El aumento de determinadas plagas agrícolas preocupa cada vez más al sector vitivinícola del marco Montilla-Moriles en un contexto marcado por alteraciones climáticas y cambios en los sistemas de cultivo que están modificando el equilibrio tradicional del campo.
Entre esas amenazas emergentes destaca la oruga peluda (Ocnogyna baetica Ramb.), un lepidóptero con capacidad para causar daños de importancia económica en el viñedo y que, como cada mes de enero, vuelve a situarse en el centro de atención cuando su fase larvaria coincide con los momentos más delicados del desarrollo de la vid.
Los técnicos de la Red de Alerta e Información Fitosanitaria (RAIF) comentan que “en los últimos años se ha observado un aumento de la incidencia de determinadas plagas asociadas a alteraciones climáticas y cambios en los sistemas de cultivo”, un escenario que ha favorecido la expansión de especies con gran capacidad de adaptación.
En ese sentido, señalan que la oruga peluda “puede convertirse en una plaga de importancia económica en viñedo cuando su fase larvaria coincide con los estados fenológicos más sensibles de la planta”. Y es que se trata de una especie polífaga, capaz de alimentarse de distintos hospedantes, lo que incrementa su potencial de dispersión y supervivencia.
Se trata de una plaga frecuente en cultivos como la haba, la remolacha azucarera de siembra otoñal y la vid, entre otros, lo que explica que su seguimiento resulte clave en zonas agrícolas con diversidad de producciones. Su distribución se concentra en la mitad sur de España y presenta una sola generación anual, un dato que condiciona tanto su comportamiento como las estrategias de control.
El ciclo biológico de este insecto está estrechamente ligado a las condiciones climáticas. Los adultos aparecen, según las zonas, entre los meses de octubre y diciembre. La hembra, que carece de alas, realiza la puesta en el mismo lugar donde se ha producido la crisalidación, mientras que el macho, alado, se desplaza para localizarla. Tras las primeras lluvias de otoño, la hembra deposita entre 700 y 1.000 huevos, con un periodo de incubación que puede oscilar entre 40 y 70 días, dependiendo del ambiente.
Entre diciembre y enero es habitual detectar sobre plantas herbáceas unas llamativas telarañas, tejidas por las propias larvas, bajo las cuales las orugas permanecen agrupadas en colonias para pasar el invierno. Los técnicos de la RAIF detallan que “los inviernos secos favorecen a la plaga, ya que las lluvias intensas destruyen las telarañas”, y añaden que “el frío no afecta de forma significativa a las larvas”. En ese refugio sedoso continúan alimentándose de distintas plantas huésped, esperando el momento de mayor actividad.
A partir de febrero comienza la fase más problemática: la dispersión. En ese periodo, las orugas se mueven de manera errática y se alimentan con gran voracidad, pudiendo recorrer distancias de entre 100 y 300 metros. Ese comportamiento facilita la colonización de nuevas parcelas y explica por qué, en poco tiempo, un foco localizado puede acabar afectando a amplias superficies de viñedo. La crisalidación se produce en el suelo entre finales de marzo y abril, permaneciendo enterradas hasta la emergencia de los adultos tras las lluvias de otoño.
Los daños más severos en viñedo se registran cuando esa fase de dispersión coincide con la brotación de la vid. Las orugas se alimentan en desborre, punta verde y hojas jóvenes extendidas, llegando a destruir la yema principal. Esta circunstancia obliga a la planta a activar la yema secundaria, que generalmente no presenta racimos, lo que se traduce en retrasos en la brotación, pérdidas parciales o totales de la cosecha y una descompensación vegetativa de la cepa. En ataques especialmente intensos, la viña puede quedar completamente desfoliada en sus primeros estadios, una imagen que los viticultores temen ver repetida.
La estrategia de control pasa, según subrayan los especialistas, por actuar en el momento adecuado. El control resulta más eficaz, económico y con menor impacto ambiental cuando las orugas aún permanecen agrupadas en colonias. Por ello, el seguimiento y la detección temprana se convierten en herramientas fundamentales.
Se recomienda, así, realizar recorridos por las lindes del viñedo, terrenos adyacentes, márgenes y zonas sin laboreo, preferentemente en las mañanas con rocío, cuando las telarañas son más visibles. En viñedos en espaldera, es recomendable mover los alambres, ya que facilita la caída de las orugas y su detección, mientras que en cepas en vaso conviene revisar brazos y malas hierbas del pie.
En cuanto a los métodos de control, el mecánico está indicado en agricultura ecológica o en parcelas con restricciones en el uso de productos fitosanitarios. La destrucción manual de colonias mediante lamparillas, el pisado cuando aún son pequeñas o la eliminación de las telarañas protectoras resultan eficaces siempre que la población se mantenga agrupada.
