La corriente del aire acondicionado mecía las hojas del ficus de la oficina. Era lo único vivo de aquella oficina y, encima, estaba pocho. Por lo demás, los oficinistas se movían por diferentes cabinas separadas por paneles intentando arreglar el desaguisado que alguien menos competente que ellos les había dejado. Diría que ellos también estaban vivos, pero eso sería decir mucho.
Uno de ellos, Julio, llevaba acordándose de la familia de la mitad de sus compañeros más de ocho horas seguidas. Por mucho que intentaba no apartar la mirada de la pantalla, los diferentes mensajes que le iban llegando por correo electrónico no hacían más que empeorar su enfado con el mundo. La papelera que estaba situada a su izquierda todavía rezumaba el olor de su cuarto café del día.
El ficus tenía la mitad de las hojas amarronadas. Nadie tenía claro si era por falta o exceso de riego. Sin embargo, su agonía era evidente para un público que, de normal, lo ignoraba. Julio era uno de ellos. Su gestión era impecable, o así lo veía él. Y como siempre, había un gilipollas dispuesto a joderle la marrana. Si no era el capullo del jefe, era el tontopolla de la cabina del fondo.
Y si por lo menos descansara en casa… Cuando llegara, tenía que llamar al casero para que le arreglaran la lavadora. Dos días llevaba sin funcionar. Y otra semana, por lo menos, conociendo al mamón que le cobraba el equivalente a más de la mitad de su sueldo.
Menos mal que compartía los gastos con Sonia. Pero ella también trabajaba —estaba hasta las narices de su trabajo, que con frecuencia se llevaba a casa en forma de quejas, estreses y mal humor—, y no podía dedicarle tiempo al tema del casero. Por no hablar de que le tocaba cocinar para los dos.
La tierra del ficus estaba mojada y cubierta de hojas secas. La mayoría de los oficinistas vaciaban sus cantimploras y botellas antes de volver a casa, con la esperanza de alargarle un poco más su mísera existencia. Julio era uno de ellos.
Había cumplido con la jornada laboral, había respondido los últimos mensajes que quedaban en su bandeja de correo electrónico y había vaciado el agua de la cantimplora en el ficus enfermo. Y lo hizo con el alivio de quien, a pesar de los pesares, vuelve a casa sin haber salido en la página de sucesos.
Julio agarró su mochila, metió la cantimplora dentro y, tras asegurarse de que no se dejaba nada, atravesó la oficina hasta llegar al ascensor. Mientras lo esperaba, se encontró con un compañero. Ni amigo ni enemigo. Todavía.
“¿Te has enterado de lo de Marga?”, le preguntó tras el saludo protocolario. “No, ¿qué ha pasado?”, se interesó Julio. “Le han encontrado un cáncer en el estómago. Una cosa chunga, por lo que parece”. Se miraron un instante en silencio. Entonces, llegó el ascensor e intercambiaron dentro unas palabras más que no aportaron información al respecto.
Al final del recorrido, ambos salieron en silencio, cabizbajos, atravesaron un recibidor, se despidieron el uno del otro y se sintieron golpeados por el bochorno de la calle. Como de costumbre, Julio se colocó los cascos y puso rumbo al hogar. Anduvo por las calles —por no decir que deambuló—, con la sensación de que el día no fue tan malo y de que lo de la lavadora no era tan importante. Pobre Marga. Ella era uno de ellos.
La corriente del aire acondicionado siguió meciendo las hojas del ficus durante toda la noche. La planta estaba un poco abandonada. Un poco más marchita día a día, pero viva. Más de lo que podían decir otros.
Haereticus dixit
Uno de ellos, Julio, llevaba acordándose de la familia de la mitad de sus compañeros más de ocho horas seguidas. Por mucho que intentaba no apartar la mirada de la pantalla, los diferentes mensajes que le iban llegando por correo electrónico no hacían más que empeorar su enfado con el mundo. La papelera que estaba situada a su izquierda todavía rezumaba el olor de su cuarto café del día.
El ficus tenía la mitad de las hojas amarronadas. Nadie tenía claro si era por falta o exceso de riego. Sin embargo, su agonía era evidente para un público que, de normal, lo ignoraba. Julio era uno de ellos. Su gestión era impecable, o así lo veía él. Y como siempre, había un gilipollas dispuesto a joderle la marrana. Si no era el capullo del jefe, era el tontopolla de la cabina del fondo.
Y si por lo menos descansara en casa… Cuando llegara, tenía que llamar al casero para que le arreglaran la lavadora. Dos días llevaba sin funcionar. Y otra semana, por lo menos, conociendo al mamón que le cobraba el equivalente a más de la mitad de su sueldo.
Menos mal que compartía los gastos con Sonia. Pero ella también trabajaba —estaba hasta las narices de su trabajo, que con frecuencia se llevaba a casa en forma de quejas, estreses y mal humor—, y no podía dedicarle tiempo al tema del casero. Por no hablar de que le tocaba cocinar para los dos.
La tierra del ficus estaba mojada y cubierta de hojas secas. La mayoría de los oficinistas vaciaban sus cantimploras y botellas antes de volver a casa, con la esperanza de alargarle un poco más su mísera existencia. Julio era uno de ellos.
Había cumplido con la jornada laboral, había respondido los últimos mensajes que quedaban en su bandeja de correo electrónico y había vaciado el agua de la cantimplora en el ficus enfermo. Y lo hizo con el alivio de quien, a pesar de los pesares, vuelve a casa sin haber salido en la página de sucesos.
Julio agarró su mochila, metió la cantimplora dentro y, tras asegurarse de que no se dejaba nada, atravesó la oficina hasta llegar al ascensor. Mientras lo esperaba, se encontró con un compañero. Ni amigo ni enemigo. Todavía.
“¿Te has enterado de lo de Marga?”, le preguntó tras el saludo protocolario. “No, ¿qué ha pasado?”, se interesó Julio. “Le han encontrado un cáncer en el estómago. Una cosa chunga, por lo que parece”. Se miraron un instante en silencio. Entonces, llegó el ascensor e intercambiaron dentro unas palabras más que no aportaron información al respecto.
Al final del recorrido, ambos salieron en silencio, cabizbajos, atravesaron un recibidor, se despidieron el uno del otro y se sintieron golpeados por el bochorno de la calle. Como de costumbre, Julio se colocó los cascos y puso rumbo al hogar. Anduvo por las calles —por no decir que deambuló—, con la sensación de que el día no fue tan malo y de que lo de la lavadora no era tan importante. Pobre Marga. Ella era uno de ellos.
La corriente del aire acondicionado siguió meciendo las hojas del ficus durante toda la noche. La planta estaba un poco abandonada. Un poco más marchita día a día, pero viva. Más de lo que podían decir otros.
Haereticus dixit
RAFAEL SOTO ESCOBAR
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL






























