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José Antonio Hernández | La tierra baldía

Doy por supuesto que los profesores de Literatura, los críticos literarios, los escritores y los poetas actuales han leído La tierra baldía (Madrid, Cátedra) y que todos ellos saben que Thomas Stearns Eliot (1888-1965) es uno de los escritores pertenecientes al High Modernism (Alto Modernismo) anglosajón, ese movimiento que pretendía superar la propia modernidad.


Recuerdo que, en 1920, en su obra titulada El bosque sagrado, explica y justifica sus especulaciones teóricas sobre la tradición, la función de la crítica, la teoría impersonal del arte, y que allí reivindica una nueva filiación literaria para la poesía modernista y para sí mismo.

En mi opinión, a todos los profesionales y también a los que aún no han tenido la oportunidad de leer la obra, esta nueva edición les puede proporcionar una oportunidad para descubrir unas pistas y unas pautas creativas para cimentar y para alimentar la crítica y la escritura literarias actuales.

La cuidada edición bilingüe de Viorica Patea y la acertada traducción de Natalia Carbajosa, con la colaboración de María Teresa Gibert y Viorica Patea, constituyen unas aportaciones importantes para que nosotros elaboremos una lectura crítica y un análisis “comparado” de este texto que nos sirve para identificar las similitudes y las diferencias con las creaciones actuales o, en otras palabras, para descubrir la “intertextualidad”, esa forma antigua y actual de interpretar y de valorar las obras literarias y las creaciones artísticas.

El hallazgo de la fuente de su revitalización en la tradición de otra época y de otra lengua, como, por ejemplo, en la prosa de Flaubert y en la poesía de Baudelaire y de los simbolistas franceses del siglo XIX, la importancia decisiva de su lectura del crítico y poeta simbolista Laforgue, la relectura de Dante y de las especulaciones de Bergson sobre el tiempo, la memoria, la conciencia y la intuición constituyen el eje central de la obra de Eliot.

En mi opinión, es especialmente acertada la referencia a las clases sobre filosofía y filología indias a las que el escritor asistió durante su estancia en Harvard y que, en cierta medida, moldearía su pensamiento. Y, por supuesto, me ha resultado luminosa la alusión a la concepción de Eliot sobre la tradición: “no como una colección de obras escritas por distintos individuos, sino como totalidades orgánicas” porque, efectivamente, en este orden “unificado”, cada elemento individual obtiene su significado de un sistema de interrelaciones y de posicionamientos ante otras obras de arte.

Me permito expresar mi convicción de que la publicación de esta obra –densa, detallada y oportuna– es valiosa por las pautas que ofrece para el ejercicio de los análisis comparativos y, de manera especial, para los escritores que pretendan seguir continuando las líneas trazadas por sus antecesores.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
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