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domingo, 28 de septiembre de 2014

  • 28.9.14
Ya desde pequeño, Cristóbal era un niño de una imaginación y una fantasía desbordantes, por lo que era frecuente encontrarlo llevando a cabo los más insólitos inventos en el desván de su casa. Pero no eran unos inventos cualesquiera, ya que para sí mismo se decía que tendrían que estar a la altura de los grandes genios, pues para eso sus padres le habían puesto el nombre del mayor descubridor de todos los tiempos.

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Además, era un apasionado a los juegos de magia, con los que embaucaba de vez en cuando a sus compañeros del colegio, que se devanaban los sesos por saber dónde estaba el truco que había empleado y con el que había logrado sacarles el poco dinero que llevaban encima, pues eran años de escasez y los chavales no tenían ninguno de los aparatos con los que en el futuro contarían los críos desde muy temprana edad.

“Cristobi, ¿se puede saber qué estás haciendo ahora?”, era la pregunta habitual con la que nuestro protagonista se encontraba de manera reiterativa de su progenitora. “¿Y me puedes decir qué estás tramando con los recibos de la luz que tiene tu padre archivados en la gaveta?”, añadía en más de una ocasión.

“Nada, mami, simplemente estoy buscando la mejor fórmula matemática para que papá pague mucho menos dinero sin que la compañía lo note. ¿A que es una magnífica idea?”. Su madre se desesperaba: “Creo que lo que tú pretendes es… ¿cómo se llama esa palabra…? Ah, sí, defraudar… eso es. Tú lo que quieres hacer son trampas, pero ten en cuenta que tus trucos y juegos de magia algún día te jugarán una mala pasada. Acuérdate de lo que te digo”.

“Jijijí… Por favor, mami, qué palabra más fea esa que has dicho. Creo que hay que ser siempre imaginativo e inventar otras que suenen bien. Yo no la llamaría así, sino, por ejemplo, ‘adecuación de los costes energéticos al hogar’. ¿A que esto suena mucho mejor? Basta con cambiar las palabras para que la gente termine creyendo que está viendo un caballo cuando lo que tiene delante es un burro… Jijijí”.

Su madre lo dejaba por imposible, pues no había forma de hacerlo cambiar. Pero le sacaba de quicio que vinieran las madres de sus compañeros a quejarse de que su Cristobi les había sacado las perras con sus trucos y sus malas artes.

Pasaron los años y Cristóbal no había descubierto ningún nuevo continente, pues, a decir verdad, todos estaban ya en los mapas. Sin embargo, había registrado diversas e insólitas patentes: desde una máquina que hablaba en cinco idiomas (incluido el esperanto), hasta aquella otra que generaba unos inaudibles sonidos que invitaban a invertir en Bolsa a los incautos abuelos y pensionistas.

Su fama dio lugar a que, pasados los años y con la cúpula craneal monda y lironda, ocupara un alto cargo, nada menos que el ministerio con el que sacaba los cuartos a la gente corriente para dárselos a los ricos. Algo así como Robin Hood, pero al revés.

Curiosamente, su pasión por los caudales ajenos la combinaba con sus ya conocidas inclinaciones por toda clase de inventos, incluso sus aventuras en el mundo musical.

La última en la que estaba embarcado, aunque pareciera mentira, se trataba de una sinfonía con la que esperaba que quienes la oyeran quedaran seducidos por los grandes avances que su partido había logrado y que sería con la que comenzarían sus mítines y grandes eventos. “Algo inaudito, algo innovador, tanto que las grandes agencias publicitarias se lo rifarán para persuadir a los incautos votantes”, se decía a sí mismo con indisimulado orgullo.

Pero había que consultar con María Dolores, que era la mandamás, y necesitaba su aprobación antes de que su gran creación llegara a la plana mayor. Para ello, concertó una cita con la esperanza de que finalmente creyeran en su genio innato, no solo en el mundo de las finanzas sino también en su inclinación por las artes musicales aplicadas a los mercados y al mundo bursátil.

La cita la había concertado en un restaurante un tanto escondido del barrio de Salamanca, en lo más selecto y distinguido de este entorno madrileño para no ser visto por el enjambre de periodistas que los suelen seguir allá por donde ellos fueran. La prudencia aconsejaba alejarse de cámaras y micros pues había que andarse con tiento ante las miradas indiscretas.

Y es que los últimos tiempos estaban siendo un tanto convulsos y preocupantes, pues las aguas electorales se presentaban muy agitadas con la llegada de nuevos actores al escenario político, lo que les inquietaba mucho, pues no estaban muy seguros de lo que podría avecinarse.

Así pues, y como de costumbre, Cristóbal había llegado con cierto tiempo de antelación para ojear bien el lugar y que no hubiera ninguna sorpresa. Eligió una mesa un tanto apartada. Se sentó y pidió al camarero una botella de agua mineral con gas Perrier, puesto que la noche anterior había sido bastante movida y debía tener la mente despejada.

Sacó de su portafolios un cuaderno y un lápiz y los puso sobre la mesa. Para entretenerse, comenzó a hacer algunos garabatos un tanto imprecisos. Al cabo del rato, divisó a contraluz una figura femenina que entraba por la puerta.

