocurriese por mor de las hadas o de las brujas. Mi dirán que no es tiempo de milagros. Y llevarán razón.

Pero a este hombre que, sentado en su terraza, mira un paisaje quieto, no se le puede ubicar en ninguna de las categorías ya mencionadas. No le ha llamado suspirando su exmujer. Tampoco ninguna de sus amantes apremiando con que acabe el tiempo muerto y volvamos a la misma jugada, que el fin del partido apremia. Y eso que las amantes tampoco fueron pocas.

Al instante ha reconocido la voz de esa mujer. Hace tiempo, tanto tiempo que no sabe de ella. En otros días pudieron haberse amado, pero los vientos del desatino soplaban entonces en la misma dirección. Hubo miradas y frases para incluir en el mejor libro de amor de estos tiempos. Hubo mensajes subterráneos, frases de doble sentido, alguna broma certera que la hizo sonreír.

Desde entonces no sabe de ella. Ahora, sí. Ahora ella también vive sola. Es feliz a su modo, engañando a los años para que no mancillen su inquebrantable belleza de criatura maravillosa. Ella le dice que, durante todo este tiempo de ausencias, supo de él por los periódicos, por las imágenes emitidas en los telediarios.

Le dice ella que no hubo nada entre nosotros, pero que no logró olvidarlo. No sabe bien por qué. Él, observando un sol que maniobra por escapar de entre las nubes en un día gris, le ha dicho antes de apagar el móvil que él tampoco la olvidó. Le ha dicho que se verán cuando todo esto pase, cuando el tráfico otra vez vuelva a aportar su cuota de polución al calentamiento global y los pájaros se escondan también de un cielo inmenso al que no tendrán acceso.

Y tal vez entonces, en esa mañana de mañana, que cada cual administra a su modo y manera, él ya piensa en un primer encuentro, en un tiempo de estío que se le escurre entre las manos, en la posibilidad urgente de un abrazo imposible y necesario. Y piensa también, sentado en la misma terraza, en las diferentes variables que siempre ofrece el arte de amar, incluso en tiempos del Covid-19.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

viernes, 17 de abril de 2020

  • 17.4.20
PC Providencia lanzó ayer en Twitter este breve comunicado: “Lamentamos el fallecimiento del escritor Luis Sepúlveda, enviamos un fraterno abrazo a su familia y amigos. Entre las muchas frases que nos deja hay una que hoy se siente a diario: ‘El odio a los pobres tal vez sea el peor de los odios”. Me dijo la frase a finales de 2017 y vi el título. De hecho, me sirvió para encabezar una larga entrevista con él publicada en este mismo diario digital el 24 de enero de 2018.




Hace unos días falleció también el cantautor Luis Eduardo Aute. No por el coronavirus, sino en tiempos del Covid-19. También tuve la oportunidad de conocerlo y de entrevistarlo. Me invitó al último concierto que dio en Sevilla. El Teatro Lope de Vega estaba a rebosar y el público, entregado. Él se sentía a gusto. Se quejaba de que cada vez lo llamaban menos para subir al escenario. Ese día, consciente de que el tiempo corre deprisa, se entregó de lleno. Más de dos horas y media de buena música. Lo dio todo. La última canción que interpretó, a capela, fue Al alba.

Ayer jueves, a las 10.18, falleció el escritor chileno. En la entrevista que publiqué en 2018, contaba que tenía terminado un libro de versos que no se atrevía a publicar. Al final, no tuvo valor. Entonces trabajaba en una fábula para lectores grandes y pequeños donde narraría la historia de una ballena blanca que los balleneros vascos bautizaron con el nombre de Mocha Dick, la misma ballena que embrujó a Herman Melville.

Siempre vestía de negro o azul marino. Un hombre grande y afable, de “abrazos diseñados para abarcar de un solo empujón a sus seis hijos”, escribí entonces. Venía a presentar su libro El fin de la historia.

Luchó contra la dictadura del general Pinochet y nunca se arrepintió. Por su compromiso político fue condenado a 28 años de cárcel. Fue detenido y encerrado. Al final, la pena le fue conmutada por ocho años de exilio. Todo se lo debió a una joven alemana sentada en silla de ruedas que lo había leído y que impulsó una campaña en su favor.

A su compañera, Carmen Yáñez, quien conoció la Villa Grimaldi como la prisionera 824, dedicaba esta novela tan bien escrita, que tiene mucho de thriller, más de denuncia social y demasiado de memoria que perdona y que pide justicia, pero que no logra doblegar al olvido. De los 3.000 desaparecidos de la dictadura chilena, muchos salieron ya sin vida de Villa Grimaldi y fueron enterrados en tumbas clandestinas, arrojados al mar o fueron dinamitados. Está claro que el horror también se puede cuantificar y visualizar.

