La llegada de los Reyes Magos transforma cada año las calles en un espectáculo de luz, música y alegría. Melchor, Gaspar y Baltasar, personajes legendarios que encarnan siglos de historia, simbolismo y emoción infantil, continúan siendo una parte esencial de las celebraciones navideñas, y su legado se expresa tanto en la fe como en las tradiciones populares.
Los Reyes Magos llegan a Montilla a caballo (2015).
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]
Detrás de la ilusión de los más pequeños por los regalos y los caramelos lanzados desde las carrozas, existen raíces profundas que abarcan desde los evangelios canónicos hasta las reliquias medievales y las manifestaciones artísticas de la cristiandad occidental.
La única fuente bíblica que menciona a estos personajes es el Evangelio de Mateo, donde se los denomina simplemente “magos de Oriente”, unos sabios guiados por una estrella que siguieron hasta Belén para rendir homenaje al niño Jesús, ofreciendo oro, incienso y mirra. Mateo no especifica ni cuántos eran, ni sus nombres, ni que fueran reyes; esos detalles se consolidan a través de tradiciones posteriores y de interpretaciones teológicas y artísticas que surgieron en los primeros siglos de la cristiandad.
La figura del mago, en su origen, no aludía a soberanos sino a astrólogos o sabios persas expertos en la lectura de las estrellas, cuya presencia en los relatos cristianos podría reflejar la idea de que la sabiduría universal reconocía al Mesías recién nacido.
Con el paso del tiempo, especialmente a partir del siglo III, personajes como Tertuliano —obispo y escritor de la Iglesia primitiva— comenzaron a identificar a estos visitantes como reyes, en parte para vincularlos con antiguas profecías del Antiguo Testamento que hablaban de que los reyes rendirían homenaje al Salvador.
Al mismo tiempo, el número de tres magos se consolidó en la tradición occidental, probablemente por la vinculación con los tres regalos y su simbolismo teológico: el oro como reconocimiento de realeza, el incienso como símbolo de divinidad y la mirra como presagio del sufrimiento y la humanidad de Cristo.
Mosaico de los Reyes Magos en la Basílica de San Apolinar el Nuevo de Rávena.
[FOTO: JUAN PABLO BELLIDO]
Los nombres Melchor, Gaspar y Baltasar —tan familiares para millones de niños y familias— tienen su origen temprano en la tradición cristiana occidental. Aparecen por primera vez en un mosaico del siglo VI en la Basílica de San Apolinar el Nuevo de Rávena, Italia, donde se representa su adoración ante el Niño Jesús en vestimentas que evocan las influencias persas de la época.
Esta obra bizantina, realizada bajo el patrocinio del emperador Justiniano, es considerada la primera representación conocida de los magos con nombres propios, y con ella comienza a cimentarse la iconografía que ha llegado hasta nuestros días. Curiosamente, Baltasar no aparece representado como un hombre de tez morena.
A partir del Renacimiento y especialmente desde el siglo XV, esta iconografía se fijó definitivamente en el arte cristiano: Melchor suele representarse como un anciano de barba blanca, asociado tradicionalmente con Europa y portador de oro para honrar a Jesús como rey; Gaspar aparece como un hombre de mediana edad, con pelo castaño o pelirrojo que evocaría a Asia, portando el incienso como símbolo de divinidad; y Baltasar es representado como un hombre de tez oscura, procedente de África, que regala mirra para anunciar al mundo el destino humano y sacrificial de Jesús.
Esta identificación no solo responde a patrones geográficos imaginados en la Edad Media, sino también a un mensaje teológico de universalidad: toda la humanidad, representada por los pueblos y continentes conocidos en aquel entonces, rinde homenaje al Cristo recién nacido.
La tradición de las reliquias de los Reyes Magos también ha jugado un papel fundamental en la construcción del culto a estas figuras. Según la tradición, las reliquias de los Magos fueron trasladadas desde Tierra Santa a Constantinopla y luego a Milán, donde permanecieron durante siglos en la Basílica de San Eustorgio.
Primer sarcófago de los Reyes Magos, en la Basílica de San Eustorgio de Milán.
