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jueves, 2 de abril de 2020

  • 2.4.20
Es imposible no recordar una de las mejores sátiras sobre la Guerra Fría, ¿Teléfono rojo: volamos hacia Moscú? (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb). Ante la inevitable catástrofe nuclear, al Gobierno de Estados Unidos no se le ocurre otra cosa que preparar la vida después de la catástrofe en los mismos términos que lo habían llevado al desastre. Mientras, el embajador soviético aprovecha para espiar a los americanos, con el mismo fin de retomar las hostilidades en mejor situación.



La lección de la película es que el ser humano, aparte de ser estúpido, no aprende de sus errores. Lo que estamos viviendo no es, ni de lejos, una catástrofe nuclear. Pero sí es una catástrofe económica y sanitaria de la que tardaremos tiempo en salir. Y estoy convencido de que, por desgracia, no aprenderemos tampoco la lección.

En lo que respecta al caso español, los mismos que hasta hace poco bramaban contra el “Estado totalitario” ahora reclaman que este les salve. Y, en efecto, esa es la obligación del Estado. Esté en el gobierno quien esté y con independencia de lo que dijera el imbécil de turno. Y precisamente por eso, muchos lo hemos defendido siempre frente a los feudos autonómicos, que están demostrando ser una traba en la gestión de esta crisis.

A decir verdad, echo de menos los imprescindibles debates sobre la violación de las gallinas por parte de los gallos, el derecho de autodeterminación de los cruzados amarillos, del buen dormir del Kennedy español y, añadimos, las tan necesarias ayudas a la tauromaquia, el gravísimo problema de la inmigración ilegal y la imperiosa necesidad de poner banderas en los balcones. La estupidez no entiende de colores políticos.

La vida ha puesto a muchos en su sitio. Ahora, los mismos que han destrozado el Estado, ya fuera concediendo lo esencial a los feudos autonómicos, o metiendo mano a la caja, por no hablar de sus defensores, reclaman al Estado recursos y decisiones. ¿Qué recursos, si entre unos y otros han dejado la caja vacía?

Ahora no es momento de criticar, sino de arrimar el hombro. O eso dicen los que han apoyado al tumor sanchista. Y obvian que en mitad de una declaración unilateral de independencia, no pocos fueron los que criticaron a Mariano Rajoy por aplicar un artículo constitucional que, por lo demás, solo fue criticable por su suavidad. Y ahora ha quedado patente.

Un país serio ya hubiera quitado de en medio a Quim Torra desde hace mucho. Es más, los posconvergentes deberían haber sido ilegalizados hace mucho por su apoyo a los Comitès de Defensa de la República (CDR). Cuando hablábamos del problema catalán, era a situaciones como la que estamos viviendo a las que nos referíamos.

Siempre he defendido que la Educación, la Sanidad, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y, por supuesto, todas las decisiones de carácter económico, deben estar en manos del Estado para su gestión centralizada. Y ello no atenta contra la identidad de nadie. Que el Estado tenga que estar consultando si puede llevar a personas ubicadas en las Unidades de Cuidados Intensivos de una comunidad a las de otra es una vergüenza.

El cachondeo autonómico ha dado lugar a una organización ineficiente en un momento de crisis como la que vivimos. Y como empecemos a hablar de la incompetencia del propio Gobierno desde que se desató esta crisis, les dejo material de lectura para todo el confinamiento.

En cualquier caso, no hagamos más sangre. Ya habrá tiempo para ello. Me conformo con que algunos sectarios empiecen a entender que un trabajador no tiene más patria que, como mucho, la sentimental. Y lo dice un defensor de la Patria Andaluza.

Sería estupendo que algunos tomaran conciencia de que el Estado es una herramienta para el bien público que depende del que lo use, y lo estamos desmantelando para que unos pocos puedan rascar más de la tarta. Que el debate debe centrarse siempre en cómo organizar mejor los servicios públicos, y no en quién tiene el derecho medieval de hacerlo.

Cuando esto acabe, sea como sea, habrá que reconstruir la economía del país. Y aunque a todos nos tocará participar en ello, no seremos nosotros los que decidamos qué hacer. Serán los miembros del Gobierno pseudoprogresista, el trifachito y los nacionalistas pirómanos. Desalentador, cuando menos.

Lo único que nos queda es, con los años, defender y revisar nuestra concepción del Estado. Defenderlo en las urnas y en las calles, del mismo modo que hemos defendido la igualdad, la protección del medio ambiente, y otros derechos y deberes que hace quince años no estaban en la agenda política.

Sin Estado solo existen dos opciones coherentes: la utopía anarquista o el caos. No se puede ser de izquierdas y atacar el Estado. Es la Derecha la que, de siempre, ha fomentado los feudos y los nacionalismos. No termino de entender cómo en España hemos podido retorcer tanto la ecuación.

Sea de la naturaleza que sea, ninguna crisis tiene sentido si no se sale fortalecido de la misma. Y si queremos fortalecer España, hay que defender al Estado, con independencia del color político del inquilino de La Moncloa. Porque llegan momentos como el que vivimos, y encontramos al Estado famélico y debilitado. No es patriotismo de bandera: es la necesidad de la gente.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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