En ocasiones uno tropieza con obras que son magníficas. Es lo que me aconteció cuando tuve en mis manos la novela gráfica (los autores prefieren hablar de cómic) que lleva por título el que he utilizado en esta entrevista. Lo cierto es que a medida que sumergía en esta obra firmada por Fernando González (guion) y Joaquín Santiago (dibujos) fui descubriendo la apasionante historia de una bailarina alemana de la que yo no tenía ningún conocimiento previo.
Como a Joaquín le conozco desde hace muchos años, me pareció de interés hacerles una entrevista a ambos. Acuerdo con ellos que es mejor que cada uno me diera su opinión, dado que, a pesar de ser una obra bien cohesionada, cada cual ha trabajado en uno de los componentes del cómic: texto e imagen. Por otro lado, en esta presentación, intercalaré algunas páginas de la vida de Mary Wigman para que el lector o la lectora se haga una idea aproximada del trabajo.
—Quisiera que comenzáramos de forma que me indicarais a quién de los dos se le ocurrió la idea de hacer una novela gráfica sobre Wigman, un personaje femenino muy relevante en el mundo de la danza, aunque muy poco conocido en nuestro país.
—Fernando: Cuando yo llego a Joaquín el guion ya estaba terminado. Tras el llamémoslo éxito —se ha traducido al alemán y al francés— de mi novela gráfica —dibujada por José Lázaro— El ángel dadá, pensé, en connivencia con David G. Romero, el editor de El Paseo, continuar el camino de exploración de la cultura y arte centroeuropeos de entreguerras. Y ahí surgió el nombre de Mary, pionera o creadora, como queramos, de la danza expresionista, con el añadido de que su vida transcurría por etapas fundamentales de la historia de Alemania: la República de Weimar, el ascenso del nazismo, la Segunda Guerra Mundial e, incluso la división alemana en dos Estados.
La postura de Wigman ante el poder, o frente, o con, según sus circunstancias, fue además otro aliciente. Más allá de contar su vida y su creación artística, el personaje invitaba a la reflexión, sobre su vida y sobre la de todos: ¿cómo comportarse cuando tu obra pretende ser utilizada en beneficio del poder y está la vida en juego?
—Joaquín: Como ha dicho Fernando, a mí me llegó ya el tema completamente definido. No conocía a Wigman, pero en cuanto me adentré en la historia de Fernando (a quien conocía por un libro suyo que me había gustado mucho, Esperando a Gagarin), y la potencia plástica, tanto de la obra de Wigman como de los eventos del siglo XX que se tocan, no pude resistirme a abordar el dibujo de la historia.
—¿Cuánto tiempo habéis empleado en realizar este trabajo de 143 páginas?
—F: En mi caso, el guion me llevó aproximadamente un año, pero hay que sumarle la documentación, la base histórica que como historiador ya tenía. Esto es como lo que dice Cervantes en el prólogo a la segunda parte del Quijote, de aquel loco que se dedicaba a hinchar perros soplándole con un canutillo por sálvese la parte, y ante la mirada atónita de los transeúntes, les dice: “¿Pensarán vuesas mercedes ahora que no es poco trabajo hinchar un perro? ¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?”. Más si cabe en el caso de Joaquín, que lo ha dibujado.
—J: Después de conocer a Fernando y recibir el guion, el primer dibujo de Wigman lo hice justo el 1 de enero de 2021, y el último, en octubre de 2024; sumándole el tiempo de la portada y las correcciones, salen prácticamente 3 años justos.
—¿Os pusisteis a elaborar el trabajo por vuestra cuenta o ya teníais el apoyo de la editorial El Paseo?
—F: El Paseo estaba ahí desde el principio, desde la idea inicial. Y no tuvo dudas cuando el guion estuvo completado, menos todavía cuando comenzaron a llegar las páginas dibujadas por Joaquín, que son sublimes.
—J: ¡Me sonrojo, Fernando! La verdad es que no es lo frecuente en el sector, y tanto Fernando como David han sido muy generosos aceptando todas mis propuestas gráficas y dándome total libertad.
—¿Decidisteis desde el principio que los dibujos fueran en blanco y negro?
—F: En mi guion, que incluye bocetos, una especie de story board, había alguna página a color, puntualmente, para resaltar ciertos momentos. Joaquín, con buen criterio, lo dejó todo en blanco y negro.
