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La última línea

El bullicio, la ciudad. Los coches y las bicicletas, las mujeres que sonríen tímidamente cuando se cruzaban con él en cualquier lugar. Podría estar enumerando cosas toda la vida. Sin embargo, seguía sobre aquella cama de hostal barato. No era por falta de dinero, sencillamente, no quería algo mejor.

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Puso la radio. La apagó de inmediato. Sabía que su país se fue al carajo en el mismo momento en el que necesitaba estudios superiores para saber sobre qué hablan en los medios. Términos de economía que jamás había oído y noticias sobre corrupción que pasaron a ser parte del día a día. Ya no es un ¿qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?... Ahora es un ¿quién fue esta vez?

Colocó cuidadosamente sobre la mesa el papel, el bolígrafo negro al lado del azul. Se sentó y miró por la ventana. Empezó a escribir. ¿Un día poco agraciado?. Podía definirse así. Esa era una mañana que no merecía adjetivos bien sonantes. Directamente, era un día de mierda.

Llevaba buen ritmo de escritura, tres folios en media hora, cuando sintió la urgente necesidad de tomar café. Sin cafeína para él, los días se hacían eternos. Bajó al bar más cercano a desayunar. Era de los mejores ejercicios de documentación. Sentarse y mantenerse alerta con el bloc de notas y el bolígrafo. Saber mantenerse a la espera. Siempre en los bares hay algo esperando a ser contando. Si es en una estación de autobuses o un aeropuerto, te tocó El Gordo.

Es la élite de los bares. De los procesos de búsqueda de inspiración. Gente constantemente de un lado para otro, con su aquí y ahora determinado. Problemas, logros, fracasos, familias, viajes, facturas y amigos. Siempre decía que si no era capaz de escribir ni una línea en un ambiente así, debería plantearse el dejar de escribir.

Tenía preparadas las herramientas en aquella minúscula mesa de madera. Estaba alerta. Era la parte más aburrida, observar. La amaba y odiaba a partes iguales. Al igual que un francotirador, la paciencia para lograr el disparo certero es clave. Nada te prepara para la espera de la primera palabra sobre el folio. Los primeros párrafos determinan si mereció la pena salir de casa. Tenía que tener listo aquel relato para la noche como fuera.

Cuando quiso darse cuenta, llegó la hora. Todo le importaba poco. No prestaba atención a las múltiples palmaditas en la espalda y los abrazos, sonrisas. Se convertirían en dedos acusadores y carcajadas hirientes cuando le tocase caer. Llevaba unas horas en aquella fiesta y ya estaba solo en la barra. Mirando al viejo que le miraba desde el espejo de aquel restaurante. Vigilaba cada uno de sus movimientos.

Mucho tiempo en aquel mundillo, quizás demasiado. Tenía la impresión de que había escrito todo lo que tenía que dejar dicho. Quería estar en un error. Despedirse con una última línea que resumiría toda su vida. Pidió otra ronda. Esta vez dejaron la botella. Necesitaba ahogarse. Fotos, aplausos. Me alegro de verle, no sabía quiénes eran. Allí estaban, hablándole como si fuese un recuerdo de sí mismo.

Aquel premio no sabía qué haría en su estantería. Tenía la duda de si era bueno, realmente sabía que lo era, o ese reconocimiento era para callarle la boca. Darle la razón como a los locos. Recordaba cuando todo era una aventura.

Relatos, poemas, ensayos. Le daba igual. Podía decir cualquier cosa en cualquier formato. Su mente ahora estaba en completo silencio. No podía irse sin agotar la última gota de talento. Jamás se perdonaría semejante autopuñalada. Continuó garabateando en una servilleta las líneas que empezó por la mañana. Cuando quiso darse cuenta, había volcado todo lo que sabía de literatura en aquel minúsculo pedazo de papel.

De repente, la única mano a la que no podía negar nada, tocó su hombro. ¿Estás bien? –le susurró al oído-. Mejor que nunca –contestó-. Llegó a casa. Aquella servilleta eran veinte folios cuando acabó la noche. Orgasmo de tinta y ginebra. Volvió por un momento a ser aquel puño que se hundía en los estómagos de muchos teóricos. El escritor debe escribir todos los días. Una mierda: las musas no entienden de horarios.

Dejó de escribir cuando se calmó el duende que invadió su sistema nervioso, atacó su mano y violó su mente en blanco. El lector dictará sentencia. Su conciencia estaba tranquila.

CARLOS SERRANO
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