Cuando se recurre al control químico, debe hacerse únicamente con insecticidas autorizados para su aplicación en terrenos sin labrar, lindes, olivares con cubierta vegetal o márgenes públicos, ajustando la intervención a la distribución de la plaga, ya sea mediante tratamientos localizados o generales.
Los técnicos de la RAIF advierten de que “los tratamientos generalizados eliminan también fauna auxiliar, pudiendo favorecer la aparición de otras plagas secundarias, como araña”. Además, recuerdan que “las alteraciones climáticas —incremento de lluvias, adelanto del calor y fenómenos extremos— están provocando eclosiones extemporáneas de algunas especies de invertebrados, aumentando su impacto al coincidir con estadios sensibles de los cultivos”.
En este contexto, la labor de la RAIF adquiere un papel estratégico. Esta iniciativa pionera en España se puso en marcha por primera vez en Andalucía en 1996 y ofrece información actualizada sobre el estado fitosanitario de los principales cultivos andaluces, disponible a través de la página web de la Consejería de Agricultura, Pesca, Agua y Desarrollo Rural.
Actualmente, la red proporciona datos sobre cultivos tan diversos como ajo, algodón, almendro, arroz, cereales de invierno, cítricos, fresa, frutos rojos, hortícolas protegidos, olivo, patata, remolacha azucarera, tomate para transformación industrial, vid y zanahoria.
La información se elabora a partir de los datos aportados por técnicos de las Agrupaciones para Tratamientos Integrados en Agricultura, de las Agrupaciones de Producción Integrada (API) y de una amplia red propia de técnicos de campo, más de medio millar en total.
El territorio andaluz se divide en zonas biológicas con comportamiento agroecológico similar y, dentro de ellas, se trabaja con estaciones de control biológico situadas en parcelas de cultivo. En estos puntos —más de 5.000 en toda Andalucía— se realiza un seguimiento semanal de la fenología y de la incidencia de plagas y enfermedades, apoyado además por una red de más de 209 estaciones meteorológicas automáticas.
Las conclusiones son claras: la oruga peluda constituye una plaga potencialmente peligrosa para el viñedo cuando su fase larvaria coincide con la brotación. Una correcta identificación, un seguimiento temprano de las colonias y una estrategia de control basada en criterios técnicos y medioambientales permiten minimizar los daños y preservar el equilibrio del agroecosistema, un objetivo que, hoy más que nunca, se percibe como una necesidad compartida por viticultores y técnicos.
Entre esas amenazas emergentes destaca la oruga peluda (Ocnogyna baetica Ramb.), un lepidóptero con capacidad para causar daños de importancia económica en el viñedo y que, como cada mes de enero, vuelve a situarse en el centro de atención cuando su fase larvaria coincide con los momentos más delicados del desarrollo de la vid.
Los técnicos de la Red de Alerta e Información Fitosanitaria (RAIF) comentan que “en los últimos años se ha observado un aumento de la incidencia de determinadas plagas asociadas a alteraciones climáticas y cambios en los sistemas de cultivo”, un escenario que ha favorecido la expansión de especies con gran capacidad de adaptación.
En ese sentido, señalan que la oruga peluda “puede convertirse en una plaga de importancia económica en viñedo cuando su fase larvaria coincide con los estados fenológicos más sensibles de la planta”. Y es que se trata de una especie polífaga, capaz de alimentarse de distintos hospedantes, lo que incrementa su potencial de dispersión y supervivencia.
Se trata de una plaga frecuente en cultivos como la haba, la remolacha azucarera de siembra otoñal y la vid, entre otros, lo que explica que su seguimiento resulte clave en zonas agrícolas con diversidad de producciones. Su distribución se concentra en la mitad sur de España y presenta una sola generación anual, un dato que condiciona tanto su comportamiento como las estrategias de control.
El ciclo biológico de este insecto está estrechamente ligado a las condiciones climáticas. Los adultos aparecen, según las zonas, entre los meses de octubre y diciembre. La hembra, que carece de alas, realiza la puesta en el mismo lugar donde se ha producido la crisalidación, mientras que el macho, alado, se desplaza para localizarla. Tras las primeras lluvias de otoño, la hembra deposita entre 700 y 1.000 huevos, con un periodo de incubación que puede oscilar entre 40 y 70 días, dependiendo del ambiente.
Entre diciembre y enero es habitual detectar sobre plantas herbáceas unas llamativas telarañas, tejidas por las propias larvas, bajo las cuales las orugas permanecen agrupadas en colonias para pasar el invierno. Los técnicos de la RAIF detallan que “los inviernos secos favorecen a la plaga, ya que las lluvias intensas destruyen las telarañas”, y añaden que “el frío no afecta de forma significativa a las larvas”. En ese refugio sedoso continúan alimentándose de distintas plantas huésped, esperando el momento de mayor actividad.
