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miércoles, 15 de julio de 2020

  • 15.7.20
Prácticamente todas las culturas de los seres humanos utilizan necesariamente para su transmisión y para su materialización palabras e imágenes. Palabras sonoras (dichas y oídas), palabras escritas e imágenes de todo tipo para transmitir emociones y razones.



En el principio fueron el gesto y poco más que el grito los gérmenes de una ingente producción de imágenes y palabras que durante miles de años y a todo lo largo y ancho de este planeta nos han servido a los seres humanos para comunicarnos, para expresar nuestras emociones, para transmitir información útil, para dar fe de hazañas y de contabilidades…

La palabra ha demostrado ser un poderoso instrumento comunicativo, probablemente el más potente, ya que el lenguaje verbal tiene grandes ventajas para transmitir significados complejos o abstractos. De hecho, la oralidad, las tradiciones orales, han sido un soporte constante de preservación y difusión de conocimientos en muchos lugares del mundo.

Las escrituras basadas en un alfabeto han constituido un soporte de registro y transmisión de información absolutamente esencial para el desarrollo de las grandes civilizaciones (además de permitir una cierta “democratización” en el acceso al conocimiento).

En Occidente se ha dado una preferencia casi absoluta por la palabra como forma de conocimiento, al menos desde la Edad Media. Aunque la importancia dada a su uso educativo no siempre ha estado tan clara. El Papa Gregorio I el Grande (540-604) no era partidario del estudio de la lengua ni tampoco del estudio seglar en general. En una carta dirigida a Desiderio, obispo de Vienne, dice:

“Ha llegado a nuestros oídos lo que no podemos mencionar sin avergonzarnos: que su Fraternidad tiene la costumbre de explicar gramática a ciertas personas. Eso nos parece mal, y lo desaprobamos enérgicamente, de manera que convertimos lo que antes dijimos en gemidos y tristeza (…) Como es execrable que esto se nos cuente de un sacerdote, debes asegurarnos con veracidad si responde a la verdad o no”

Quizás la causa de esta prevención radique precisamente en el papel central del lenguaje verbal en la transmisión y creación de conocimiento. Ya que Tomás de Aquino nos aclara que “…el afán de conocimiento es pecado cuando no sirve al conocimiento de Dios.” Aunque este criterio no era el mismo para la formación de monjes y sacerdotes: Isidoro de Sevilla (†636) fue uno de los inspiradores del sistema europeo de educación cristiano que se desarrolló primeramente a través de escuelas monásticas y episcopales. Isidoro proponía “hacer del estudio de las palabras y del lenguaje el principal método de aprendizaje de todas las disciplinas y la clave de la sabiduría.”

O sea, que sabiduría sí pero solamente accesible a la clase sacerdotal, la cual se reserva el control de quién puede adquirir el conocimiento y quién no. El lenguaje es instrumento de poder y el estudio del lenguaje por lo tanto debe reservarse para quienes detentan ese poder.

En realidad, la verdadera generalización de la palabra escrita como forma de comunicación se da en el siglo XIX, al menos en Europa y el resto de países del ámbito cultural occidental. Hasta entonces y a pesar de la capacidad de difusión de la imprenta, la cultura escrita no había sido accesible a la mayoría de la población: a las clases sociales más desfavorecidas.

En el siglo XIX es cuando verdaderamente se generaliza la alfabetización de los habitantes de la mayor parte de Europa (esto no incluye a España que a finales del siglo todavía mantendrá una alta tasa de analfabetismo). Este proceso se da con gran rapidez y se extiende a una enorme cantidad de personas; probablemente debido a las necesidades de los empresarios de poder contar con una mano de obra más preparada para la revolución industrial en curso.

Pero, paradójicamente, facilitar el acceso a la lectura a la clase trabajadora va a tener como consecuencia la rápida divulgación de las ideas socialistas a través de libros y periódicos. Como consecuencia en el siglo XIX se produce un combate ideológico, probablemente sin precedentes.

En toda sociedad hay una pugna por el poder y en esa pugna no es menor el papel que juega el lenguaje como arma invisible pero tremendamente eficaz: el poder del discurso, lo que ahora se llama “el relato”. Los hechos pierden su importancia objetiva en el laberinto de “explicaciones” que pretenden sustituir la realidad por una interpretación fantástica de la misma.

El discurso fabrica una pseudorealidad paralela, que sorprendentemente es aceptada cómo válida por una gran cantidad de personas. Las palabras se convierten en instrumento que nos aleja de la realidad, que la enturbia hasta desfigurarla de manera grotesca, que sería risible sino fuera por las dramáticas consecuencias que puede originar.

Decía que estos interesados “relatos” son sorprendentemente aceptados, pero en realidad no es tan sorprendente. La forma acrítica en que percibimos todas esas mentiras (perdón, fake news) se sostiene en una educación dirigida fundamentalmente hacia una formación instrumental más que hacia una verdadera educación en valores sociales y en la independencia de criterio.

Y no es menor el papel jugado por los medios de comunicación de masas, que coherentes con los intereses de sus propietarios asumen como propias las mentiras más descabelladas, abusando de la presunción de autoridad que les confiere su institucionalidad como transmisores de información “objetiva”.

Se me viene a la cabeza una significativa cita de Juan Bravo Murillo, teólogo y político liberal. Siendo ministro de Comercio, Instrucción y Obras Públicas (1847-1849) y ante la petición de licencia para construir una escuela con capacidad para 600 hijos de obreros contestó: “Lo que necesitamos no son hombres que sepan pensar, sino bueyes que sirvan para trabajar.”

Parece que desde entonces más que los hechos lo que ha cambiado es el “relato”. Pero, definitivamente, las palabras hacen visibles las ideas y sus profundas raíces.

JES JIMÉNEZ

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