[FOTO: JUAN PABLO BELLIDO]
Allí, en el transepto derecho, se conserva el sarcófago en el que se habría depositado originalmente su sepultura, reliquia que, según la leyenda, fue enviada por el emperador a Eustorgio como prueba de un profundo vínculo entre Oriente y Occidente. Estas reliquias permanecieron en Milán hasta que las tropas del emperador Federico Barbarroja saquearon la ciudad en 1162, trasladándolas a Colonia (Alemania).
En la Catedral de Colonia, un impresionante relicario de oro y plata —el llamado Dreikönigenschrein o relicario de los Tres Reyes— guarda lo que se considera, por tradición, los restos venerados de los Magos. Este relicario, completado alrededor de 1225 por el orfebre medieval Nicolás de Verdún y enriquecido con coronas de oro donadas por el emperador Otto IV, se convirtió en un foco de peregrinación durante la Edad Media, con fieles que acudían desde toda Europa para venerar a los “Tres Reyes” y solicitar su intercesión.
A través de los siglos, estas reliquias y su culto contribuyeron a difundir la festividad de la Epifanía, que en Occidente se celebra el 6 de enero, fecha en la que se conmemora la manifestación de Cristo a los gentiles representada por la visita de los magos. En España, esta solemnidad ha dado lugar a tradiciones populares profundamente arraigadas, que combinan elementos religiosos y sociales.
Una de las manifestaciones más queridas y extendidas en el país es la cabalgata de Reyes, un desfile festivo que tiene lugar la tarde del 5 de enero, víspera de la Epifanía. Aunque las cabalgatas modernas son un fenómeno relativamente reciente —la más antigua documentada se remonta a 1885 en Alcoy (Alicante)— la tradición se ha consolidado en prácticamente todos los municipios de España, desde grandes capitales hasta pequeños pueblos, cada uno con sus singularidades regionales.
En algunas localidades, las cabalgatas incluyen carrozas elaboradas por las asociaciones de madres y padres de alumnos de los centros educativos, con pastores, personajes de Disney o del Universo Marvel y bandas de música. El propósito es siempre el mismo: anunciar y recrear simbólicamente la llegada de los Reyes y repartir caramelos, golosinas y pequeños regalos a los niños que esperan junto a las calles.
Cabalgata de Reyes Magos en Montilla (2020).
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]
El roscón de Reyes es otra tradición inconfundible de la Epifanía en España. Este pan dulce de forma circular simboliza, por un lado, la corona de los Reyes Magos y, por otro, el amor eterno de Dios, sin principio ni fin, como lo implica su forma redonda.
Es costumbre esconder en su interior una figura del niño Jesús y un haba seca: quien encuentra la figurita es considerado afortunado, y quien halla el haba debe, según la tradición, invitar o comprar el roscón el próximo año. Este rito, que entronca con prácticas antiguas de celebración del solsticio de invierno, se reforzó en España con influencias culturales y sociales a lo largo de los siglos, incluyendo la adopción de elementos de las Saturnales romanas y su reinterpretación cristiana por parte de los soldados de los Tercios en los Países Bajos entre los siglos XVI y XVII, que introdujeron la costumbre de esconder un haba en un pastel redondo.
Además de cabalgatas y roscones, la noche de Reyes está impregnada de otras prácticas tradicionales: los niños escriben cartas a los Reyes solicitando juguetes y regalos, colocan sus zapatos en los balcones para que sean llenados durante la noche, y en muchas familias se deja agua y comida para los camellos de los Magos, o incluso una copita de licor o tres vasos de leche y dulces para que los reyes repunten fuerzas tras su largo viaje.
Todas estas costumbres mezclan la memoria religiosa con la fantasía y el juego familiar, y refuerzan la idea de que la Epifanía no es solo una fecha litúrgica, sino un momento de convivencia intergeneracional que cierra simbólicamente la temporada navideña.
Hoy, los Reyes Magos siguen siendo un puente entre pasado y presente, entre historia, fe y cultura popular. Desde los mosaicos bizantinos de Rávena y las reliquias de Colonia hasta las calles iluminadas de España cada 5 y 6 de enero, los tres magos continúan inspirando relatos, celebraciones y emociones que unen a generaciones enteras en torno a la ilusión de dar, recibir y compartir.
