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sábado, 8 de julio de 2017

  • 8.7.17
No paro de mirar el anillo que me he encontrado. Es increíble que se ajuste a mi anular de la mano derecha perfectamente. Es como si estuviera destinado a mí. Estaba en uno de los márgenes del río. ¿Lo habría tirado una mujer despechada? Me inclino por esta teoría porque es tan pequeñito –solo para unos dedos de pianista como los míos– que es imposible que se caiga. Parece de compromiso, pero donde debería lucir los brillantes hay cuatro circonitas finamente pulidas que te hacen pensar si ese brillo es o no caro.



Mi imaginación crea constantes viñetas en mi cabeza de posibles historias, con el mismo desenlace. Chica enamorada que descubre, con cara sonriente, que la cajita que le acaban de entregar contiene esta alhaja. Paseos por el río de una pareja que se funde en un abrazo y, al final, lágrimas amargas sobre el rostro de la incredulidad: su novio no solo era transformista: también le gustaba jugar con su compañero de show, como pudo descubrir esa tarde cuando llegó al nidito de amor y las plumas rodeaban su cama...

Otra posible trama: niño de mamá que ante un juguete nuevo –ella– se emociona y, a los dos días de conocerla, le regala un anillo de oro. Ella cree ser la princesa del cuento que ha encontrado al caballero que la cuidará. Pero el capricho le dura poco al niñito....

Todas las imágenes que me vienen son de esperanzas frustradas, de finales infelices y de decepción. Y es que Disney ha hecho mucho daño... A mí el anillo me encanta y me voy a quedar con el amor que alguien sintió por él y por otra persona.

Creo que cuando se pasa la etapa del dolor, de la pérdida, nos tenemos que quedar con lo que nosotros sentimos. Si el otro nos engañó, se engañó a sí mismo. Y si no sintió, es su problema. Si consiguiéremos ver que lo importante es lo que hemos vivido y sentido, los momentos en los que hemos transcendido de nosotros mismos y hemos querido cuidar y amar a otro ser humano, nunca habría tiempo perdido –otra vez me viene una frase de Manolo García–.

Si el otro vivió una mentira, peor para él. Asomada a mi ventana, con la luna llena de primavera, le pido a las hadas que la anterior propietaria del anillo sea feliz.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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