A partir de febrero comienza la fase más problemática: la dispersión. En ese periodo, las orugas se mueven de manera errática y se alimentan con gran voracidad, pudiendo recorrer distancias de entre 100 y 300 metros. Ese comportamiento facilita la colonización de nuevas parcelas y explica por qué, en poco tiempo, un foco localizado puede acabar afectando a amplias superficies de viñedo. La crisalidación se produce en el suelo entre finales de marzo y abril, permaneciendo enterradas hasta la emergencia de los adultos tras las lluvias de otoño.
Los daños más severos en viñedo se registran cuando esa fase de dispersión coincide con la brotación de la vid. Las orugas se alimentan en desborre, punta verde y hojas jóvenes extendidas, llegando a destruir la yema principal. Esta circunstancia obliga a la planta a activar la yema secundaria, que generalmente no presenta racimos, lo que se traduce en retrasos en la brotación, pérdidas parciales o totales de la cosecha y una descompensación vegetativa de la cepa. En ataques especialmente intensos, la viña puede quedar completamente desfoliada en sus primeros estadios, una imagen que los viticultores temen ver repetida.
La estrategia de control pasa, según subrayan los especialistas, por actuar en el momento adecuado. El control resulta más eficaz, económico y con menor impacto ambiental cuando las orugas aún permanecen agrupadas en colonias. Por ello, el seguimiento y la detección temprana se convierten en herramientas fundamentales.
Se recomienda, así, realizar recorridos por las lindes del viñedo, terrenos adyacentes, márgenes y zonas sin laboreo, preferentemente en las mañanas con rocío, cuando las telarañas son más visibles. En viñedos en espaldera, es recomendable mover los alambres, ya que facilita la caída de las orugas y su detección, mientras que en cepas en vaso conviene revisar brazos y malas hierbas del pie.
En cuanto a los métodos de control, el mecánico está indicado en agricultura ecológica o en parcelas con restricciones en el uso de productos fitosanitarios. La destrucción manual de colonias mediante lamparillas, el pisado cuando aún son pequeñas o la eliminación de las telarañas protectoras resultan eficaces siempre que la población se mantenga agrupada.
Cuando se recurre al control químico, debe hacerse únicamente con insecticidas autorizados para su aplicación en terrenos sin labrar, lindes, olivares con cubierta vegetal o márgenes públicos, ajustando la intervención a la distribución de la plaga, ya sea mediante tratamientos localizados o generales.
Los técnicos de la RAIF advierten de que “los tratamientos generalizados eliminan también fauna auxiliar, pudiendo favorecer la aparición de otras plagas secundarias, como araña”. Además, recuerdan que “las alteraciones climáticas —incremento de lluvias, adelanto del calor y fenómenos extremos— están provocando eclosiones extemporáneas de algunas especies de invertebrados, aumentando su impacto al coincidir con estadios sensibles de los cultivos”.
En este contexto, la labor de la RAIF adquiere un papel estratégico. Esta iniciativa pionera en España se puso en marcha por primera vez en Andalucía en 1996 y ofrece información actualizada sobre el estado fitosanitario de los principales cultivos andaluces, disponible a través de la página web de la Consejería de Agricultura, Pesca, Agua y Desarrollo Rural.
Actualmente, la red proporciona datos sobre cultivos tan diversos como ajo, algodón, almendro, arroz, cereales de invierno, cítricos, fresa, frutos rojos, hortícolas protegidos, olivo, patata, remolacha azucarera, tomate para transformación industrial, vid y zanahoria.
La información se elabora a partir de los datos aportados por técnicos de las Agrupaciones para Tratamientos Integrados en Agricultura, de las Agrupaciones de Producción Integrada (API) y de una amplia red propia de técnicos de campo, más de medio millar en total.
El territorio andaluz se divide en zonas biológicas con comportamiento agroecológico similar y, dentro de ellas, se trabaja con estaciones de control biológico situadas en parcelas de cultivo. En estos puntos —más de 5.000 en toda Andalucía— se realiza un seguimiento semanal de la fenología y de la incidencia de plagas y enfermedades, apoyado además por una red de más de 209 estaciones meteorológicas automáticas.
Las conclusiones son claras: la oruga peluda constituye una plaga potencialmente peligrosa para el viñedo cuando su fase larvaria coincide con la brotación. Una correcta identificación, un seguimiento temprano de las colonias y una estrategia de control basada en criterios técnicos y medioambientales permiten minimizar los daños y preservar el equilibrio del agroecosistema, un objetivo que, hoy más que nunca, se percibe como una necesidad compartida por viticultores y técnicos.
JUAN PABLO BELLIDO / REDACCIÓN
FOTOGRAFÍA: JUAN PABLO BELLIDO
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