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jueves, 16 de abril de 2020

  • 16.4.20
Una creencia común es que las palabras no son inocentes. No me atrevo a añadir que “nunca” lo son. Sin embargo, considero que no es necesario explicar que la palabra puede matar, del mismo modo que puede dar vida. Esa fuerza maravillosa de la palabra nace de su anatomía. Toda palabra tiene un contenido, que es universal, y un continente, que es único en cada idioma. La idea del canalla, con sus variantes, es un concepto universal. La forma de denominar al canalla varía de un idioma a otro. Y es con los conceptos con los que construimos nuestra realidad.



De hecho, las palabras pueden crear mundos, incluso los del más allá, lo que explica que los sacerdotes de cualquier religión y los escritores de ficción sean sus especialistas. Hasta el destructor de valores, Friedrich Nietzsche, reivindicó a los poetas por su faceta creadora, a pesar de que “mentían demasiado” para su gusto, e incluso identificó a su Zarathustra con uno.

Y es ese peligro potencial de las palabras el que impone el imperativo moral de la claridad, so pena de parecer deshonesto. “¡Cuán viciosa será la oración, cuya principal virtud es la claridad, si necesita de intérprete!”, afirmaba Quintiliano en su De institutione oratoria, para criticar a los torticeros del lenguaje.

Hay quien confunde el pícaro arte de la retórica con la manipulación de la lengua. La retórica es un donjuán que puede llegar a jugar con las palabras y llevarlas al límite para persuadir, convencer y conmover. Busca salirse con la suya, y eso no gusta a los débiles de espíritu.

Sin embargo, la retórica respeta el concepto si bien, en ocasiones, juegue con él para crear belleza o convencer. La manipulación de la lengua es la profanación del concepto. Cuando la retórica hace uso de ella, ese simpático canalla que es el donjuán pasa a ser un violador sin escrúpulos. El respeto al concepto es un deber ético que no podemos saltarnos a la ligera.

George Orwell lo sabía bien. Por eso, en su distopía 1984, tenía tanta importancia la manipulación de las palabras. En su obra, el concepto de ‘guerra’ se asociaba con la palabra ‘paz’; la esclavitud con la libertad; y la fuerza con la ignorancia. Así se difuminaban los conceptos. ¿Quién no querría la paz? Había que ir a la guerra.

En España vivimos esa distopía. La guerra se identificaba con cruzada; la libertad, con aislamiento; y la ignorancia, con fe ciega. El buen español defendía la santa cruzada, su libertad en el aislamiento de los enemigos de la Patria, y la fe ciega en un señor bajito que iba bajo palio y sus representantes en provincias. Y funcionó, que es lo peor de todo.

Por desgracia, empezamos a revivir la distopía. Ya no es una retórica fastidiosa. A la violación de derechos la llamamos seguridad; a la imposición, libertad; a saltarse el Estado de Derecho, adaptarse a los tiempos; al culto a la personalidad, progresismo, y un largo etcétera.

Ahora se empieza a hablar de “pacto”. Muchos aplauden. Otros, como yo, nos sobrecogemos. De acuerdo con la Real Academia Española de la Lengua, árbitra en la unión de contenidos y continentes en la lengua castellana, un pacto es un “concierto o tratado entre dos o más partes que se comprometen a cumplir lo estipulado”.

Es cierto, la palabra ‘pacto’ evoca a una señora necesaria y esencial en democracia. Una bendición que da pan, trabajo y estabilidad. A fin de cuentas, la verdadera política consiste en poner a la gente de acuerdo, aunque sea alrededor de una mentira.

Sin embargo, me temo que tan virtuosa dama será próximo objeto de violación por los vividores del país, que no entienden de colores. Difuminado el concepto, quizá ‘pacto’ pase a confundirse con ‘arma arrojadiza’ o, quizá, ‘carta blanca para el saqueo’. ¿Quién sabe?

El Kennedy español no exagera: es necesario un pacto para la reconstrucción nacional. Ahora bien, que de verdad esté dispuesto a pactar con sinceridad con alguien que no sea su propio reflejo sonriente en el espejo, es como pedirle moderación a Santiago Abascal. Impensable. Iván Redondo es el auténtico Ejecutivo en un Gobierno más preocupado por aparentar que gobierna que en hacerlo.

Y seamos sinceros: tampoco los apoyos potenciales del Gobierno son más responsables. Al trifachito le importa un ardite el Estado, que solo defiende cada vez que hay que sacar la bandera; a la pseudoizquierda otro tanto, más preocupada por demostrar su supuesto progresismo que ejerciéndolo; y a los partidos supremacistas de Euskadi y Cataluña… mejor los dejamos para otro día.

Observemos el uso que se hace de las palabras estos días. Democracia, progresismo, pacto, responsabilidad y otros conceptos importantes serán manipulados. De hecho, lo están siendo ya. Hasta cierto punto, siempre lo han sido. Pero habría que volver a la Dictadura para recordar algo así. No caigamos en la profanación del concepto, so pena de permitir la profanación de nuestro pensamiento.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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