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domingo, 2 de febrero de 2020

  • 2.2.20
A mediados del año pasado fui invitado a presentar una de las jornadas sobre Laicismo y Derechos Humanos que, organizadas por el Ayuntamiento de Córdoba y distintas asociaciones cívicas, se celebrarían en una de las salas de las que dispone el Ayuntamiento de la ciudad. En mi caso sería la que llevaba por título “Derechos humanos y diversidad sexual”. En ella participaron como ponentes Verónica, una chica transexual, y Gonzalo Serrano, presidente de la Asociación Arcoíris de Andalucía.



Por otro lado, tengo que apuntar que realicé el diseño de los carteles y dípticos de estas jornadas, en los que aparecía como imagen central la figura de Hipatia de Alejandría, una figura legendaria dentro del campo del conocimiento científico, que fue asesinada por las huestes fanáticas del obispo Cirilo de Alejandría.

El salón se encontraba lleno y el debate se alargó hasta la hora de cerrar el centro, pero antes se proyectó un documental titulado Familias orgullosas en el que se manifestaban familiares acerca de la aceptación que tenían de sus hijos o hijas, fueran homosexuales o transexuales.

Lo que me llamó la atención fue la presencia en el documental de un amigo, José Luis Castillo, médico y sexólogo, profesor en las universidades de Sevilla y Almería. A este amigo le dirigí su tesis doctoral que versaba sobre los modelos masculinos y femeninos en las campañas publicitarias. En el vídeo se mostraba orgulloso de sus dos hijos homosexuales que le acompañaban, aunque ellos lo hacían de espaldas.

Ante la actual polémica sobre el tema denominado pin parental, me pareció oportuno llamar a José Luis por si le parecía bien que le hiciera una entrevista para que me expresara las vivencias que había tenido ante la orientación sexual de sus dos hijos y las razones por las que había dado el paso adelante y mostrarse públicamente en defensa tanto de sus hijos como de los chicos y chicas que son homosexuales.

Cuando le llamé no puso ningún inconveniente en que nos viéramos para que, sin ningún reparo, habláramos de su experiencia y cómo había sido la relación con sus hijos a partir del momento en el que ellos les explicaron a él y a su madre sus orientaciones sexuales.

Quedamos, pues, en el salón de un hotel céntrico, dado que considerábamos que era un buen sitio por el silencio que había en ese espacio, lo que favorecería el que la charla fuera tranquila y distendida. Una vez que nos encontramos y nos saludamos preguntándonos por nuestros derroteros, puesto que hacía algún tiempo que no nos veíamos, pasamos dentro y, tras pedir la consumición, Flora, mi mujer, que me acompañaba, y dado que fue codirectora de su tesis, puso la grabadora de su móvil para que yo pudiera recordar lo que en este encuentro hablaríamos.

La charla fue abierta, tranquila, sin ningún guion prestablecido, por lo que en ella nos cruzábamos en las intervenciones, tal como suele acontecer cuando dos buenos amigos se ven y hablan con toda sinceridad de sus vidas.



Inicié el coloquio preguntándole cómo se encontraban sus hijos P. y J., por sus estudios, y, especialmente, por el momento en el que les manifestaron que eran homosexuales, así como por los sentimientos que les embargaron en el momento de hacerles esta confesión (debo apuntar que lo que escribo es un extracto de una conversación que duró cerca de una hora).

- Mis hijos me dijeron que eran homosexuales hace tres años, cuando todavía estaban cursando sus estudios universitarios. Ahora que ambos tienen 22 años, casi 23, dado que son mellizos, han acabado sus carreras y en la actualidad viven en Madrid… Inicialmente se lo expresó uno de ellos a su madre. Recuerdo que una de las frases que le dijo fue: ¿Mamá, no te avergüenzas de mí? Posteriormente, un día me indicaron que querían contarme algo. 

En medio de la confesión que me hacían, comprobé que su orientación sexual la vivían con un sentimiento de culpa, como si consideraran que fueran menos por sus tendencias sexuales… Sentí mucha pena, porque comprobé que habían sufrido mucho por esta orientación, ya que las tendencias o inclinaciones sexuales son deseos que no se pueden evitar, a menos que se deseen reprimir y ocultar a los demás, pero esto genera muchos problemas en quienes lo hacen.

