Finalmente, Donald Trump se ha salido con la suya y, tras las bravuconadas previas a las que nos tiene acostumbrados, ha decidido bombardear quirúrgicamente Venezuela para que sus comandos de élite pudieran secuestrar, en una operación tan espectacular como rápida, a Nicolás Maduro y su esposa. Una vez más, Estados Unidos recurre al poderío de su fuerza militar para imponer su santa voluntad, en función de sus exclusivos intereses, en un continente que considera el “patio trasero” de su propiedad.
Por eso no oculta, sino que lo expresa abiertamente, que quiere el control de América entera o, como denomina al continente, el “hemisferio occidental”. De hecho, ya ha amenazado a Colombia, Cuba, Panamá, México y Groenlandia como próximos objetivos. Así lo proclama por escrito el recién aprobado Documento de Estrategia Nacional: “Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental”.
Y por si quedaran dudas, el asesor principal de Política Interior del presidente, Stephen Miller, ha reconocido en una entrevista que “Estados Unidos tiene derecho a tomar posesión de Groenlandia y controlar a estados más débiles haciendo uso de su poderío militar”.
Es decir, que Donald Trump está decidido en su segundo mandato a poner el mundo a sus pies y trastocar el viejo orden mundial, por la fuerza si fuera necesario, para hacer valer su lema de “America First” (Primero, América) como respuesta al supuesto declive estadounidense y sustituir aquel dominio global, hoy en disputa por China fundamentalmente, por un, al menos, imperio hemisférico occidental.
Tales modos violentos los creíamos superados por imperativos de la legalidad internacional que obliga a respetar el derecho a la inviolabilidad territorial y la soberanía de los estados como norma básica en las relaciones internacionales. Pero, para sorpresa de ingenuos, vuelven a la palestra en la manera descarada y nada sutil que caracteriza al actual presidente norteamericano.
Así, asistimos a una “política de cañoneras” que Estados Unidos recupera como vía expeditiva para disciplinar a los países díscolos que no acatan los dictados de la gran potencia. Pudiera parecer trasnochado, pero es exactamente lo que pone en evidencia el ataque a Venezuela.
Se trata de una tendencia que el águila yankee no es capaz de reprimir, como la innata predisposición del escorpión a picar. Y sus consecuencias se pueden rastrear con facilidad porque, tristemente, forman parte de la historia de los países de la América Latina, siempre condicionados, manipulados, saqueados y maltratados por Estados Unidos de América, la bota del Norte que los pisotea.
Es una tradición que arrancó antes incluso que la colonización española (incas, mayas, aztecas...), que la aplicó con afanes “civilizatorios” (religión y lengua) mientras saqueaba sus recursos (Potosí y otras minas), y que se prolongó luego, tras las sucesivas emancipaciones independentistas, con la voracidad insaciable del moderno imperio estadounidense, cada vez más hambriento de poder.
Es lo que describe magistralmente Eduardo Galeano cuando denuncia que “una legión de piratas, mercaderes, banqueros, marines, tecnócratas, boinas verdes, embajadores y capitanes de empresa norteamericanos se han apoderado, a lo largo de una historia negra, de la vida y destino de la mayoría de los pueblos del sur”.
Recurrir a la fuerza no es algo nuevo. Los actos “disciplinarios” de Estados Unidos mediante la violencia son recurrentes, bien de manera directa, bien de forma teledirigida. Así lo ha hecho siempre. Desde su apoyo a la guerra de Cuba, con la que acabó anexionándose Puerto Rico, Filipinas y Guam y mantuvo bajo control absoluto a Cuba hasta la llegada de Fidel Castro, Estados Unidos no ha dejado jamás de interferir en cualquier país del hemisferio que considere estratégico para su existencia y expansión.
Su larga mano se percibe en el derrocamiento del presidente socialista de Chile mediante un golpe de Estado patrocinado por la CIA y la implantación de la dictadura de Pinochet. La excusa entonces fue que no podía permitir que un país “se vuelva comunista debido a la irresponsabilidad de su gente”, como declaró Henry Kissinger, secretario de Estado en aquella ocasión.
