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La foto perfecta

Limpió cada pieza minuciosamente. Ordenó todo unas cinco veces para asegurarse de que todo estaba correcto. Tras estar satisfecho con su trabajo, se vistió. Salió a la calle sin mirar el reloj. Tenía en su cabeza perfectamente dividido el día. Contabilizado cada minuto que iba a usar. La improvisación era una espada capaz de decapitar su trabajada rutina.

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No había detalle en el barrio que escapara a su radar. No es que fuera una persona cotilla, simplemente se sentía seguro estando bien informado. Todo el día con su cámara fotográfica. Captando cada instante. Desde el insignificante vuelo de una paloma, hasta una madre dando el pecho a su hijo en un parque.

Es curioso cómo la vida de un barrio entero puede caber entre las tapas de un álbum. Tras su ronda de tecnología voyeur, desayuna sin prisa alguna y lee el periódico. Maldice al político o entrenador de turno. Pontifica con los colegas en la partida de mus y dominó. Tras ello, vuelta a casa.

Analiza las fotos. Coloca cuidadosamente las elegidas en su cárcel de plástico. El resto irá a una carpeta. Nunca verán más mundo que un viejo cajón de escritorio. El café de las cinco da paso a una larga pausa mirando por la ventana, decidiendo cuáles serían sus siguientes retratados.

Le gustan los retratos divertidos. Ya hay demasiada tristeza fuera de los marcos fotográficos. Aunque últimamente no había mucha alegría por su calle. Las viejas droguerías dejaron paso a los carteles de "Se traspasa" negros y naranjas. El mercado antiguo ya no tenía el mismo ambiente. Las obras paradas sin ancianos dando instrucciones a los obreros de cómo se han de hacer las cosas.

Pretendía cambiar eso a golpe de Photoshop y balance de blancos. Ojalá fuese todo tan fácil. Apretar un botón de una máquina cualquiera. Infantil la idea, sí, pero un poco de optimismo nunca viene mal. Venga a golpe de cámara o no.

La noche no le sienta bien. Demasiada calma. Necesita bullicio como el respirar. Deambula por los pasillos a la espera de algo que lo salve del aburrimiento. Podríamos decir que aquellos fotogramas, los que decoraban su cuarto y el salón, el dormitorio, sustituían a las palabras. Todo lo que provocaba alguna reacción dentro de sí caía víctima de su foco, que tanto tiempo y dinero le costó conseguir. Era hombre de pocas palabras y de mucho “disparo”.

Algunas veces tuvo problemas, ya que su especialidad no era pedir permiso a la gente que retrataba. Siempre salía ileso de las situaciones incómodas, regalando las imágenes en cuestión. Rápidamente se creó fama de buen fotógrafo, aunque excéntrico. Incluso llegó a ganar algunos premios importantes. Pero su modestia le impedía sacar pecho por ello.

Tenía en mente un plan. Cuando consiguiera llevarlo a cabo, sus días como “cazador” habrían terminado. Era muy consciente de que no era una tarea sencilla. Debía lograr la foto perfecta. Aquella que superase todo su trabajo anterior. Todo el mundo le preguntaría cómo la había logrado. Sería la joya de la corona. La niña de sus ojos.

Varias veces había estado a punto de lograrlo. Pero siempre tropezó en la línea de meta. Un empujón inoportuno y fortuito de algún transeúnte despistado, cambios de luces repentinos... La lista es interminable. Pero no se rinde.

Un nuevo día. Ha bajado la avenida principal rodeando la catedral. Esta vez iba a lograrlo. La esperará el tiempo que haga falta. Nadie lo había logrado antes. Acabaría con la “maldición” de aquella mujer a la que nadie ha visto sonreír. Se mantiene en sus trece de que es imposible. En algún momento del día, ella debe reírse. Recordando un chiste, hablando con un amigo... O reír por el gusto de reír.

Él estaría allí para guardar aquel momento para siempre. Como el soldado que espera con fe de hierro en la trinchera, con el fusil pegado al cuerpo, esperando al enemigo. Era muy cabezota. “Una mujer bonita debe tener una sonrisa bonita”. Era su obsesión particular. Tarde o temprano, se hará realidad. Con el objetivo preparado. El dedo rozando el botón con delicadeza exquisita. Lograr atrapar en red digital la sonrisa sin testigos.

CARLOS SERRANO
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