“Hola Cristóbal, ¿hace mucho que has llegado?”. “Que tal María Dolores… No, no, solo unos minutos, pero ya sabes que a mí no me gusta hacer esperar”.

“¿Te apetece tomar algo?”, le inquirió Cristóbal con su habitual y permanente sonrisa. “¡Camarero, por favor, traiga un té verde con un trozo de limón y un pequeño toque de canela!”, indica al joven camarero que diligentemente había acudido a la mesa.

“¿Qué estás escribiendo en ese cuaderno? Parecen notas musicales sobre un pentagrama… Por cierto, el otro día Pedro Arriola me dijo que estabas componiendo una sinfonía que podría servir en la próxima campaña electoral… ¿Es así? No me imaginaba que tu afición llegara tan lejos…”, le pregunta su acompañante.

Tras una breve pausa, Cristóbal se decide a explicarle el motivo de su cita con ella. “Jijijí… Como bien sabes entramos en unos meses decisivos para nosotros y nuestro partido. Ya sabes que la izquierda radical y los populistas suben como la espuma, por lo que hay que buscar todos los recursos para frenarlos. Creo que hay que ser originales, buscar nuevas formas de conectar con la gente, generar ciertas sorpresas… Y en ello estoy”.

“Explícate un poco mejor, porque me dejas un tanto intrigada”, le dice María Dolores, al tiempo que saca de su bolso Gucci de auténtica piel de cocodrilo su ‘smartphone’ para saber si ha recibido el mensaje que está esperando.

En esos momentos se acerca el camarero y deja sobre la mesa, con modales estudiados, la infusión solicitada, al tiempo que pregunta: “¿Desean los señores algo más?”. “De momento no. Muchas gracias”.

“Ya sabes”, continuó Cristóbal, “ que me gusta mucho la música y en mis ratos libres, o cuando en el Hemiciclo intervienen los catalanes o los izquierdistas, me pongo a pensar en la sinfonía que estoy componiendo, de la que estoy seguro va a ser un verdadero revulsivo no solo musical sino, lo más interesante, en el campo electoral”.

Siguió: “Como es tradicional constará de cuatro movimientos, aunque de momento solo tengo pensado el título y algunas partes de ella. Se llamará ‘Sinfonía del Nuevo Mundo Neoliberal’… ¿Suena bien, verdad?”.

María Dolores, con el entrecejo fruncido, algo habitual en ella, de modo inmediato le inquiere: “Pero yo creo que ya hay una ‘Sinfonía del Nuevo Mundo’, si no estoy equivocada. Por otro lado, no veo qué tiene que ver con el partido y las elecciones que se avecinan”.

“Sí, pero esta es neoliberal. Además, la he llamado en ‘Re mayor’, porque… jijijí… fíjate qué curioso, con esa primera sílaba han comenzado todas nuestras grandes actuaciones de Gobierno, que, además coincide con el título de cada uno de los cuatro movimientos”. “Te los describo: primer movimiento, Reforma; segundo movimiento, Recuperación; tercero, Regularización fiscal y, finalmente, el cuarto será la palabra que tanto utilizamos ahora, es decir, Regeneración”.

“¿Te has dado cuenta que todo lo que dicho empieza por ‘Re’ como la sinfonía que estoy componiendo? Por otro lado, y ahí está el truco, subliminalmente combatimos a nuestros enemigos que dicen que lo que hacemos son nada más que recortes y amnistías fiscales; incluso, que ‘mi’ reforma fiscal es una patraña”.

De repente, el rostro de Cristóbal adquiere un tono avinagrado, por lo que cierra su última intervención con una frase incompleta que resbala entre sus afilados dientes: “¡Serán desgraciados esos cretinos, los muy…!”.

Pasados unos instantes de silencio, Cristóbal vuelve a colgarse la sonrisa en su rostro y se retoma el diálogo en el que ambos parecen querer encontrar el punto medio de sus posturas.

“No sé, no sé…”, apunta una dubitativa María Dolores. “La verdad es que lo de la sinfonía lo veo muy novedoso, pero ten en cuenta que eso de la música clásica a la gente le suena a minoría selecta o a la ‘casta’, como ellos dicen. Nosotros a la gente le tenemos que dar cosas más populares: pasodobles, boleros, sevillanas… y si me apuras, hasta jotas aragonesas”. “En fin, que me lo iré pensando, a ver si asimilo esa propuesta tan rompedora que nos planteas”.

Continúa la charla por otros derroteros. El reloj ya marca las dos y media. Comprueban que las horas se les han ido volando, por lo que comienzan a levantarse de la mesa. Se dan unos besos mutuos en las mejillas, al tiempo que se desean un buen fin de semana.

María Dolores coge su bolso y, tras cruzar la puerta, se dirige presta hacia el taxi que puntualmente ha llegado a la puerta del restaurante. Ya dentro, agita la mano en señal de despedida.

Una vez solo, Cristóbal escucha la melodiosa voz de los Platters que entonan Only you y que de pronto le llega desde un móvil cercano. Por un momento se enternece. Asoman lejanos recuerdos de cuando se paseaba por su Jaén natal con aquella novia que le susurraba al oído las notas de esa canción que siempre le acompañarían como presagio de los grandes triunfos que alcanzaría a lo largo de su vida. Y por un momento se pregunta: “¿Qué habrá sido de Maripili?”.

AURELIANO SÁINZ

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