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sábado, 7 de abril de 2018

  • 7.4.18
Habitualmente se suele aludir a la familia como la célula básica de la sociedad y en la que se supone que se encuentra el apoyo a los problemas que surgen en el exterior de ella. Sin embargo, no siempre es así, dado que en algunas ocasiones las propias familias son focos de conflictos emocionales fuertes que marcan a los niños o niñas que los padecen.



Cierto que la mayoría de los padres son abiertamente responsables y están pendientes de que sus hijos o hijas se desarrollen en las mejores condiciones; pero, como he apuntado, y todos sabemos, hay casos en los que en ciertos grupos familiares sus miembros viven cargados de tensiones, rivalidades, discusiones, etc., de modo que los de menor edad no encuentran la tranquilidad emocional necesaria para crecer mínimamente dichosos.

A lo largo del tiempo he ido describiendo distintas situaciones, tomadas de la propia realidad, que actúan negativamente en el proceso de formación de la personalidad infantil, puesto que un aspecto tan importante como es el equilibrio psicológico y emocional no se ha podido consolidar con el paso de los años.

Y es que la presencia de sentimientos negativos como los celos, la envidia, los complejos, el desamor, la agresividad, la inseguridad, etc., o de situaciones que alteran la tranquilidad familiar, como pueden ser el fallecimiento de un miembro de la familia, las enfermedades, las rupturas en las parejas, la inmersión en las drogas, la falta de trabajo, etc., conllevan que la formación de la personalidad de chicos y chicas se configure como un verdadero laberinto interno, aunque, aparentemente, muestren la fachada de seguridad en sí mismos.

Para que sigamos profundizando, en esta segunda entrega en la que abordo el caos emocional de los escolares en el seno de las propias familias, me centraré en los de edades comprendidas entre de 6 y 9 años, es decir, aquellos que han superado la primera infancia y que se encuentran en los primeros cursos de Educación Primaria.

He seleccionado, pues, cinco trabajos que comentaré a partir de las escenas representadas, junto con la información aportada por el profesorado responsable de la clase en la que se encontraban. Tal como hice en la primera entrega, los nombres de los autores están cambiados para mantener la privacidad de los niños y niñas que han realizado estos trabajos.



Llama la atención el caso de José Luis, niño de 6 años, por las semejanzas que se establecen con las de Rubén (que ya hemos visto en el primer artículo), no solo por los celos que siente hacia su hermana pequeña, sino también por las similitudes de ambos dibujos. De nuevo nos encontramos con un niño que tiene unos celos casi patológicos hacia un hermano menor, dado que su padre lo tiene que vigilar constantemente, puesto que si no lo hace agrede a su hermana.

A pesar de habérsele preguntado por las ausencias que se manifestaban en el dibujo, José Luis se negó a dibujar a su padre y a su hermana, con lo que en la escena únicamente aparecen él y su madre, como si no existieran más componentes en la familia.

El alto nivel de inteligencia que tiene, tal como se aprecia por la capacidad gráfica con la que resuelve la escena que ha plasmado, no es óbice para que se vea desbordado por unos sentimientos agresivos hacia quien supone que le desplaza del centro familiar en el que querría verse instalado.



El descontrol emocional de Carlos, de 6 años, es enorme. La razón se debe a que el hogar, por llamarlo así, en el que vive es un verdadero infierno. Por los datos que nos proporcionó la profesora de la clase, su madre se dedica a la prostitución y el niño lo sabe.

Ello conlleva que al comenzar a dibujar a la familia lo hiciera con una única figura en el centro de la lámina para representar a su padre, siendo la referencia emocional que posee de su familia. Al momento se da cuenta que él también debe aparecer, por lo que lo borra y lo inicia de nuevo en la izquierda. Escribe “papa” y, a continuación, traza una figura un tanto desarticulada, para representarse a sí mismo, a la que le faltan las manos, signo de ausencia de afectividad en el dibujo infantil.

De ningún modo quiere dibujar a su madre, a pesar de que tranquilamente se le invitó a que lo hiciera. Pero es que el rechazo a la misma es enorme por parte del niño, lo que le genera un desequilibrio emocional muy grande y, que lamentablemente, le marcará en su proceso de desarrollo.



Este tercer dibujo corresponde a Juan, de 7 años. Tras haberse planteado en la clase el dibujo de la familia, al final de la misma, nos presentó esta escena que es fácil de analizar si se conocen los antecedentes familiares de este niño de segundo curso de Primaria.

