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jueves, 17 de diciembre de 2020

  • 17.12.20
Desde 1950, el día 10 de diciembre se viene recordando e intentando hacer presente el valor y la importancia que tienen para todos nosotros los Derechos Humanos. Ya han transcurrido 72 años de su declaración y la meta queda aún lejana. A estas alturas del siglo XXI seguimos intentando que sean respetados en la mayoría de países. Alcanzar dicha meta es importante pero la realidad del día a día es tozuda y queda mucho camino por andar.


El año 2020 agoniza sumergido en una confusión general, tanto sanitaria como social y, en nuestro caso, política. Muertes, mentiras, arbitrariedades políticas, hambre, desmadres varios, empañan el cielo de nuestro vivir. Sigamos.

Hagamos un breve repaso al origen de la Declaración Universal desde su inicio a hoy. En el periodo que va entre 1914 a 1945, Europa se tira los trastos a la cabeza con dos guerras mundiales y una guerra civil (la española) que transcurre de 1936 a 1939. Escribir y hablar sobre guerra implica recordarnos que acabaron con la vida de millones de personas a la par que fueron violados derechos a los que ningún humano quiere ni debe renunciar.

El deseo de que tal barbarie no volviera a ocurrir más (ilusión utópica) fue el motivo que impulsó la Declaración de Derechos Humanos como base de un nuevo orden mundial que era y sigue siendo necesario establecer, partiendo del reconocimiento de la dignidad humana, para garantizar la convivencia pacífica y la construcción de un mundo más justo y solidario.

De entrada, hay que reclamar que el reconocimiento de la dignidad humana y de los valores correspondientes, encontrará su expresión en la Declaración de los Derechos Humanos (DDHH). El testimonio de tales DDHH es la historia de la humanidad por conseguir su mayoría de edad en lo referente al respeto de las libertades más elementales.

En resumen, los DDHH son universales, inalienables y perdurables tanto si se respetan o no y son irrenunciables. Constituyen la base de los sistemas democráticos y condicionan la actividad misma de los gobernantes. Otro cantar será que se respeten realmente en los Estados democráticos. Tenemos sobrados datos de que no son respetados debidamente.

Tales derechos son exigencias éticas de los seres humanos para dar respuesta a los problemas de su vida social. Tienen como finalidad afrontar las amenazas contra la dignidad y existencia de las personas. Estas exigencias son aplicables y deseables para todo ser humano, sin distinción de época, raza, cultura, religión, nacionalidad, sexo…

Son propiedades ideales a las que siempre han aspirado y han valorado los humanos, como algo necesario para poder desarrollar todas sus potencialidades y cualidades. Y sean respetadas o no, son irrenunciables.

Son los “mínimos morales” en los que pretendemos (quisiéramos) estar de acuerdo todos. Tienen el valor de “obligaciones éticas” elementales por encima de cualquier gobierno, puesto que son la base legitimadora de los sistemas democráticos.

Se puede decir que los DDHH tienen tres dimensiones básicas: una ética, otra jurídica y otra política. Una dimensión ética porque tales derechos, como exigencia de libertad, igualdad, justicia y solidaridad, manifiestan los valores éticos que reafirman la dignidad humana.

Una dimensión jurídica porque necesitan instrumentos y procedimientos del derecho positivo que garanticen su satisfacción. Su fuerza ética es tal, que todos los humanos estamos legitimados para hacerlos valer como derechos, aunque vivamos en Estados que no los reconozcan en su totalidad. A día de hoy, unos derechos se reconocen y otros quedan camuflados a la espera de mejores ocasiones, piensa el gobernante.

Y una dimensión política porque, por un lado, se vinculan a modelos políticos basados en la libertad y participación de los ciudadanos y, por otro, necesitan de la voluntad de los gobernantes para ser protegidos y desarrollados, pues desgraciadamente, hasta en los estados democráticos no se cumplen en muchas ocasiones.

El poder político debe tomarlos en serio y respetarlos. No es suficiente con incorporar tales derechos en las respectivas legislaciones: es necesario que de hecho no se violen, que el político tenga claro que está al servicio del pueblo. Ahora bien, decirse "demócrata", por desgracia, no supone en absoluto el respeto de tales derechos.