De igual modo actuó en Brasil, Argentina, Uruguay y otros países de Sudamérica y el Caribe. Incluso, en pleno siglo XXI, no ha tenido remilgos para invadir países con enormes reservas de petróleo (¿casualidad?), como Irak en 2003, arguyendo que poseía armas de destrucción masiva, y ahora Venezuela, a la que acusa de narcotráfico y a Maduro, de liderar un cartel de la droga. Justificaciones que a la larga resultan falaces.
Donald Trump se cree providencial y no para en sutilezas ni pierde el tiempo en formalidades. Ni la democracia ni el derecho internacional representan líneas rojas que sus objetivos deban respetar. De ahí que esté dispuesto a sabotear el viejo orden mundial que rige las relaciones tanto políticas como comerciales entre los estados y que, a su juicio, representa un obstáculo para los intereses de Estados Unidos, limitando su poder a nivel global.
Aquel viejo orden que sustentó una globalización basada en el multilateralismo está siendo sustituido por un nuevo desorden mundial basado en un unilateralismo que facilita la imposición de condiciones del más fuerte, ansioso de asegurarse el suministro energético y demás recursos.
Trump está convencido de dirigir el país más fuerte, más poderoso, más capaz, con más medios, mayor riqueza, el que aglutina la mayor inteligencia, tecnología y ejército del planeta como para imponer sus reglas al resto de países. Y se ha lanzado a marcar su territorio, aunque tenga que poner el mundo a sus pies. Literalmente.
Un mundo repartido en áreas de influencia que garantizaría la paz entre los imperios dominantes y la no intromisión en sus respectivos “patios traseros”. Como han hecho los imperios históricamente, cuando portugueses y españoles se repartían, en virtud del Tratado de Tordesillas, zonas de navegación y conquista del océano y el Nuevo Mundo para evitar un conflicto de intereses entre ambas monarquías. Hoy, para Estados Unidos, su imprescindible zona de influencia es el continente americano por entero, aparte de otras zonas estratégicas del mundo, naturalmente.
Solo bajo ese contexto parece viable el asalto de Trump a Venezuela y la agresión de Rusia a Ucrania, ambos hechos consumados, tolerados y hasta comprendidos recíprocamente, salvo condenas retóricas que, como el aire, no detienen las balas. Unas zonas de influencia que sirven, además, para advertir a China, cuyo creciente papel en el “hemisferio occidental” causa pavor y es considerado un peligro para la seguridad e intereses expansionistas de Estados Unidos.
Este nuevo desorden mundial posibilitaría a las potencias a imponer de manera unilateral sus condiciones y recurrir a la fuerza para someter a sus vecinos y apropiarse de sus recursos, sin diplomacias ni leyes que limiten su voluntad imperial.
Ni la ONU, ni la Comunidad de Estados Latinoamericanos y caribeños (CELAC), ni la UE, ni siquiera la OTAN han condenado de manera expresa y sin reservas las violaciones del Derecho Internacional y la Carta de Naciones Unidas cometidas por Estados Unidos con el ataque a Venezuela y el secuestro del presidente del país.
Solo un grupo de siete países europeos, España entre ellos, ha rechazado la ilegal iniciativa bélica de Trump en Venezuela y sus proyectos anexionistas de Groenlandia, cuya confiscación supondría, aparte de un ataque a la soberanía danesa del territorio, el fin de la propia OTAN, que tiene como fundamento el principio de defensa colectiva. A menos, claro, que la OTAN “comprenda” la necesidad de Estados Unidos de aumentar su presencia en la isla helada.
Este nuevo desorden mundial trastoca todas las seguridades que brindaba el viejo orden y nos expone a un futuro inmediato totalmente incierto y preocupante, en el que la guerra parece, más que posible, probable si continúan las agresiones a los Estados, las violaciones del Derecho Internacional y el pisoteo cínico a la democracia y la legalidad. Asistimos, en suma, a momentos convulsos y confusos en los que el mundo actual, como el que sufrió Stefan Zweig, parece que se desintegra a pasos agigantados, desbaratando nuestros ideales de paz, libertad y seguridad.