En el centro en el que estaba escolarizado ya se sabía que su madre sufría malos tratos físicos y psicológicos desde que era pequeño. Estos maltratos eran conocidos por Juan puesto que los solía presenciar, lo que daban lugar a que la casa fuera un infierno para el pequeño. Tras la denuncia de la madre, el padre se encuentra en la cárcel. En los períodos de libertad, el padre se acerca al colegio, lo que implica un riesgo para él.

En el dibujo, el pequeño ha plasmado dos figuras pequeñas en el centro de la lámina, indicio de su timidez e inseguridad. Por otro lado, deja bastante espacio en blanco, lo que es expresión del aislamiento en el que emocionalmente se encuentra, ya que toda esa lámina sin cubrir equivale al vacío y la soledad que siente a su alrededor.

Observando la escena, comprobamos que ha representado a su madre con dos corazones que sustituyen a los ojos como expresión del amor que muestra o desearía recibir de su madre; en segundo lugar, se dibuja a sí mismo pequeño, de perfil y ofreciéndole una flor; finalmente, aparece el inicio de una imagen (su padre) que pronto borró, indicio del gran rechazo que siente hacia la figura paterna.



Con cierta frecuencia se suele confundir la sobreprotección de los hijos con una expresión de intenso cariño, sin tener en cuenta que ellos necesitan, paso a paso, ir creando un mundo propio, dado que a todo ser humano le llega el momento en el que tiene que vivir por sí mismo, sin la presencia constante y permanente de unos padres que confunden el amor con un cuidado excesivo que acaba por ahogarles.

Es lo que le sucede a Rosa, una niña de 8 años que se encuentra sometida a una vigilancia tan extrema de su madre que no le permite salir a la calle y jugar con sus amigas. El temor materno a que le suceda algo acaba convirtiendo la propia casa en una especie de cárcel en la que ella se encuentra encerrada.

Esto queda bien expresado en el dibujo que nos presentó cuando se pidió en la clase, en la que se encontraba Rosa, que dibujaran a la familia. Así, en la escena vemos a la autora y a su madre dentro de la casa, mientras que su padre y su hermano aparecen fuera de ella. La niña refleja que el hogar es el espacio en el que deben desenvolverse ellas; mientras que el exterior es un lugar eminentemente masculino.

Por otro lado, y si nos fijamos bien, tanto Rosa como su madre tienen los brazos pegados al cuerpo, al tiempo que se encuentran separadas por la puerta que divide el espacio interior, ambos signos de incomunicación afectiva; sin embargo, su padre y su hermano aparecen en un espacio libre y abierto, por lo que ya los brazos no están adheridos al cuerpo, expresión de una normalidad física y emocional.



Para cerrar esta segunda entrega sobre la formación de la personalidad conflictiva en algunos escolares, presento el trabajo de Raúl, un niño de 9 años, que va muy mal en los estudios. Ha tenido que repetir dos veces curso, puesto que apenas asimila lo que se le enseña en el aula, ya que vive en una tensión continua que le impide concentrarse. Conviene apuntar que sus padres se agreden continuamente, se separan y, tras un tiempo, vuelven a juntarse y repetir el ciclo de agresiones físicas y verbales.

Cuando se les pidió a los alumnos que realizaran libremente un dibujo de la familia, Raúl, al finalizar la clase, nos entregó un trabajo que paso a comentar.

Lo primero que llama la atención es que ha dibujado solo tres figuras muy pequeñas y de forma totalmente esquemáticas, que en nada se corresponden con el dibujo de la figura humana de niños de su edad. Hacen referencia a las figuras de su madre, de su hermano y de él mismo; no aparecen ni la de su padre ni la de su hermana, por el rechazo que siente hacia ellos.

También sorprende el conjunto de casas que ha realizado. Conviene apuntar que es habitual que los escolares, junto a las figuras de los miembros de la familia, dibujen una casa bien trazada, ya que para ellos simboliza el hogar, lugar cálido y acogedor donde se sienten tranquilos y dichosos.

Sin embargo, Raúl no sabe cuál es su casa, por lo que traza cuatro: una incompleta, dos muy pequeñas y la cuarta, desequilibrada y sin puerta. Simbólicamente, representan el desequilibrio emocional en el que vive y, el no trazar la puerta de ninguna se convierte en la expresión de que no encuentra salida a la situación de angustia en la que permanece encerrado.

AURELIANO SÁINZ

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