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Carlos Serrano | Cuando suena el teléfono

La luz llama a tu casa. Toma muchos nombres y formas. No siempre responde a su nombre comercial. Le encanta responder al nombre de “asesoría de consumo”. Son tan nobles que quieren hacerte una comparativa en tu factura, de manera desinteresada, para lograr tu ahorro. Ellos no quieren dinero. Únicamente, tu comodidad. Les escandaliza que pagues de más. Con este loable sacrificio han multiplicado por ocho sus ganancias en 2020.


Dicho esto, damos el primer paso, querido desconocido: coges el teléfono. No sabes nada de mí. Yo tengo tú número de teléfono junto a dos apellidos y un nombre. En cuestión de segundos comenzaremos un baile dialectico. Normalmente, no dura mucho.

No tienes tiempo para atenderme: es natural. El día a día es demasiado duro para que yo venga a añadir una piedra más en el camino. Si tienes unos minutos para escuchar lo que tengo que decir, no me lo tengas en cuenta. A priori, te tengo a mi merced gracias a un guion pegado con celo a una pared blanca de una oficina.

Tiene una sala de descanso con mesas, sillas, sofá y una máquina expendedora. Una pequeña recepción es lo primero que ves tras atravesar un largo pasillo al salir del ascensor. Hay muchos carteles y flechas con logos de grandes multinacionales señalando en varias direcciones. Es una especie de El Corte Inglés del capitalismo. La recepcionista habla por unos auriculares mientras ojea el ordenador. Trabaja en una mesa con el logo de la empresa. Te invita a sentarte. Hay tres sillas pequeñas de color negro, tipo consulta médica, esperando a ser ocupadas.

Un cristal te separa de la jungla de llamadas. También tiene el logo de la empresa. Cada vez que se abre, el ruido de llamadas entrantes se mezcla con las voces de los trabajadores que bajan a fumar un cigarro o a por un café. Pasados unos minutos, te hacen pasar a una imitación de aula pequeña. Te dan una carpeta, folios y un bolígrafo. Estos objetos también están llenos de logos empresariales. Empieza a quedarse en mi cabeza la imagen de una res marcada a fuego.

Dentro de la carpeta está el modus operandi de cómo será tu día a día: cómo entrar en los ordenadores, cómo iniciar llamadas, los diferentes obstáculos que te separan de una venta. Ahí estás para vender y no dejar que lo olvides. Se inicia el curso. Normalmente, lo lleva un joven veterano. Te dice que es fácil el trabajo. Que él /ella era igual que tú y ahora vive bien gracias al maravilloso plan de promoción interna. Solo entra una duda: si es tan bueno el trabajo, ¿cuál es el motivo de que estén continuamente solicitando nuevo personal para exactamente los mismos puestos?

Cuando das el paso, del curso de ventas a los habitáculos con teléfono, lo entiendes todo. Durante el entrenamiento te explican con detalle qué decir en cada momento, cómo transformar una respuesta negativa en una venta. Pasados uno días, te colocan para llamar.

Coges el toro por los cuernos y lees el guion que tienes delante. Te han colgado cuando vas por la segunda línea. No culpas al cliente, tú haces lo mismo. En la siguiente llamada, el jefe se pega a tu puesto. Escucha la llamada a tu lado.

Aquella res marcada se ha trasformado en las películas policiacas en las que deben entretener al delincuente para localizar la llamada. Sinceramente, no sé quién sería el delincuente y quién ejercería el papel de defensor de la ley. La segunda llamada no sale mejor. El tono de voz falla, quizás es la sonrisa comercial. Es decir, seguir el guion con una sonrisa en la cara. Como si te hubiese tocado la lotería y fueras a repartir millones. Solo debes seguir el guion.

Los puestos comerciales, situados a tu izquierda y a tu derecha, tienen a su vez guiones pegados. Los puestos de llamadas pegados a ellos están unidos a más puestos de llamadas. Es un bosque desalmado cuyas aves son los teléfonos que nunca dejan de sonar.

Deben sumarse unos carteles con frases motivacionales y las clasificaciones de los compañeros que más ventas han realizado. Llama la atención pensar que hay fe, e inocencia, en creer poder encerrar miles de reacciones humanas posibles en una única guía. A esta idea se suma que no puedes colgar a menos que nadie responda la llamada. En ese caso, debes rellenar el informe pertinente.

Querido lector, querida lectora: si has llegado hasta aquí, debo informarte de que ese informe eres tú. No eres más que una ficha que se abre en mi pantalla, tras cada llamada, y en la que se debe indicar las respuestas obtenidas. Si no te interesa el producto, si ya eres cliente, si has pedido que no se te moleste más... Ignoro el motivo de que pongan esta opción, ya que nunca la respetan.

“Aquí se viene a vender. Da igual que estés ocho horas. Si no logras ventas, es como si no hubiese hecho nada”, expresa la voz de una coordinadora de equipos en tu cabeza. A veces, repito, simplemente cuelgas. Otras, aprovechas para desahogarte conmigo, aunque no me conozcas y esté llevando a cabo un trabajo en el cual ocupo el puesto más bajo del organigrama. Si no te llaman “ladrón” e “hijo de puta” tres o más veces a lo largo del día, estoy haciendo mal mi labor.

En ocasiones, en muchas, el baile acaba en una venta. Cada intento de huida del cliente ha sido contraargumentado por el vendedor. La competencia es la mala y nosotros somos el verdadero amigo del consumidor, el caballero andante del mercado energético. Mi kilowatio es más barato y mejor persona que el del vecino, aunque ambos usamos exactamente las mismas técnicas de ventas para engatusarte.

Por aquello de que hemos logrado hacernos amigos, te he introducido también un servicio de reparaciones de problemas técnicos muy barato y que está a tu disposición las 24 horas del día. Es un mero seguro que hace que crezca tu factura.

No tendrías que contratarlo, no va a solucionarte nada que no pueda arreglarte un digno seguro de hogar. Pero se te ha introducido en tu factura. Hay ocasiones en que se incluye en la contratación del servicio sin que el cliente tenga conocimiento. El cobrar por comisión deja muy callada la voz de la conciencia.

El caso de mayor silencio se produce en aquellos magos que, a golpe de tableta, van por los portales y te hacen firmar en ella sin saber que te están haciendo un cambio de compañía. Incluso, en ocasiones, logran hacerte renunciar al bono social que ofrece el Gobierno. Afortunadamente, esta práctica está prohibida. Pero hay comerciales que no distinguen ni a su padre para lograr al mínimo de ventas que pide la “asesoría energética”.

Que quede claro: no todos son así. Una gran mayoría no es así. La técnica conocida como “puerta fría”, ir puerta por puerta a la caza desesperada de una venta para poder cobrar algo de sueldo es el Vietnam particular de muchos licenciados que, tras la vida universitaria, nos dimos contra el puño férreo del mercado laboral.

CARLOS SERRANO MARTÍN
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