—J: La documentación de los bailes de Wigman era en blanco negro, con unas fotografías tan potentes que ya de partida marcaban el tono de la obra. Además, la tenebrosidad de algunas piezas pedía esta sobriedad. No encontraba justificación plástica, con mi forma de dibujar, para cambiar a color. Por ello, preferí resolver los apuntes expresivos con cambios de registro o de composición de página, más que con el color.
—A la hora de planificar el trabajo, ¿teníais el texto y los diálogos ya realizados o fuisteis articulando el texto con los dibujos a medida que avanzabais?
—F: Yo trabajo el guion como si fuese un cómic que estoy leyendo, es decir, a doble página, porque si abrimos un libro vemos las dos páginas a la vez, aunque nos fijemos en un detalle. En definitiva, trabajo en paralelo, texto y viñetas al mismo tiempo. Luego ya le doy total libertad al dibujante para que en la parte gráfica siga más o menos mis viñetas o nada en absoluto. En la obra final, el texto es mío, pero el dibujo final es absoluta responsabilidad de Joaquín.
—J: Tener ya el guion cerrado ayuda muchísimo a conocer el tono de la obra desde el principio, e intentar ser coherente con él. El que Fernando me lo pasase como una obra ya abocetada por él, pero con un estilo muy diferente al mío, fue una gran ayuda y un incentivo para intentar llevar su propuesta de página desde su estilo gráfico, más expresionista, al mío, más clásico. Como decía antes, aquí ha sido muy generoso dándome libertad de reinterpretación.
—¿Qué ha sido para vosotros lo más complicado de la elaboración?
—F: Indudablemente condensar una vida tan rica y compleja en 143 páginas, en las que además quería que quedase patente un mensaje más allá de una biografía, como he dicho al principio. Ojalá lo haya logrado. En cuanto a la documentación, un asunto siempre clave cuando no se trata de pura ficción, tengo la suerte de ser traductor de alemán, por lo que he podido contar con mucha bibliografía que no está traducida al español, como sus diarios.
—J: El intentar mantener el mayor rigor histórico posible en la documentación visual de cada época: escenarios, objetos, vestimentas… Esta labor de documentación se llevó más de la mitad del tiempo. Y el que Mary Wigman, que aparece desde niña hasta ya como una mujer anciana, fuera siempre reconocible.
—Una pregunta casi inevitable: ¿cuáles son los autores de cómic admiráis?
—F: Qué pregunta más difícil. Escoger entre tantas joyas… Tendría que empezar por Herriman y su Krazy Kat; continuar con el cómic de terror de la editorial EC en los 50, con autores como Feldstein; saltar a la psicodelia de Steve Ditko en Dr. Strange, la Doña Urraca de Jorge, que continuaría su hijo, al que reencontramos junto al guionista Abulí en la ironía de Torpedo 1936; y cómo dejar atrás a Hugo Pratt y su Corto Maltés, o el modelo de perfecta narración que realiza Hergé en Tintín, o el documentadísimo guion de Alan Moore en From Hell, o a Chris Ware y su reinterpretación de prácticamente toda la historia del cómic en Catálogo de novedades Acme; y últimamente me tiene muy enganchado el guionista Tom King, que, dentro de unas estructuras muy encorsetadas —el género de superhéroes—, es capaz de darle la vuelta como un calcetín (véase Blanco humano). Y cierro con dos nipones: Tezuka, el rey del manga, y la elegancia narrativa de Jiro Taniguchi.
—J: Me pasa lo mismo, no podría parar… Aunque sí que tengo un máximo absoluto: Moebius. Intentando ser breve, y en lo referente a Wigman, autores como Gipi, José Muñoz, Mike Mignola, Bastien Vivès o Manuele Fior han estado dando vueltas en mi cabeza. ¿Dónde parar? Una influencia de juventud era el Barry Smith de Clavos Rojos…, y ahora, con estilos muy distintos al mío, decir que últimamente me tienen fascinado María Medem, Olivier Schrauwen, y Brecht Evens. No quiero olvidar, dentro de los autores españoles, como clásico, al Jan de Superlópez, y como actual, a uno de los mejores, mi querido amigo Andrés González Leiva.
—Para finalizar, una vez acabado el libro, ¿tenéis pensado llevar adelante otro proyecto o consideráis que esta “aventura” ya ha finalizado?
—F: Ojalá haya otras obras, pero me remito a Cervantes y al citado prólogo, y al poco tiempo del que dispone Joaquín.
—J: ¡Me encantaría! Estoy deseando seguir dibujando, y dibujando cómics, pero hacer un cómic es un trabajo de años, aún más simultaneándolo con un trabajo tan diferente como el mío. Cuando terminemos de disfrutar del alumbramiento de nuestra Wigman, veremos.
