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lunes, 8 de octubre de 2018

  • 8.10.18
Fidel Moreno (Huelva, 1976) es escritor, periodista y músico. Ha sido coordinador en El Estado Mental y como El Hombre Delgado ha publicado tres libros-disco, el último de ellos este mismo año titulado Y la realidad. Es director de la revista Cáñamo y profesor de Narrativas en la escuela SUR. Ahora publica ¿Qué me estás cantando? Memoria de un siglo de canciones, una historia social de España a través de las canciones más famosas.



—¿Qué tiene la letra de las canciones que nos llega más que la poesía?

—Lo que tienen las letras, no las letras, sino las canciones, es una música que permite que podamos sentir la palabra.

—Tú cuentas la historia de España a través de la música. ¿Se puede saber cómo es un país sin tener en cuenta su música?

—Difícilmente, porque nos dejamos fuera el corazón y una historia sin corazón es una historia sin vida.

—Dices que la rumba ofrece la mejor síntesis de la identidad mestiza española. ¿Por qué?

—Pues porque tiene en su ADN musical y poético las cinco culturas, especialmente las más invisibilizadas, que han sido la gitana y la negra.

—Las canciones hablan de amor, política, el papel de la mujer, las drogas. ¿Qué tema han tratado menos o no han tratado nunca?

—Hay temas que son muy complicados que una canción recoja. Por ejemplo, las canciones de guerra difícilmente van a recoger el conflicto civil. Es decir, el conflicto civil se presenta siempre como un conflicto frente a un invasor externo. O sea, la mal llamada "Guerra de Independencia". Yo creo que se trata todo, lo que pasa que algunos requieren un tratamiento irónico.

—Las canciones se hacen famosas por el tarareo. Dime tres estribillos que nos definan a todos los españoles.

—Nos definen en lo bueno y en lo malo El porompompero, Gallo negro, gallo rojo y Bésame mucho.

—El libro cuenta la historia cantada del siglo XX pero solo hasta 1976. Año en que tú naciste. Pero imagino que continuarás.

—Sí. Aquí cuento mi vida antes de mi vida porque somos también lo que otros fueron y mi idea es continuar hasta el día de hoy.

—El libro está dividido en dos partes: la música de los abuelos y la música de los padres. ¿Cómo definirías la música de unos y de otros?

—Lo interesante de la música de los abuelos es que estamos hablando de un contexto cultural y tecnológico autárquico, en el que hay unas audiencias cautivas del medio que había en aquella época, que era la radio. En el momento en que se popularizan los tocadiscos, podemos hablar de un cambio cultural y tecnológico que permite la irrupción de la canción protesta, del rock and roll y de otras músicas a contramano de lo prescrito por las autoridades. Entonces, esa sería la definición. La música de nuestros abuelos es una música cautiva, lo cual no quiere decir que fuera mala. Todo lo contrario. Y la música de nuestros padres era una música rica, diversa y abierta al mundo.

—¿Y cómo sería ya la música hoy?

—La música hoy ya es de una enorme fragmentación. No apelan tanto a lo colectivo sino a la identidad diferenciada de grupos, grupúsculos, minorías y tribus.

—Esta frase es tuya: “Una canción no puede cambiar el mundo, pero todos los grandes cambios históricos van acompañados de canciones”.

—Sí. Desde la Ley del Divorcio, con canciones como Help y Olvídame y pega la vuelta, hasta la Guerra Civil por supuesto, hasta el hambre que se vivió en la posguerra con canciones tan señeras como La vaca lechera. Siempre que hay un cambio, para que la gente pueda interiorizar ese cambio, necesita de las canciones. Las canciones permiten que la gente interiorice las grandes trasformaciones sociales.

—'La vaca lechera', el carro de Manolo Escobar, 'Y cómo es él', o cualquiera del eterno Raphael. Si las canciones nos definen, ¿esto somos nosotros?

—En cierto sentido sí y en cierto sentido, no. Somos también lo que no somos y, bueno, yo en concreto soy partidario de una cierta huelga de identidades, de desatender a lo que por nuestro destino cultural nos viene marcado, lo cual no significa que no podamos entendernos a partir de las canciones más escuchadas que hemos vivido.

—Dime qué estribillo nos sobrevivirá y aquel otro al que deberíamos haber dado un capón a su autor.

—A ver. Casi todas las canciones que yo trato aquí, que son más de 400, nos van a sobrevivir. Normalmente, las que suelen sobrevivir son buenas, porque el paso del tiempo es un filtro que suele dejar el cancionero bastante limpio de todos esos éxitos coyunturales que nos contaminan la cabeza. A mí, por ejemplo, no me gusta nada Raphael, no me gusta nada Alejandro Sanz. Tengo mis gustos particulares.

—¿Y cómo es él?

—Creo que es una canción muy lograda, nos guste o no nos guste, y es un testimonio fundamental para entender el cambio del paradigma de la masculinidad. Es decir, es la canción que marca el cambio de un hombre henchido de su masculinidad a un hombre que acepta que la mujer también puede abandonarlo y que no solo lo acepta sino que además hasta acaba preguntando por el hombre con el que ha cometido adulterio.

—Si le han dado el Nobel de Literatura a Bob Dylan, ¿por qué no pedimos el Cervantes o el Princesa de Asturias para Serrat o Sabina?

—Ya quisieran los escritores y los poetas tener tanto impacto como tienen hoy los cantantes. Los cantantes no necesitan premios, porque forman parte del patrimonio cultural de millones de personas, frente a escritores cuya vida es mucho más triste.

—Pongamos música a tu libro.

—Yo le pondría El muerto vivo porque, en realidad, estamos hablando de canciones que aparentemente están muertas y, sin embargo, gozan de plena salud.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: POR FIN NO ES LUNES (ONDA CERO)

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