Breve cita de algunos momentos históricos. La historia humana es un constante esfuerzo por alcanzar metas de unificación, igualdad y libertad para todos. En las primitivas tribus estaba mal hacer daño a un miembro del mismo clan pero los de la tribu vecina eran enemigos sin ningún derecho y se les podía machacar. Dicho planteamiento ha ido cambiando poco a poco a través de los tiempos.

En el siglo XVI la toma de conciencia de ciertos derechos conlleva el reconocimiento de la libertad y la igualdad para todos, propiciada por la Reforma protestante. El Edicto de Nantes (1598) y la Paz de Wesfalia (1648) pretenden asegurar dichos objetivos.

En 1776, la Declaración de Independencia de Estados Unidos reconoce los derechos del ciudadano. En 1789, la Asamblea Nacional Francesa formula los derechos fundamentales de todos los humanos en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano

Como hito importante, Olympe de Gouges (1791) redactará la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, documento que propone por primera vez la emancipación femenina y la igualdad de derechos con el hombre.

Y así podremos llegar a la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948) base de un nuevo orden mundial. El deseo de que nunca más entráramos en guerra, fue y es el motivo que impulsa dicha Declaración. Objetivo deseable pero difícil de conseguir.

Volvamos a la tribu la cual se define como “un grupo social primitivo de un mismo origen, real o supuesto y cuyos miembros suelen tener en común usos y costumbres”. Recalco el calificativo “supuesto” dado que después de miles de años, la pureza “real” de pertenencia a una tribu o pueblo es bastante dudosa por la mezcla a la que nos ha sometido el constante devenir migratorio y la misma globalización.

Y se cae en el exclusivismo que alimenta un tribalismo que, como “tendencia a sentirse muy ligado al grupo de gente al que se pertenece, y a ignorar al resto de la sociedad”, es raquítico y excluyente hasta el punto de “vender la moto” buscando convencer de algo, aunque sea media verdad o falso y poco creíble. Tribalismo y exclusivismo si se basan en la pureza de sangre, raza, lengua, religión son más dañinos de lo que pensamos.

La península ibérica es un claro ejemplo de dicha ensalada de gentes, lenguas y culturas aunque determinados sectores quieran vendernos “su burra” exclusivista y cierta pureza de sangre. Y en estos momentos está alborotada por cierto estado de sedición entendida como “alzamiento colectivo y violento contra la autoridad legalmente establecida”, solo que dicha sedición es selectiva y no colectiva. De momento.

Y la mancha de desajuste se extiende de norte a sur con peligro para la convivencia. Pese a todo, la historia humana es un intento por alcanzar metas de unificación, igualdad y libertad para todos. Es necesario reconocer todo un proceso de maduración y progreso que se inicia en la Grecia clásica, madre de las democracias modernas.

Aristóteles nos dice que “el hombre es un ser social por naturaleza que vive en la ciudad entre iguales”. Sofistas, estoicos y epicúreos apuntan la idea de una condición humana común e igual para todos los seres humanos. Más tarde, el cristianismo establecerá que somos superiores al resto de seres, que poseemos una dignidad especial y que todos los humanos somos iguales.

Surgen algunas preguntas. ¿Tiene sentido hablar de bienestar cuando gran cantidad de personas están sumidas en la más mísera pobreza? ¿Hablar de libertad de expresión cuando desde el poder nos está rondando una limitación de libertad de prensa desde un supuesto “ministerio de la verdad”? Suena a burla grotesca y fachosa.

El Consejo de Seguridad Nacional, en su reunión del día 6 de octubre de 2020, ha aprobado el Procedimiento de actuación contra la desinformación, tal y como se recoge en el Boletín Oficial del Estado (BOE). . Amparados en la pandemia se han publicado algunas directrices confusas.

¿Hablar de ciudadanía universal cuando multitud de humanos vagan por campos de nadie sin un hogar? ¿Tiene sentido hablar de democracia cuando cerca de nosotros se juega al escondite con ella? ¿Estamos llegando a una tiranía de la democracia por uso interesado de la misma? Da la impresión de que sí.

PEPE CANTILLO

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