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viernes, 12 de octubre de 2018

  • 12.10.18
Ella me dio la clave. Siempre me había preguntado cómo se podía estar muchos años con la misma pareja sin aburrirte, sin echar de menos tu libertad o conocer a otras personas. "Cuando te va bien, el tiempo juega a tu favor", me dijo. Y después de contarme todo lo que compartían ella y su marido, lo comprendí. Era su amigo, su amante, la persona con la que hablar de infinidad de temas. Su compañero en las salidas culturales, su cómplice en ideas políticas, en la forma de mirar hacia adelante, en dibujar un camino vital juntos.



La atracción física desaparece o deja de ser importante, pero el calor de compartir una cama en una noche de invierno, el oído que te escucha con interés buscando una solución a tus problemas o el abrazo que te protege y te dice que aunque no haya una cura para tus penas, sus brazos están ahí para achucharte... Eso no desaparece. Y si se cultiva el cariño y los mimos, éstos se vuelven la alegría de la vida. Pero para mí que no lo he vivido, suponía un misterio.

Ella ahora no duerme. No puede dormir. El hueco de su marido lo dejó helado la parca. Y a ella, como a Rosa Montero, le parece ridícula la idea de no volver a ver a su compañero de vida, al hombre que era feliz con su familia y le gustaba la ópera.

Yo he tratado de consolarla diciéndole que es una afortunada por haber cumplido más de veinte años de amor. Pero eso no llena el vacío, eso no hace que desaparezca el vínculo que tenían y siguen teniendo. Eso no se sienta contigo en el sofá a ver una película, no te abraza. Eso no viaja contigo. El amor sigue presente en su vida: sigue ahí en su casa, en su cama, en su hijo... El amor la acompaña, pero a veces la llena de anhelos. Anhelos que solo el tiempo podrá suavizar.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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