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El vicio de morirse

Lo confieso, es mi vicio. Vivir. Tengo esa mala costumbre. Disfruto del primer café de la mañana, de las cervezas, o lo que pida cada uno, con amigos; de poder tener la excentricidad de llevarme bien con mi familia. Del cine, y la buena literatura. Diría también de un buen programa de televisión, pero no me gusta tomar a la gente por estúpida.

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De las grandes frases que te sueltan algunos pesados anónimos –no es plan dar nombres propios- en el autobús, o en el tren. Cuando voy andando no me paro a hablar. Voy andando a un sitio concreto, no tengo tiempo de hacerlo. Otra cosa es cuando llegue a donde sea. Que quizás pudiera ser más comunicativo con los que me rodean, de acuerdo. Pero coño, algún defecto hay que tener. Ser todo virtud es un coñazo. Y se folla menos.

Morirse es una putada. Para empezar, debes tener cuidado de cómo de grande es tu cuenta corriente. El tamaño importa. Que no es lo mismo el entierro de un cualquiera que el de un alto cargo. La muerte no nos hace iguales. Siendo sincero, nunca vi al poderoso en una fosa común.

Una vez fiambre, un doctor te abre en canal para confirmar eso, que estás fiambre. Sin invitarte antes a una copa o una cena. Los doctores se cogen mucha confianza por aquello de que no vas a presentar una denuncia por negligencia en caso de que metan la pata. Total, peor no van a dejarte.

Volvemos al tema bancario. Si nuestros fondos e “importancia” son de consideración, puede que venga hasta el Rey. Pero tranquilos por el protocolo, los muertos no lo usan. Si no alcanzas el “caché mínimo”, no hay que preocuparse. El agujero en la tierra no te lo quita nadie. Eso sí, no tendrás la visita del Rey.

No saldrás en los medios, siendo positivos, al menos que algún desalmado publique tu esquela. Te ahorras el marrón mediático. Estarás fallecido, pero la intimidad es sagrada. Lo único que nos da la muerte es la “santidad”. No se dirá nada malo de un cadáver reciente. Hay que ser muy, pero muy hijo de puta para que nadie diga nada bueno sobre ti el día de tu fallecimiento.

Comprobadas la cuenta corriente y la “santidad”, prosigamos. Llega para el creyente el momento aureola, nubes y alas. También disponen de tridente, cuernos y azufre. Esto es muy serio. Te mueres, suficiente castigo, pero no te dejan en paz.

O pintas ridículo, ya que eso de la eternidad entre nubes no tiene pinta de ser divertido, o quemarte vivo. Que esto último supone el paraíso del pirómano. No tengo claro las fronteras entre cielo e infierno.

¿Cómo se financian? ¿Fondos públicos o privados? Creo que públicos. Mucha organización y burocracia, mucha factura. Lo privado no es amigo de esas cosas. Lo único bueno de morirse es que das puestos de trabajo. Eso es más de lo que hacen muchos políticos hoy en día.

Es un gran negocio. Ataúd, flores, etc. Si te lo montan bien. Curiosamente, si no dejas claro qué quieres que hagan contigo antes de palmar, no pintas nada en la organización de tu entierro. Será la primera vez que entierran a un candidato a la incineración. O viceversa. O eres ceniza o barra libre para los gusanos. Quizás con los años, mejore el menú.

CARLOS SERRANO
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