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Aureliano Sáinz | Los niños y los dinosaurios

Quienes se acercan por primera vez al arte de los niños comprueban que sus dibujos están cargados de ensueño, ingenuidad y fantasía. Es pura delicia ver esas escenas, las sorprendentes figuras que han plasmado y esos extraños personajes que se nos antojan como extraídos de un insólito mundo que, a los adultos, a fuerza de realismo, ya nos cuesta imaginar por nuestra cuenta, por lo que nos sacan una sonrisa cuando pensamos que un día también nosotros creíamos que el mundo estaba poblado de extraños y misteriosos seres con los que podíamos dialogar e, incluso, mandarles órdenes, a cual más caprichosa.


Esta grata sorpresa les suele acontecer a los padres jóvenes, cuando, asombrados, descubren que su hijo pequeño despliega un mundo gráfico que ellos no conocían previamente, puesto que no suele ser habitual la tradición de guardar sus dibujos puesto que no suelen darle gran importancia, ya que están realizados en una superficie que es el papel y con materiales tan modestos como son los rotuladores o lápices de colores.

Bien es cierto que hay padres o madres que acogen con cierto entusiasmo estas primeras creaciones infantiles y las suelen colocar en un tablero en la pared o en la puerta del frigorífico. Incluso, algunos entienden que merece la pena conservarlas y las guardan en una carpeta, que se la abrirán cuando tenga más edad, con lo que la sorpresa para sus autores queda aplazada para tiempo después.

Puesto que llevo muchos años trabajando en esta temática, algunos padres me entregan trabajos de sus hijos para que se los comente y les explique el significado de las escenas que han plasmado. Hay ocasiones que he estado presente en la realización de los dibujos, por lo que son los pequeños autores quienes me los regalan sabiendo mi interés por sus “pequeñas obras de arte”, tal como les suelo decir.

Al cabo del tiempo me he hecho con un amplio archivo de dibujos que tengo escaneados y archivados por temáticas, que, habitualmente, son bastante diversas.


Entre todas ellas hay una que apasiona a los más pequeños: dibujar dinosaurios. La verdad es que no sé de dónde procede el entusiasmo por esos grandes ‘monstruos’ ya desaparecidos de la faz de la Tierra. Quizás se deba al éxito de algunas películas como Parque Jurásico, a los libros ilustrados en los que aparecen o a su difusión y reproducción en juguetes. Lo cierto es que esa pasión por el mundo de estos enormes carnívoros y herbívoros continúa con el paso de los años.

Un ejemplo de lo que indico es la reciente instalación en un descampado de Córdoba de una gran carpa en la que se podían contemplar la reproducción de varios de ellos al tamaño que originalmente podrían tener, lo que despertó el entusiasmo de niños y adolescentes que acudían acompañados de sus padres para ver si eran capaces de contener el miedo que podrían suscitarles, dado que una cosa es verlos en el cine y otra observarlos directamente, aunque en el fondo fueran robots gigantes.


Esta instalación me animó a buscar en la ‘memoria externa’ del ordenador en la que archivo miles de dibujos. Mirando en ella localicé los dibujos que, años atrás, realizaba Roberto de los dinosaurios cuando tan solo contaba con unos cinco años.

Por entonces, a Roberto le apasionaba el mundo de los dinosaurios, de modo que tenía varios libros ilustrados con excelentes láminas, en las que se mostraban a esos enormes bichos de forma detallada y en las que, lógicamente, aparecían sus nombres y todas las características de cada uno de ellos.

Yo jugaba con él a preguntarle, y comprobaba que se lo sabía todo. Pero lo más sorprendente para mí eran los dibujos que realizaba con bolígrafos en los folios que le proporcionaban sus padres.

Eran de un trazado preciso, seguro e impecable a la hora de plasmar los contornos y las posturas de las figuras de los distintos dinosaurios. No le hacía ninguna rectificación; cosa bastante difícil, puesto que como todos sabemos el trazado de líneas con los bolígrafos, a diferencia de las que se realizan con lápices, no se puede borrar.

Además, cuando dibujaba otro de menor tamaño era porque quería manifestar que ese dinosaurio se encontraba alejado. Esto es un hecho bastante sorprendente para los años que tenía, dado que a su edad los niños no han adquirido todavía la capacidad de expresar la profundidad del espacio con la disminución del tamaño de las figuras.


Roberto también sabía que esos enormes animales desaparecieron por el impacto de un meteorito que cayó del espacio sobre la superficie de la Tierra hace unos 65 millones de años, por lo que ahora no era posible verlos vivos. Es la razón por la que en uno de sus dibujos plasmó una escena en la que aparece un dinosaurio que mira hacia arriba contemplando una especie de bola que se acerca a toda velocidad, mientras que otro se agachaba, como si temiera el impacto que se iba a producir.

Han pasado los años y ahora Roberto es un joven adolescente que se encuentra inmerso en el mundo digital, como todos los de su generación, en el que predomina la infinidad de imágenes que pueden registrarse y archivarse con las cámaras de los móviles. El dibujo, en la mayoría de ellos, pasa a un segundo plano. No obstante, es posible que recuerde su pasión infantil por ese mundo enigmático y sorprendente en el que esos gigantes reinaban en la Tierra a su antojo.

De todos modos, tal como he indicado al principio, no deja de sorprenderme que la historia se repita y a los más pequeños (caso de mi nieto Abel, con solo tres años) ya empiezan a apasionarse con estas grandes fieras. Claro está que los niños más pequeños no acudían a verlos a esa carpa en la que se encontraban instalados, pues se asustarían muchísimo al comprobar lo grandes que eran y los rugidos (mecánicos) que emitían. Para ellos no dejan de ser animales fabulosos que se mueven al ritmo de los cuentos y relatos mágicos que bullen en sus mentes.

AURELIANO SÁINZ
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