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domingo, 12 de octubre de 2014

  • 12.10.14
Uno de los mejores cuadros de Diego Velázquez que pueden contemplarse en el Museo del Prado es el que lleva la denominación de La fragua de Vulcano, lienzo en el que el pintor sevillano exhibe no solo un dominio del cromatismo ocre sino también un completo conocimiento de la anatomía masculina.

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Pero antes de pasar a presentar algunas obras en las que el dios Vulcano aparece como protagonista de las mismas conviene que conozcamos esa parte de la mitología romana en la que se cita a este personaje.

Dado que gran parte de la naturaleza se transmutaba en elementos relacionados con los dioses, al fuego se le asoció con Vulcano, hijo del dios Júpiter y de la diosa Juno. Sorprendentemente, el dios del fuego se casó con Venus, la diosa del amor. Y digo, sorprendentemente, dado que se le suele representar como a un hombre entrado en años, cojo y de aspecto un tanto desagradable, mientras que todas las pinturas que nos muestran a Venus la encontramos de una belleza y sensualidad extremas.

Por otro lado, a los dioses se les asignaba a un lugar, a una actividad o a un oficio. De este modo, de Vulcano se creía que su fragua, en la que se forjaban las armas y armaduras de los dioses, se encontraba en el monte Etna, lugar en el que se asienta el gran volcán de Sicilia.

Como he apuntado, la unión de Vulcano, dios del fuego, con Venus, diosa del amor, era un tanto extraña, puesto que la fealdad y la vejez de uno y la juventud y belleza de la otra no conducían a un buen entendimiento, teniendo en cuenta que la perfección corporal se encontraba entre los grandes atributos que se exaltaban en la Roma y Grecia clásicas.

Posiblemente los rasgos físicos tan poco gratos de Vulcano fueran la razón por la que Venus le fuera infiel con Marte, el dios de la guerra.

Este es el punto de partida del relato mitológico del que se sirvió Velázquez para llevar a cabo su interpretación personal en el lienzo titulado La fragua de Vulcano, pintado en 1630 durante su estancia en Roma, y que cuatro años más tarde fue adquirido por Felipe IV para que formara parte de las Colecciones Reales.

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La escena de la obra nos muestra el momento en el que el dios Apolo se presenta ante un sorprendido Vulcano y al que le narra las infidelidades de su esposa Venus con el dios Marte.

La cabeza de Apolo se la presenta coronada de laurel y nimbada, como si fuera el foco de luz a partir del cual se ilumina la fragua, así como los cuerpos de Vulcano y de los cuatro cíclopes que le acompañan en su trabajo.

Para la realización del cuadro, Velázquez eligió a personajes reales, rudos individuos que le sirvieran de modelos para construir la escena de un oficio cuyo trabajo conocían, por lo que son mostrados llevando a cabo las distintas tareas de la forja.

Todos ellos también reflejan en sus rostros la sorpresa ante la noticia que recibe Vulcano, cuya cojera se percibe por el marcado desnivel de sus hombros y en la curva que presenta la cadera. Por otro lado, cabría indicar, tal como he apuntado anteriormente, el claro dominio del pintor de la anatomía masculina, pues presenta al conjunto de personajes en diferentes posturas: de frente, de espaldas y de perfil.

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En contraposición con el alto nivel de realismo de la obra de Velázquez, puesto que si exceptuamos a la figura mitológica de Apolo, el resto de personajes son perfectamente trabajadores de una fragua, las interpretaciones que realizan otros pintores que temporalmente le habían precedido se alejan de un ambiente verídico buscando impactar al espectador con formas en gran medida espectaculares.

Es lo que sucede en la obra de igual título, La fragua de Vulcano, que realizaría el pintor italiano Jacopo Comin (1518-1594), apodado Tintoretto, fallecido cinco años antes de que naciera Diego Velázquez.

En la escena nos muestra gran parte del espacio del lienzo ocupado por los cuerpos casi desnudos, fuertemente musculosos y tensos de los ayudantes de un envejecido Vulcano. Aquí se ve un alto nivel de artificiosidad, ya que más que trabajadores de una fragua parece una exhibición de musculatura masculina.

