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viernes, 12 de septiembre de 2014

  • 12.9.14
No es un secreto para nadie que el deterioro de las relaciones interpersonales se ha convertido en un serio, grave y casi crónico problema en una sociedad cada vez más soliviantada. El tema nos lleva a valorar la agresividad, la violencia que se despliega en un amplio abanico: en la familia, en las calles o en numerosos contextos tanto sociales como políticos o deportivos.

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Una sencilla pregunta aflora casi de inmediato: ¿estamos enfermos de desafecto? Parece ser que sí, a la vista de un cúmulo de circunstancias cargadas de malquerencia, desprecio y hasta de enconado rencor.

El ambiente que nos rodea no es un paraíso y no digamos nada del panorama mundial que día a día parece que amanece con mayores nubarrones. Para nuestra desgracia, como especie y como seres inteligentes, la violencia está muy presente en todo nuestro entorno.

La Etología –rama de la Biología– estudia el comportamiento de animales, en general, y también del ser humano, puesto que compartimos características comunes como seres vivos. Para los etólogos está claro que los animales atacan por comida, para defenderse y proteger el territorio o a los suyos. Dicho tipo de conducta cesa cuando desaparecen las causas que la desencadenaron. El caso de los humanos ofrece claras diferencias.

Consideran los psicólogos que la agresividad, que se ha desarrollado a lo largo de la evolución, forma parte de la naturaleza humana y es necesaria para que la especie sobreviva. Entienden la agresividad como la capacidad de respuesta decidida y enérgica que despliega un individuo para conseguir lo que necesita o para resolver un conflicto que de algún modo pone en peligro su integridad o supervivencia.

La misma convivencia provoca con frecuencia situaciones que ponen en marcha este mecanismo. El problema se agrava cuando dicha agresividad se convierte en una feroz violencia que brota por causas baladíes y alejadas de dicha supervivencia.

La Psicología no dice que seamos violentos por naturaleza. La agresión injustificada o innecesaria, hacer daño de manera intencionada y planificada es una forma de conducta aprendida que depende de factores ligados a condiciones sociales y culturales.

Evidentes ejemplos podrían ser el acoso sexual, social o político que con frecuencia ejecutamos sobre otras personas. ¿O hay que llamarle "escrache" ("romper", "destruir", "aplastar") que suena más fino y enmascara mejor las realidades?

En el libro Las semillas de la violencia, el psiquiatra Luis Rojas Marcos remarca lo que sigue: “las semillas de la violencia se siembran en los primeros años de vida, se cultivan y desarrollan durante la infancia y comienzan a dar frutos malignos en la adolescencia”.

La violencia, por tanto, se aprende y también deja huella si hemos sido violentados o la han inculcado en esas primeras etapas de la vida. Una vez más, hay que recordar que los modelos que tenemos en nuestro entorno social moldean, en su conjunto, tanto el carácter como la personalidad.

Parafraseando a Rojas Marcos, la vida humana se asienta sobre tres pilares básicos: la violencia, el dinero y el conocimiento. Desde el momento en que nacemos la violencia nos marca, el dinero nos quita el sueño y sólo el conocimiento nos salva de convertirnos en brutos totales. Y aun así, la sufrida razón lo tiene bastante difícil.

La agresividad, como concepto, presenta dos caras. En un sentido negativo se entiende como “tendencia a actuar o a responder violentamente”; en una acepción que podríamos calificar de positiva, se asocia con la acometividad, entendida ésta como “decisión para emprender algo y arrostrar sus dificultades” (sic RAE). En ambas definiciones se perfila la doble posibilidad de actuación de cada individuo.

Una cuestión parece clara: los humanos practicamos la agresividad con bastante alegría. La violencia es una enfermedad grave que está invadiendo nuestro cuerpo social, quizás porque hemos perdido el respeto más elemental a la otra persona, quizás porque matar o ejercer violencia no sale caro, quizás porque nos divierte vivir peligrosamente jugando al límite.