Por eso no oculta, sino que lo expresa abiertamente, que quiere el control de América entera o, como denomina al continente, el “hemisferio occidental”. De hecho, ya ha amenazado a Colombia, Cuba, Panamá, México y Groenlandia como próximos objetivos. Así lo proclama por escrito el recién aprobado Documento de Estrategia Nacional: “Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental”.
Y por si quedaran dudas, el asesor principal de Política Interior del presidente, Stephen Miller, ha reconocido en una entrevista que “Estados Unidos tiene derecho a tomar posesión de Groenlandia y controlar a estados más débiles haciendo uso de su poderío militar”.
Es decir, que Donald Trump está decidido en su segundo mandato a poner el mundo a sus pies y trastocar el viejo orden mundial, por la fuerza si fuera necesario, para hacer valer su lema de “America First” (Primero, América) como respuesta al supuesto declive estadounidense y sustituir aquel dominio global, hoy en disputa por China fundamentalmente, por un, al menos, imperio hemisférico occidental.
Tales modos violentos los creíamos superados por imperativos de la legalidad internacional que obliga a respetar el derecho a la inviolabilidad territorial y la soberanía de los estados como norma básica en las relaciones internacionales. Pero, para sorpresa de ingenuos, vuelven a la palestra en la manera descarada y nada sutil que caracteriza al actual presidente norteamericano.
Así, asistimos a una “política de cañoneras” que Estados Unidos recupera como vía expeditiva para disciplinar a los países díscolos que no acatan los dictados de la gran potencia. Pudiera parecer trasnochado, pero es exactamente lo que pone en evidencia el ataque a Venezuela.
Se trata de una tendencia que el águila yankee no es capaz de reprimir, como la innata predisposición del escorpión a picar. Y sus consecuencias se pueden rastrear con facilidad porque, tristemente, forman parte de la historia de los países de la América Latina, siempre condicionados, manipulados, saqueados y maltratados por Estados Unidos de América, la bota del Norte que los pisotea.
Es una tradición que arrancó antes incluso que la colonización española (incas, mayas, aztecas...), que la aplicó con afanes “civilizatorios” (religión y lengua) mientras saqueaba sus recursos (Potosí y otras minas), y que se prolongó luego, tras las sucesivas emancipaciones independentistas, con la voracidad insaciable del moderno imperio estadounidense, cada vez más hambriento de poder.
Es lo que describe magistralmente Eduardo Galeano cuando denuncia que “una legión de piratas, mercaderes, banqueros, marines, tecnócratas, boinas verdes, embajadores y capitanes de empresa norteamericanos se han apoderado, a lo largo de una historia negra, de la vida y destino de la mayoría de los pueblos del sur”.
Recurrir a la fuerza no es algo nuevo. Los actos “disciplinarios” de Estados Unidos mediante la violencia son recurrentes, bien de manera directa, bien de forma teledirigida. Así lo ha hecho siempre. Desde su apoyo a la guerra de Cuba, con la que acabó anexionándose Puerto Rico, Filipinas y Guam y mantuvo bajo control absoluto a Cuba hasta la llegada de Fidel Castro, Estados Unidos no ha dejado jamás de interferir en cualquier país del hemisferio que considere estratégico para su existencia y expansión.
Su larga mano se percibe en el derrocamiento del presidente socialista de Chile mediante un golpe de Estado patrocinado por la CIA y la implantación de la dictadura de Pinochet. La excusa entonces fue que no podía permitir que un país “se vuelva comunista debido a la irresponsabilidad de su gente”, como declaró Henry Kissinger, secretario de Estado en aquella ocasión.
De igual modo actuó en Brasil, Argentina, Uruguay y otros países de Sudamérica y el Caribe. Incluso, en pleno siglo XXI, no ha tenido remilgos para invadir países con enormes reservas de petróleo (¿casualidad?), como Irak en 2003, arguyendo que poseía armas de destrucción masiva, y ahora Venezuela, a la que acusa de narcotráfico y a Maduro, de liderar un cartel de la droga. Justificaciones que a la larga resultan falaces.
