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La brecha

Parece que ahora que nos hemos dado cuenta de que ese moderno remake del ¡Vivan las caenas! que tan brillantemente se nos ocurrió en las Generales de 2011 nos ha salido por la culata, va siendo hora de hacer un alto en el camino para ver cómo podemos salvar del naufragio a un país que se hunde con nosotros dentro. Porque no se engañen, ni para ustedes ni para mí hay hueco en los botes salvavidas.

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No es casualidad que en época de vacas flacas se ponga el acento en la usura y prevaricación que ronda las rejas de las ventanas de los principales partidos políticos. Ocurre, por desgracia, como con el cáncer. No es que antes no hubiera, es que ahora tenemos los medios diagnósticos adecuados para detectarlo.

Con la corrupción sucede algo similar: siempre ha habido, pero ahora interesa que se sepa como parte de esa estrategia global que nos presenta a los políticos como ineptos gobernantes y a las ideologías como escollos al progreso, ofreciendo a cambio la envenenada manzana del político gestor y la ideología del sentido común.

Ejemplos como los de Ada Colau y Beatriz Talegón nos muestran el camino que deberíamos seguir en este intento de regeneración de la política nacional cuyas riendas sostenemos a medias con el poder financiero. El primero que suelte se cae del caballo.

La ecuación es tan sencilla, que parece mentira que llevemos más de treinta años de democracia intentando despejar una equis que se cae por su propio peso lógico: ciudadanos que gobiernen para ciudadanos. Ciudadanos que tengan los problemas que deben solucionar.

La enorme brecha que se delata en las intervenciones de Ada Colau y de Beatriz Talegón es la misma que nos separa de aquellos que nos dirigen. El problema, queridos lectores, es que los que tienen la solución no tienen el problema.

PABLO POÓ
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