Resulta evidente que si la consideramos una enfermedad no nos queda más remedio que buscar soluciones que, aunque no le veamos resultados a corto plazo para erradicarla, al menos podamos frenarla.

Casi sin darnos cuenta nos hemos vuelto terriblemente pendencieros, quisquillosos con la presencia del otro que parece que nos molesta y por esa misma razón le agredo a la mínima ocasión. Agresividad que se huele en la calle en una manifestación, por ejemplo, o en el conductor que ha hecho una de “Jaimito” y, para colmo, exhibe su dedo corazón en señal de insulto y desprecio.

La agresividad humana ha sido justificada desde distintos frentes: biológico, psicológico, social, económico, cultural, político, religioso. ¿Cuál o cuáles serían las razones de tal comportamiento? Una tesis muy extendida afirma que los humanos somos malévolos, crueles: “homo homini lupus”.

En esencia, hay que admitir que la convivencia provoca, con frecuencia, situaciones que ponen en marcha los mecanismos de la agresividad. En contra, deberíamos hacer un llamamiento a la sensatez y a la racionalidad.

Hay muchas variantes de violencia: guerras con lo que conllevan de sufrimiento, terror, muerte; violencia política ejercida desde el poder y contra el poder; violencia doméstica donde, por desgracia, las mujeres siguen llevando las de perder; violencia de padres a hijos y de hijos a padres, factor este que parece estar aumentando; violencia racista o xenófoba; violencia psicológica ejercida desde diversos frentes (en la publicidad, cine, información); violencia alrededor de determinados deportes; violencia bullanguera o gratuita en las calles que destruye lo que encuentra a su paso.

En definitiva, violencia en una sociedad enferma de desafecto, de falta de ideales, cansada, disgustada. ¿Tal vez aburrida? El abanico, repito, es muy amplio. Sobre estas cuestiones volveremos en otros momentos porque, desgraciadamente, hay mucha tela que cortar.

Aunque las causas de todo conflicto son muy diversas (discriminación étnica, lucha por el territorio, represión política, ideológica, creencias religiosas…), en la mayoría de los casos subyace un reparto injusto de la riqueza y el intento de una minoría por mantener sus privilegios o aplastar al próximo. La pobreza, la incultura, las desigualdades son gérmenes frecuentes de tensiones y conflictos.

En el caso concreto de los enfrentamientos bélicos, los daños producidos a la población son devastadores. Amén del gran número de víctimas, conllevan graves consecuencias como el éxodo de civiles de las zonas de conflicto que causa multitud de desplazados y refugiados en condiciones inhumanas.

La destrucción de infraestructuras básicas como escuelas, hospitales, viviendas es evidente. La desaparición de cultivos y de los centros de producción provoca carestía de alimentos que se traduce en hambre y desnutrición.

Deterioro ecológico, contaminación del agua, aumento de enfermedades que degeneran en epidemias agravan el panorama. Con todo ello va el quebranto de vínculos sociales y culturales que alimentará odios difíciles de superar.

¿Qué contribuye a ello? Nuestra actitud personal es de vital importancia. En el amplio abanico humano existen sujetos egoístas, envidiosos, vengativos, psicópatas, tiranos y violadores, asesinos, “odiadores” y un largo etcétera que, con demasiada frecuencia, nos arrastran al abismo.

En la otra cara podemos encontrar, afortunadamente, una inmensa mayoría de personas compasivas, tolerantes, benevolentes, abnegadas, generosas... con frecuencia calificadas de “la masa silenciosa”. Eso nos salva, hasta el momento, de un apocalipsis final.

El panorama anteriormente expuesto proyecta la cara oscura que pretende ocultar un completo catálogo de valores por los que merece la pena luchar. Para erradicar prácticas nocivas hay que implementar valores positivos como la convivencia, la empatía, la paz, la solidaridad, la libertad, la Justicia –sobre todo, la justicia social–. Valores, todos ellos, que están en la Carta Magna de los Derechos Humanos.

PEPE CANTILLO

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