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]
Detrás de la ilusión de los más pequeños por los regalos y los caramelos lanzados desde las carrozas, existen raíces profundas que abarcan desde los evangelios canónicos hasta las reliquias medievales y las manifestaciones artísticas de la cristiandad occidental.
La única fuente bíblica que menciona a estos personajes es el Evangelio de Mateo, donde se los denomina simplemente “magos de Oriente”, unos sabios guiados por una estrella que siguieron hasta Belén para rendir homenaje al niño Jesús, ofreciendo oro, incienso y mirra. Mateo no especifica ni cuántos eran, ni sus nombres, ni que fueran reyes; esos detalles se consolidan a través de tradiciones posteriores y de interpretaciones teológicas y artísticas que surgieron en los primeros siglos de la cristiandad.
La figura del mago, en su origen, no aludía a soberanos sino a astrólogos o sabios persas expertos en la lectura de las estrellas, cuya presencia en los relatos cristianos podría reflejar la idea de que la sabiduría universal reconocía al Mesías recién nacido.
Con el paso del tiempo, especialmente a partir del siglo III, personajes como Tertuliano —obispo y escritor de la Iglesia primitiva— comenzaron a identificar a estos visitantes como reyes, en parte para vincularlos con antiguas profecías del Antiguo Testamento que hablaban de que los reyes rendirían homenaje al Salvador.
Al mismo tiempo, el número de tres magos se consolidó en la tradición occidental, probablemente por la vinculación con los tres regalos y su simbolismo teológico: el oro como reconocimiento de realeza, el incienso como símbolo de divinidad y la mirra como presagio del sufrimiento y la humanidad de Cristo.
[FOTO: JUAN PABLO BELLIDO]
Los nombres Melchor, Gaspar y Baltasar —tan familiares para millones de niños y familias— tienen su origen temprano en la tradición cristiana occidental. Aparecen por primera vez en un mosaico del siglo VI en la Basílica de San Apolinar el Nuevo de Rávena, Italia, donde se representa su adoración ante el Niño Jesús en vestimentas que evocan las influencias persas de la época.
Esta obra bizantina, realizada bajo el patrocinio del emperador Justiniano, es considerada la primera representación conocida de los magos con nombres propios, y con ella comienza a cimentarse la iconografía que ha llegado hasta nuestros días. Curiosamente, Baltasar no aparece representado como un hombre de tez morena.
A partir del Renacimiento y especialmente desde el siglo XV, esta iconografía se fijó definitivamente en el arte cristiano: Melchor suele representarse como un anciano de barba blanca, asociado tradicionalmente con Europa y portador de oro para honrar a Jesús como rey; Gaspar aparece como un hombre de mediana edad, con pelo castaño o pelirrojo que evocaría a Asia, portando el incienso como símbolo de divinidad; y Baltasar es representado como un hombre de tez oscura, procedente de África, que regala mirra para anunciar al mundo el destino humano y sacrificial de Jesús.
Esta identificación no solo responde a patrones geográficos imaginados en la Edad Media, sino también a un mensaje teológico de universalidad: toda la humanidad, representada por los pueblos y continentes conocidos en aquel entonces, rinde homenaje al Cristo recién nacido.
El viaje de las reliquias
La tradición de las reliquias de los Reyes Magos también ha jugado un papel fundamental en la construcción del culto a estas figuras. Según la tradición, las reliquias de los Magos fueron trasladadas desde Tierra Santa a Constantinopla y luego a Milán, donde permanecieron durante siglos en la Basílica de San Eustorgio.
[FOTO: JUAN PABLO BELLIDO]
Allí, en el transepto derecho, se conserva el sarcófago en el que se habría depositado originalmente su sepultura, reliquia que, según la leyenda, fue enviada por el emperador a Eustorgio como prueba de un profundo vínculo entre Oriente y Occidente. Estas reliquias permanecieron en Milán hasta que las tropas del emperador Federico Barbarroja saquearon la ciudad en 1162, trasladándolas a Colonia (Alemania).
