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martes, 5 de agosto de 2014

  • 5.8.14
El presidente del Gobierno se va de vacaciones este verano algo más tranquilo que los anteriores. Desde luego, mejor que aquel primer año, el 2012, donde ni siquiera pudo irse porque el país andaba por la cuerda floja del rescate-embargo y la quiebra inminente.

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¿Recuerdan aquella prima de riesgo en los 640, el bono a interés de 7,5 por ciento, colgado de una rama en el precipicio y con un griterío continuo exigiendo que se pidiera la intervención? Aquello fue hace dos años, cuando la caída no parecía tener fin y los profetas del apocalipsis nos vaticinaban cada mañana el fin de los tiempos.

Un poco más aliviado, pero poco, fue el 2013. El desplome se había casi detenido pero no se comenzaba de arrancar. El coche seguía gripado y aunque se afanaban en cambiar piezas y ya nos prestaban para gasolina, aquello como mucho “tosía” un poco. Para remate, llegó el terrible accidente de Santiago de Compostela que nubló el verano.

Este año hay sin duda mejorías, aunque los “brazos de madera” de la catástrofe y la antojera partidista seguirán negando la evidencia aferrados a que las cosas están “mal, muy mal y peor que se van a poner”.

Pero, desde luego, no es así y las gentes empiezan a percibirlo. De la puñetera “prima” ya no se acuerda nadie y de sus intereses, por debajo del 2,5 por ciento, menos. La economía comenzó a repuntar y el motor por fin dio señales de vida y comenzó a carburar. Al principio, con lentitud, pero luego cogiendo cada vez más velocidad.

El crecimiento del PIB se acelera, el turismo bate récords, al tirón exportador se une el interno y una mayor demanda fruto de una recuperación de confianza y de esperanzas. Y ya ha llegado al paro. Después de la magnífica EPA pasada, el presidente sabe que el mes de julio ha seguido siendo positivo en el empleo y que ya puede decir que el número de parados en las listas del antiguo INEM es ya menor que cuando recogió el testigo de Zapatero. Y aún le queda un año largo para mejorarlas.

Esa es, sin duda, la idea fuerza y en lo que tanto el Gobierno como el PP pondrán y ponen todo el énfasis. Han salvado a España de la quiebra, la han librado del rescate y nuestra economía está de nuevo en marcha y a velocidad creciente en creación de riqueza y de empleo.

Eso no puede negarse. Con todos los peros que se quiera, es obvio y constatable. Como también lo es que la lidia que está dando al órdago separatista catalán, sin andar a voces ni a la tremenda como le exigen los de arreglarlo en dos “patás”, pero sí manteniendo una indudable firmeza en los fondos, no está siendo la peor de las fórmulas.

Y en el otro lado se percibe cada vez más que su juego hace aguas ante la ley, la constitución, Europa, la economía y el sentido común. Una cierta sensación de un cierto embridamiento de los caballos desbocados después de la forzada confesión de Pujol se ha producido y es la sensación con la que amanece agosto, aunque nadie duda de que el oleaje se encrespará en septiembre. En resumen, que don Mariano puede irse a relajarse un poco a su Galicia natal, que es donde le gusta ir al hombre, previsible también en esto.

Pero mejor será que sea consciente, si no lo es ya, de que eso ya no le vale. Que antes pudiera parecer que sí pero que ahora, eso, ya no es suficiente. Que sepa el presidente, que sepa el Gobierno y que sepa el PP que eso ya no es garantía de que las gentes vuelvan a confiar en ellos. No vale con haber salvado a la Nación del desplome. La ciudadanía les exige, y con razón y sentido, otra cuestión esencial.

Rajoy ha de tener presente que existe una nueva exigencia de las gentes. Es la necesaria regeneración, la demostración de que se está en batalla y no en ocultación de la corrupción, que se está dispuesto a liderar –sin pararse en que son de los míos o de los otros- la limpieza a fondo de los establos de la política.

Eso es hoy tan imprescindible como eran de perentoria necesidad aquellas dramáticas medidas que debieron tomarse en el año 2012 para evitar la hecatombe. No vale con sellar las fosas sépticas. Que ademas han explotado todas. Hay que baldearlas, desinfectarlas y no dejar rastro de porquería. Por muy doloroso que sea y por muchos que susurren que el mal olor se pasa.

Y uno en esto no tiene muy claro que Mariano Rajoy tenga la energía y la voluntad precisas para llevar a cabo ese verdadero trabajo de Hércules que es limpiar esos establos de Augias donde se lleva tantos lustros acumulando la mierda.

ANTONIO PÉREZ HENARES

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