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Las mujeres perdidas (II)

Yo la quise salvar con un cuento. Le inventé otra vida con otro final: sólo quería que ella soñase con ese otro final, con una salida. Me sonrió cuando lo leyó. Era lo que se considera una mujer guapa, con ojos de un azul penetrante, tez clara y un cuerpo sinuoso que, a pesar de los castigos, seguía siendo bello. Su acento del Este la hacía interesante tanto a oídos femeninos, como masculinos, y su inteligencia me revolvía por dentro ante la impotencia de lo que pudo ser y no fue.

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Hablaba con la ansiedad de quien busca una amiga. Adulaba para agradar. A pesar de su altura y su edad, en sus palabras se vislumbraba a una tierna niña rubia que quería que la amasen y la protegieran. Mendigando amor, se aferraba a hombres que lo único que veían en ella era una muñeca para su placer, y una fuente de ingresos para sus dependencias.

—¿Cómo te hiciste ese corte en la muñeca? –le pregunté un día, cuando la confianza entre ambas había roto el muro con el que se resguardaba del malvado mundo. Lo pregunté temiendo que la respuesta la implicase a ella misma. Nunca hasta ese día, había visto la cicatriz. Me sonrió:

—Es una historia muy larga.

No insistí. Antes de bajarme del autobús, me miró y me dijo:

—Fue el padre de mi hijo. Me cortó con un cristal.

La puerta se cerró y sus ojos se cerraron a la vez para no ver mi cara. Yo quería que ella supiera que nunca sería un juez, que sólo pretendía acompañarla en su camino, en el trayecto que ella quisiera.

Pasaron las semanas y no nos vimos. Pregunté por ella y nadie supo decirme lo que pasaba, hasta que una conocida me dijo que, de nuevo, había vuelto a caer en el mundo del alcohol. Se escondió de todos, hasta de sí misma, y nunca más la volví a ver. Y aún da vueltas en mi cabeza la conversación que me hubiera gustado tener con ella.

Nadia, ¿cómo podría yo juzgarte? ¿Cómo podría ponerme yo en tu lugar? ¿Cómo no entender que tu confianza en el ser humano esté destruida para siempre, cuando la persona a la que entregaste tu corazón te vendió como esclava? ¿Cómo no entender que quieres olvidar, inventando sueños etílicos en los que aún eres la mujer fuerte de cara de princesa que debiste ser?

¿Cómo amar tu cuerpo si lo han utilizado noche tras noche sin importarles tus lágrimas de dolor? ¿Cómo tener esperanza, si tu hijo, lo único bueno que ha habido en tu vida, te lo arrebataron y le dice “mamá” a otra que no eres tú? Ella no lo sabía, pero yo conocía su historia.

Esta es la historia de una mujer real, de carne y hueso. E insisto en lo de "real", para que lo entiendan aquellos hombres que pagan por sexo, sin ser capaces de ver que detrás de ese cuerpo hay un ser humano sufriente y asustado.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ A.
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