En la Catedral de Colonia, un impresionante relicario de oro y plata —el llamado Dreikönigenschrein o relicario de los Tres Reyes— guarda lo que se considera, por tradición, los restos venerados de los Magos. Este relicario, completado alrededor de 1225 por el orfebre medieval Nicolás de Verdún y enriquecido con coronas de oro donadas por el emperador Otto IV, se convirtió en un foco de peregrinación durante la Edad Media, con fieles que acudían desde toda Europa para venerar a los “Tres Reyes” y solicitar su intercesión.
A través de los siglos, estas reliquias y su culto contribuyeron a difundir la festividad de la Epifanía, que en Occidente se celebra el 6 de enero, fecha en la que se conmemora la manifestación de Cristo a los gentiles representada por la visita de los magos. En España, esta solemnidad ha dado lugar a tradiciones populares profundamente arraigadas, que combinan elementos religiosos y sociales.
Las cabalgatas de Reyes
Una de las manifestaciones más queridas y extendidas en el país es la cabalgata de Reyes, un desfile festivo que tiene lugar la tarde del 5 de enero, víspera de la Epifanía. Aunque las cabalgatas modernas son un fenómeno relativamente reciente —la más antigua documentada se remonta a 1885 en Alcoy (Alicante)— la tradición se ha consolidado en prácticamente todos los municipios de España, desde grandes capitales hasta pequeños pueblos, cada uno con sus singularidades regionales.
En algunas localidades, las cabalgatas incluyen carrozas elaboradas por las asociaciones de madres y padres de alumnos de los centros educativos, con pastores, personajes de Disney o del Universo Marvel y bandas de música. El propósito es siempre el mismo: anunciar y recrear simbólicamente la llegada de los Reyes y repartir caramelos, golosinas y pequeños regalos a los niños que esperan junto a las calles.
[FOTO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR]
El roscón de Reyes: la tradición más dulce
El roscón de Reyes es otra tradición inconfundible de la Epifanía en España. Este pan dulce de forma circular simboliza, por un lado, la corona de los Reyes Magos y, por otro, el amor eterno de Dios, sin principio ni fin, como lo implica su forma redonda.
Es costumbre esconder en su interior una figura del niño Jesús y un haba seca: quien encuentra la figurita es considerado afortunado, y quien halla el haba debe, según la tradición, invitar o comprar el roscón el próximo año. Este rito, que entronca con prácticas antiguas de celebración del solsticio de invierno, se reforzó en España con influencias culturales y sociales a lo largo de los siglos, incluyendo la adopción de elementos de las Saturnales romanas y su reinterpretación cristiana por parte de los soldados de los Tercios en los Países Bajos entre los siglos XVI y XVII, que introdujeron la costumbre de esconder un haba en un pastel redondo.
Además de cabalgatas y roscones, la noche de Reyes está impregnada de otras prácticas tradicionales: los niños escriben cartas a los Reyes solicitando juguetes y regalos, colocan sus zapatos en los balcones para que sean llenados durante la noche, y en muchas familias se deja agua y comida para los camellos de los Magos, o incluso una copita de licor o tres vasos de leche y dulces para que los reyes repunten fuerzas tras su largo viaje.
Todas estas costumbres mezclan la memoria religiosa con la fantasía y el juego familiar, y refuerzan la idea de que la Epifanía no es solo una fecha litúrgica, sino un momento de convivencia intergeneracional que cierra simbólicamente la temporada navideña.
Hoy, los Reyes Magos siguen siendo un puente entre pasado y presente, entre historia, fe y cultura popular. Desde los mosaicos bizantinos de Rávena y las reliquias de Colonia hasta las calles iluminadas de España cada 5 y 6 de enero, los tres magos continúan inspirando relatos, celebraciones y emociones que unen a generaciones enteras en torno a la ilusión de dar, recibir y compartir.
JUAN PABLO BELLIDO / REDACCIÓN
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR / JUAN PABLO BELLIDO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR / JUAN PABLO BELLIDO




























