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domingo, 3 de agosto de 2014

  • 3.8.14
Aquella mañana dominical era propicia para el descanso, tras un sábado bastante caluroso. Mariano se había encerrado en su despacho con el aire acondicionado puesto para aislarse y centrarse en una idea que llevaba tiempo rondándole la cabeza. Ya estaba plenamente convencido que su afán íntimo, tan escondido largo tiempo, consistía en ser escritor, en un escritor de fama que estuviera firmando ejemplares con una ‘parker’ de plumín de oro a las masas que lo aclamarían como la gran revelación del nuevo milenio.

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Cierto que como registrador de la propiedad había estampado su firma en muchos documentos, pero no era esto lo que llenaba su espíritu deseoso de pasar a la posteridad como uno de los grandes renovadores de la Lengua Española.

Era consciente que el camino que había tomado también le había dado popularidad puesto que salía mucho por la tele. De todos modos, sus grandes aspiraciones literarias conducían a un puerto distinto que el ser reconocido por parados, jubilados y amas de casa que se encuentran todo el día pegados a la pantalla. Estos -parados, jubilados y amas de casa- en el fondo no le interesaban lo más mínimo. “Son gente vulgar y sin grandes pretensiones, cuyo objetivo es vivir de la sopa boba y que el Estado los mantenga”, se decía para sí mismo.

Inmerso como estaba en sus profundas reflexiones, cuando una idea cruzó velozmente su cerebro, aunque le dio tiempo a detenerla antes de ser atropellada por otras que iban de neurona en neurona sin ton ni son.

“¡Ahí está! ¡Genial! ¡Será una auténtica revolución!”, exclamó de pronto con alborozo. En esos instantes comenzó a sentir el gozo de los grandes genios de la ciencia cuando, tras muchos años de investigación, acababan resolviendo el enigma que les había absorbido la sesera tanto tiempo.

Con una indisimulada sonrisa, abrió de par en par la puerta del despacho y fue a comunicarle a su esposa la buena nueva, a la que dejó sorprendida por el casto beso que le había dado, ya que Mariano era muy parco en todo tipo de donaciones, pues era más de los de recibir que los de dar.

“Querida, sin falta me pongo a escribir al presidente de la Real Academia Española de la Lengua con el fin de que me conceda un tiempo para exponer esta gran aportación que supondrá una auténtica revolución y abrirá las puertas de tan digna institución a los nuevos cambios que yo mismo iniciaré”, le comunicó, al tiempo que impaciente se volvió a su mesa repleta de papeles cerrando la puerta tras de sí.

Pasadas un par de semanas, y tras recibir la confirmación de que se le aceptaría en un pleno para que expusiera su propuesta innovadora, contaba ansioso los días que faltaban para tan magno evento. Mientras tanto, no paraba de hablar del tema a los amigos, aunque, aclaraba, no podía desvelar su genial hallazgo, pues era necesario que lo diera a conocer a todo el mundo en tan insigne lugar.

“Ilustrísimas”, comenzó su disertación, “desearía agradecerles su preciado tiempo que me ofrecen para que les pueda presentar la innovadora idea que, modestamente, traigo para que los miembros de esta egregia institución le den su apoyo y con ello iniciar una renovación de nuestra querida lengua, la lengua de Cervantes…”.

Tras unos minutos de preámbulos, Mariano se centra en la cuestión de fondo. “La idea que quisiera exponerles se fundamenta en que una palabra nueva pudiera patentarse a nombre de su creador, lógicamente, tras ser aprobada por tan egregia institución. De este modo, aparecería en el nuevo diccionario de la RAE, indicándose al final de la acepción el autor de tal patente…”.

Los académicos se miraban unos a otros un tanto sorprendidos, pues semejante propuesta daría lugar a que cualquier lumbreras se le ocurriera registrar la palabra más estrafalaria que se le viniera a la cabeza. No obstante, el presidente le dejó continuar.

“Como bien sabemos, en la era de internet, una patente nueva puede cambiar hasta el rumbo de la economía de un país. Esto, en mi modesta opinión, es lo que sucedería con el verbo que a continuación les voy a proponer. Un verbo que no aparece recogido en el diccionario y que lo utilizarían los hispanohablantes e, incluso, podría ser traducido a multitud de idiomas…”.

