La Red de Alerta e Información Fitosanitaria (RAIF) ha advertido de un escenario propicio para la propagación del mildiu en los viñedos del marco Montilla-Moriles, tras la combinación de factores como las abundantes lluvias registradas hace unas semanas, las temperaturas suaves que predominan en estos días y el estado de los brotes de las cepas en desarrollo, condiciones que favorecen la aparición de esta enfermedad criptogámica y obligan a intensificar la vigilancia en las parcelas.
El patógeno, conocido en otras regiones como añublo o mildeo, presenta un comportamiento estrechamente ligado a las condiciones ambientales y puede provocar daños severos en todos los órganos de la planta. Según detallan los técnicos de la RAIF, los primeros síntomas suelen manifestarse en el haz de las hojas en forma de manchas cloróticas translúcidas, conocidas como “manchas de aceite”, un indicio inicial que, en situaciones de alta humedad, evoluciona hacia la aparición de una esporulación blanquecina característica que constituye una fuente activa de nuevas infecciones.
Además, el desarrollo del ciclo biológico del hongo se activa bajo determinadas condiciones meteorológicas. En ese sentido, los especialistas explican que cuando concurren las condiciones de la denominada “regla de los tres dieces” —brotación superior a 10 centímetros, temperatura media superior a 10 ºC y precipitaciones acumuladas de, al menos, 10 litros por metro cuadrado en uno o dos días—, se desencadena la germinación de estas oosporas, responsables de las primeras contaminaciones de la campaña.
La situación actual del viñedo, con brotes que ya superan los diez centímetros en las parcelas más adelantadas y la persistencia de humedad, configura un escenario especialmente propicio para la enfermedad. De hecho, los técnicos advierten de que “la combinación de precipitaciones recientes y de temperaturas suaves y sostenidas está configurando un escenario especialmente propicio para el inicio del ciclo biológico de la enfermedad”, por lo que consideran previsible la aparición de las primeras manchas en los próximos días, especialmente en zonas con antecedentes de la enfermedad.
Por otro lado, una vez iniciada la infección, el mildiu puede propagarse con rapidez a través de ciclos secundarios. Tal y como recoge el informe de la RAIF, estas nuevas contaminaciones “requieren únicamente la presencia de agua libre sobre los órganos verdes”, pudiendo desarrollarse de forma “explosiva” si se mantienen condiciones de humedad elevada y temperaturas moderadas, en torno a los 20 o 25 grados.
En ese contexto, la campaña actual parte con un factor añadido de riesgo. Los expertos recuerdan que “dado el elevado nivel de incidencia registrado durante la campaña anterior, se espera una alta carga de inóculo invernante”, lo que incrementa la probabilidad de infecciones tempranas y obliga a reforzar los controles en campo. Por ello, insisten en que “resulta fundamental intensificar los muestreos en estas fases iniciales del cultivo”, especialmente tras episodios de lluvia y en parcelas históricamente más sensibles.
De igual modo, la enfermedad no solo compromete la cantidad de la cosecha, sino también la calidad final de la uva y del vino. Las bayas afectadas pueden dejar de crecer, arrugarse o caer, con pérdidas que en casos severos pueden alcanzar entre el 50 por ciento y el 80 por ciento o incluso la totalidad de la producción. Asimismo, las uvas que sobreviven pueden presentar menor concentración de azúcares, maduración irregular y alteraciones en su composición, lo que repercute directamente en las características organolépticas del vino.
Además, el mildiu afecta a hojas, brotes y sarmientos, debilitando la planta y reduciendo su capacidad fotosintética. La defoliación prematura limita la acumulación de azúcares en la uva, mientras que el debilitamiento general de la vid la hace más vulnerable a otras enfermedades o a condiciones climáticas adversas.
En ese sentido, desde el Aula de Viticultura del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Protegida (DOP) Montilla-Moriles, su responsable, Ángela Portero, subraya cada año que “la detección precoz y su comunicación inmediata son beneficiosas para reducir costes y también para el medio ambiente, ya que se promueve una forma de producir más sostenible y se optimizan los tratamientos”.
Por otro lado, el control del mildiu requiere una combinación de medidas preventivas y culturales. Los técnicos recomiendan “la aplicación de fungicidas de contacto (protectores) antes de que se produzcan las primeras contaminaciones primarias”, asegurando siempre una cobertura adecuada del follaje. En situaciones de mayor riesgo, añaden que “puede ser necesario complementar con materias activas de carácter sistémico o penetrante que aporten acción curativa limitada”, siempre con productos autorizados.
Asimismo, las prácticas agronómicas desempeñan un papel determinante. La gestión adecuada de la vegetación, la mejora de la aireación del dosel o la eliminación de restos infectados contribuyen a reducir la presión del hongo. En paralelo, el Aula de Viticultura activa los avisos cuando se detectan las primeras manchas, momento en el que los viticultores comienzan a aplicar tratamientos, que pueden ir desde productos a base de cobre, de menor coste, hasta soluciones sistémicas más complejas en caso de infecciones avanzadas.
En conjunto, la evolución de la enfermedad en las próximas semanas dependerá en gran medida de la climatología y de la capacidad de anticipación en las labores de campo. Tal y como resumen los técnicos, “la anticipación, el seguimiento continuo de las condiciones meteorológicas y la correcta integración de medidas preventivas y culturales serán determinantes para limitar el impacto del mildiu en la presente campaña”.