Continuamos la conversación hablando de la situación en la que ahora P. y J. se encuentran tras haberles manifestado sus orientaciones sexuales. José Luis me indica que ya los ve tranquilos y relajados, al saber que “su madre y yo cerramos filas con ellos”. Incluso, me apunta, ahora se produce un mayor acercamiento, con un buen nivel de amistad de unos hijos que confían en nosotros.

Por mi parte, mientras escucho a este amigo, me pongo en la piel de quienes son padres para comprender los sentimientos que pueden surgir cuando un hijo o una hija les explican su orientación hacia el mismo sexo. Por mis investigaciones acerca de las familias, sé que esto no suele suceder con frecuencia. De todos modos, se lo pregunto a él como padre y como sexólogo, al tiempo que le añado si sus hijos han sufrido acoso en el centro en el que estudiaron.

- Como padre lo he sentido con un cierto dolor porque tenemos una sociedad poco respetuosa con quienes no pertenecen a la mayoría. Por otro lado, uno de ellos lo vivió con un importante sentimiento de culpa ante la idea o el temor de que lo pudiéramos rechazar, que dejáramos de seguir queriéndolo… Con respecto a si han sufrido acoso, te puedo decir que ellos han ido a centros públicos y no recibieron por parte de sus compañeros o por el profesorado ningún tipo de discriminación… 

Además, como padre, tengo que indicar que me siento muy orgulloso de mis hijos por cómo son: son dos chicos magníficos… Como sexólogo, quisiera apuntar que debemos de tener en cuenta que el ser humano es complejo y diverso, por lo que lo primero que sale del fondo de cada uno es lo que siente. Además, como persona, yo me pregunto que si lo que brota de cada ser humano no hace daño a los demás: ¿dónde está el conflicto? ¿Dónde está el problema?

Seguimos hablando sin pausa, al tiempo que, brevemente, se intercalan otras cuestiones relacionadas con el tema de la charla. Así, le comento el caso de Elsa Ramos (que ya conoce), la niña transexual de ocho años que vive en de Arroyo de San Serván y que valientemente intervino en el Parlamento de Extremadura. También sale a colación el impresionante y demoledor libro Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano del periodista francés Frédéric Martel, del que se han vendido más de medio millón de ejemplares en todo el mundo…

En medio de la charla, y puesto que sus hijos hablaron con él cuando tenían diecinueve años, me surge la duda de si no se dieron cuenta de la posible inclinación homosexual por parte de ellos. También le pregunto acerca de si considera que los padres que tienen un hijo homosexual se avergüenzan porque sienten que pierden parte de su imagen masculina ante la sociedad en la que vivimos.

- Me preguntas si habíamos notado algo en ellos que pudiera hacernos pensar en sus orientaciones sexuales, y, sinceramente, te puedo asegurar que no lo habíamos advertido, dado que en sus modos, en sus gustos, en sus expresiones para nada se diferencian de otros chicos de sus edades. Es más, uno de ellos había salido con una chica tiempo atrás… 

Con respecto a lo que en segundo lugar me indicas, te puedo decir que en mi caso no tengo ese sentimiento. No me siento menos hombre por el hecho de que mis hijos sean homosexuales. Yo los quiero igual. Quizás tenga una cierta nostalgia al saber que no vamos a ser abuelos; pero como el futuro está abierto, quizás pudiera ser por adopción… No sé.

Nos habíamos citado a las cinco y media de la tarde en la entrada del hotel. Ya son cerca de las siete y debemos acabar, dado que José Luis ha quedado en ir a casa de su madre que es muy mayor y tiene que cuidarla. Nos despedimos con un abrazo al tiempo que acordamos vernos pronto.

Una vez que estoy en casa y escucho la grabación, me doy cuenta de que me faltó una pregunta por hacerle: ¿Por qué había decidido participar en esta campaña de modo abierto mostrando su propia imagen?

Sin embargo, conociendo a José Luis creo que era innecesario hacérsela: su honestidad, su coraje y su sinceridad han dado lugar a que haya saltado por encima de los miedos y prejuicios que nos suelen atenazar. En su caso, nos ha dado una lección admirable al hacernos ver que, para los padres, el amor hacia los hijos debe estar por encima de los miedos, de los prejuicios y del qué dirán en una sociedad en la que el rechazo hacia quienes sienten de modo distinto, lamentablemente, está muy presente.

AURELIANO SÁINZ

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