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Rafael Soto | Una reflexión sobre el escándalo

Desde la navaja de Un perro andaluz (1929) hasta la última explosión en Ese oscuro objeto del deseo (1977), el genial Luis Buñuel (1900-1983) se integró con orgullo en el movimiento surrealista. Una corriente artística que, en tiempos de cambio, defendía la provocación y el compromiso político como modo de vida.


El pope de este movimiento fue el polémico André Breton (1896-1966), autor del Manifiesto Surrealista (1924) y de sus posteriores revisiones. Combatió contra todos y contra todo, con mayor o menor acierto. Se alineó con los movimientos comunistas de la época, y acabó tarifando con los mismos: “La ruptura definitiva se explica finalmente si se piensa que el marxismo pedía la sumisión de lo irracional, mientras que los surrealistas se habían levantado para defender lo irracional hasta la muerte”, analizaría Albert Camus (1913-1960) en El hombre rebelde (1951).

Rondaría los 59 años cuando este hombre enérgico y abierto a la controversia se reencontraría con su amigo Buñuel en 1955. Como él mismo menciona en su autobiografía Mi último suspiro (1982), Breton se le apareció “con una expresión de profunda tristeza y desamparo”. Su lamento: el escándalo ya no era posible.

Esta idea me resulta interesante. El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua ofrece hasta cinco acepciones para la palabra “escándalo”, y todas son negativas. Me quedo con la segunda: “Hecho o dicho considerados inmorales o condenables y que causan indignación y gran impacto públicos”.

Para que algo sea escandaloso tiene que ser inmoral o condenable. Esta apreciación tiene que ser compartida por un sector mayoritario de la sociedad y, teniendo en cuenta lo resabiados que estamos, tiene que ser una línea roja muy clara y unánime. Por otro lado, debe causar indignación pública. Un requisito de fácil cumplimiento en estos tiempos.

Por último, tiene que generar un “gran impacto público”. Volviendo a tirar de diccionario, “un golpe emocional producido por un acontecimiento o una noticia desconcertantes” que debe ser público y de enorme intensidad.

No creo que tuviera las mismas razones. Sin embargo, tras este breve análisis, he llegado a la conclusión de que el lamento de Breton mantiene toda su vigencia. Tenemos el estómago demasiado acostumbrado a las digestiones pesadas. Nada hay ya sagrado.

¿Un productor es acusado de abusar de una actriz? Te indignas, pero no tiene gran impacto. Entre el movimiento #Metoo y películas como Nina Wu (2019), la ciudadanía se ha acostumbrado a este tipo de barbaridades. Esa noticia es enterrada por otra al día siguiente.

¿Una estudiante la grita verdades a la cara a su rector y a la presidenta de la Comunidad de Madrid? Más allá de las formas que, por supuesto, no compartimos, lo cierto es que no ha escandalizado a nadie. Nos hemos acostumbrado a energúmenos gritando a todas horas, con razón o sin ella. Mañana le tocará a otro.

¿Se produce un asesinato por motivaciones religiosas en Algeciras? Te indignas, te inquietas incluso. Sin embargo, el impacto público se relativiza tras tanto atentado yihadista. Y en cuanto a los comentarios absurdos de los líderes del Partido Popular sobre el asunto... a eso también estamos habituados.

Ni las informaciones aberrantes que nos están llegando sobre el Rey Emérito y su nieto Felipe Juan Froilán en Abu Dabi nos impactan. Sabemos que habrá más. Para que un hecho tenga “gran impacto público” tiene que haber poca costumbre de que ocurra o, al menos, debe de causar extrañeza. Y, por desgracia, estamos tan curados de espanto que ya es casi imposible escandalizarnos.

Parece que hoy nada es más provocador y revolucionario que la moderación y la sobriedad. Seamos revolucionarios, pues, aunque solo sea por estética.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO
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