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domingo, 9 de noviembre de 2014

  • 9.11.14
En la actualidad tenemos bien asumido que nos encontramos en un mundo globalizado, tanto económica como tecnológicamente. A nadie se le escapa que las tecnologías han cambiado el panorama de las sociedades del siglo XXI. Los avances de la ciencia son enormes y su traslación al campo de las aplicaciones nos hacen sentir que, en medio de una profunda crisis económica, cambiamos día a día especialmente en las tecnologías de la comunicación y del ocio.

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Sin embargo, esto que lo entendemos bien en determinados ámbitos no lo vemos tan claro en otros como es el de la arquitectura. Aquí funcionamos a una escala más doméstica y las propuestas que están más o menos fuera de los cánones tradicionales no son bien vistas. Sucede que nos movemos en el esquema de la vivienda tradicional, sea la casa o el piso que se habita, por lo que otras formas de construcción nos pueden parecer algo así como provocaciones que se salen de los parámetros normales.

Esto que he manifestado me sirve para indicar que dentro de los diferentes estilos arquitectónicos que nacieron y se desarrollaron en el siglo pasado se encuentra uno que propugnaba la defensa abierta de los avances tecnológicos en el campo de la construcción, de forma clara y sin ningún tipo de reserva. Es lo que acabó llamándose como estilo high-tech, es decir, en traducción sencilla como “alta tecnología”.

Y dentro de este estilo arquitectónico reina con pocos rivales el británico Norman Foster, quizás el más exitoso de todos los arquitectos vivos, aunque el término “exitoso” no conlleve que sea el más apreciado por los profesionales del gremio, dado que sus obras parecen, en cierto modo, un alarde del capitalismo triunfante (algo muy dudoso para algunos en los tiempos que corren).

Pero antes de que Foster despegara y tuviera el reconocimiento mundial que ahora posee, no me resisto a apuntar que el punto de partida del high-tech se encuentra en el Centro Georges Pompidou que proyectarían para la capital francesa el italiano Renzo Piano y el británico Richard Rogers. Bien es cierto que se podrían rastrear antecedentes de esta corriente en otros arquitectos como el suizo Le Corbusier (del que hablaremos en otra ocasión).

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Construido entre 1971 y 1977, el Centro Nacional de Arte Georges Pompidou sería, antes e inmediatamente después de realizarse, una auténtica provocación en el corazón de París. Como apunta el crítico Jürgen Tietz, “pasando por alto todas las protestas, se empezó a derribar el mercado central de París, Les Halles, situado en las proximidades del Centre de París, con lo cual se destruyó un importante elemento urbano del siglo XIX”.

Bien es cierto que pasados los años, su ropaje futurista, a base de una compleja malla de tubos de acero unidos entre sí, colocada delante de unos muros acristalados, sustituyendo a la fachada tradicional, se ha convertido en uno de los atractivos de los que visitan la ciudad.

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Dos años después de que finalizaran las obras del Centro Georges Pompidou, es decir, en 1979, Norman Foster comienza un proyecto en una ciudad muy alejada de París, como es la gran urbe china de Hong Kong, en la que se levantaría un enorme rascacielos que lleva por nombre de Banco de Hong Kong y Shangai.

El arquitecto británico abordó su obra a partir de un doble conjunto de cuatro torres de acero que se alzan visiblemente a 180 metros de altura. De cada una de ellas pende hacia afuera un núcleo de comunicación vertical.

Esta obra proyectaría a su autor a la fama mundial, por lo que tiempos después, en 1999, se le concedería el premio Pritzker de Arquitectura. Pero es que en 1990 había recibido el título de ‘Sir’. Y la reina Isabel II, el mismo año de la concesión del premio Pritzker, le otorgó el título nobiliario de Lord Foster of Thames Bank.

Los reconocimientos siguieron: en 2010 recibe el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. No obstante, en ese mismo año, renuncia a su escaño en la Cámara de los Lores puesto que tenía puesta su residencia fiscal fuera del Reino Unido y la nueva ley aprobada no se lo permitía. ¡Una cosa es ser uno de los más famosos arquitectos del mundo y otra pagar impuestos en el propio país!

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Norman Foster había nacido el 1 de junio de 1935 en Mánchester. Inició sus estudios en esa misma ciudad, acabándolos en la universidad estadounidense de Yale. Junto al también arquitecto Richard Rogers (coautor del Centro Georges Pompidou) y las esposas de ambos fundaron en 1965 el estudio ‘Team 4’, que dos años más tarde pasaría a denominarse ‘Foster & Partners’.

En la actualidad el estudio de Foster & Partners tiene oficinas en Londres, Madrid, Nueva York, Hong Kong y Abu Dabi, con una plantilla de 500 empleados, lo que nos puede dar la magnitud del trabajo del arquitecto británico.

Puesto que la lista de sus obras es larguísima, no me resisto a citar como una de las más logradas la que realizaría para el Parlamento alemán o Reichtag. Este edificio, con un estilo de corte renacentista, se acabó de construir en 1894, aunque varias décadas después, en 1933, sufrió un incendio cuya autoría no se llegó nunca a esclarecer.

