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Pablo Poó | Y se metió en una FP Básica

Me extrañó verlo por el instituto: iba a dejarlo en 3º, sin titular, y el curso próximo estaría en otro pueblo, en otro instituto, comenzando una nueva etapa a sus dieciséis años en la FP Básica, como si no existiera una edad mínima para querer darle un giro a tu vida y comenzar de nuevo.



—¡Qué alegría! ¿Qué haces aquí?

—He venido para verte.

Se sentó en el examen como los demás. Como los demás que se habían presentado, claro. Muchas veces en casa se desanda lo que se ha avanzado en el instituto; pero allí estaba él, hasta con bolígrafo.

Repartí el examen y comencé a explicar las preguntas. Me senté y lo vi escribir tranquilamente, pero sin pausa. “Bueno, cosas más raras se han visto” –pensé– y seguí ordenando el tropel de papeles que nos aguardan a los profesores en septiembre. Esos que nadie lee.

A los veinte minutos se levantó y me entregó el examen: “A ver qué te parece”, y salió.

A priori, la cosa no pintaba bien. Entregar a los veinte minutos una prueba pensada para hora y media no es el más halagüeño de los augurios, pero comencé a leer:

“Y llegó el día, aquí se separan nuestros caminos. Quería darte las gracias por este año junto a ti, eres una persona increíble, además del mejor profesor, el mejor amigo que un chico de 16 años puede tener. Quería agradecerte lo mucho que me has ayudado, lo mucho que me has enseñado. Enseñar tiene dos funciones en la vida: la primera es ser alguien, que en eso sí me has enseñado; y la segunda es ser algo, que por mi cabezonería no has logrado enseñarme. Ahora empieza mi nueva etapa, mi nueva vida, espero que todo lo que me has enseñado lo ponga en práctica, y quería decirte que este año ha sido genial, tanto risas, llantos… Todo dicho, espero no perder nunca el contacto contigo. Aquí me despido”.

Entonces te quedas planchado y te pones a pensar.

Ser profesor trasciende ampliamente el ámbito de tu asignatura concreta. Es más, en determinados contextos educativos impartir tu asignatura casi es lo de menos (porque no sé si lo saben, pero el sistema educativo es fiel reflejo del mundo: hay un primer mundo, un segundo y hasta un tercero; y en cada uno hay que trabajar de una manera distinta, y suceden cosas distintas y tenemos equipamientos distintos). Porque, a pesar de que me encante enseñar mi materia, sé que se puede vivir sin detectar un complemento directo, pero no sin tener conciencia crítica y saber, realmente, de qué va la vida.

No los puedes salvar a todos. Cada uno tiene una edad para despertar y, quizá, aquello que les caló de ti salga a relucir cuando tengan 20 años y ya no mantengas contacto con ellos. Hay quienes no despiertan, hay quienes acaban mal. Y te duele saber de ellos, es más, prefieres no saber. Pero no puedes llevarte todos los problemas de todos tus alumnos a casa, porque no vives.

Tienes que convertirte, no en un modelo, porque ellos no deben imitarte, deben ser ellos mismos, sino en un escaparate de donde vayan tomando y adaptando aquello que más les guste, aquello que más les llame la atención y que vean de más utilidad para su estilo de vida, que puede que difiera enormemente del tuyo.

No soy amigo de mis alumnos. Pienso que la jerarquización es fundamental para que una clase funcione. Y pienso también que el respeto hay que ganárselo. No es lo mismo respeto que educación. Esta última se está perdiendo, por desgracia, y es la norma básica para saber cómo te has dirigir y cómo has de tratar, entre otros, a un profesor. El respeto viene con el tiempo y nos lo labramos hora tras hora de clase.

Les hablo en su idioma para que me entiendan. Conozco de sobra las variantes diafásicas, no se preocupen por eso, soy doctor en Filología Hispánica, pero sé cómo tengo que hablarles para que entiendan que tu pareja no tiene por qué revisarte WhatsApp y cómo hacerlo para inocularles el veneno de Lope de Vega en la sangre.

Cuando les hablo de la vida, muchas veces me repiten la misma letanía: es que nadie nos habla así. A ver si todo se va a reducir a un problema de comunicación.

Pero, por favor, nunca (nunca) los traten como tontos, como pobrecitos. Esta oleada de hipercondescendencia con nuestros adolescentes solo está creando adultos indolentes e ineptos.

Se me fue, el maldito, sin aprenderse las preposiciones. Le colé al Lazarillo sin que se diera cuenta y ahora forma parte de su conciencia aunque todavía no lo sepa. Pero me escribió esta carta. Y se metió en una FP Básica.

PABLO POÓ
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