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domingo, 6 de marzo de 2016

  • 6.3.16
En la actualidad a nadie le cabe la menor duda que nos encontramos en una sociedad globalizada en la que la imagen ha adquirido un enorme protagonismo. Esto incomoda a todos aquellos que, confundiendo imagen con tecnologías, consideran que este avance es un auténtico peligro para otros medios de formación cultural, como es la lectura y, de modo más concreto, con el retroceso que tiene el libro.



He tratado en otras ocasiones la polémica de la imagen versus la palabra, por lo que no es necesario que reitere que considero que pueden y deben complementarse como dos formas de comunicación que tenemos los seres humanos.

De todos modos, quisiera apuntar sucintamente que la imagen es anterior a la escritura en la evolución humana. Recordemos, por ejemplo, las magníficas y admirables pinturas que podemos contemplar en la cueva de Altamira, y que, sin haberlas visto de modo presencial, nos impresionan por la brillantez y la fuerza expresiva de los bisontes y otros animales que allí se recogen.

Puesto que como bien saben los lectores y lectoras de Negro sobre blanco la mayor parte de mis escritos se acompañan de imágenes, quisiera abrir una nueva línea de trabajo que me parece de gran interés como es la del diseño gráfico, centrándome tanto en la descripción de la obra de diseñadores españoles como de otros que se encuentran fuera de nuestras fronteras.

Y como no podía ser de otro modo, la inicio con Daniel Gil, uno de los pioneros que dejaron una profunda huella en el panorama cultural de nuestro país, puesto que a él se le deben los cientos de portadas que desde mediados de los años sesenta comenzó a sacar Alianza Editorial en su ‘edición de bolsillo’.



Brevemente, apuntaré que Daniel Gil nació en 1930 en Santander, ciudad en la que tempranamente se inclina hacia la formación en las artes plásticas, matriculándose en la Escuela de Artes y Oficios. Complementa su preparación con los estudios de Bellas Artes en Madrid, aunque no los finalizara. Sin embargo, sí completó su formación en diseño gráfico en la Escuela de Ulm, Alemania, de la mano de Otl Aicher. Fallece en Madrid en 2004, a los setenta y cuatro años, con un claro reconocimiento por parte de los compañeros de profesión por la labor que llevó a cabo en este ámbito.

Dado que, tal como he apuntado, son cientos las portadas que durante veinticinco años fue publicando en Alianza Editorial, como homenaje a su capacidad creativa he seleccionado diez de ellas que son las que comentaré.



Comienzo con un auténtico icono de esta serie: 1080 recetas de cocina, el libro de Simone Ortega que se convirtió en un auténtico éxito editorial, con numerosas ediciones y que todavía podemos encontrar como modelo de aprendizaje en las artes culinarias. En la portada del libro, vemos que en un mantel blanco y con copas, plato y cubiertos, todo en blanco, aparece un filete de carne cruda, de color rojizo, sin estar todavía cocinada, como esperando ser preparada para transformarse en alimento comestible.

Han transcurrido cuatro décadas desde su primera publicación, por lo que me temo que a los actuales vegetarianos no les haría ninguna gracia que la alimentación se presentara a través de la carne; pero, tienen que reconocer que, a su pesar, la carne forma parte de la cultura culinaria de muchos países.

Aunque la mayor parte de los libros editados en esta colección pertenecían a la narrativa y al ensayo, era posible encontrar también temas de tipo popular como el que publicó Vicente Verdú con el título de El fútbol. Mitos, mitos y símbolos.

En la primera mirada, el espectador puede asociar la portada con los colores de algún equipo de fútbol; sin embargo, Daniel Gil sintetiza en pocos elementos los componentes icónicos de este deporte-espectáculo: el color verde del césped en el que se juegan los partidos, una franja blanca haciendo referencia a las líneas que delimitan el campo o las áreas del portero y un balón de entonces, con ambos colores.



El talento de un diseñador gráfico se encuentra en la búsqueda de una imagen lo más sencilla posible que pueda representar al autor y al contenido de la obra que debe ilustrar en la portada. Es lo que sucede con el gran escritor Thomas Mann que es simbolizado alegóricamente a través de una pajarita negra moteada de puntos blancos, tal como el narrador alemán solía en ocasiones presentarse. La sencillez se refuerza a través del nombre y del título de la obra Relato de mi vida que, en conjunto, sugiere levemente un rostro, al tiempo que el nombre de la editorial se encuentra debajo.

Quien haya leído El Castillo de Franz Kafka entenderá de modo inmediato el significado de la portada del libro que ilustró Daniel Gil. El protagonista del relato se llama sencillamente K (quizá aludiendo a la primera letra del apellido del autor). De este modo, esta letra en tamaño exageradamente grande ocupa la mayor parte de la portada del libro; sobre ella, los ojos de un rostro, tomados de un grabado, miran con desconcierto; abajo y en letra pequeña, el nombre del autor, de la obra y de la editorial, también en negro.