Como a Joaquín le conozco desde hace muchos años, me pareció de interés hacerles una entrevista a ambos. Acuerdo con ellos que es mejor que cada uno me diera su opinión, dado que, a pesar de ser una obra bien cohesionada, cada cual ha trabajado en uno de los componentes del cómic: texto e imagen. Por otro lado, en esta presentación, intercalaré algunas páginas de la vida de Mary Wigman para que el lector o la lectora se haga una idea aproximada del trabajo.
—Quisiera que comenzáramos de forma que me indicarais a quién de los dos se le ocurrió la idea de hacer una novela gráfica sobre Wigman, un personaje femenino muy relevante en el mundo de la danza, aunque muy poco conocido en nuestro país.
—Fernando: Cuando yo llego a Joaquín el guion ya estaba terminado. Tras el llamémoslo éxito —se ha traducido al alemán y al francés— de mi novela gráfica —dibujada por José Lázaro— El ángel dadá, pensé, en connivencia con David G. Romero, el editor de El Paseo, continuar el camino de exploración de la cultura y arte centroeuropeos de entreguerras. Y ahí surgió el nombre de Mary, pionera o creadora, como queramos, de la danza expresionista, con el añadido de que su vida transcurría por etapas fundamentales de la historia de Alemania: la República de Weimar, el ascenso del nazismo, la Segunda Guerra Mundial e, incluso la división alemana en dos Estados.
La postura de Wigman ante el poder, o frente, o con, según sus circunstancias, fue además otro aliciente. Más allá de contar su vida y su creación artística, el personaje invitaba a la reflexión, sobre su vida y sobre la de todos: ¿cómo comportarse cuando tu obra pretende ser utilizada en beneficio del poder y está la vida en juego?
—Joaquín: Como ha dicho Fernando, a mí me llegó ya el tema completamente definido. No conocía a Wigman, pero en cuanto me adentré en la historia de Fernando (a quien conocía por un libro suyo que me había gustado mucho, Esperando a Gagarin), y la potencia plástica, tanto de la obra de Wigman como de los eventos del siglo XX que se tocan, no pude resistirme a abordar el dibujo de la historia.
—¿Cuánto tiempo habéis empleado en realizar este trabajo de 143 páginas?
—F: En mi caso, el guion me llevó aproximadamente un año, pero hay que sumarle la documentación, la base histórica que como historiador ya tenía. Esto es como lo que dice Cervantes en el prólogo a la segunda parte del Quijote, de aquel loco que se dedicaba a hinchar perros soplándole con un canutillo por sálvese la parte, y ante la mirada atónita de los transeúntes, les dice: “¿Pensarán vuesas mercedes ahora que no es poco trabajo hinchar un perro? ¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?”. Más si cabe en el caso de Joaquín, que lo ha dibujado.
—J: Después de conocer a Fernando y recibir el guion, el primer dibujo de Wigman lo hice justo el 1 de enero de 2021, y el último, en octubre de 2024; sumándole el tiempo de la portada y las correcciones, salen prácticamente 3 años justos.
—¿Os pusisteis a elaborar el trabajo por vuestra cuenta o ya teníais el apoyo de la editorial El Paseo?
—F: El Paseo estaba ahí desde el principio, desde la idea inicial. Y no tuvo dudas cuando el guion estuvo completado, menos todavía cuando comenzaron a llegar las páginas dibujadas por Joaquín, que son sublimes.
—J: ¡Me sonrojo, Fernando! La verdad es que no es lo frecuente en el sector, y tanto Fernando como David han sido muy generosos aceptando todas mis propuestas gráficas y dándome total libertad.
—¿Decidisteis desde el principio que los dibujos fueran en blanco y negro?
—F: En mi guion, que incluye bocetos, una especie de story board, había alguna página a color, puntualmente, para resaltar ciertos momentos. Joaquín, con buen criterio, lo dejó todo en blanco y negro.
—J: La documentación de los bailes de Wigman era en blanco negro, con unas fotografías tan potentes que ya de partida marcaban el tono de la obra. Además, la tenebrosidad de algunas piezas pedía esta sobriedad. No encontraba justificación plástica, con mi forma de dibujar, para cambiar a color. Por ello, preferí resolver los apuntes expresivos con cambios de registro o de composición de página, más que con el color.