Donald Trump se cree providencial y no para en sutilezas ni pierde el tiempo en formalidades. Ni la democracia ni el derecho internacional representan líneas rojas que sus objetivos deban respetar. De ahí que esté dispuesto a sabotear el viejo orden mundial que rige las relaciones tanto políticas como comerciales entre los estados y que, a su juicio, representa un obstáculo para los intereses de Estados Unidos, limitando su poder a nivel global.
Aquel viejo orden que sustentó una globalización basada en el multilateralismo está siendo sustituido por un nuevo desorden mundial basado en un unilateralismo que facilita la imposición de condiciones del más fuerte, ansioso de asegurarse el suministro energético y demás recursos.
Trump está convencido de dirigir el país más fuerte, más poderoso, más capaz, con más medios, mayor riqueza, el que aglutina la mayor inteligencia, tecnología y ejército del planeta como para imponer sus reglas al resto de países. Y se ha lanzado a marcar su territorio, aunque tenga que poner el mundo a sus pies. Literalmente.
Un mundo repartido en áreas de influencia que garantizaría la paz entre los imperios dominantes y la no intromisión en sus respectivos “patios traseros”. Como han hecho los imperios históricamente, cuando portugueses y españoles se repartían, en virtud del Tratado de Tordesillas, zonas de navegación y conquista del océano y el Nuevo Mundo para evitar un conflicto de intereses entre ambas monarquías. Hoy, para Estados Unidos, su imprescindible zona de influencia es el continente americano por entero, aparte de otras zonas estratégicas del mundo, naturalmente.
Solo bajo ese contexto parece viable el asalto de Trump a Venezuela y la agresión de Rusia a Ucrania, ambos hechos consumados, tolerados y hasta comprendidos recíprocamente, salvo condenas retóricas que, como el aire, no detienen las balas. Unas zonas de influencia que sirven, además, para advertir a China, cuyo creciente papel en el “hemisferio occidental” causa pavor y es considerado un peligro para la seguridad e intereses expansionistas de Estados Unidos.
Este nuevo desorden mundial posibilitaría a las potencias a imponer de manera unilateral sus condiciones y recurrir a la fuerza para someter a sus vecinos y apropiarse de sus recursos, sin diplomacias ni leyes que limiten su voluntad imperial.
Ni la ONU, ni la Comunidad de Estados Latinoamericanos y caribeños (CELAC), ni la UE, ni siquiera la OTAN han condenado de manera expresa y sin reservas las violaciones del Derecho Internacional y la Carta de Naciones Unidas cometidas por Estados Unidos con el ataque a Venezuela y el secuestro del presidente del país.
Solo un grupo de siete países europeos, España entre ellos, ha rechazado la ilegal iniciativa bélica de Trump en Venezuela y sus proyectos anexionistas de Groenlandia, cuya confiscación supondría, aparte de un ataque a la soberanía danesa del territorio, el fin de la propia OTAN, que tiene como fundamento el principio de defensa colectiva. A menos, claro, que la OTAN “comprenda” la necesidad de Estados Unidos de aumentar su presencia en la isla helada.
Este nuevo desorden mundial trastoca todas las seguridades que brindaba el viejo orden y nos expone a un futuro inmediato totalmente incierto y preocupante, en el que la guerra parece, más que posible, probable si continúan las agresiones a los Estados, las violaciones del Derecho Internacional y el pisoteo cínico a la democracia y la legalidad. Asistimos, en suma, a momentos convulsos y confusos en los que el mundo actual, como el que sufrió Stefan Zweig, parece que se desintegra a pasos agigantados, desbaratando nuestros ideales de paz, libertad y seguridad.
DANIEL GUERRERO
ILUSTRACIÓN: ISABEL AGUILAR
ILUSTRACIÓN: ISABEL AGUILAR



