La remodelación de Norman Foster es verdaderamente espectacular, especialmente llama la atención la cúpula acristalada que cubre la parte central del edificio y que recibe numerosas visitas de todos los que se acercan a conocer la ciudad de Berlín.

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En la actualidad, Norman Foster cuenta con 79 años; no obstante, se halla en plena actividad creativa, por lo que sus numerosas obras se encuentran repartidas en varios continentes.

En su biografía hay un dato que quizás pueda interesarnos, ya que Foster enviudó en 1989, casándose de nuevo siete años después con la psicóloga española Elena Ochoa, que fue conocida en nuestro país por conducir un programa pionero en temas de educación sexual en la televisión pública.

Pero como lo que nos interesa es su trabajo, quisiera apuntar que de los proyectos que llevó a cabo en los países asiáticos hay uno bastante conocido: el grupo formado por tres rascacielos cercanos que proyectó, entre 2004 y 2007, en Kuala Lumpur, la capital de Malasia. Su nombre: ‘The Troika’, denominación que no nos trae buenas noticias a los españoles.

Aunque en los rascacielos es difícil recoger algo de la arquitectura tradicional, lo cierto es que Forter pretende reinterpretar en este grupo de tres edificios básicamente iguales, de hormigón armado, acero y cristal, algunos de los elementos de la arquitectura autóctona malaya.

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Los estudios de Foster & Patners cuentan con muchos talentos en sus filas. Ello ha dado lugar a que firmen proyectos muy diversificados: viviendas, museos, universidades, bancos, metros, estadios deportivos, puentes, etc.

Uno de los puentes nacido en los estudios de Foster, y que todo visitante de la ciudad de Londres puede conocer, es el Millennium Bridge, que cruza el Támesis enlazando el Tate Modern, que es el nombre que recibe el Museo Nacional Británico de Arte Moderno, con las proximidades de la Catedral de San Pablo.

El puente se soporta en dos enormes pilares de hormigón troncocónicos invertidos. Sobre ellos se apoyan dos fuertes ángulos de acero, con apertura aproximada de 120º. De estos dos ángulos salen los tirantes y cables que sostienen todo el entramado del puente.

Si atendemos a las obras de Foster, el puente es estéticamente bastante más sencillo y sin la espectacularidad de otros proyectos suyos. Pero es que Londres ya cuenta con suficientes puentes para que uno reciente tenga que destacarse sobre los demás.

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No sería razonable que un arquitecto recibiera uno de los premios Príncipe de Asturias si no hubiera realizado ninguna obra en nuestro país. Lo cierto es que Foster ha firmado un número significativo de ellas y que podemos conocerlas sin salir de nuestras fronteras.

Su primera gran obra sería el metro de Bilbao, que comenzó en 1988. Le seguiría la Torre Collserona, de 1992, ubicada en Barcelona. Cronológicamente, continuaría con el Palacio de Congresos de Valencia (1994). Así, hasta llegar a la Torre Bankia que se ha alzado como uno de los cuatro grandes rascacielos que aparecen en el extrarradio de Madrid. Le seguirá el futuro Camp Nou para el C. F. Barcelona…

El Palacio de Congresos de Valencia es de bastante sencillez formal dentro de la espectacularidad que caracteriza a las obras del arquitecto británico. Constructivamente, sobre unos pilares cilíndricos de gran altura se cubre un espacio ovalado, cuya cubierta de hormigón armado acaba en puntas, recordando a la planta de una nave.

De este modo, y en la tierra del polémico Santiago Calatrava, es posible encontrar una construcción que presenta algunas semejanzas con las del arquitecto levantino; aunque yo no tengo noticias de que las obras de Foster hayan sido demandadas por fallos en su terminación.

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Entiendo que cualquiera que escucha los nombres de Bankia o de Caja Madrid inmediatamente se pone en guardia. Y es que estas dos entidades han sido grandes protagonistas de los escándalos de corrupción que se han producido dentro y alrededor suyos.

Pero creo que Norman Foster no tiene responsabilidades cuando desde Bankia le encargaron una de las Cuatro Torres Business Area (CTBA) de Madrid, el parque empresarial, no lejos de la Castellana, construido sobre los terrenos de la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid.

Por ahora, la Torre Bankia es el edificio más alto de toda España, ya que cuenta con 250 metros de altura. Y es que como he indicado, las obras de Foster se mueven en el reto de los avances en la alta tecnología.

Formalmente es de una sobria belleza, puesto que sobre una especie de marco rectangular vertical, realizado en hormigón armado, salen de modo cruzado las plantas de manera rítmica, logrando una potente imagen que sin dificultad puede memorizarse.

Por ahora, es la gran obra de Norman Foster en nuestro país y que fácilmente puede contemplarse nada más visitar la capital española.

AURELIANO SÁINZ

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