El patógeno, conocido en otras regiones como añublo o mildeo, presenta un comportamiento estrechamente ligado a las condiciones ambientales y puede provocar daños severos en todos los órganos de la planta. Según detallan los técnicos de la RAIF, los primeros síntomas suelen manifestarse en el haz de las hojas en forma de manchas cloróticas translúcidas, conocidas como “manchas de aceite”, un indicio inicial que, en situaciones de alta humedad, evoluciona hacia la aparición de una esporulación blanquecina característica que constituye una fuente activa de nuevas infecciones.
Además, el desarrollo del ciclo biológico del hongo se activa bajo determinadas condiciones meteorológicas. En ese sentido, los especialistas explican que cuando concurren las condiciones de la denominada “regla de los tres dieces” —brotación superior a 10 centímetros, temperatura media superior a 10 ºC y precipitaciones acumuladas de, al menos, 10 litros por metro cuadrado en uno o dos días—, se desencadena la germinación de estas oosporas, responsables de las primeras contaminaciones de la campaña.
La situación actual del viñedo, con brotes que ya superan los diez centímetros en las parcelas más adelantadas y la persistencia de humedad, configura un escenario especialmente propicio para la enfermedad. De hecho, los técnicos advierten de que “la combinación de precipitaciones recientes y de temperaturas suaves y sostenidas está configurando un escenario especialmente propicio para el inicio del ciclo biológico de la enfermedad”, por lo que consideran previsible la aparición de las primeras manchas en los próximos días, especialmente en zonas con antecedentes de la enfermedad.
Por otro lado, una vez iniciada la infección, el mildiu puede propagarse con rapidez a través de ciclos secundarios. Tal y como recoge el informe de la RAIF, estas nuevas contaminaciones “requieren únicamente la presencia de agua libre sobre los órganos verdes”, pudiendo desarrollarse de forma “explosiva” si se mantienen condiciones de humedad elevada y temperaturas moderadas, en torno a los 20 o 25 grados.
En ese contexto, la campaña actual parte con un factor añadido de riesgo. Los expertos recuerdan que “dado el elevado nivel de incidencia registrado durante la campaña anterior, se espera una alta carga de inóculo invernante”, lo que incrementa la probabilidad de infecciones tempranas y obliga a reforzar los controles en campo. Por ello, insisten en que “resulta fundamental intensificar los muestreos en estas fases iniciales del cultivo”, especialmente tras episodios de lluvia y en parcelas históricamente más sensibles.
De igual modo, la enfermedad no solo compromete la cantidad de la cosecha, sino también la calidad final de la uva y del vino. Las bayas afectadas pueden dejar de crecer, arrugarse o caer, con pérdidas que en casos severos pueden alcanzar entre el 50 por ciento y el 80 por ciento o incluso la totalidad de la producción. Asimismo, las uvas que sobreviven pueden presentar menor concentración de azúcares, maduración irregular y alteraciones en su composición, lo que repercute directamente en las características organolépticas del vino.
Además, el mildiu afecta a hojas, brotes y sarmientos, debilitando la planta y reduciendo su capacidad fotosintética. La defoliación prematura limita la acumulación de azúcares en la uva, mientras que el debilitamiento general de la vid la hace más vulnerable a otras enfermedades o a condiciones climáticas adversas.
En ese sentido, desde el Aula de Viticultura del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Protegida (DOP) Montilla-Moriles, su responsable, Ángela Portero, subraya cada año que “la detección precoz y su comunicación inmediata son beneficiosas para reducir costes y también para el medio ambiente, ya que se promueve una forma de producir más sostenible y se optimizan los tratamientos”.
Por otro lado, el control del mildiu requiere una combinación de medidas preventivas y culturales. Los técnicos recomiendan “la aplicación de fungicidas de contacto (protectores) antes de que se produzcan las primeras contaminaciones primarias”, asegurando siempre una cobertura adecuada del follaje. En situaciones de mayor riesgo, añaden que “puede ser necesario complementar con materias activas de carácter sistémico o penetrante que aporten acción curativa limitada”, siempre con productos autorizados.
Asimismo, las prácticas agronómicas desempeñan un papel determinante. La gestión adecuada de la vegetación, la mejora de la aireación del dosel o la eliminación de restos infectados contribuyen a reducir la presión del hongo. En paralelo, el Aula de Viticultura activa los avisos cuando se detectan las primeras manchas, momento en el que los viticultores comienzan a aplicar tratamientos, que pueden ir desde productos a base de cobre, de menor coste, hasta soluciones sistémicas más complejas en caso de infecciones avanzadas.
En conjunto, la evolución de la enfermedad en las próximas semanas dependerá en gran medida de la climatología y de la capacidad de anticipación en las labores de campo. Tal y como resumen los técnicos, “la anticipación, el seguimiento continuo de las condiciones meteorológicas y la correcta integración de medidas preventivas y culturales serán determinantes para limitar el impacto del mildiu en la presente campaña”.
JUAN PABLO BELLIDO / REDACCIÓN
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR






























