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viernes, 21 de febrero de 2020

  • 21.2.20
La vida sin dolor no tiene sentido. Porque el dolor es parte inalienable de la vida. Existimos evitando el virus del dolor, huyendo a cualquier parte con el pretexto sin argumento de que el dolor es sobre todo sufrimiento. Además, nadie es inmune a sus mordeduras. El tiempo, en alguna medida, solapa sus secuelas y sus desbarajustes, aminorando a pasos lentos sus radiaciones inevitables.



Conozco a quienes se sumergen en el dolor como gusanos de seda que se enquistan en el capullo, no para vestirse de mariposas con el paso de los días, sino para evitar el contacto con el aire y con la luz. Y así vivir en la oscuridad de manera imperecedera.

El dolor avanza cauto, sibilino como la serpiente, hasta que nos sorprende en el lugar más inesperado, en el momento menos oportuno. No hay presencia menos requerida que el dolor en cualquiera de sus formatos y registros, y también más exigente entre los invitados a la fiesta.

Los momentos difíciles hay que sufrirlos. Sin lugar a dudas. Y en gran medida, hasta cuánto y hasta cuándo, depende de nosotros. Así lo entiende Lola Morón, especialista en Neuropsiquiatría. Y lo firma que con esta frase definitiva: “El dolor emerge de la víctima, el sufrimiento emerge del victimario”.

El dolor no es el sufrimiento. Tal vez el sufrimiento sea su fase previa, el itinerario inevitable y forzoso al que conduce el dolor. Pero el sufrimiento tal cual vive ausente del dolor que lo ha provocado, inconsciente e ignorante del pozo donde el victimario se lame las lágrimas apagadas y se duele de un dolor conmutado por una oscuridad absurda e irrenunciable. Para Morón, el dolor nos ayuda también a valorar la amistad, el bienestar, la felicidad, la salud, la presencia, el beso.

Este sentimiento no solo ayuda a titular algunos filmes, como recientemente le ha ocurrido a Pedro Almodóvar con Dolor y gloria, sino a implementar miles de páginas de algunos libros. En algún caso, partiendo desde el mismo título: Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag; El dolor, de Marguerite Duras; El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández; El problema del dolor, de C. S. Lewis; Lugares donde se calma el dolor, de César Antonio Molina, o Algún día este dolor te será útil, de Peter Cameron.

Habrá que advertir, eso sí, que no porque la palabra "dolor" aparezca en el título, abarque con más profundidad estos sentimientos del sufridor. El dolor ha rascado muchas páginas interiores en muchos otros libros sin que lo anuncie en la cubierta.

Las pérdidas, aquellas personas que ya no nos acompañan en el periplo vital, son, sin lugar a dudas, el dolor que se acompasa con el paso del tiempo, pero que nunca logra desaparecer por completo. Lo vivimos como una enfermedad crónica que nos acompañará para siempre. Pero la vida –como nosotros– cambia a lo largo del tiempo y se viste con otros ropajes y se esconde en otros argumentos poco anudados.

Al final, el recuerdo nos arrastra a un mundo que se murió con los años, y ya no solo se quedan obsoletas las pérdidas sino el paisaje que se fue con ellas. Y entonces, si no sabemos administrar la nueva realidad, acabamos sucumbiendo a un dolor caducado donde no habita el sufrimiento, porque ya el sufrimiento somos nosotros mismos. Se nos va yendo el dolor y lo que queda son cenizas de un tiempo fenecido, de un mundo desaparecido y amortizado.

Tal vez, partiendo del dolor, adquirimos la dimensión ética de la vida. Lo dice Lola Morón con esta frase definitiva: “Nada tendría valor si no supiéramos que existe el dolor”. Porque la existencia devalúa, en su transcurso hacia el vacío, a todo ser humano inmune a los malos momentos, a las desgracias anunciadas, a toda herida que no deja en la piel una cicatriz que se pueda conmutar con los momentos más floridos y luminosos. El dolor muda, trienio tras trienio, su apariencia de soldado eficiente y victorioso, para dulcificar su veneno inmune a la felicidad.

Después siempre quedan imágenes pixeladas que mudan el dolor por una nostalgia habitable, en una huida ya innecesaria. Pero quien se alimenta de dolor y lo realimenta con razones tristes, siempre será rehén de esta frase de Lola Morón: “El ser doliente es un ser sufriente en la medida en la que se entrega al sufrimiento”. El dolor, para él, será la soga del ahorcado. En caso contrario, el dolor, ya sosegado en sus maldades apagadas, puede un motivo justo y evidente para hacer literatura y no sucumbir a la derrota definitiva.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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