Un escritor tan grande muere en el momento menos oportuno. Nadie quiere morir en estos días de confinamiento, pero menos él, que tanto amaba el mundo y a quienes lo habitan. Fue el primer enfermo en ingresar en un hospital de Asturias afectado por el virus.

Ayer murió en el Hospital Universitario Central de Asturias, donde ingresó el 29 de febrero diagnosticado de una neumonía asociada al coronavirus. Vivía en España desde 1997. En 1993 publicó Un viejo que leía novelas de amor, una breve novela que se tradujo a numerosos idiomas, vendió millones de ejemplares y fue llevada al cine con guion del propio Sepúlveda.

La cárcel, las torturas y el exilio le dotaron de una bondad blindada contra la maldad humana, pero con la virulencia letal del Covid-19. Le diagnosticaron la enfermedad a la vuelta del festival literario Correntes d’Escritas, celebrado en Póvoa de Varzim, en Portugal.

Autor de más de veinte novelas, libros de relatos, crónicas, ensayos, guionista y director de cine, amaba sobre todo la vida, a su mujer y a sus hijos. Había optado por instalarse en Gijón para vivir en paz el tiempo que le restara de vida y para observar desde allí el mapa de Chile, las contradicciones del ser humano, los bosques desbastados de la Amazonia, un mundo en crisis.

Militó en el Partido Comunista. Tras ser expulsado, se afilió a la fracción del Partido Socialista llamada Ejército de Liberación Nacional. Fue escolta personal de Salvador Allende. En 1979 participó en la Revolución Sandinista, que puso fin a la dictadura del general Somoza en Nicaragua.

Su mujer estuvo en un campo de concentración. Conoció a su delator. Cuando le pidió perdón, él iba a golpearlo, pero al final lo abrazó. Me dijo: “Sí. Me quedaban muchas ganas cuando lo vi. Fue muy sorpresivo porque ella me dijo que quería conocer al tipo que la delató. ¿Lo vas a saludar?, le dije. ‘Sí. Quiero hablar con él. Quiero que me diga por qué lo hizo’. Bueno, y cuando llegamos, yo la acompañé, y cuando vi al tío sentado mi primera impresión fue echarme encima y fue darle una de hostias. Pero me frené, me quedé callado, empecé a hablar con mi mujer. El tío no había soportado la tortura. No había aguantado. Hay gente que no aguantó. Punto. Se quebró. Más víctima que nosotros mismos. Porque había vivido cuántos años con ese peso. Cuando vi que mi mujer lo abrazó, le dijo que no, todo está bien, no te preocupes, no me debes nada, todo está bien, yo también lo abracé”.

Siempre lo recuerdo como un gran hombre grande. Ayer comencé de nuevo a leerlo. El año pasado publicó el libro que estaba escribiendo cuando lo entrevisté por segunda vez: Historia de una ballena blanca. Una novela para jóvenes de 8 a 88 años.

Era un hombre tranquilo, vivía en paz con él mismo y con los demás, hablaba muy pausadamente, esbozaba siempre una sonrisa tierna. Conocía a fondo las palabras perdón, tortura, cárcel, compañera, dictadura, solidaridad, revolución, ron, noche, literatura, viaje, mundo. Pero ignoraba el verdadero significado de la palabra muerte.

Pero la muerte siempre acecha. Nos dio las últimas noticias del Sur, las últimas noticias del fin del mundo. Después de haber rodado tanto por él para describirnos sus cicatrices, se sentó mirando con un libro en la mano para observar, como todos los días, el mar de Gijón. Tal vez supo entonces que ya nunca más volvería a verlo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

viernes, 10 de abril de 2020

  • 10.4.20
Tal Ben-Shahar, doctor en Psicología y Filosofía por la Universidad de Harvard, ha confesado que el hecho de ser infeliz hizo que se interesara por la ciencia de la felicidad. Alguien pensará, con acierto y sobre todo con sentido común, que la ciencia solo abarca a la filosofía y a las matemáticas y a otras áreas limítrofes. Pero que exista una ciencia que abarque como materia principal el estudio de la felicidad parece un tanto metafísico o desatinado. Pero, sobre todo, sospechoso.



Lo que sí sabíamos es que los poetas se especializaban en la soledad, en la infelicidad y en la ausencia y deseo de la otra persona. Tal vez exista, o existirá, en poco tiempo, una ciencia de la melancolía, cuya cátedra se la disputarán nuestros más excelsos poetas. Ellas y ellos. Pero nada sabíamos de la ciencia de la felicidad.

