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En busca del Paraíso: Paul Gauguin (I)

A lo largo de la historia, el ser humano se ha encontrado en conflicto con las condiciones de la propia existencia o de la sociedad en la que le ha tocado vivir. La insatisfacción es una constante que marca el rumbo de nuestra especie en este largo caminar sobre la Tierra. Esto ha dado lugar a los sueños de distintas utopías: sociedades humanas igualitarias y justas, pero proyectadas hacia el futuro; religiones que predican el Paraíso, pero fuera de esta vida, es decir, fuera del espacio y del tiempo; mitos que relatan lugares fantásticos, casi inaccesibles, en los que se vivencian escenas singulares, muy distintas a las de la vida cotidiana.

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Por otro lado, nuestra sociedad capitalista, en la que realmente vivimos, tan fría y tan deshumanizada, nos ofrece el consumo como “paraíso” para satisfacer las necesidades de corto alcance; pero es como la droga, que una vez que se han pasado los efectos se necesita otra dosis para reiniciar el proceso interminable de insatisfacciones profundas de los que no ven otro horizonte más allá del individualismo egoísta que preconiza.

Alejándonos de la avidez y del deseo de poseer, como fondo insaciable, quizá uno de los factores que realmente hacen más dichosos a los seres humanos sea la creatividad, es decir, el sentirse que lo que uno realiza es verdaderamente valioso, tanto para uno mismo como para los demás.

Y cuando hablo de creatividad no me estoy refiriendo exclusivamente a la creación artística, pues esta es una de sus modalidades dentro de la enorme variedad de trabajos o actividades en las que podemos disfrutar sabiendo que allí, en esos trabajos, sacamos lo mejor de nosotros mismos y de nuestras capacidades.

A pesar de que el arte sea una de las más significativas manifestaciones de la creatividad, algunos artistas han rechazado la sociedad en la que vivían, puesto que creían que el desarrollo tecnológico desmesurado iba contra la propia naturaleza humana y nos alejaba de la relación estrecha que deberíamos mantener con la Naturaleza, de la que procedemos y con la que hay que saber convivir.

Uno de ellos fue Paul Gauguin, uno de los geniales pintores del siglo diecinueve, por lo que no viene mal que hagamos un repaso a su vida y a algo de su obra para entender el título del artículo: la búsqueda apasionada del Paraíso en la Tierra.

Es difícil comprender el significado de la vida de Paul Gauguin si antes no se echa una mirada a su agitada vida, marcada por una profunda e íntima insatisfacción que le condujo a vagar de modo un tanto errático por diferentes países, hasta buscar refugio en islas ubicadas en las antípodas de su lugar de origen.

Y para que lo comprendamos, me basaré en sus apuntes del diario que escribió, titulado Noa, Noa, al tiempo que acudiré a algunas de sus obras para que sirvan de ilustración de este trabajo en su memoria.

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Comenzamos por una de las pocas obras en el que el propio Gauguin aparece y que lleva por título Autorretrato con Cristo amarillo, pintada entre los años 1889-1990.

Paul Gauguin nació el 7 de junio de 1848 en la ciudad más populosa de Francia, es decir, París, en el mismo año en el que se gesta un gran movimiento revolucionario en el país galo. Su destino, en parte, viene marcado por sus orígenes familiares: su padre, Clovis Gauguin era periodista y de convencidas ideas republicanas; su madre, Aline Marie Chazal era hija de la conocida socialista española Flora Tristán.

Por aquellas fechas, y dada la situación represiva del emperador Luis Napoleón contra la libertad de prensa, su padre decide embarcar para Perú, país en el que vivían parientes de su mujer; sin embargo, no lograría ver su nuevo destino, dado que fallece en la travesía.

A los 7 años, el pequeño Gauguin vuelve con su madre a Francia, instalándose finalmente en París donde trabaja como costurera para sacar a sus hijos adelante. Paul no se destacó precisamente como buen estudiante, por lo que, a los 18 años, decide embarcarse en la marina mercante, de manera que con esa edad lo vemos navegando alrededor del la Tierra.

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Anticipándonos en el tiempo, muestro una obra suya titulada Retrato de mujer con bodegón de Cézanne (1890), ya que la mujer sería uno de los temas prioritarios en su producción pictórica

Sería en uno de estos viajes donde por primera vez recale en las islas de Oceanía, lugares que le fascinaron y que tanto habrían de significar en su vida y en su obra. Su vida en el mar continuó tras haberse alistado en la Marina de guerra para cumplir el servicio militar.

No sabemos si su baja estatura (1,60 metros) tuvo alguna influencia en el abandono de sus actividades marineras, pero lo cierto es que abandona la vida del mar en 1871, cuando en París regía el gobierno insurreccional de la Comuna.

