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domingo, 3 de abril de 2022

  • 3.4.22
A quienes les gustan las obras de José Saramago, ese gran escritor portugués que recibió en Premio Nobel de Literatura en 1998, pueden recordar que una de sus primeras obras llevaba por título Viaje a Portugal. En ella hacía un recorrido por gran parte de la geografía portuguesa y expresaba su enorme conocimiento y el amor por sus raíces.


Pero Saramago también amaba a España, de ahí que en ese largo periplo por las tierras y la historia de su país apareciera, en medio de tantos nombres portugueses, el extremeño de Alburquerque, pueblo en el que yo nací y que tiene unos estrechos vínculos con las gentes del país hermano por su proximidad con la frontera que ahora se atraviesa sin que uno sea consciente de ninguna línea, ni siquiera imaginada, de separación.

La razón de que el nombre de Alburquerque saliera en el libro de Saramago, que vio la luz en 1981, se debe a que algunos pueblos lusos próximos, como Marvão o Castelo de Vide, se sienten como formando parte de un territorio y de una historia común y en los que se vislumbran las magníficas fortalezas medievales que poseen y que hemos heredado de aquellos siglos en los que los conflictos entre los reinos de Castilla y Portugal eran habituales. Aunque, sin dejarme llevar por inclinaciones locales, no me cabe la menor duda que la de Alburquerque, que aquí muestro, es de una belleza excepcional.


Esos vínculos, para quienes pertenecemos a comunidades que colindan con las tierras portuguesas, son muy fuertes. Lo sorprendente es que, sabiendo que hay nueve provincias que parecieran pegadas al mapa de Portugal (desde Huelva, en el sur, hasta Pontevedra, en el norte), no existiera el mismo ánimo hacia las tradiciones y la cultura portuguesas en el resto de nuestro país.

Lo indicado da lugar a que los intercambios sean más fluidos entre territorios vecinos. Es por lo que, en esta ocasión, quisiera hablar de un reciente viaje a Portugal realizado por un numeroso grupo de amantes del patrimonio luso que partieron desde diferentes puntos (Alburquerque, Badajoz, Cáceres…), lo que dio lugar a que los desplazamientos tuvieran que realizarse en coches hasta el punto de encuentro: Castelo de Vide.

Esta nueva visita me hace recordar a las que con frecuencia programábamos en autobús desde la Asociación para la Defensa del Patrimonio (Adepa) para acercarnos a distintas localidades del país vecino con el fin de conocer su rico patrimonio arquitectónico. No obstante, la llegada de la pandemia supuso un paréntesis de las actividades de la asociación y, entre ellas, claro está, las que implicaban desplazamientos.

Una vez que la situación parece ser que adquiere ciertos visos de normalidad, dos miembros de Adepa, Esteban Santos y Pablo Bozas, acuerdan con Moisés Cayetano, profesor jubilado y gran conocedor de la historia de Portugal, programar un viaje que tendría su punto de encuentro en Castelo de Vide, lugar en el que nació Fernando José Salgueiro Maia, uno de los capitanes del 14 de Abril o de la Revolución de los Claveles, que marcó el fin de la dictadura salazarista y el comienzo de la democracia y las libertades en Portugal.


La cita de todos los participantes era precisamente en el cementerio de Castelo de Vide, ya que allí se encuentra la tumba y la lápida en la que se homenajea a este admirable soldado portugués, al que tanto quieren y admiran los vecinos de la localidad. Sería el propio Moisés Cayetano, autor de una muy trabajada biografía de este personaje castrense, quien a lo largo de la jornada ilustrara los recorridos que se realizarían.


Otro de los que colaboraron de modo activo en las explicaciones de la primera villa visitada fue Carolino Tapadejo, antiguo alcalde de la localidad. Y puesto que la revista Azagala fue también promotora de la visita a Portugal, recojo las palabras que su director, Francisco José Negrete, dedicó al experto guía de la villa portuguesa:

[Participó] el propio Carolino, que fue alcalde de Castelo de Vide, hombre muy reconocido en Portugal en el aspecto político, pero también en los del turismo y la historia. Con él inició la preciosa villa de Castelo su expansión turística. No en vano, estrechó lazos con los descendientes de la numerosa comunidad de judíos que vivieron en esa localidad. Logró que el presidente de la República Mario Soares la visitara junto con autoridades de Israel, en un acto en el que Soares pronunció una frase para la historia en la Fonte da Vila de Castelo, donde pidió perdón en nombre de Portugal a los judíos que fueron perseguidos en su país, palabras que aparecieron en la prensa nacional portuguesa y en la israelita. Desde entonces no ha dejado de crecer el número de judíos que visitan la hermosa villa rayana”.


La admiración que a Salgueiro Maia le profesa su pueblo queda plasmada no solo por la forma destacada con la que se le presenta en el cementerio, sino también con el busto que se encuentra en la localidad. A ello habría que añadir el Centro de Cultura, convertido en museo, ubicado en el interior del castillo y en el que se recogen y muestran muchos de los elementos que configuran su vida, tanto en su faceta civil como persona militar.


Allí, el amplio grupo que acudió a esta cita pudo contemplar un excelente documental sobre la vida, un tanto azarosa, de Fernando José Salgueiro Maia. Una vez que acabó la comida por todos compartida, quedaban pendientes por conocer los restos de la ciudad romana de Ammania, ubicada en São Salvador da Aramenha, así como volver a acercarse a Marvão, para recorrer esta pequeña villa enclavada en lo más alto de un empinado cerro.

Quisiera cerrar la presentación de este viaje a Portugal recordando de nuevo a uno de los escritores por el que mayor admiración siento, sea como persona o en su faceta literaria. Estoy seguro de que José Saramago, un gran defensor de una mayor unidad de España y Portugal, vería con agrado estas experiencias que, a fin de cuentas, son una forma de revivir aquellos viajes que con tanta pasión él realizó por su tierra en la primera parte de su vida.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍAS: AZAGALA / ESTEBAN SANTOS (CEDIDAS)

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