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lunes, 21 de julio de 2014

  • 21.7.14
Reconozco esta tendencia en mi carácter: elijo siempre a la parte más débil de cualquier confrontación. Es una actitud que procede de mi forma de pensar (el débil se enfrenta al poderoso espoleado por la razón o porque ya no soporta más abusos) y de mi personalidad. Me considero perdedor, soy uno de ellos.

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Por tal motivo, si fuera militante socialista, yo hubiera votado a José Antonio Pérez Tapias, quien cosechó el menor número de votos en las primarias que designaron a Pedro Sánchez como secretario general del PSOE.

Era el candidato que mejor me caía y mejor discurso construía, seguramente por su bagaje filosófico, más próximo a las ideas utópicas que al pragmatismo político que impulsa hacer lo que se pueda, no lo que deba.

De igual manera, soy partidario de la causa palestina por su inmolación frente al poderoso Estado militar de Israel, de cuya arrogancia, crueldad e impunidad para asesinar tenemos sobradas muestras. Son dos ejemplos distintos y distantes que evidencian mis simpatías.

En el primer caso, serían muchas las lecturas que podrían hacerse del proceso de primarias instaurado por el PSOE como mecanismo para la elección de los cargos más importantes de una formación política y que afectan al ciudadano, como son los del secretario que dirigirá el partido y el candidato que propondrá en unas elecciones generales, autonómicas o municipales.

Como herramienta en sí de participación, abierta a todos los militantes no sólo a los compromisarios, las primarias representan un paso positivo en pro de una mayor democracia y transparencia en el funcionamiento de cualquier formación.

Distinto es la forma de seleccionar a los posibles candidatos, ya que, en el caso de los socialistas, requiere el aval de un número importante de militantes, requisito que sólo pueden cumplimentar los compañeros que sean muy conocidos en el partido en función de su actividad orgánica o su puesto público.

Es decir, salvo honrosas excepciones, los candidatos siempre serán propuestas de los aparatos burocráticos, decididos a renovar la “tarjeta de visita” con la que se presentan a la gente para que nada cambie, como aconsejaba Lampedusa a través de su personaje Tancredi en El Gatopardo: "Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie".

En ese contexto, la figura de un tercero en discordia, José Antonio Pérez Tapia, resulta muy atractiva por provenir, no del aparato oficial, sino de la militancia anónima que conserva la ilusión por unas ideas de transformación, progreso y justicia en la sociedad, se adhiere a aquellos viejos ideales socialistas de justicia, igualdad y libertad que todavía no han sido pisoteados por los intereses del mercado y el sistema político que los favorece.

Este candidato era, a todas luces, el perdedor por utópico de una confrontación que buscaba modificar antes el escaparate que la estructura del PSOE, y en la que ha resultado vencedora la apuesta del aparato. Yo hubiera estado entre los perdedores votantes de Tapias, satisfecho por haber tenido la oportunidad de manifestar mis preferencias perdedoras de manera tan inútil.

En el segundo caso, me alineo con la causa palestina en el conflicto que enfrenta a esta devastada “reserva” árabe con Israel y su capacidad de fuego y destrucción, acorralada no sólo por un humillante muro de separación, sino por la infestación de centenares de colonias judías con las que se intenta “disolver” aquella población originaria del territorio.

Estoy a favor de la perdedora Palestina a pesar del execrable crimen de asesinar a tres jóvenes judíos secuestrados y que ha dado lugar a un, a todas luces, excesivo “castigo” que ya acumula cerca de 200 víctimas muertas por el impacto de las bombas de la aviación israelí, en su mayoría civiles, no sobre Cisjordania, donde se produjo el secuestro, sino en la Franja de Gaza, donde gobierna el movimiento Hamás, enemigo acérrimo del Estado sionista, aprovechando la ocasión para aniquilarlo o, al menos, debilitarlo.

Se trata de la enésima reactivación de un “conflicto” histórico surgido cuando se dividió Palestina para fundar el Estado de Israel. Desde entonces, a pesar de las numerosas conversaciones auspiciadas por la ONU o EE UU para lograr una paz estable en la región, jamás ninguno de los radicales de ambos bandos ha permitido que culminaran con éxito, mediante provocaciones e intransigencias recíprocas que interrumpían las negociaciones.

Pero siempre perjudicando a los palestinos, únicos perdedores de la tierra, los recursos, los bienes y las vidas por el dogmatismo y la cerrazón de los poderosos que pueden permitirse la inmoralidad de pisotear al débil cada vez que les apetezca o convenga.

Y ahora conviene atizar a Hamás y arrasar las pocas poblaciones en las que malvive un pueblo que parece ser culpable del holocausto judío, dada la crueldad y fiereza con la que se le castiga. Frente al prepotente Israel, yo prefiero a los palestinos y su causa perdida. Me lo exige mi moral y mi forma de ser.

Por eso, y con dos ejemplos basta, me atraen los perdedores. Suelen tener la razón de su parte y la ética de su perdición. No vencen, pero convencen, y sus convicciones arraigan más en el tiempo que los triunfos materiales de los poderosos.

La humildad de unos frente a la arrogancia de otros no tiene comparación y hay que ser muy cínico para hacer de comparsa con el ganador. Así que, puestos a decidir, yo escojo siempre al perdedor. No lo puedo evitar.

DANIEL GUERRERO

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