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domingo, 24 de agosto de 2014

  • 24.8.14
A su regreso de Europa, Diego Rivera decide olvidarse de las corrientes pictóricas con las que había estado en contacto para dedicarse en cuerpo y alma al servicio de las ideas en las que creía. Para ello, como apunté en el anterior artículo, se acerca a la pintura realista con claras raíces en las tradiciones de su país.

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Tal como apunta Luis Cardoza y Aragón, uno de sus biógrafos, “anhela que lo entienda el hombre más sencillo de su pueblo, para quien particularmente ha pintado. Sabe describir y es un buen narrador. Sabe contar historias y contar Historia”.

Pero para contar historias y también hechos históricos que les acontecieron a los pueblos de su tierra, es decir a los mayas y aztecas, acude a una de las formas artísticas que darán especial fama a Méjico: los frescos o pinturas de pared, especialmente, en los interiores de los edificios y que llevarían a cabo sus grandes muralistas como fueron el propio Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco.

Y curiosamente, como vamos a ver, el muralismo mejicano no fue solicitado en aquellos años por los países socialistas europeos para decorar los muros de los edificios oficiales, sino, paradójicamente, por los magnates de Estados Unidos, puesto que allí había alcanzado un alto prestigio.

Con el fin de que comprendamos la relevancia de la pintura mural de Diego Rivera, es decir, aquella que se realiza en las paredes de los edificios, hay que pensar que a lo largo de su vida llegó a cubrir la impresionante cifra de 6.000 metros cuadrados. Esto quiere decir que si se tomara una franja de pared de dos metro de alto, su obra abarcaría, nada más y nada menos, que 3 kilómetros de largo.

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Para acercarnos brevemente a su inmensa obra, nada mejor que comenzar por un panel móvil titulado El líder campesino Zapata, del año 1.931, que formaba parte de una más extensa dedicado a la Revuelta en el Palacio de Cortés que se encuentra en Cuernavaca.

Y comienzo por esta obra ya que su admiración por Emiliano Zapata la proclamó a lo largo de su vida, tanto en sus manifestaciones ante los amigos y medios de comunicación como a través de su pintura, pues en varias ocasiones apareció pintado este rebelde campesino del Estado mejicano de Morelos.

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Puesto que Diego Rivera, al igual que Siqueiros, era miembro del comité central del Partido Comunista de Méjico, no es de extrañar que en algunos de sus numerosos murales plasmara su propio pensamiento y su ideología. Es lo que sucede en esta pintura de pared titulada Repartiendo armas, que realizara en la Escuela Nacional Preparatoria ubicada en la capital mejicana.

En el centro del fresco puede verse a una figura femenina, tomada de Frida Kahlo, que está entregando armas a obreros y campesinos. Al fondo, uno de ellos porta una bandera roja con la hoz y el martillo. En la parte superior del mural, una cinta pintada lleva escrito una consigna, que comienza del siguiente modo: “Así será la revolución Proletaria…”. Toda una declaración de sus principios marxistas.

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El edificio más importante de Méjico, el Palacio Nacional, fue decorado por Rivera en los años 1929, 1935 y 1945. Dentro de los frescos, sobresale el denominado como La gran ciudad de Tenochtitlán. Es una magnífica alegoría a la vida del antiguo y del nuevo Méjico.

Desde el punto de vista técnico, es un mural pintado como miniatura, con un magnífico acabado del dibujo, al que se le acompañan sutiles efectos de veladuras y con un amplio espectro cromático.

Extraigo otra vez un párrafo de Cardoza y Aragón el cual nos dice: “Por primera vez en la historia del arte de la pintura monumental, es decir, el muralismo mexicano, cesó de emplear como héroes centrales de ella a los dioses, los reyes, jefes de Estado, generales heroicos, etcétera; por primera vez, repito, la pintura mural mexicana hizo héroe del arte monumental a la masa, es decir, al hombre del campo, de las fábricas, de las ciudades, al pueblo”.

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La crisis de 1929 devasta la economía de Estados Unidos y con ella arrastra también, como no podía ser de otro modo, a la de Méjico. A pesar del sufrimiento de las capas populares (muy similar a lo que ahora acontece), en Estados Unidos hay magnates a los que no les afecta el hundimiento de la Bolsa y siguen enriqueciéndose.

Diego Rivera ve paralizados sus proyectos y decide ir al país del norte a la llamada de algunas instituciones o potentados que admiran su obra. Esa decisión le cuesta ser expulsado del Partido Comunista, aunque años después fuera repuesto en su cargo a la vuelta a su país.

Las primeras obras de su nuevo periplo las realiza en California. De su estancia en San Francisco, traigo esta que lleva por título Alegoría de California, pintada en 1931. Este mural es una especie de metáfora visual que representa los magníficos recursos humanos y naturales de las tierras del Pacífico, logrados gracias a la investigación, el desarrollo industrial y la inventiva del ser humano.

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En la primavera de ese mismo 1931, Diego Rivera recibe el encargo de pintar los muros del patio central del Instituto de Artes de Detroit. Allí realiza otra de las grandes obras que permanecen en Estados Unidos. Las cuatro paredes están decoradas con magníficos frescos que se integran en la arquitectura de este edificio.

En contraste con las obras que realiza en Méjico, ahora es la exaltación del trabajador industrial el protagonista de sus trabajos.

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El caso más tormentoso de su periplo estadounidense fue el encargo que le hace el magnate Nelson Rockefeller para los estudios de la RCA en Nueva York. La comisión encargada de la decoración le indicó que el tema debía versar sobre la idea de “El hombre en la encrucijada procurando con esperanza y elevación un futuro nuevo y mejor”.

Rivera se puso manos a la obra, tras ser aprobado el boceto de la misma, en marzo de 1933. Todo iba sobre ruedas hasta que a principios de mayo apareció dibujado el rostro de Lenin en la parte derecha de la pared central.

Nelson Rockefeller le pidió que cambiara ese rostro, a lo que el autor se negó. El 9 de mayo, el mural fue rodeado por vigilantes y un alto cargo de la empresa constructora le comunicó la anulación del encargo, entregándole un cheque por la totalidad de sus honorarios. Los días 11 y 12 de febrero del año siguiente el mural fue destruido a martillazos.

La “venganza” de Rivera se produjo cuando al regresar a Méjico lo vuelve a pintar en el Palacio de Bellas Artes de la capital mejicana. Esta vez no solo aparece el rostro de Lenin en el centro, sino que en el lado derecho se encuentran Marx, Engels y Trotsky.

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Para cerrar este breve periplo de este genial muralista, quisiera traer una de sus grandes obras titulada Sueño de una tarde de domingo. Pertenece a su periodo de madurez, ya que la realiza para el Hotel del Prado de la capital de Méjico. Intenta en esta obra representar un resumen de la historia de su país. Parece una especie de despedida del artista, pasando revista a su trayectoria como artista, en la que refleja su credo social y humanístico. El propio Diego Rivera se dibuja en el centro como si fuera un niño regordete, estando acompañado de la popular figura denominada “Catrina la Muerta”.

El 24 de noviembre de 1957 fallece este genial pintor y muralista, legándonos una obra extensísima que permanece viva, y que un auténtico símbolo de su país.

AURELIANO SÁINZ

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