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domingo, 22 de marzo de 2020

  • 22.3.20
Antes de que llegara la epidemia del coronarivus que afecta a toda la población mundial, con distintas intensidades según los países, yo tenía el hábito cotidiano de hacer una larga caminata matinal por las distintas rutas que me buscaba para evitar la monotonía, aunque siempre hubiera alguna preferida. Un día, se me ocurrió hacerla por el centro de Córdoba y descubrí una cafetería-restaurante con cierto aire de antigüedad, puesto que la madera aparecía no solo cubriendo y decorando las paredes, sino que también las mesas y las sillas eran de una madera muy sólida.



Se respiraba un aire antiguo, tradicional, que ya es difícil de encontrar en los cafés, puesto que los nuevos diseños se han implantado de manera general. Pero lo que me impulsó a entrar allí era que se servían churros, que, por cierto, estaban exquisitos.

Así pues, descubrí un lugar muy bueno para compatibilizar las marchas con la lectura, dado que al encontrarme en esos días escribiendo sobre la vida de don Álvaro de Luna me pareció una buena idea parar en mitad del recorrido para hacer una pausa y disfrutar del café y de los churros.

De este modo, antes de salir de casa me cogía algunos de los libros sobre la vida del condestable de Castilla con la ilusión de que haría un alto en medio de la caminata y me enfrascaría en la tormentosa vida de quien se ha tomado el nombre de nuestra fortaleza.

Ya empezaba a ser un cliente habitual de la cafetería. Una vez que cruzaba la puerta, solía echar una mirada para buscar sitio y colocarme en uno de sus rincones. Al momento, sacaba las gafas de leer y el lápiz rojo para subrayar, al tiempo que abría el libro que llevaba, esperando que apareciera alguno de los camareros que atendían las mesas.

En cierta ocasión, uno de ellos de origen chino, alto, muy simpático y con gafas de bastante graduación, tentado por la curiosidad me preguntó mi nombre, pues yo era el único de los que acudían allí que iba siempre con un libro para leer.

“Mi nombre es Aureliano”, le indiqué esperando que lo entendiera. “¿Cómo? Yo conozco el nombre Aurelio, ¿es lo mismo?”, me responde y pregunta a la vez, levantando la mirada de la pequeña libreta en la que apuntaba lo que se le pedía.

Puesto que sé que en nuestro país es bastante raro, le estuve explicando que ambos nombres son de origen romano, aunque el más conocido es el de Aurelio, ya que procede de Marco Aurelio, uno de los grandes emperadores que tenía la singularidad de ser un filósofo estoico. Le añadí que el otro, el emperador Aureliano, vivió pocos años, aunque tuvo tiempo de amurallar la ciudad de Roma para evitar las invasiones.

“Por cierto, ¿tú cómo te llamas? Te lo pregunto porque de este modo me aprendo tu nombre”, le indico, cerrando por un momento el libro. “Yo me llamo Jin, con ‘jota’”, me aclara. “Encantado, Jin”, le saludo, al tiempo que acabo haciéndole el pedido: “Me traes un café con media de churros, pues, como me levanto muy pronto y desayuno temprano, en esta ocasión me voy a quedar aquí sentado bastante rato leyendo el libro”.

Mira con curiosidad la portada. Yo se la muestro, al tiempo que le leo el título: El Condestable. De la vida, prisión y muerte de don Álvaro de Luna. Asiente con la cabeza, como indicándome que ha comprendido lo que le he leído; aunque me temo que no sepa lo que es un condestable ni quién fue el personaje que le he nombrado.

Pero, ahora, este ritual de todos los días se ha cortado. Una vez que nos encontramos inmersos en la pandemia, con la obligación de aislarnos en casa para evitar contagiar y contagiarnos, se nos plantea qué hacer con nuestros hábitos tan marcados, teniendo todo el día por delante y sabiendo que, aunque se haya indicado que el confinamiento será para dos semanas, lo más probable es que el encierro dure mucho más.

Este sentimiento fue el que compartí con Esteban, un amigo de la infancia, cuando recibí una llamada suya en el primer día y estuvimos largo rato intercambiando opiniones.

“Creo, Esteban, que el aislamiento a mí no me afecta tanto, pues estoy acostumbrado a muchas horas de lecturas. Por otro lado, ya he preparado con mis alumnos los trabajos que les voy a seguir por Internet, por lo que tendré el tiempo bastante ocupado. Lo que sí debo resolver es la ruptura de las caminatas… Pero bueno, tenemos que planificarnos el día a día porque esto va a ser muy largo. ¿Y tú cómo lo llevas?”.

Continuamos con la charla, y, en medio de ella, me vino a la mente la pregunta que un amigo común me hizo acerca de cuántas horas del día las dedicaba a leer. “La verdad es que no te lo podría decir, puesto que estoy siempre leyendo. Para mí es como respirar, que no puedo dejar de hacerlo”. Una exageración, aunque, a fin de cuentas, los libros siempre me han acompañado.

Y es que cuando hablo de leer, aparte de otras formas, me estoy refiriendo a la lectura de un libro, de ese objeto que se coge entre ambas manos, al tiempo que uno se sienta en un sofá o en un lugar cómodo y se presta a entrar en otros mundos imaginarios, que nos trasladan a las vivencias reales o fantásticas que nos ayudan a concentrarnos, a estar con nosotros mismos, a calmarnos ante los desasosiegos que nos inquietan.

Sé que en estos días hay que estar bien informados y también que debemos responder con civismo ante un enorme reto que desconocíamos. Pero también entiendo que hay que organizarse en estas fechas que tenemos por delante, por lo que no conviene estar sobrecargados de noticias que pueden abrumarnos y conducirnos a situaciones estresantes.

Es por ello que acudir a un buen libro, de esos que a cada uno pueda gustarle, se convierte en una oportuna medida que nos ayudará a sosegarnos, a concentrarnos en nosotros mismos, a disfrutar de unos ratos alejados de las pantallas, a evitar la sensación de tiempo perdido que puede alcanzarnos por estar siempre pendiente de la última noticia. La lectura, aparte del placer que nos proporciona, también es un magnífico medio que tenemos a nuestro alcance para aprender más de la vida, de esa otra vida, real o imaginaria, que el autor nos invita a conocer.

AURELIANO SÁINZ

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