En los diseños de las portadas de Daniel Gil podíamos encontrar desde la extrema sencillez formal hasta el máximo ‘barroquismo’, si entendemos esto último como la imagen sobrecargada de elementos. Es la contraposición que encontramos en las portadas correspondientes a El corazón de las tinieblas del novelista, de origen polaco, Joseph Conrad, o la correspondiente a El jardín de los frailes del español Manuel Azaña.

Sobre la primera, me parecen oportunas las palabras de Javier Reverte cuando dice: “Conrad, en mi opinión, intentó en este libro penetrar en las honduras del alma humana, ir a ese territorio en el que todos nos perdemos irremediablemente sin saber a ciencia cierta qué es lo que tocamos… Así pues, un pálpito de luz o de sangre enloquecida en el territorio de las brumas del alma. No sé si Daniel Gil lo vio así, pero es lo que a mí me sugiere la portada de uno de mis libros favoritos”.

El jardín de los frailes, novela de Manuel Azaña, quien fuera presidente de la II República española, narra, con claros tintes autobiográficos, la educación de un grupo de jóvenes en un colegio religioso. Para recoger tantos recuerdos manifestados en el relato, Daniel Gil acude a la imagen de un escapulario en el que aparecen cosidos diversos elementos icónicos religiosos: una cruz, un corazón radiante, una especie de cilicio que rodea una figurita blanca de escayola, un ancla, lazos rosas de satén… y todo ello quemado por la parte superior. Recuerdos que Azaña rechazaba ya de adulto.



La colección de bolsillo de Alianza Editorial, con frecuencia, acogía en sus publicaciones temas de psiquiatría o de psicoanálisis. Bien es cierto, que esos libros no eran estrictamente para especialistas de esas disciplinas, sino que tenían una función más bien divulgativa. Es lo que acontece con las dos portadas que seleccionado para estas temáticas. La primera de ellas corresponde a La culpa, del psiquiatra Carlos Castilla del Pino y la segunda a una obra de Sigmund Freud.

Tomo un fragmento de las palabras que Castilla del Pino empleara para comentar la portada de su libro:

“Tres moscas están afanosamente entregadas a la tarea de chupar el jugo de la manzana. Pero, al mismo tiempo, inevitablemente, dejarán sus eyecciones y, alegres, se marcharán por donde han venido. Todo está consumado. La pulcra manzana no adivina el riesgo. Ahora, los huéspedes de la podredumbre se han introducido en su interior y, a su manera, van haciendo de las suyas…”

“… el huevecito se convertirá en larva, ésta en un gusanito blanco, con un levísimo vello en el dorso, que horadará la manzana a toda prisa hasta corromperla en su interior, dejándola, eso sí, presentable por fuera… La imagen de la culpa en el ser humano: por dentro, podredumbre; por fuera como si nada. Pero es lo irreparable”.

El malestar en la cultura es un ensayo breve que Sigmund Freud publicó en 1930. En el mismo, el autor austríaco se interroga sobre el significado de la cultura, cuestionándola desde el punto de la felicidad humana, ya que “reposa sobre la renuncia a la satisfacción de los instintos”. Para la construcción de la portada, Daniel Gil acude a una imagen de gran sencillez, pero muy significativa: el propio título, en letras mayúsculas negras, que están atrapadas por una cuerda roja, como si la propia cultura fuera un corsé que la sociedad nos impone a los ciudadanos, impidiéndonos dar rienda suelta a nuestras pulsiones sexuales.



Cierro este breve recorrido por las portadas de Daniel Gil de la inolvidable colección de Alianza de Editorial con dos de ellas que tienen algo en común: la correspondiente a Camino de servidumbre del filósofo y economista de origen austríaco Friedrich August von Hayek, quien recibiera el premio Nobel de economía en 1974, y la de El señor presidente, del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, también galardonado con el Nobel de Literatura en 1967.

Ambas portadas son inquietantes. La primera nos muestra una cabeza de plástico blanco sobre la que van ascendiendo clavos que llegan hasta la parte superior. Para comprender esta metáfora visual hay que saber que Hayek era contrario a los principios socialistas, puesto que, según sus postulados, “cualquier política dirigida a un ideal de justicia distributiva, es decir, a lo que se entiende como una distribución ‘más justa’ conduce a la destrucción del imperio de la ley, al intentar producir el mismo resultado en personas diferentes”. Es, pues, el lema básico del pensamiento político liberal.

La postura ideológica de Miguel Ángel Asturias es, básicamente, la opuesta de Hayek: en su obra denuncia la naturaleza de las dictaduras sufridas por distintos pueblos y que tan frecuentes eran en los países de América Latina. Así, en su novela, alude de manera metafórica a Manuel Estrada Cabrera, quien fuera el presidente que dirigió los destinos de su país, Guatemala, de modo dictatorial en las dos primeras décadas del siglo veinte.

Para la portada de la obra de Asturias, Daniel Gil acudió a la imagen de dos botas negras, como si fueran las del personaje aludido en la novela: la que vemos en la derecha está limpia y lustrada, sin embargo, la que encontramos en la izquierda manchada de sangre: excelente metáfora de los gobiernos sanguinarios que existieron en Centroamérica en el siglo pasado.

AURELIANO SÁINZ

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