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domingo, 21 de septiembre de 2014

  • 21.9.14
Corría el año 1726 cuando en el Reino Unido se publica la novela Los viajes de Gulliver que inmediatamente se hace muy famosa, pues su contenido enlazaba una enorme fantasía con las aventuras nacidas de los viajes a países extranjeros, muy en boga por entonces. Con el paso del tiempo, erróneamente, se la llegó a considerar como una obra destinada el público infantil, cuando en realidad se trataba de una sátira feroz de la sociedad y de la condición humana.

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Esta visión distorsionada de lo que era la obra original ha continuado hasta nuestros días por las continuas adaptaciones para los más pequeños, tanto en la literatura como en el cine. La última de ellas ha sido la película dirigida en el 2010 por el estadounidense Rob Letterman, por cierto con poco éxito, ya que optaba por un enfoque eminentemente fantástico, muy alejado del planteamiento crítico que tenía la novela original.

Lo cierto es que su autor, Jonathan Swift, no pretendía hacer un relato para entretener a los niños, sino novelar las aventuras de Lemuel Gulliver, el protagonista de la trama, por países imaginarios en los que los hombres moralmente quedaban muy por debajo de sus pequeños habitantes. Su intención era la de realizar una dura crítica (como veremos en los textos seleccionados de otras obras suyas) del poder político que llegó a conocer en Inglaterra y en su Irlanda natal.

Brevemente, indicaré que Jonathan Swift nace en Dublín en 1667. Durante sus años juveniles vivió con especial interés los conflictos por la sucesión de la corona inglesa, lo que implicaba conocer los enfrentamientos y pugnas entre católicos y protestantes, las dos ramas que se jugaban el poder religioso y también político de las Islas Británicas.

A pesar de haber nacido en Irlanda, país con un predominio de católicos, a los 27 años ingresa en la Iglesia anglicana, siendo ordenado sacerdote al año siguiente para que ejerciera en la parroquia de Kilroot, ciudad ubicada en lo que actualmente se conoce como Irlanda del Norte.

Su interés por el ambiente político en el que se movía por entonces le condujo a publicar su primer texto de este tipo en 1701, siendo el punto de partida de una larga y también tormentosa carrera literaria y política.

Fallece el 19 de diciembre de 1745, a la edad de 78 años, con una salud física y psíquica muy deterioradas, hasta el punto de ser declarado perturbado mental.



Dentro de su producción novelística, aparte de Los viajes de Gulliver, son muy conocidas Historia de una barrica y Las batallas entre los libros antiguos y los modernos, obras que continúan publicándose con gran acogida por los lectores.

Sin embargo, lo que más nos puede interesar en esta sección son párrafos con algunos de los pensamientos y reflexiones de Swift acerca de la política y la corrupción ligada a la misma. Ni que decir tiene que son temas muy candentes en nuestro país, por lo que, si se leen despacio, pareciera que estuvieran escritos pensando en nuestros días; basta con hacer unos pequeños cambios y podrían sugerirnos personajes que todos tenemos in mente.

Estos párrafos han sido extraídos de tres de sus obras dedicadas a los escritos de corte epistolar y reflexivo como son Sátiras y escritos personales, La correspondencia de Jonathan Swift y Arte de la mentira política.

A diferencia de artículos anteriores, en esta ocasión no voy a realizar ningún comentario, pues creo que el lector puede sacar sus propias conclusiones, simplemente estableciendo un paralelismo entre la época de Swift con la nuestra y comprobando cómo muchas de las ambiciones, mentiras, engaños, traiciones, arribismos, etc., siguen de plena actualidad.

Solamente, y como pequeño homenaje a Swift, entre los pensamientos seleccionados intercalo dos portadas de Los viajes de Gulliver: una de corte clásico y otra de una magnífica edición que cuenta con las ilustraciones del gran pintor y dibujante Guillermo Pérez Villalta, libro con el que he disfrutado mucho.

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“La política, tal como se entiende comúnmente, se reduce a mera corrupción y, en consecuencia, resulta inútil para un buen rey o un buen ministro. Esa es la razón por la que los tribunales se hallen infectados de políticos”.

“Los tronos de los reyes no podrían sostenerse sin corrupción, pues la eficacia, la seguridad y el tesón que la virtud infunde en las personas son un constante engorro para los asuntos públicos”.

“Un primer ministro o jefe de Estado es alguien totalmente ajeno a las alegrías y las penas, el amor y el odio, la compasión y la cólera; al menos, no practica otra pasión que un violento deseo de riqueza, poder y títulos. Emplea sus palabras para todo menos para dar a entender qué piensa; nunca dice una verdad a no ser con la intención de que se considere una mentira; ni una mentira, si no es con el propósito de que la tomemos por verdad”.

“Los organizadores de las conspiraciones suelen ser quienes desean acrecentar su reputación de políticos profundos, renovar las fuerzas de una administración desquiciada, reprimir o desviar el descontento general, llenar sus arcas con bienes confiscados e incrementar o hundir el prestigio del crédito nacional para que responda de la mejor manera posible a sus intereses particulares”.

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“Aquellos de quienes peor se habla a sus espaldas se hallan en la mejor posición para el ascenso; y estaremos perdidos en cuanto comiencen a elogiarnos ante otros o ante nosotros mismos”.

“El palacio del primer ministro es un seminario donde se educa a otros para ejercer su profesión. Imitando a su dueño, los pajes, los lacayos y el portero llegan a ministros del Estado en sus distintos terrenos y aprenden a sobresalir en las tres características principales: la insolencia, la mentira y el soborno”.

“Durante la infancia, la niñez y la juventud de los príncipes se cuenta de ellos que tienen una capacidad y un ingenio prodigiosos y dicen cosas que sorprenden y asombran. ¡Qué raro, tantos príncipes prometedores y tantos reyes bochornosos! Si por casualidad mueren jóvenes, habrán sido prodigios de sabiduría y virtud; pero si viven, son a menudo prodigios, ciertamente, pero de una clase muy distinta”.

“Hay tres métodos para que una persona ascienda al puesto de primer ministro: el primero consiste en saber cómo disponer prudentemente de su esposa, su hija o su hermana. El segundo, en traicionar o socavar la posición de su predecesor. Y el tercero, en demostrar en las asambleas un celo furibundo contra la corrupción de la corte. Pero el príncipe prudente preferirá nombrar para el cargo a quienes practiquen el tercer método, pues esos fanáticos acaban siendo los más serviles y sumisos a la voluntad y las pasiones de su amo”.

“Los errores cometidos por ignorancia y con intenciones virtuosas no tendrán nunca consecuencias tan fatales para el bien público como las prácticas de alguien cuyas tendencias le lleven a ser corrupto y posea una gran habilidad para ejercer, multiplicar y defender sus corruptelas”.

AURELIANO SÁINZ

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