Por las figuras en permanente tensión y el ahínco a la hora de plasmar sus escenas, el pintor italiano fue también apodado Il Furioso. Este término no es en absoluto exagerado si nos fijamos en la fuerza y violencia con la que se muestra a los cuatro personajes llevando a cabo el trabajo de forja de las armas de los dioses.

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Otra obra que parece ser un ejercicio de habilidad para mostrar los cuerpos masculinos y el femenino es la del holandés Frans Floris de Vriendt (1519-1570), pintor nacido en la floreciente ciudad de Amberes, cuyas obras, inscritas en la corriente denominada manierismo, es una de las variantes de la exitosa pintura flamenca.

En su cuadro Venus en el taller de Vulcano, nos presenta al dios Vulcano, ayudado de tres hercúleos herradores, en plena actividad, al tiempo que la diosa Venus, desnuda y sentada, abraza a su hijo el pequeño Cupido, al tiempo que observa el trabajo de forja.

La obra nos muestra la contraposición de un cuerpo femenino, sereno, joven, delicado, blanquecino y en plenitud de belleza, con la de los cuerpos masculinos, también casi desnudos, rudos, oscuros y musculosos por el trabajo que tienen que realizar.

A diferencia de la obra de Velázquez, en la de Floris de Vriendt no se muestra el conflicto que genera las infidelidades de Venus, ya que parece muy pendiente del trabajo de su esposo Vulcano.

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Un enfoque muy distinto a los anteriores es el que realiza el pintor italiano Giacomo da Ponte (1510-1592), apodado El Bassano, con su obra que cuelga también en el Museo del Prado madrileño.

Este cuadro de gran tamaño, pues mide 4 metros de largo por 2,5 de alto, se encontraba en un despacho de la Universidad de Barcelona, hasta que en el año 2001, fue traído a Madrid para una exposición.

El tema representado es una interpretación del dios Vulcano, concebido como un viejo y tranquilo artesano, en plena faena, golpeando con su martillo la pieza que está forjando en el yunque.

Dos ayudantes se encargan de mantener encendido el fuego de la fragua, al tiempo que en el ángulo derecho, con las ropas características de la época del pintor, aparecen otros dos obreros retocando uno de los muchos objetos metálicos que se acumulan en el suelo.

Una mujer, detrás del herrero, y un niño alado, delante del mismo, completan una escena con cierto aire familiar, muy alejada de la visión mitológica que nos mostraban Velázquez y Tintoretto.

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Quisiera cerrar este recorrido acerca de la figura de Vulcano en el campo de la pintura trayendo dos cuadros en el que se nos muestra al dios del fuego de manera individual, sin que formara parte de una escena grupal como son los ejemplos anteriores.

Ambos cuadros cuelgan en el Museo del Prado. El primero, titulado Vulcano forjando los rayos de Júpiter, es de Peter Paul Rubens (1577-1640); mientras que el segundo pertenece a la escuela de este gran pintor alemán.

En Vulcano forjando los rayos de Júpiter Rubens nos muestra al dios del fuego como un rudo herrero que, con el martillo en su mano derecha y con su izquierda cogiendo una tenaza, forja uno de los rayos del dios Júpiter.

A Erasmo Quellinus, discípulo y colaborador de Rubens, se le atribuye la obra que nos muestra a Vulcano sentado y sosteniendo con su brazo izquierdo una tea encendida. Su figura, que ha perdido los rasgos rústicos de las obras precedentes, se recorta sobre la roca de una gruta, mientras que a sus pies se aprecia una armadura.

Ambos cuadros nos muestran visiones contrapuestas de un ser mitológico. De todos modos, nos sirven para entender que hubo un tiempo en el que los hombres miraban al cielo como la morada poblada de numerosos dioses que explicaban el sentido del Universo. En la actualidad, los conocimientos de ciencias como la astronomía y la astrofísica han expulsado a todos los dioses del Cosmos; no obstante, no deja de ser apasionante contemplar por un rato esa inmensidad en la que se mueve un pequeño planeta llamado Tierra.

AURELIANO SÁINZ

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