Siguió con su disertación: “Pero, previamente y aunque pareciera que me salgo del tema, quisiera recordarles que hay una tribu en Ecuador, los jíbaros, que tienen la costumbre de reducir al mínimo posible las cabezas de sus enemigos una vez cortadas del cuerpo. Es una técnica ancestral que vienen practicando desde tiempos inmemoriales…”

“Pues bien, el nuevo verbo que les desearía proponer a sus ilustrísimas, y que ardientemente quisiera patentar, es ‘jibarizar’, que sería utilizado como última novedad, en vez de esos ya tan desgastados como los de reducir, recortar, disminuir o abreviar”.

“Porque jibarizar supone mucho más que todo lo anterior. Es un auténtico arte ya que consiste reducir todo al mínimo; al tiempo, claro está, que se le hace creer a la gente lo contrario, es decir, que las cosas jibarizadas son de mayor tamaño ya que se encuentran lejos, por lo que se las ven pequeñas o se juzgan como pequeñas. ¿No me dirán que no es una auténtica revolución? ”.

A los académicos de la bancada de la derecha empezaban a dibujárseles unas sonrisas en sus rostros. Sospechaban que algo bueno traía este pájaro entre manos. Algunos comenzaron a mover levemente la cabeza arriba y abajo en señal de aprobación de lo que estaban ahora escuchando.

“Una vez patentado el verbo”, continuó Mariano, “se podría decir, por ejemplo, jibarizar los sueldos, jibarizar las pensiones, jibarizar la educación, jibarizar la sanidad… porque, claro está, la realidad económica nos lo impone y no hay más remedio que obedecerla”.

“De igual modo, podríamos escuchar expresiones como ‘A tu primo lo han jibarizado’, en vez de decir que lo han despedido o ‘Ten cuidado conmigo porque de un momento a otro te jibarizo’, como advertencia de que te ponen de patitas en la calle”.

Por contraste con los que parecían aprobar el nuevo verbo, empezaban a ser patentes las caras serias y de mosqueo en la bancada de la izquierda. Algunos mostraban abiertamente un indisimulable cabreo ante la insólita propuesta.

“Peeerooo…”, alargó y dejó en suspenso la primera palabra, “ahora viene lo bueno: también se puede jibarizar la democracia. Con toda lógica, en los tiempos actuales no podríamos reducir al mínimo los cerebros de la gente, aunque sí que comulguen con ruedas de molino, que a fin de cuentas es lo mismo y más difícil aún si lo tomamos al pie de la letra”.

Con una enorme sonrisa acaba su brillante disertación: “Para que sus ilustrísimas tengan de primera mano un ejemplo que se me ha ocurrido no hace mucho, y con el fin de jibarizar la democracia, en las próximas y cercanas elecciones municipales los alcaldes serían los de las listas más votada. Así estarán los míos a salvo de los seguidores del Coleta y demás ralea izquierdista que están preparando el asalto al Palacio de Invierno… perdón, perdón… quería decir a los Ayuntamientos y al Congreso de Diputados”.

Un atronador aplauso, proveniente desde su lado derecho, acompañado de loas del tipo “¡Bravo!”, “¡Genial!” o “¡Magnífico!”, hizo que a Mariano se le saltaran algunas furtivas lágrimas, prontamente secadas con un pañuelo blanco con bordados de hilo de Holanda en el que podía leerse: “Te quiero, papá”.

Sin embargo, pronto cambió de ánimo, pues se dio cuenta que, sorprendentemente, las paredes laterales de la izquierda de la sala comenzaban a deshacerse como si fueran de papel transparente.

Horrorizado comprobó que una muchedumbre rodeaba tan insigne edificio. Parados, jubilados, amas de casa, preferentistas, desahuciados, jóvenes precarios, minusválidos de todo tipo… al grito de “¡A por él!” avanzaban de manera rápida y decidida hacia donde se encontraba.

El corazón comenzó a palpitarle aceleradamente. Enormes gotas de sudor caían por sus sienes. Parecía que se ahogaba. La cabeza empezó a darle vueltas. Todo giraba a su alrededor, como si estuviera en una inmensa noria circular, al tiempo que se desmayaba.

“¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado?”, se pregunta ahora a sí mismo mientras se palpa con las manos por todo el cuerpo y con la desconcertante sensación de que ha transcurrido un tiempo nebuloso que no sabría medir.

Al rato comprueba que sigue en su despacho y que continúa sentado en la butaca en la que se puso a elaborar el escrito para presentarlo a la Real Academia de la Lengua antes de que el dios Morfeo le llamara a su lado. Al otro lado de la puerta, escucha con alivio la voz de su mujer que le acuciaba: “Querido, ven a comer, que la niña ya está sentada a la mesa y hoy tenemos pulpo a la gallega que tanto te gusta”.

AURELIANO SÁINZ

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