—A la hora de planificar el trabajo, ¿teníais el texto y los diálogos ya realizados o fuisteis articulando el texto con los dibujos a medida que avanzabais?
—F: Yo trabajo el guion como si fuese un cómic que estoy leyendo, es decir, a doble página, porque si abrimos un libro vemos las dos páginas a la vez, aunque nos fijemos en un detalle. En definitiva, trabajo en paralelo, texto y viñetas al mismo tiempo. Luego ya le doy total libertad al dibujante para que en la parte gráfica siga más o menos mis viñetas o nada en absoluto. En la obra final, el texto es mío, pero el dibujo final es absoluta responsabilidad de Joaquín.
—J: Tener ya el guion cerrado ayuda muchísimo a conocer el tono de la obra desde el principio, e intentar ser coherente con él. El que Fernando me lo pasase como una obra ya abocetada por él, pero con un estilo muy diferente al mío, fue una gran ayuda y un incentivo para intentar llevar su propuesta de página desde su estilo gráfico, más expresionista, al mío, más clásico. Como decía antes, aquí ha sido muy generoso dándome libertad de reinterpretación.
—¿Qué ha sido para vosotros lo más complicado de la elaboración?
—F: Indudablemente condensar una vida tan rica y compleja en 143 páginas, en las que además quería que quedase patente un mensaje más allá de una biografía, como he dicho al principio. Ojalá lo haya logrado. En cuanto a la documentación, un asunto siempre clave cuando no se trata de pura ficción, tengo la suerte de ser traductor de alemán, por lo que he podido contar con mucha bibliografía que no está traducida al español, como sus diarios.
—J: El intentar mantener el mayor rigor histórico posible en la documentación visual de cada época: escenarios, objetos, vestimentas… Esta labor de documentación se llevó más de la mitad del tiempo. Y el que Mary Wigman, que aparece desde niña hasta ya como una mujer anciana, fuera siempre reconocible.
—Una pregunta casi inevitable: ¿cuáles son los autores de cómic admiráis?
—F: Qué pregunta más difícil. Escoger entre tantas joyas… Tendría que empezar por Herriman y su Krazy Kat; continuar con el cómic de terror de la editorial EC en los 50, con autores como Feldstein; saltar a la psicodelia de Steve Ditko en Dr. Strange, la Doña Urraca de Jorge, que continuaría su hijo, al que reencontramos junto al guionista Abulí en la ironía de Torpedo 1936; y cómo dejar atrás a Hugo Pratt y su Corto Maltés, o el modelo de perfecta narración que realiza Hergé en Tintín, o el documentadísimo guion de Alan Moore en From Hell, o a Chris Ware y su reinterpretación de prácticamente toda la historia del cómic en Catálogo de novedades Acme; y últimamente me tiene muy enganchado el guionista Tom King, que, dentro de unas estructuras muy encorsetadas —el género de superhéroes—, es capaz de darle la vuelta como un calcetín (véase Blanco humano). Y cierro con dos nipones: Tezuka, el rey del manga, y la elegancia narrativa de Jiro Taniguchi.
—J: Me pasa lo mismo, no podría parar… Aunque sí que tengo un máximo absoluto: Moebius. Intentando ser breve, y en lo referente a Wigman, autores como Gipi, José Muñoz, Mike Mignola, Bastien Vivès o Manuele Fior han estado dando vueltas en mi cabeza. ¿Dónde parar? Una influencia de juventud era el Barry Smith de Clavos Rojos…, y ahora, con estilos muy distintos al mío, decir que últimamente me tienen fascinado María Medem, Olivier Schrauwen, y Brecht Evens. No quiero olvidar, dentro de los autores españoles, como clásico, al Jan de Superlópez, y como actual, a uno de los mejores, mi querido amigo Andrés González Leiva.
—Para finalizar, una vez acabado el libro, ¿tenéis pensado llevar adelante otro proyecto o consideráis que esta “aventura” ya ha finalizado?
—F: Ojalá haya otras obras, pero me remito a Cervantes y al citado prólogo, y al poco tiempo del que dispone Joaquín.
—J: ¡Me encantaría! Estoy deseando seguir dibujando, y dibujando cómics, pero hacer un cómic es un trabajo de años, aún más simultaneándolo con un trabajo tan diferente como el mío. Cuando terminemos de disfrutar del alumbramiento de nuestra Wigman, veremos.
AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍA: CRASH CÓMICS
FOTOGRAFÍA: CRASH CÓMICS



