Este psicólogo israelí confiesa también que la felicidad depende en un 50 por ciento de la genética, en un 40 por ciento de las elecciones personales y en un 10 por ciento del entorno. Y añade: “Estos porcentajes pueden cambiar en situaciones extremas, como una guerra”. Así lo dijo el año pasado, en 2019. Habló de guerra, pero no de pandemia. Ni se le ocurrió por asomo ni se le pasó por la cabeza.

Sabemos de las guerras, o las hemos vivido, o los telediarios nos han ilustrado con suficiente precisión, o nuestros abuelos nos hablaron de la Guerra Civil. Sabíamos de las epidemias por Daniel Defoe, Diario del año de la peste, o por Albert Camus, La peste. Se deduce, leyéndolos, que Camus bebió de Defoe.

Defoe, uno de los precursores del periodismo narrativo actual, no solo escribió aventuras, como Robinson Crusoe –mi libro de la infancia–, sino de estas historias de exterminio que él conoció también de niño y las escribió ya en la extrema madurez. Pero excepto ellos, nadie nos advirtió de las pandemias.

Recuerdo de ambos libros la descripción del apocalipsis, los seres humanos recluidos en hogares como pocilgas o cuevas, sin higiene, mal alimentados, sin ver la luz del día, sin información del caos, sin saber nada del devenir más próximo.

Posiblemente la virulencia de las pandemias no hayan disminuido con los años, tal vez incluso hoy sean más letales, pero a nosotros, que nos ha tomado vivir esta, podemos hacerlo con la angustia de la sospecha, pero también con el bienestar de otros tiempos en los que las tecnologías nos permiten estar conectados por móvil o vía telemática con los más queridos, gozamos de agua caliente, de calefacción o aire acondicionado, de frigoríficos, de grandes superficies donde recurrir para llenarlos, de sillones relax, de televisores, de música seleccionada a nuestro antojo, de alguna botella de Johnnie Walker Double Black. Y una vez al día salimos a la terraza para compartir con algún vecino la copa que siempre tomábamos en el bar.

No estábamos preparados para una epidemia y, curiosamente, para saber cómo administrar los estragos de la infelicidad. Si es cierto que el entorno condiciona nuestros estándares de la felicidad en un 10 por ciento y que estos aumentan exponencialmente en situaciones extremas como la guerra o la pandemia, es lógico que nos levantemos a mitad de la noche y miremos las estrellas que también huyen sin saber adónde. Al final, el paisaje se muestra levemente como una larga espera en la que al final de la última curva la luz está presta a encenderse.

Nos quejábamos del tiempo libre, de su ausencia, y ahora el tiempo libre nos abruma. Nos han encerrado aquí mismo con otro, que es el alter ego. Y empezamos a sospechar que no nos gustamos tanto. O sí, quién sabe. Y pensamos siempre, incluso despiertos, qué máscara vestiremos cuando esto acabe, si modularemos el tono crispado de nuestra voz, si le diremos a ella –o a él– que el mundo se reduce a un espacio confinado donde solo hay espacio para dos personas que siempre se buscaron. La confusión –nunca se sabe– igual queda excluida de nuestros hábitos y simplifiquemos la felicidad en esos momentos fútiles que ahora anhelamos.

Tal Ben-Shahar nos alumbra cuando la oscuridad pretende imponerse. Dice que las expectativas tienen un papel clave en la felicidad. En tiempos de crisis, más. Él lo dice así: “La obsesión por ser feliz todo el tiempo hace que la gente se sienta miserable”. No es posible estar siempre feliz. Lo dice él y lo sabemos todos. Pero ahora el adverbio “siempre” parece creado innecesariamente, parece no tener sentido.

Del mismo modo, la felicidad nunca fue la misma para los hombres y para las mujeres. Lisa Taddeo, feminista confesa, y autora de Tres mujeres, un libro que contiene el mejor periodismo narrativo, escribe: “No permitas que te vean feliz”. Se lo dice la madre a la hija. Y añade: “Sobre todo, las demás mujeres”. Y concluye: “Si te ven feliz, intentarán destruirte”.

Poco importa ya qué es cierto de cuanto escribió el psicólogo israelí o la periodista de Nueva York. Atrapados en unos pocos metros cuadrados, enturbiados en un ambiente cerrado por esa música que no escuchamos, nos obligamos nosotros mismos a confeccionar un perfil de la felicidad acorde con nuestras expectativas. Para que no nos quede muy holgado ni demasiado estrecho que ahogue cualquier proyecto de futuro.

Sabemos ahora que no solo el virus muta para sobrevivir. También la felicidad, nuestro concepto de la felicidad. Pero te puede salvar el primero y matarte la segunda si no sabes alimentarla con tesón y sabiduría. Nunca se sabe. Porque ahí radica uno de los enigmas más indescifrables de nuestra existencia.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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