Puesto que por aquellas fechas su madre falleció, Gauguin busca trabajo, lográndolo a través de su tutor en una oficina de cambio como comisionista encargado de buscar inversiones en los cafés y restaurantes cercanos a la Bolsa. No era un trabajo que le entusiasmara especialmente, pero lo cierto es que en esta actividad, en distintos empleos y con diversos banqueros y agentes de inversiones, le proporcionó una cierta vida desahogada desde el punto de vista económico.

A los pocos años de iniciarse en este trabajo, conoció a una joven danesa, Mette Gad, con la que pronto se casaría. Su primer hijo, Emil, nacería en 1874, es decir, cuando Gauguin contaba con veintiséis años. Tras Emil vendrían otros cuatro hijos.

Por entonces, Paul compatibiliza el trabajo de comisionista con su afición por la pintura, lo que le diferenciaba de otros artistas, ya que él no vivía de la pintura, puesto que su estabilidad económica le venía proporcionada por sus trabajos relacionados con la banca.

Sus primeras exposiciones fueron de carácter colectivo. Pronto establece contacto con los pintores impresionistas que se reúnen en el café La nouvelle Athènes. Allí conoce a Monet y a Pissarro. Sería el propio Monet el que le daría grandes ánimos, protegiéndole de los ataques que recibían “los aficionados”, es decir, aquellos pintores que cogían los pinceles una vez terminada su jornada laboral.

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Como tercera obra muestro Visión después del sermón (1888), en la que Gauguin rompe con su formación impresionista, acercándose a la estética de la pintura japonesa que tanto interesaba en aquellos momentos

Su vida da un giro importante ante dos eventos: por un lado, en 1882, se queda sin empleo debido a la suspensión de pagos de la Societé de l’Union Générale que provocó el hundimiento de la Bolsa; y, por otro, su ruptura matrimonial tres días más tarde de la fatídica fecha. Su mujer, Mette, decide marcharse a Dinamarca para quedarse a vivir allí con sus hijos.

Las incertidumbres económicas le agobiaban y acentuaban sus sensaciones de vivir aprisionado en la gran urbe. Decide embarcar de nuevo; esta vez rumbo a Panamá, para trabajar en las obras del Canal. Sería una estancia breve, pues pronto le despidieron por reducción de plantilla.

Gauguin, entonces, embarca desde Panamá rumbo a la isla francesa de Martinica. En la isla del Caribe, vive en una choza cerca de la ciudad de Saint-Pierre. Pronto cae enfermo de disentería y malaria, por lo que decide regresar otra vez a Francia.

En 1888, gran parte del año lo pasa pintando en Bretaña. Allí inicia una nueva orientación en su pintura, alejándose de los planteamientos pictóricos del impresionismo para iniciar un nuevo estilo, el sintetismo, en el que los colores adquieren valor por sí mismos, independientemente de las figuras a las que visualmente se encuentran unidas.

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En esta cuarta obra Naturaleza muerta con perfil de Laval (1886) aparecen aún las influencias de los impresionistas, especialmente de Cézanne, pintor por el que Gauguin sentía una gran admiración.

A finales de ese año se produjo un hecho muy conocido en la biografía de Paul Gauguin: su breve y conflictiva estancia en Arles, en la Provenza, lugar al que llegó para convivir con Vincent van Gogh.

Sería la insistencia de Theo, el hermano protector de Vincent van Gogh, y la promesa que le pasaría una pensión mensual, lo que finalmente empujaría a desplazarse al sur de Francia para una estancia de dos meses que, en sus propias palabras, se le hizo eterna.

La convivencia se hizo insoportable, puesto que las diferencias de carácter y de opinión eran muy marcadas en ambos, acabando, muchas veces, en violentas discusiones. La noche del 23 de diciembre, tal y como escribí en Los rostros de la locura, Vincent amenazó a su amigo con una navaja. Momentos después, salió a la calle y vuelve a la casa con una oreja mutilada. Paul no soportaba más la situación, por lo que llama a Theo para que fuera a atender a su hermano.

Los años posteriores a este evento son los de un paulatino reconocimiento de Gauguin y de su obra, dentro de la denominación de "pintor simbolista". A pesar de estos inicios de popularidad, tanto por parte de los pintores como de los círculos literarios, sueña con salir de un mundo y de una civilización a los que considera corrompidos.

Así, en las cartas que dirige a su mujer Mette de manera reiterada le manifiesta el deseo de marcharse de este mundo occidental, lejos de la lucha constante por el dinero, y desaparecer en los bosques de una isla de Oceanía.

Finalmente, en 1891, decide ir a Copenhague para despedirse de su familia. Obtiene una subvención del Ministerio francés de Bellas Artes para estudiar y pintar las costumbres y paisajes de Tahití. Se aleja, pues, de una civilización que le ahoga rumbo a lo que para él era el Paraíso en la Tierra.

AURELIANO SÁINZ

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