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Las mujeres perdidas (I)

Coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer –en el que, desgraciadamente, tenemos que seguir luchando por la igualdad de derechos y porque la maternidad no sea un problema para poder seguir siendo económicamente independientes, ya que sin independencia económica no hay ningún tipo de independencia-, me gustaría rendir un homenaje a las mujeres y a los hombres que han luchado por la libertad de la mujer. Digo también hombres porque ha habido muchos compañeros del otro sexo que han gritado con nosotras, que han dado sus vidas y que han creído que la igualdad era posible.

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La historia nos obliga a estar alerta y a no dejarnos caer, al igual que en los últimos años los trabajadores y trabajadoras hemos perdido muchos derechos, las mujeres tenemos que seguir en pie para no retroceder ni un ápice. Recuerdo que una amiga me dijo que su bisabuela era más moderna que su abuela. La primera había vivido en la República con el voto femenino, el poder trabajar fuera de casa aunque estuvieras casada y con el derecho a poner fin una relación cuando ésta no era buena para su vida; mientras que la segunda había vivido la oscuridad de la dictadura, cuando no podía salir sola, ni coger a su novio de la mano y, en el momento que te casabas, perdías el trabajo. Y no hablemos de las relaciones de pareja con el “para toda la vida y esclava te doy”.

También me gustaría compartir siete historias contadas en forma de relato, de mujeres perdidas, mujeres que no llegaron a ser ellas mismas porque las circunstancias históricas se lo impidieron. Son mujeres que he conocido y cuya vida me hace darme cuenta de la suerte que hoy en día tenemos por poseer un poder muy sencillo: el de la elección.

Esta es la historia de Amparo. Mientras me enseña sus fotos de domingos con pamela, acompañada por su hermana y sus nanis, voy descubriendo que a ellas sólo las prepararon para ser señoritas. Paseos por una Alameda de principios del siglo XX con casas afrancesadas y familias pudientes, con sombrilla y, si papá estaba de humor, en un coche descapotable, conducido por un impecable mayordomo, de esos de uniforme y gorra a juego.

—¿Sabes que mi padre conoció al rey Alfonso XIII? –me pregunta muy orgullosa, y en sus ojos se vislumbra el brillo de épocas pasadas, de presentaciones en sociedad y de solterita deseable. Mi padre –continúa- tenía una fábrica de anís muy conocida y nosotras vivíamos en una casa enorme con diez criados. No me acuerdo del nombre del anís pero, como decía mi padre, el nombre era el de “un torero de emoción”.

Cuando le pregunto por qué no se casaron, sus ojos, a los que ya cubre el tiempo con un velo blanco, pierden su luz y parpadean tratando quizás de olvidar su presente.

—Mi padre era rico y muy protector y ningún hombre era lo bastante bueno…

Cambio de tema. Para mí una persona como ella, que nació a principios del siglo XX, es una fuente donde calmar mi sed de conocimiento... de conocimiento de la historia reciente de este país de dos bandos.

—No te entiendo –me responde cuando le pregunto cómo vivió la República, la guerra civil, la oscuridad de la dictadura… y me mira como a una extraña que le intentará preguntar sobre cosas irreales o fantásticas. Ella sólo me quiere contar grandezas: vestidos bonitos de telas preciosas, zapatos con lazos a juego de sombrillas y legiones de postrados admiradores a los que ella ignoraba.

Dejo que tenga su momento brillante, que viva a través de sus recuerdos, que por un momento su única realidad sea esa que su mente le cuenta. Es la hora.

Me despido dándole un beso mientras agarro su suave mano, con una pena infinita por su pérdida. Amparo nunca ha existido, le crearon una casa de muñecas y allí la dejaron, convirtiéndola en una muñequita de vestido blanco inmaculado, con volantes de encaje.

Estos pensamientos me acompañan mientras cierro la puerta del asilo para personas indigentes.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ A.
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