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Jes Jiménez | La azarosa vida de los símbolos

Hay cosas que son invisibles porque son demasiado pequeñas para ser vistas por el ojo humano, como los virus. Otras son invisibles por la distancia existente entre ellas y el observador, por ejemplo, la torre Eiffel para alguien que esté en Cuenca. El calor desprendido por los cuerpos no podemos verlo, pero sí que puede “traducirse” en términos de radiación visible mediante cámaras sensibles a las radiaciones térmicas.



Incluso podemos ver “de noche” con cámaras especiales. Todas estas “invisibilidades” son relativas, ya que pueden volverse visibles con las adecuadas acciones encaminadas hacia ello: viajando de Cuenca a París o mirando a través de un microscopio.

Hay otras invisibilidades más “absolutas”, cuando lo que queremos hacer visible no es visible de forma natural. Quizás el ejemplo más importante, por las consecuencias que ha tenido en las sociedades humanas, es el de la escritura.

Con las escrituras alfabéticas o silábicas podemos “ver” el sonido de las palabras; y con las escrituras ideográficas podemos “ver” más allá todavía: podemos apreciar de un vistazo ideas, conceptos o hechos concretos sin necesidad de la intermediación de los sonidos del lenguaje.

Pero hay algunos tipos de imágenes –los símbolos– que representan invisibilidades todavía más complejas, por ejemplo, las banderas, que representan… ¿Qué es lo que representan? Está claro que las banderas son bien visibles, y que lo que representan no es visible ni de forma relativa, ni absoluta; más bien es algo bastante difícil de delimitar.

Las imágenes simbólicas nos permiten visualizar ideas abstractas o contenidos culturales propios de una determinada sociedad. En cuanto que imágenes, cumplen dos características propias: facilitan el acceso, global, instantáneo, a esos contenidos invisibles y se dirigen más a los sentimientos que a la razón; por ambas razones, los símbolos entran más en el terreno de lo mágico que en el de la lógica.

Los símbolos tienen, y han tenido en todo tipo de sociedades y momentos históricos, una gran importancia para favorecer la cohesión social y generar identidad de grupo. Los símbolos son fundamentales para crear y sostener sistemas ideológicos, tanto que Lévi-Strauss llega a afirmar que “la unidad básica del pensamiento humano es el símbolo, y que las entidades básicas con las que operan los seres humanos en un contexto significativo son los sistemas de símbolos”.

En la Edad Media, cada gremio tenía su propia bandera, como también tenían la suya reyes y señores feudales, etcétera. Y en las batallas era motivo de gran regocijo el arrebatar las banderas del enemigo. Desde el siglo XIX, con el auge de los nacionalismos, agitar una bandera ha sido una forma habitual de conseguir popularidad y, aparentemente, legitimidad. Parece que cualquier entidad colectiva que se precie necesita de manera imperiosa buscar o inventar una bandera como símbolo de identidad y como señal de la importancia de esa identidad.

Ejemplos notorios se pueden ver en la proliferación de nuevas banderas en los años sesenta del siglo pasado como consecuencia de la recién adquirida independencia de las antiguas colonias africanas; o, sin ir tan lejos, en las banderas de algunas de las autonomías creadas en España.



Evidentemente el origen de las banderas, como el de cualquier símbolo, es totalmente convencional, tanto en el diseño como en la elección de colores. La relación entre la entidad representada y la bandera es totalmente arbitraria. Aunque a veces, algunas enseñas antiguas “adquieren” profundas relaciones significativas en la emocionada fantasía popular, por ejemplo, la conocida leyenda que atribuye a la sangre del moribundo Wifredo el Velloso, el origen de la Señal Real de Aragón.

Este origen convencional hace que sea necesario aprender su significado y, por lo tanto, es importante la reiteración del uso y la fijación precisa del diseño visual –formas y colores–. Esto es más importante en cuanto el contenido representado es más genérico, abstracto y menos directamente visible por no existir imágenes perceptibles por medios naturales de esos entes.

Cuando la perdurabilidad de los significados es importante, también lo es la perdurabilidad de las imágenes que sirven de vehículos a los mismos. La asociación continuada entre imagen y usos incrementa su valor emocional y su fuerza significativa. Y por la misma razón, los diferentes usos que se hagan pueden hacer variar su significado, sus connotaciones y, sobre todo, sus implicaciones emocionales.

.La apropiación de símbolos ha sido una constante a lo largo de la historia. En el siglo XX, los movimientos fascistas se adueñaron de símbolos revolucionarios para hacer la contrarrevolución, por ejemplo el establecimiento del Primero de Mayo como fiesta oficial por el “Partido Obrero Nacionalsocialista” de Hitler en 1933.

También utilizaron en su bandera el color rojo asociado a los partidos y movimientos de izquierda desde la Revolución Francesa, aunque le añaden otro símbolo usurpado: la svastika sagrada del hinduismo y otras religiones y que ya aparece en restos del Neolítico.

Su uso por la Alemania nazi ha producido una asociación tan poderosa entre la esvástica y los horrores de dicho régimen que es difícil entender su significado como símbolo de armonía universal, pluralidad y prosperidad, cuando aparece al comienzo de los textos budistas.

Pero creo que lo más lamentable, y sobre lo que deberíamos reflexionar, es sobre el extraordinario poder de los símbolos sobre la conducta de los seres humanos y su prevalencia sobre el pensamiento racional ya que, como advertía André Leroi-Gourhan, "desde el Paleolítico superior, pero sobre todo a partir de la agricultura, el mundo de los símbolos (religiosos, estéticos o sociales) ha prevalecido siempre jerárquicamente sobre el mundo de las técnicas y la pirámide social se ha edificado de una manera ambigua, dando la preeminencia a las funciones simbólicas sobre la tecnología, motor sin embargo de todo progreso”.



Y aunque hoy en día podríamos pensar que hay un renovado prestigio de la tecnología, en realidad lo que prevalece es un uso de la misma como símbolo de nuevos mitos mágicos: innovación, progreso y crecimiento permanentes, frente a la cruda realidad de los recursos naturales limitados y la creciente –esta sí es una certeza– e injusta desigualdad en el acceso a los mismos.

JES JIMÉNEZ
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