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sábado, 13 de junio de 2020

  • 13.6.20
El ser humano tiene una capacidad de adaptación grande, pero solo somos conscientes de ello en los malos momentos. Nos quieren vender desde la publicidad una vida irreal donde no hay dolor, ni sufrimiento: todo es pasarlo bien y sonreír siempre. Pero esa no es la realidad.



La realidad es agridulce, es caleidoscópica, cambiante y llena de montañas y valles. Lo bueno es que no siempre estamos en el mismo sitio. A veces, por negro que parezca el lugar, al final se sale. Es una verdad que tenemos que repetírnosla.

Ya van varios meses que no he podido dormir pegada a él como un koala, que no he podido pasear de su mano, que no me ha despertado con miles de besos y un desayuno de cuento. Lo que nos ha salvado es vivir el día a día, sin ver ningún horizonte temporal, sin frustrarnos por lo que no tenemos.

Ha habido días en los que he querido coger un tren o una escoba mágica e ir a verlo para que me abrazara, para que me dijera: "Todo va a ir bien". Echaba de menos su olor y su calor, su ternura de hombre con carácter. Cuando me venía abajo, él me ha dado siempre abrazos virtuales y, al grito de "ya nos queda menos", nos hemos dormido en la cercanía que da la esperanza.

Cuento los días para verlo, para abrazarlo, para disfrutar de esas pequeñas disputas sobre qué ver en la tele o si vamos a un centro comercial o no. La distancia me ha hecho valorar las pequeñas cosas. He descubierto que no se necesita tanto para vivir bien.

He visto la realidad sin ansiedad por tener y es tranquilizadora. Días buenos y días malos, ánimo alto, ánimo bajo. Ser un ser cambiante como lo somos todos los seres que habitamos este planeta. Cambia el tiempo, cambia el mar, la luna, el calor del sol...

La soledad me ha ayudado a entenderme, a entrar dentro y no verme siempre desde fuera. A ser compasiva con mis emociones. A descubrir y aceptar que mi vida no es plana; que mi cuerpo cambia, que el hambre de hoy no es el hambre de mañana.

Mi realidad actual es que me queda menos para disfrutar de mi novio. Y también forma parte de esa realidad no mirar el calendario, no querer que los días vuelen porque, si no, me pierdo el hoy. Ayer dimos un paseo juntos por calles estrechas llenas de historia. Nos contamos miles de cosas mientras él me hablaba al oído y yo lo guiaba en una noche fresquita de primavera.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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